Capítulo IX

1



—Toda ella muy buena gente —murmuró Poirot, al entrar por la verja de Crossways, cerca de la estación.

Una lámina de bronce anunciaba que aquella era la residencia del doctor Rendell, licenciado en Medicina.

El doctor Rendell era un hombre corpulento y alegre, de unos cuarenta años de edad. Saludó a su visitante con verdadera solicitud.

—Nuestro tranquilo pueblo se siente honrado —dijo— con la presencia del gran Hércules Poirot.

—¡Ah! —murmuró Poirot, halagado—. Así, pues, ¿ha oído usted hablar de mí?

—Claro que hemos oído hablar de usted. ¿Quién no?

Responder a semejante pregunta hubiera resultado perjudicial para el amor propio de Poirot. Se limitó a decir con su exquisita cortesía:

—Me considero afortunado con haberle encontrado en casa.

No tenía la cosa nada de afortunada. En realidad, se trataba de puro y astuto cálculo. Pero el doctor Rendell replicó, cordialmente:

—Sí. Por poco no me pilla. Tengo que estar en la clínica dentro de un cuarto de hora. ¿Qué pue do hacer en su obsequio? Me devora la curiosidad por saber qué está usted haciendo aquí. ¿Una cura de reposo? O... ¿se ha cometido entre nosotros un crimen?

—En pasado, no en presente.

—¿En pasado? No recuerdo...

—Mistress McGinty.

—Claro, claro. Olvidaba. Pero no me diga que se ocupa usted en eso... después de tanto tiempo.

—Permítame que le diga, en confianza, que ha solicitado mis servicios la defensa. Busco nuevos indicios sobre los que pueda basarse una apelación.

El doctor Rendell dijo vivamente:

—Pero ¿qué nuevos indicios puede haber?

—Eso, por desgracia, no soy libre de decirlo.

—Sí, comprendo. Le ruego que me perdone.

—Pero he descubierto ciertas cosas que son muy curiosas... muy... ¿cómo diré...? ¿sugestivas? He venido a verle, doctor Rendell, porque tengo entendido que mistress McGinty trabajaba de cuando en cuando en esta casa.

—¡Ah, sí, sí! Era... ¿Por qué no toma usted algo? ¿Jerez? ¿Whisky? ¿Prefiere el jerez? Yo también.

Fue en busca de dos copas, y, sentándose junto a Poirot, prosiguió:

—Solía venir una vez a la semana para hacer limpieza extraordinaria. Tengo una buena ama de llaves... excelente... pero los dorados... y el fregar el suelo de la cocina... Bueno, mistress Scott no puede ya ponerse de rodillas. Mistress McGinty era una trabajadora excelente.

—¿Cree usted que fuese una persona adicta a la verdad?

—¿Adicta a la verdad? La pregunta es un poco rara. No me creo capaz de contestarla... No tuve oportunidad de saberlo. Que yo sepa, no mentía.

—Así, pues, si esa señora le dijo algo a alguien, ¿cree usted que su afirmación sería, probablemente, verídica?

El doctor Rendell pareció turbarse levemente.

—¡Oh!, no me gustaría decir tanto. En realidad sé muy poco de ella. Podría preguntárselo a mistress Scott. Lo sabrá mejor que yo.

—No, no. Prefiero no hacerlo. No me interesa.

—Está usted despertando mi curiosidad —anunció jovialmente el doctor Rendell—. ¿Qué era lo que iba diciendo por ahí? Algo que fuera difamatorio, ¿es eso? Algo calumnioso quiero decir.

Poirot negó con la cabeza. Dijo:

—Usted comprenderá que de momento todo esto debe ser muy secreto. No he hecho más que dar principio a mi investigación.

El doctor murmuró con cierta sequedad:

—Tendrá usted que darse un poco de prisa, ¿verdad?

—Tiene usted razón. El tiempo a mi disposición es corto.

—He de confesar que me sorprende... Todos aquí hemos estado completamente seguros de que fue Bentley el culpable. No parecía posible la duda.

—Parecía un crimen vulgar y sórdido... nada interesante. ¿Es eso lo que diría usted?

—Sí... sí; creo que esa frase lo describe con exactitud.

—¿Conocía usted a James Bentley?

—Vino a verme en mi condición de médico una o dos veces. Le preocupaba su propia salud. Le mimó demasiado su madre, me imagino. Esos casos se ven con frecuencia. Tenemos otra igual aquí.

—¡Ah!, ¿sí?

—Sí. El de mistress Upward. Laura Upward. Quiere a su hijo con locura. Y le mantiene bien sujeto. Es un muchacho listo... no tanto como él se cree, y esto se lo digo en confianza... pero tiene talento, no obstante. Es un dramaturgo en ciernes nuestro buen Robin.

—¿Llevan aquí mucho tiempo?

—Tres o cuatro años. Nadie lleva mucho tiempo en Broadhinny. El primitivo pueblo no era más que un puñado de casitas agrupadas alrededor de Long Meadows. Tengo entendido que se aloja usted allí, ¿verdad?

