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Hércules Poirot tomó el autobús para Broadhinny un poco más alegre que cuando llegara a Kilchester: Fuera como; fuese, había una persona que compartía su creencia en la no culpabilidad de James Bentley. Este no andaba tan huérfano de amistades como había querido hacer creer.
Volvió nueva y mentalmente a la cárcel en que viera al acusado. ¡Qué entrevista más desanimadora había sido! No había logrado despertar es esperanzas, y apenas un levísimo interés.
—Gracias —le había dicho Bentley con voz opaca—; pero no creo que pueda hacer nadie nada.
No; estaba seguro de que no tenía enemigos.
—Cuando la gente apenas se da cuenta de que uno existe, es muy poco probable que se tenga enemigos.
—¿Su madre? ¿Tuvo algún enemigo?
—Claro que no. Todo el mundo la quería y respetaba.
Se observó en la voz un dejo de indignación.
—¿Y sus amistades?
Y James Bentley había dicho, o más bien murmurado:
—Yo no tengo amigos.
Lo cual no era del todo cierto. Porque amiga suya era Maude Williams, su compañera de oficina.
"¡Cuán maravillosa previsión de la Naturaleza —pensó Poirot— que todo hombre, por muy poco atractivo que superficialmente resulte, sea el escogido de una mujer!"
Sospechaba que, a pesar del sensual aspecto de miss Williams, era esta, en realidad, una muchacha de tipo maternal. Poseía las cualidades de las que Bentley estaba falto: la energía, el empuje, el negarse a darse por vencida, la determinaci6n de triunfar.
Suspiró.
¡Qué mentiras más monstruosas había dicho aquel día! Daba igual, eran necesarias.
"Porque en alguna parte —díjose Poirot, en apoteótica mezcolanza de metáforas— hay una aguja en el pajar. Y entre los perros que duermen, uno hay sobre el que plantaré yo el pie. Y cuando menos lo espere, a fuerza de dar palos de ciego acabaré pegando contra un tejado de vidrio"[1]