Capítulo 22

El tráfico de la hora punta vespertina del jueves para salir de Londres estaba peor de lo normal. Y como hoy hacía una noche agradable y templada, parecía que todos los londinenses escapaban al campo. Por lo general, Tom viajaba en tren para evitarse este infierno, pero hoy había tenido que coger el coche para ir al despacho de Ron Spacks y, después, regresar al centro de Londres a recoger su portátil.

Su plan de llegar temprano a casa y hacer una barbacoa en el jardín para cenar con su familia se había ido al traste cuando Chris Webb llegó tarde para arreglarle el ordenador y le costó más de lo previsto conseguirlo. Eran casi las cuatro y media de la tarde cuando Chris terminó y permitió a Tom iniciar su viaje de regreso a la peor hora posible.

Normalmente, en el coche se ponía al día con las llamadas o escuchaba la radio -en Londres, le gustaba especialmente David Prever en Smooth FM; si no, escuchaba las noticias de Radio 4 o Jazz FM-, pero esta tarde, aparte de una llamada a Ron Spacks para decirle que su equipo estaba trabajando en los precios para los Rolex Oyster -que potencialmente eran un pedido de ensueño que tenía que aceptar-, condujo en silencio, sólo con sus pensamientos sombríos.

«¿Es usted Tom Bryce?»

El marcado acento de la Europa del Este.

Su conversación de antes con Kellie.

«¿Qué clase de acento?»

«De algún país europeo, no era inglés.»

¿Se trataba de la misma persona?

Anoche accedió a una página web que no estaba autorizado a visitar. Ahora lo ha intentado otra vez. No nos gustan las visitas sin invitación. Si informa a la policía de lo que vio o intenta acceder otra vez a la página, lo que está a punto de pasarle a su ordenador le pasará a su mujer, Kellie, y a su hijo, Max, y a su hija, Jessica. Mire con atención, luego medítelo bien.

Tom Bryce no había pensado informar a la policía de lo que había visto el martes por la noche a través del CD que encontró en el tren. Internet era una cloaca; podías encontrar lo que quisieras, por muy erótico o asqueroso que fuera. Había entrado en una página que o era un trailer de una película o una web de violencia gratuita para enfermos; y lo habría dejado ahí. No era su trabajo controlar la cloaca.

Sin embargo, ese mensaje amenazador daba a entender que había algo más en esa página.

Ahora estaba acercándose a los South Downs; el tráfico, aunque era denso, se movía deprisa. A su izquierda, en el prado, a ochocientos metros, vio un destello de luz reflejado en un cristal. Un tren. Olvidando por un breve instante que se iba apretujado y faltaba el aire, envidió a sus pasajeros la relativa tranquilidad del viaje. Sin embargo, estaría en casa dentro de quince minutos, y tenía ganas de tomarse una copa grande y cargada.

Miró por el parabrisas hacia la bola amarilla brillante del sol, que se hundía en el cielo de color cobalto. Detrás de las colinas estaba su casa, su santuario; pero no se sentía seguro. Algo le removía las entrañas, mezclando todas sus emociones, vertiendo en él un cóctel de miedos confusos.

No quería contarle a Kellie que había recibido la misma llamada, pero habían sido siempre tan abiertos y sinceros el uno con el otro que se preguntó si estaría mal no decírselo. Excepto que sólo la pondría más nerviosa. Y entonces tendría que explicarle lo del CD.

¿Y luego?

La amenaza del e-mail era clara. Si informaba a la policía… Si intentaba entrar en la página otra vez…

Bueno, el hecho era que no pensaba hacer ninguna de las dos cosas. Así que no les pasaría nada.

Entonces, ¿por qué habían recibido esas llamadas? Se dio cuenta de que quizás había cometido una estupidez al visitar la página por segunda vez.


Mientras entraba en su calle y subía la colina, una alarma se disparó en su interior. Más adelante, vio el viejo Espace granate de Kellie aparcado en la calle. Normalmente lo metía en el garaje. ¿Por qué estaba en la calle?

Al cabo de unos momentos, mientras frenaba delante de la casa vio el porqué. Casi todo el garaje estaba ocupado por una caja de embalaje. Era una de las mayores cajas que había visto en su vida. Podría haber alojado a un elefante adulto, y aún le quedaría espacio suficiente para balancear la trompa.

Esa cosa era más alta que la puerta del garaje, por el amor de Dios.

Y en lugar de abrirse la puerta de casa y que Kellie, Max, Jessica y Lady salieran corriendo a recibirle, la puerta se abrió sólo unos centímetros y Kellie asomó la cabeza, con cautela, antes de salir vestida con una camiseta, vaqueros cortados y chanclas. En algún lugar al fondo de la casa oyó los ladridos de furiosa excitación de Lady. Ni rastro de los niños.

– Es un poco mayor de lo que esperaba -dijo Kellie, dócilmente, a modo de saludo-. Van a venir mañana a montarla.

Tom se quedó mirándola un momento. De repente, parecía muy vulnerable. ¿Le tenía miedo o estaba asustada por la llamada?

– ¿Qué…, qué es? -preguntó Tom, que en lo único que podía pensar era que hubiera lo que hubiera allí dentro había costado mucho dinero.

– Tenía que comprarla -dijo-. Estaba muy bien de precio, de verdad.

