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Más adelante se preguntó si no lo habría visto y anotado su presencia subconscientemente con mucha anterioridad. Había estado allí, o así era de suponer, desde que llegara a Long Meadows... Allí, entre otras chucherías, encima de la estantería próxima a la ventana.

Pensó:

"¿Por qué no lo he observado antes?"

Lo tomó, lo sopesó, lo examinó, comprobó su equilibrio; lo alzó para descargar un golpe...

Maureen entró con su precipitación de costumbre, acompañada de dos perros. Dijo con voz ligera y amistosa:

—Hola, ¿está usted jugando con el cortador de azúcar?

—¿Se trata de eso, de un cortador de azúcar?

—Sí. Un cortador de azúcar... o un martillo de azúcar... no sé cuál de los dos es el nombre exacto. Tiene gracia, ¿verdad? ¡Es tan infantil con ese pajarito encima!

Poirot dio la vuelta cuidadosamente al instrumento. Estaba construido de bronce, con muchos adornos. Tenía forma de hachuela; era pesado y muy agudo de filo. Llevaba incrustadas aquí y allá piedras de colores, azules y encarnadas. Y encima había un pajarito anodino, con ojos de turquesa.

—Resultaría magnífico para matar a cualquiera, ¿verdad? —murmuró Maureen.

Se lo quitó de la mano y dirigió un golpe asesino a un punto del espacio.

—Fácil a más no poder—dijo—. Como en este verso de los Idilios del Rey[9]. El sistema de Mark, dijo, y le hendió la cabeza hasta el cerebro. Yo creo que no habría dificultad en hendirle a uno la cabeza hasta los sesos con esto, ¿no cree?

Poirot la miró. El rostro pecoso tenía una expresión serena.

Maureen agregó:

—Ya le he dicho a Johnnie lo que le aguarda si un día me harto de él. ¡Yo lo llamo "el mejor amigo de la esposa"!

Rompió a reír, dejó el martillo de azúcar y se volvió hacia la puerta.

—¿Qué vine a buscar aquí? —musitó—. No me acuerdo... ¡Maldita sea! Más vale que vaya a ver si ese budín necesita más agua.

La voz de Poirot la detuvo antes que hubiese salido.

—¿Trajo usted esto de la India consigo, quizá?

—¡Oh, no! Lo saqué del "T. y C." por Nochebuena.

—¿"T. y C."? —exclamó Poirot, sin comprender.

—"Traiga y Compre" —explicó Maureen—. En la Vicaría. Una lleva allá todas las cosas que no necesita, y compra algo. Algo que no resulte demasiado horrible si consigue una encontrarlo. Ni que decir tiene que rara vez hay cosas que a una le interesen. Yo compré esto y esa cafetera. Me gustó el pitorro de la cafetera y el pajarito del martillo.

La cafetera, de tamaño pequeño, estaba hecha de cobre batido. Tenía un pitorro grande, curvado, que se le antojó conocido a Poirot.

—Creo que son de Bagdad —dijo Maureen—. Por lo menos creo que es de ahí de donde dijeron los Wetherby. O puede ser que fuera Persia.

—Así, pues, ¿estas cosas salieron de casa de los Wetherby?

—Sí. Tienen una cantidad enorme de morralla. He de irme. Ese budín...

Salió. La puerta se cerró de golpe. Poirot volvió a coger el cortador de azúcar y se acercó con él a la ventana.

En el filo se notaban unas manchas leves, muy leves.

Poirot movió la cabeza con gesto afirmativo.

Vaciló un instante, y luego se llevó el instrumento a su alcoba. Allí lo empaquetó con sumo cuidado en una caja, lo envolvió en papel, lo ató, bajó la escalera y abandonó el edificio.

No creía que se diera nadie cuenta de la desaparición del cortador de azúcar. No era aquella una casa lo suficientemente ordenada.

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