2
Sentado muy quieto, con uno de los tomos de periódicos encuadernados del archivo ante sí, Poirot se dijo que, al darle importancia al frasco de tinta, no le había engañado el corazón.
El Sunday Comet era muy dado a dramatizar de una forma romántica los acontecimientos del pasado.
El periódico que estaba mirando Poirot era el Sunday Comet del 19 de noviembre.
En la parte superior de la página central aparecían las palabras siguientes en tipos grandes: Mujeres víctimas de tragedias de antaño. ¿Dónde están estas mujeres ahora?
Debajo de los titulares había cuatro reproducciones muy confusas de retratos sacados, evidentemente, muchos años antes.
Ninguna de ellas tenía aspecto trágico. Más bien parecían ridículas, puesto que casi todas vestían a la antigua, y no hay cosa más ridícula que las modas pasadas, aunque, dentro de otros treinta años o así, puede haber reaparecido su encanto o, por lo menos, haberse hecho aparente de nuevo. Debajo de cada retrato había un nombre.
Eva Kane, la "otra" en el famoso caso Craig.
Janice Courtland, la "esposa trágica" cuyo marido era un demonio con forma humana.
La pequeña Lily Gamboll, trágica criatura, producto de nuestra excesivamente poblada edad.
Vera Blake, esposa de un asesino sin sospecharlo.
Y luego la pregunta en letras muy grandes otra vez: "¿DÓNDE ESTÁN ESTAS MUJERES AHORA?"
Poirot parpadeó, y se puso a leer minuciosamente la romántica prosa que daba la historia de aquellas nebulosas heroínas.
El nombre de Eva Kane lo recordaba, porque el caso Craig había sido muy célebre. Alfred Craig era secretario del Ayuntamiento de Parminster, hombrecito concienzudo, difícil de clasificar, correcto y agradable. Había tenido la desgracia de casarse con una mujer fastidiosa y apasionada que le obligó a contraer deudas, que le dominó por completo, que le hizo la vida imposible con su lengua viperina, y que padecía de dolencias nerviosas, las cuales, según amigos poco bondadosos, eran puramente imaginarias. Eva Kane era la institutriz, muchacha de diecinueve años, bonita, débil y bastante simple. Se enamoró perdidamente de Craig, y Craig de ella.
Un día, los vecinos supieron que a mistress Craig le "habían ordenado que marchase al extranjero" por motivos de salud. Así había dicho Craig, por lo menos. La llevó a Londres, primera etapa del viaje, en automóvil, un atardecer, partiendo ella desde allí para el sur de Francia. Regresó a continuación a Parminster anunciando, a intervalos, que, a juzgar por el contenido de sus cartas, su esposa no había mejorado. Eva Kane se quedó para gobernar la casa, y ello acabó por dar pábulo a las lenguas. Por fin, Craig recibió la noticia de que su mujer había muerto en el extranjero. Se marchó, regresando a la semana siguiente con el relato del entierro.
En algunas cosas, Craig era un poco inocente. Cometió el error de mencionar el lugar en que había muerto su mujer, una playa veraniega relativamente bien conocida en la Costa Azul. Sólo hizo falta que alguien que tenía familia o amistades allí les escribiera, descubriese que ni había muerto ni había sido enterrada persona alguna de tal nombre y, tras un período de comadreo, se lo comunicara a las autoridades.
Lo que sucedió a continuación puede resumirse en pocas palabras.
Mistress Craig no había marchado a la Costa Azul. Se la había cortado en trocitos y enterrado en el sótano de la casa. Y la autopsia llevada a cabo reveló la presencia de un alcaloide vegetal.
Se detuvo y procesó a Craig. A Eva Kane la acusaron de cómplice al principio, pero se retiró la acusación, puesto que se vio bien claro que no había tenido en ningún momento conocimiento de lo sucedido. Craig acabó por confesar, fue sentenciado a muerte y lo ejecutaron.
Eva Kane, que estaba encinta, abandonó Parminster y, según las palabras del Sunday Comet:
"Parientes bondadosos le ofrecieron en el Nuevo Mundo un hogar. Cambiando de nombre, la desdichada niña, seducida en su inocente adolescencia por un ser vil e inhumano, abandonó para siempre estas costas, con el fin de empezar de nuevo la vida y guardar eternamente encerrado en su pecho, y ocultárselo a su hija, el nombre de su padre.
"—Mi hija se criará feliz e inocente. No manchará su existencia el cruel pasado. Eso lo juro. Mis trágicos recuerdos continuarán siendo míos tan sólo.
"¡Pobre, frágil y confiada Eva Kane! ¡Conocer tan joven la villanía e infamia del hombre! ¿Dónde está ahora? ¿Habrá, quizá, en alguna población del Oeste Medio americano una mujer entrada en años, silenciosa y respetada por sus vecinos, de mirada triste tal vez?.. ¿Y va a ver a "mamá" una muchacha joven, feliz y alegre, puede que con hijos propios, que le cuenta los pequeños sinsabores de la vida diaria, sin la menor idea de los sufrimientos que ha soportado en el pasado su madre?"
—¡Oh, la la! —murmuró Hércules Poirot. Y pasó a la "trágica" víctima siguiente.