Dios santo. Tom intentaba desesperadamente no perder la paciencia, aunque se le estaba agotando deprisa.

– ¿Qué es?

Kellie se encogió un poco de hombros, para intentar quitarle importancia, pero no lo consiguió.

– Bueno, sólo es una barbacoa.

Ahora comprendió la reticencia en su voz cuando antes le había sugerido que hicieran una barbacoa esta noche.

– ¿Una barbacoa? ¿Qué diablos se asa en una cosa tan grande? ¿Ballenas? ¿Dinosaurios? ¿Una puta manada de Aberdeen-Angus?

– El precio del catálogo es de más de ocho mil libras. ¡La he comprado por tres mil! -exclamó.

Tom se dio la vuelta, estaba a punto de perder totalmente los estribos.

– Eres increíble, cielo. Ya tenemos una barbacoa perfectamente decente.

– Está oxidándose.

– Bueno, pues podrías haber comprado una nueva en Homebase por unas setenta libras. ¿Te has gastado tres mil? ¿Y dónde demonios vamos a ponerla? Esa cosa ocupará medio jardín.

– No, yo…, no es… Cuando está montada no es tan grande. ¡Es tan chula!

– Tendrás que devolverla. -Luego, se quedó callado y miró a su alrededor-. ¿Dónde están los niños?

– Les he dicho que tenía que hablar contigo antes de que los vieras. Les he avisado de que papá quizá no estaría muy contento. -Le pasó los brazos alrededor de la cintura-. Mira, hay algo que no te he dicho, quería que fuera una sorpresa. -Le dio un beso.

Dios santo, ¿qué venía ahora? ¿Iba a decirle que estaba embarazada?

– ¡Tengo trabajo!

En realidad, las palabras le arrancaron una sonrisa.


Media hora después, tras leerle a Jessica varias páginas de Poppy Cat Loves Rainbows y a Max un capítulo de Harry Potter y el cáliz de fuego, después de regar las tomateras del invernadero, y los frambuesos, las fresas y los calabacines en la franja de tierra de al lado, estaba sentado con Kellie a la mesa de madera de la terraza, con un gran vodka con martini en la mano, contemplando los últimos rayos de sol de la tarde en el jardín. Brindaron. Cerca de sus pies, Lady roía con satisfacción un hueso.

Se veía la cabeza de Len Wainwright, asomando por entre la glicinia que Kellie había colocado por encima de la valla para darles más intimidad y que llegaba hasta el cobertizo de su vecino. Len le había hablado durante muchas horas, horas que Tom no podía permitirse, de las diversas fases de la construcción de su cobertizo. Pero nunca le había explicado para qué serviría. Un día Kellie sugirió que iba a matar a su mujer y enterrarla debajo. En su momento le pareció divertido; ahora Tom ya no sonreía.

El aire desprendía un aroma dulce y estaba tranquilo, aparte del ajetreado trino vespertino de los pájaros. Por lo general, esta época del año le encantaba, era un momento del día en el que normalmente se relajaba y comenzaba a disfrutar de la vida. Pero esta noche no. Parecía que nada calmaba el miedo indefinido que no dejaba de revolverse dentro de él.

– Yo… no sabía que tú… Quiero decir…, creía que no te gustaba, ya sabes, separarte de los niños, trabajar -dijo.

– Jessica acaba de comenzar el parvulario, así que tengo tiempo -contestó ella, y bebió un sorbo de vino-. Se trata de un nuevo hotel que han abierto en Lewes, me han ofrecido un puesto en la recepción, horario flexible, empiezo el próximo lunes.

– ¿Por qué un hotel? Nunca has trabajado en un hotel. ¿Por qué no vuelves a la enseñanza si quieres volver a trabajar?

– Me apetece hacer algo distinto. Recibiré formación. No tiene ningún secreto. Principalmente se trata de manejar el ordenador.

«Así tendrás la oportunidad de entrar en eBay todo el día», pensó Tom, pero no dijo nada. Bebió un trago de su bebida y se quedó mirando y realizando cálculos mentales. Si Kellie podía ganar lo suficiente para pagar sus compras, sería una ayuda considerable. Pero tres mil libras menos en su tarjeta de crédito por una maldita barbacoa gigantesca… Tardaría meses en ganarlos. Mientras tanto, iba a tener que consolidar la deuda él. Entonces, comenzó a sonar el móvil, que había dejado en el estudio.

Tom y Kellie se miraron. Vio el destello de miedo en los ojos de su mujer y se preguntó si ella también lo veía en los suyos.

Subió corriendo y se sintió aliviado al ver en la pantalla que era Chris Webb.

– Hola, Chris -dijo-. ¿Has averiguado algo sobre el disco?

La voz del técnico sonaba poco afable.

– No, y me parece que no voy a descubrirlo.

– ¿Y eso?

– He llegado a casa y la he encontrado patas arriba. Alguien lo ha revuelto todo, y quiero decir todo. Tardaré una semana en ordenarla.

– Dios santo. ¿Te han robado muchas cosas?

– No -dijo-. No mucho. -Hubo una larga pausa, durante la cual Tom oyó el clic de lo que parecía un mechero y una fuerte aspiración-. En realidad, parece que sólo se han llevado una cosa.

– ¿Qué?

– Tu CD.

Загрузка...