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—Sí, señor; fui yo quien la encontró.
Mistress Elliot habló con dramatismo. Limpia casa aquella, limpia y ordenada. El único drama allí era el de mistress Elliot, mujer alta, delgada, morena, que contaba el único y glorioso momento de emoción en su existencia.
—Larkin, el panadero, vino y llamó a la puerta. "Se trata de mistress McGinty —dijo—. No conseguimos que conteste. Pudiera ser que se hubiese puesto enferma." Y bien creí yo que pudiera ser eso. No era joven, no, ni mucho menos. y que había tenido palpitaciones lo sabía de cierto. Pensé que pudiera haberle dado un ataque de apoplejía. Por tanto, me apresuré a ir, en vista. de que no estaban más que los dos hombres y, claro está, no se atreverían a entrar en la alcoba.
Poirot aceptó esta exposición de reparo y decencia con murmullo de asentimiento.
—Subí a toda prisa la escalera, eso es lo que hice. Él estaba en el descansillo, pálido como un cadáver, vaya si lo estaba. Y no es que pensara yo en eso por entonces... bueno, claro, entonces no sabía yo lo ocurrido. Llamé fuerte a la puerta y no me contestaron, por lo que hice girar el tirador. Todo el cuarto revuelto... y la tabla del piso alzada. "Un robo —dije—. Pero ¿dónde está la pobre infeliz?" Y entonces se nos ocurrió asomarnos a la sala. Y allí estaba... Tirada en el suelo, con la pobre cabeza deshecha. ¡Asesinato! Comprendí en seguida lo que era: ¡asesinato! ¡No podía ser otra cosa! ¡Robo y asesinato! Aquí, en Broadhinny. ¡Grité y grité! ¡Menudo trabajo tuvieron conmigo! Sentí que me desmayaba. Tuvieron que ir a buscarme coñac a Los Tres Patos. Y aun así, estuve temblando horas y horas. "No se ponga así, señora." Eso fue lo que me dijo el sargento cuando vino. "No se ponga así. Váyase a casa y hágase una taza de té." Y fue lo que hice. Y cuando Elliot llegó a casa, "Pero ¿qué es lo que ha pasado?", preguntó, mirándome. Aún estaba yo temblando. Desde niña me han afectado siempre mucho las cosas.
Poirot interrumpió con destreza tan emocionante relato personal.
—Sí, sí, uno se da cuenta de eso en seguida. ¿Y cuándo había visto usted a mistress McGinty por última vez?
—Seguramente el día anterior, cuando salió al huerto a coger un poco de hierbabuena. Yo estaba dando de comer a los pollos.
—¿Le dijo a usted algo?
—Sólo me dio las buenas tardes y me preguntó si estaban poniendo mejor las gallinas.
—¿Y esa fue la última vez que la vio? ¿No la vio el día de su muerte?
—No. Pero le vi a él —mistress Elliot bajó la voz—. A eso de las once de la mañana. Caminando por la carretera. Arrastrando los pies, como tenía por costumbre.
Poirot aguardó; pero pareció ser que no había nada más que agregar.
Preguntó:
—¿Le sorprendió a usted que le detuvieran?
—Pues verá usted: sí y no. Fíjese; siempre le había creído un poco tocado. Y no cabe duda de que los que están tocados se vuelven agresivos, a veces. Mi tío tuvo un hijo débil de la cabeza, y era ofensivo a veces... al irse haciendo mayor, quiero decir. Ni conocía su propia fuerza. Sí; ese Bentley estaba mal de la cabeza, y nada me sorprendería que, llegado el momento, no le ahorcaran, sino que le metieran en un manicomio. ¡Fíjese en el sitio en que fue a esconder el dinero!. Nadie hubiera escondido el dinero allí, a menos que quisiera que lo encontrasen. Estúpido y tonto, eso es lo que era.
—A menos que quisiera que lo encontrasen —murmuró Poirot—. ¿Y no echaría usted de me nos una cuchilla o un hacha, por casualidad?
—No, señor. Claro que no. La Policía me preguntó eso mismo. Nos preguntó a todos los de la vecindad. Aún sigue siendo un misterio con qué la mataron.