No cabía duda de que Janice Courtland, la "esposa trágica", había sido desgraciada en cuanto al marido. Sufrió durante ocho años sus singulares prácticas, a las que se hacía referencia con una cautela tal que despertara inmediatamente la curiosidad. Ocho años de martirio, aseguraba el Sunday Comet con firmeza. Y, entonces, Janice encontró un amigo, un joven idealista, desinteresado, quien, lleno de horror ante una escena entre marido y mujer que había presenciado por accidente, se abalanzó sobre el esposo con tal vigor, que este cayó al suelo, dándose con la cabeza contra un bordillo de mármol que había junto a la chimenea. El jurado halló la provocación intensa, decidió que el joven idealista no había tenido la me nor intención de matar, y le sentenció a cinco años por homicidio.
La atormentada Janice, aterrada por la publicidad que le diera el asunto, march6 aó extranjero a "olvidar".
Inquiría el Sunday Comet:
"¿Ha olvidado? Así lo esperamos. Quizá viva en estos instantes en alguna parte una esposa y madre feliz para quien los años de sufrimiento y pesadilla, silenciosamente soportados, no parezcan ahora más que un sueño..."
—¡Vaya, vaya... ! —dijo Poirot.
Y pasó a Lily Gamboll, la trágica criatura producto de nuestra excesiva poblada edad.
A Lily Gambolll al parecer le habían sacado de su excesivamente habitado hogar. Una tía suya asumió la responsabilidad de criarla. Lily quiso ir al cine, y la tía dijo: "No". Lily Gamboll cogió la cuchilla de picar carne, que yacía muy a mano sobre la mesa, y le descargó un golpe con ella a su tía. La mujer, aunque autócrata, era pequeña y frágil. El golpe la mató. Lily estaba muy desarrollada y tenía buena musculatura a pesar de sus doce años. Un reformatorio le había abierto sus puertas, desapareciendo Lily de escena..
"A estas alturas es ya mujer. Y se encuentra en libertad. Y puede ocupar un lugar en nuestra civilización. Su conducta durante los años de encierro y prueba se dice que fue ejemplar. ¿No demuestra esto que no es a la niña sino al sistema a quien se ha de echar la culpa? Criada en la ignorancia y la miseria, la pequeña Lily fue víctima del ambiente.
"Ahora, habiendo purgado su trágico error, vive en alguna parte, esperamos que feliz, buena ciudadana y buena esposa y madre. ¡Pobrecita Lily Gamboll!"
Poirot sacudió la cabeza. Una niña de doce años que le larga un golpe a su tía con una cuchilla de picar carne y le pega lo bastante fuerte para matarla, no era, en su opinión, una niña muy agradable. En este caso, sus simpatías se decantaban hacia la tía.
Pasó a Vera Blake.
Esta era, evidentemente, una de esas mujeres a las que todo les sale mal. Había empezado haciéndose novia de un muchacho que resultó ser un gangster reclamado por la Policía como autor del asesinato del vigilante de un Banco. Casó luego con un comerciante muy respetable que más tarde se supo traficaba en géneros robados. Las dos hijas, con el tiempo, habían llamado también la atención de la Policía. Acompañaban a mamá a los grandes almacenes y se encargaban de llevarse lo que podían.
Por fin, sin embargo, había aparecido en escena un "hombre bueno", que ofreció a la trágica Vera un hogar en los Dominios. Ella y sus hijas abandonarían este viejo y agotado país.
"En adelante, una Nueva Vida le aguardaba. Por fin, tras largos años de repetidos golpes del Destino, las desdichas de Vera han terminado."
—¿Si será eso verdad? —murmuró Poirot con escepticismo—. ¡Nada me extrañaría que descubriese que se había casado con un timador o jugador con ventaja de los que se dedican a desplumar durante la travesía a los que hacen viajes transatlánticos!
Se retrepó en su asiento y contempló los cuatro retratos. Eva Kane, con revuelta cabellera rizada y un sombrero enorme, sostenía un manojo de rosas pegado a la oreja, como si fuera un teléfono. Janice Courtland llevaba un sombrerito de campana calado hasta por encima de las orejas, y la cintura del vestido a la altura de las caderas. Lily Gamboll era una muchacha más bien fea, cuya boca abierta daba la sensación de que tenía inflamación nasal y que usaba gafas de gruesos cristales. Vera Blake aparecía tan trágicamente blanca y negra, que no se distinguían las facciones.
Mistress McGinty había recortado aquel artículo, con fotografías y todo. ¿Por qué? ¿Porque le interesaban los relatos nada más? Lo dudaba. Mistres McGinty había conservado muy pocas cosas durante sus sesenta y tantos años de vida; eso lo había podido comprobar Poirot por las notas del superintendente.
Arrancó la anciana el artículo el domingo, y el lunes compró un frasco de tinta. De esto último parecía deducirse que ella, que nunca escribía cartas, estaba a punto de lanzarse a escribir una. De haberse tratado de una carta de negocios, probablemente le hubiera pedido a Joe Burch que la ayudase. Por tanto, no se había tratado de negocios, sino de... ¿qué?
La mirada de Poirot recorrió las cuatro fotografías otra vez.
"¿Dónde se encuentran estas mujeres ahora?", preguntaba el Sunday Comet.
"Una de ellas —pensó Poirot— pudiera muy bien haber estado en Broadhinny en noviembre pasado."