Por aquellos días Gardel repartía su existencia en-e París, Nueva York y Buenos Aires. Las eternas jornadas en los estudios de la Paramount, las noches en el Greenwich Village, las madrugadas que lo recibían agotado en una suite del Hotel Middletown habían dejado su huella debajo de los párpados del cantor. Las funciones en el Empire, que solían extenderse más allá de los diez bises, las presentaciones en el teatro de la Opera y en el Florida Dancing le habían quitado los diez kilos de sobrepeso que, tiempo atrás, no sabía cómo disimular. Por las noches, en la soledad de su casa de la Rué Spontini 51, con la mirada perdida en un punto incierto más allá del ventanal, lo ganaba la añoranza. Entonces recordaba su vieja casa de la calle Jean Jaurés y el almacén del Oriental, allá en una lejana esquina del Abasto. Volver. Contaba los días que lo separaban del regreso a Buenos Aires. Y pensaba que, en realidad, salvo a su madre y sus amigos de la barra, hacía tiempo que no tenía a quién extrañar. Hasta que la conoció a Ivonne. Cuando finalmente estaba de regreso, no le alcanzaba el tiempo para hacer el circuito de siempre: el hipódromo de Palermo, su viejo y querido Armenonville, el Palais de Glace y el Royal Pigalle. Disfrutaba cada minuto como si fuese el último. La noche en que se fue tomado del brazo con Ivonne no tenía otra intención más que la de pasar la noche acompañado. Gardel no toleraba la soledad, le tenía un miedo infantil. Solía extender las noches hasta la madrugada en la mesa de un restaurante si estaba con amigos o, si estaba solo, se acodaba en la barra de un almacén perdido en el suburbio y conversaba con un mozo estupefacto al descubrir la identidad de su interlocutor. Y era el mismo afán por eludir la soledad el que, de tanto en tanto, lo llevaba a pedirle a André Seguin que le presentara a alguna de sus chicas. La noche en la que le presentó a Ivonne, antes le había susurrado al gerente que lo sorprendiera con alguna de las nuevas, "de confianza, se entiende", le aclaró por las dudas, sin que hiciera falta. Desde luego, Gardel no podía aparecerse en un hotel con una mujer colgada del brazo y, mucho menos, en la casa donde vivía con su madre, doña Berta, en la calle Jean Jaurés. Para esas ocasiones estaba "el pisito", un departamento de paredes empapeladas con flores claras, testigo sin embargo de asuntos oscuros. Aquel bulín elegantemente puesto en el segundo piso de un recóndito edificio de Corrientes y Reconquista, conocido también como "el bulín del Francés", era un pequeño aunque lujoso refugio donde ciertas figuras públicas ocultaban sus cuestiones más privadas. Cantores, músicos, poetas y otros personajes menos clasificables entraban raudos cuando caía la noche, cubiertos por el ala del chambergo, la cabeza hundida entre las solapas del abrigo, rehuyendo las miradas curiosas. El departamento, cuya discreción estaba protegida por la ausencia de portero y la escasez de vecinos, tenía tres ambientes: un cálido living comedor y dos dormitorios estratégicamente retirados. El living, presidido por un amplio ventanal que daba a Corrientes, allí donde la calle se precipitaba al río, estaba defendido de eventuales mirones por el enorme cartel luminoso de Glostora. Allí había un sofá flanqueado por dos sillones, en torno a una mesa baja con tapa de raíz de nogal. Más allá, contra la pared, descansaba un bahut repleto de bebidas, cigarros ocasionalmente, algún frasquito lleno de polvo blanco que solía durar poco tiempo. El alfombrado y las cortinas púrpuras le conferían una oscuridad íntima y apacible. En el comedor había una mesa oval forrada con un tapete de paño verde, más apta para que rodaran dados y se deslizaran naipes que para servir una cena. Una lámpara baja ceñía el cono de luz al perímetro de la mesa y dejaba el resto en penumbra. Los dormitorios eran gemelos. En cada uno había una cama de dos plazas con cabecera tapizada en capitoné de pana morada, y sendas mesas de noche, cuyos veladores tenían pantallas rojizas que oscurecían más de lo que iluminaban. La ausencia de roperos o placares revelaba la condición transitoria de sus ocasionales huéspedes. Nunca se supo -y quizá nunca se sabrá- quién era el dueño de casa. Se aventuraron muchas conjeturas acerca de la identidad del Francés. Lo que sí era seguro, y para aventar cualquier suspicacia, es que el propietario no era Carlos Gardel, pese a que iba con cierta frecuencia. Varios eran los que tenían las llaves de "el pisito". Pero por lo general, cuando despuntaban las primeras luces del alba y se apagaba el cartel, solía quedar deshabitado. Además de aquellos que con mayor o menor frecuencia reincidían en el escolaso, aparte de los que cada tanto llegaban con la fugaz compañía de una "conocida", el departamento solía dar cobijo temporal a uno que otro amigo de un amigo que, caído en desgracia, no tenía dónde pasar la noche. Alguna vez cierto poeta de voz aguardentosa y buenas intenciones para el canto, en la soledad del bulín, supo entonar unos versos tristes a capella:
Bulín, si hablaran tus muros
de claro papel floreado
que han visto asuntos oscuros;
cuántas veces trasnochado
recalé bajo tu techo,
penando cual condenado,
pa'olvidarme de un despecho
entre el humo y la penumbra,
whisky, cubilete y dados;
y ese cartel que me alumbra
la herida que ella me ha hecho
y que aún no se ha cerrado.
Bulín, si hablaran tus muros
de florido empapelado,
si contaran los secretos
de algún ilustre afamado
de levita y cuello duro
(su nombre no comprometo)
con berretín de poeta
que con sigilo y apuro
entró con una pebeta
poniendo cara de otario,
recitándole un soneto
pa'ahorrarse los honorarios.
Mezcla de asilo y garito,
bulín sin nombre ni dueño,
qué desfile estrafalario
ha pasao por "el pisito":
poetas de tristes sueños,
cantores que han sido mito,
actores de adusto ceño
y algún amigo en apuros
que se quedó sin salario
porque ha perdido el laburo…
… y vos le diste cobijo.
Por si nadie te lo dijo, bulín
de renombre oscuro,
a pesar de tu prontuario
para mí sos el más puro,
como un tanguero santuario.
Timba, minas y partusa,
testigo de mis andanzas,
refugio de mi tristeza
donde me esperan las musas
cuando pierdo la esperanza,
cuando ando sin entereza.
Dos almas en pena
Damas y caballeros: Qué sucedió aquella noche en la que Gardel llegó con Ivonne al departamento de la calle Corrientes es algo que nadie sabrá, salvo los discretos muros del bulín. Pero sin dudas, por la madrugada, ni Gardel ni Ivonne fueron los mismos que entraron horas antes. Ivonne amaba a Gardel antes de conocerlo, antes aún de sospechar su rostro, desde el día en que escuchó su voz. Nadie sabrá el secreto que guardan aquellas paredes empapeladas, pero Gardel, durante los días posteriores, no pudo quitarse de la cabeza el recuerdo de aquellos ojos azules y tristes. Nadie más que el cartel de neón de Glostora fue testigo de lo que sucedió allí adentro, pero lo cierto es que Ivonne ya nunca más quiso volver a su lejana Europa. Nadie supo por qué capricho Gardel decidió cancelar un viaje largamente planificado a Barcelona. Aquella noche, señoras y señores, iba a ser el inicio de algo tormentoso e incierto que, acaso, pudiera llamarse romance.