—En efecto —asintió Poirot sin gran entusiasmo.

—El doctor pareció regocijado.

—¡Hostelería! —exclamó—. Esa joven no tiene la menor idea de cómo se gobierna un hotel. Ha vivido en la India toda su vida de casada, con criados por todas partes. Apuesto a que está usted bastante incómodo. Nadie para mucho allí. En cuanto al pobre Summerhayes, jamás ganará un ochavo cultivando hortalizas. Es un buen chico... pero no sabe una palabra de lo que es la vida comercial... y hay que ser comerciante hoy en día si quiere uno impedir que le llegue el agua al cue llo.. No vaya usted a creerse que yo curo a los enfermos. No soy más que un llenador de formularios y firmador de certificados endiosado. Me son simpáticos los Summerhayes, sin embargo. Ella es encantadora, y él, aunque tiene un genio de mil demonios y se inclina hacia la taciturnidad, es de los buenos. De los de primera. ¡Si hubiese usted conocido al viejo coronel Summerhayes! Más orgulloso que el mismísimo Lucifer.

—¿Era el padre del comandante Summerhayes?

—Sí. No dejó mucho dinero el viejo al morir, y los derechos reales acabaron de arruinarles; pero están decididos a no abandonar la casa. Uno no sabe si admirarles o si decir: "... ¡Qué locos!"

Consultó el reloj.

—No quiero entretenerle —dijo Poirot.

—Aún me quedan unos minutos. Además, me gustaría que conociese usted a mi esposa. No sé dónde se habrá metido. Le interesó enormemente saber que se hallaba usted aquí. Los dos somos muy aficionados al crimen.

—¿Criminología, novela, o los periódicos dominicales? —inquirió Poirot, sonriendo.

—Las tres cosas.

—¿Descienden ustedes al nivel del Sunday Comet incluso?

Rendell se echó a reír.

—¿Qué sería el domingo sin él?

—Publicaron una serie de artículos interesantes hace unos cinco meses. Uno en particular, sobre mujeres que se habían visto complicadas en casos de asesinatos y la tragedia de su vida.

—Sí; lo recuerdo. Pura fantasía, sin embargo.

—¡Ah!, ¿cree usted eso?

—Hombre, verá, el caso Craig sólo lo conozco por lo que leí de él. Pero uno de los otros, el de Courtland... puedo asegurarle a usted que esa mujer no era una inocente trágica ni mucho menos... ¡Menudo bicho estaba hecha! Lo sé porque un tío mío asistió al marido. Él distaba mucho de ser un angelito; pero la mujer tenía muy poco que envidiarle. Atrapó a ese jovencito sin experiencia y le incitó a que cometiera el asesinato. Él fue a la cárcel por homicida, y ella, convertida en acaudalada viuda, se casó con otro.

—El Sunday Comet no mencionó ese detalle. ¿Recuerda usted con quién se casó?

Rendell negó con la cabeza.

—No creo haber oído nunca el nombre. Pero alguien me dijo que había sido muy afortunada.

—Uno se preguntaba, al leer el artículo, dónde estarían ahora esas cuatro mujeres —musitó Poirot.

—Ya. Igual podía uno haber estado hablando con cualquiera de ellas la semana pasada en al guna reunión. Seguramente todas guardan celosamente el secreto de su pasado. Desde luego, no habría quien pudiera reconocerlas por las fotografías publicadas. ¡Lo feas que estaban!

El reloj dio la hora, y Poirot se puso en pie.

—No quiero entretenerle más. Ha sido usted muy amable.

—Me temo que no le he sido de gran ayuda. Un hombre apenas se da cuenta del aspecto que tiene la mujer que hace la limpieza. Pero aguarde un segundo. Es preciso que conozca a mi mujer. Jamás me perdonaría que le dejara marchar sin verla.

Salió al vestíbulo delante de Poirot, llamando:

—Shelagh... Shelagh...

Una voz repuso desde el piso superior.

—¡Baja! Tengo algo para ti.

Una mujer delgada, pálida, de cabello rubio, bajó rápidamente la escalera.

—He aquí a monsieur Hércules Poirot, Shelagh. ¿Qué te parece?

—¡Oh!

Mistress Rendell pareció demasiado sobresaltada para hablar. Los palidísimos ojos azules contemplaron a Poirot con alguna aprensión.

Madame —dijo Poirot, inclinándose sobre la mano de la señora con el aire más extranjero de que fue capaz.

—Oímos decir que se hallaba usted aquí —dijo Shelagh Rendell—. Pero no sabíamos...

Se interrumpió y echó una rápida mirada al rostro de su esposo.

"Esta sigue siempre la pauta que su marido le da", pensó Poirot.

Soltó unas cuantas frases floridas y se despidió.

Se llevó consigo la impresión de un doctor Rendell jovial, y de una mistress Rendell aprensiva y de lengua trabada.

Tales eran los Rendell, a cuya casa había ido a trabajar mistress McGinty los martes por la mañana.

Загрузка...