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Había subido la mitad del camino de la colina, cuando se encontró con Robin Upward, que bajaba acompañado de una hermosa joven rubia platino.
Robin hizo las presentaciones.
—Esta es la maravillosa Ariadne Oliver, Eve —dijo—. Hija mía, no sé cómo se las arregla. Tiene cara de benevolencia, ¿verdad? Nadie diría que se refocila en crímenes. Esta es Eve Carpenter. Su esposo será nuestro próximo diputado. El actual, George Cartwrigth, chochea ya el pobre y no está bien de la cabeza. Ataca a las jovencitas desde detrás de las puertas.
—Robin, no hay derecho a que inventes embustes semejantes Desacreditarás el partido.
—Bueno, ¿y a mí qué? No es mi partido Yo soy liberal. Es el único partido al que es posible pertenecer en estos tiempos...un partido pequeño y selecto que no tiene la menor probabilidad de gobernar. Me encantan las causas perdidas.
Agregó, dirigiéndose a mistress Oliver
—Eve quiere que vayamos esta tarde a beber unas copas a su casa Es una especie de reunión en su honor, Ariadne La gente quiere conocer a una celebridad de su categoría. Todos estamos muy conmovidos de tenerla entre nosotros. ¿No puede adoptar Broadhinny como escena de su próximo asesinato?
—¡Oh, sí! Hágalo, mistress Oliver —dijo Eve Carpenter.
—No le costará ningún trabajo hacer venir aquí a Sven Hjerson —observó Robin— Puede estar alojado en casa de los Summerhayes, como Hércules Poirot. Vamos allá ahora, porque le he dicho a Eve que Hércules Poirot es tan célebre en su especialidad como usted en la suya. Y ella asegura que se portó un poco groseramente con él ayer, y que va a invitarle a la reunión también Pero en serio, querida, haga que su próximo crimen ocurra en Broadhinny ¡Nos emocionaría tanto a todos!
—¡Oh, sí! Hágalo, mistress Oliver. ¡Sería tan divertido! —exclamó Eve Carpenter.
—¿A quién tendremos por asesino y a quién como víctima? —inquirió Robin.
—¿Quién es la que les hace actualmente la limpieza? —preguntó la escritora a su vez.
—¡Oh querida, esa clase de asesinatos, no! ¡Resultaría tan aburrido! No; yo creo que Eve, aquí presente, haría una buena víctima. Estrangulada, quizá, con sus propias medias de nylon. No... eso se ha hecho ya.
—Yo creo que será mejor que te asesinen a ti, Robin —dijo Eve—. El dramaturgo en ciernes, apuñalado en una casita rural.
—Aún no hemos acordado quién va a ser el asesino —advirtió Robin—. ¿Y si fuera mi madre? Emplearía el sillón de ruedas, para que no hubiese huellas de pisadas. Yo creo que resultaría magnífico.
—Pero no querría apuñalarte a ti, Robin.
Robin reflexionó.
—No; quizá no. Si quieres que te diga la verdad, estaba pensando en que te estrangulara a ti. No le importaría tanto hacer eso.
—Pero ¡es que yo quiero que seas tú la víctima! Y la persona que te mate puede ser Deirdre Henderson. La joven fea y sojuzgada en quien nadie se fija.
—Ahí tiene usted, Ariadne —dijo Robin—. Le regalamos la totalidad del argumento de su próxima novela. Lo único que tiene que hacer es introducir unas cuantas pistas falsas y... ¡claro!...escribirla. ¡Santo Dios! ¡Qué perros más terribles tiene Maureen!
Entraron por la verja de Long Meadows y dos perros lobos irlandeses corrieron hacia ellos, ladrando.
Maureen Summerhayes salió al corral con un cubo en la mano.
—¡Quieto, Flyn! ¡Ven acá, Cormic! Hola. Estoy limpiando la porquera.
—Ya lo hemos notado, querida —contestó Robin—. Te olemos desde aquí. ¿Cómo va el marrano?
—Nos dio un susto tremendo ayer. Estaba tumbado y no quería desayunar. Johnnie y yo nos leímos todas las enfermedades que figuran en el Manual del criador de cerdos, y no pudimos dormir de lo preocupados que estábamos. Pero esta mañana le encontramos la mar de bien y alegre. Y cargó contra Johnie cuando entró a llevarle de comer. Johnnie tuvo luego que darse un baño.
—¡Qué vida más emocionante lleváis Johnnie y tú! —dijo Robin.
Eve preguntó:
—¿Queréis venir Johnnie y tú este atardecer a una reunión, Maureen?
—Nos encantaría.
—Para que conozcáis a mistress Oliver —explicó Robin—. Aunque, en realidad, puedes conocerla ahora. Esta es la gran novelista.
—¿De veras? —exclamó Maureen—. ¡Qué emocionante! Robin y usted están escribiendo una obra de teatro juntos, ¿verdad?
—Y marcha viento en popa —asintió Robin—. A propósito, Ariadne: se me ocurrió una idea magnífica después de salir usted esta mañana. Me refiero a la representación.
—¡Ah!, la representación —murmuró la escritora con alivio.
—Conozco a la persona más indicada para interpretar el papel de Eric. Cecil Leech. Está actuando en el Little Rep, de Cullenquay. Haremos una excursión una tarde e iremos a verle trabajar.
—Queremos a tu huésped —le dijo Eve a Maureen—. ¿Está por ahí? Deseo invitarle para esta noche también.
—Ya le llevaremos.
—Creo que será preferible que le invite yo misma. La verdad es que fui un poco grosera con el ayer.
—¡Oh! Bueno, pues por ahí debe de andar —contestó con vaguedad Maureen—. Creo que en el jardín... ¡Carmic! ¡Flyn! ¡Esos malditos perros!
Dejó caer el cubo con estrépito y corrió en dirección al estanque de los patos, donde se había producido de pronto un enorme alboroto.