– He hablado con Gray Diaz -dijo Genevieve al otro lado de la línea.
Era domingo y me había tomado unas horas para mí, para ir a casa y mirar el correo y escuchar el contestador. En mi domicilio reinaba la calma que se percibe tras una ausencia; la bayeta de la cocina, seca y acartonada, era un fósil endurecido sobre el fregadero, y los papeles seguían donde los había dejado, como documentos en un museo. También me esperaban una bolsa de tomates junto a la puerta de atrás, regalo de mi vecina, la señora Muzio, y un mensaje en el teléfono. De Genevieve.
– Bien, ya sabíamos que querría hablar contigo -le dije-. Eres mi ex compañera y la persona a la que fui a visitar después de mi presunto crimen.
– No se trata de eso -respondió Genevieve-. Sarah, ese tipo cree en serio que fuiste tú.
– Eso también lo sabíamos, ¿no?
– Pero con ése es distinto -insistió-. He sido policía casi veinte años y me los he pasado oyendo a los colegas hablar de sus casos, de sus sospechosos y de sus intuiciones. Sé cuándo siguen una teoría por probar y cuándo lo hacen por convicción. Y este tipo tiene una fe ciega, Sarah. Cree firmemente que tú mataste a Stewart.
No le había dicho nada del Nova y de los análisis que efectuaba el Gabinete de Investigación Criminal a petición de Diaz y, desde luego, no pensaba hacerlo ahora. Ello no haría sino aumentar su preocupación.
– Tú no puedes hacer nada al respecto -le dije.
– Podría volver.
– No -repliqué con firmeza. Se refería a volver y confesar. Justamente lo que no quería que hiciese-. Piensa en lo que estás diciendo. No habría vuelta atrás.
Al otro lado de la línea, Gen guardó silencio y comprendí que estaba haciéndose una idea de lo que significaba la posibilidad de una condena a cadena perpetua. Aproveché la ventaja:
– Hemos llegado hasta aquí, Gen. Demasiado lejos para dejarse llevar por el pánico y echarlo todo a rodar.
El gato del vecino, un siamés flacucho, se coló con andares majestuosos por la puerta trasera buscando sobras. Guardé silencio y dejé que Genevieve asimilara mis palabras. Enseguida vería que yo tenía razón. Siempre había sido sensata, igual que yo siempre había sido intuitiva.
Finalmente, Genevieve respondió:
– Cuando todo esto acabe, vendrás a verme, ¿verdad?
– ¡Cuenta con ello! -respondí, aliviada.
Cuando colgamos, me levanté del suelo, donde me había sentado, y me encaminé a la cocina. Abrí una lata de atún y la vacié en un plato viejo, desportillado.
El examen del coche era, probablemente, lo peor de la investigación de Diaz. ¿Qué más le quedaba por hacer? ¿Registrar mi casa? Diaz no era tonto. Sin duda comprendería que yo no era del tipo de persona que lleva un diario y que, en el caso de que lo hiciera, no iba a escribir en él confesiones explícitas que me inculparan: «Querido diario, estoy muy contenta de haberme cargado a Royce Stewart y también de haber quemado su casa». No, Diaz no podía creerme tan tonta.
Abrí la puerta mosquitera de atrás con esfuerzo -cada vez resultaba más difícil- y dejé el platillo con el atún en el escalón. Al acecho en la hierba, el siamés me dirigió una mirada recelosa, como si temiera que yo pretendiera envenenarlo. No me cabía duda de que cuando me marchara, se acercaría y comería.
No volví a la casa, sino que bajé al sótano. Allí, en el cajón de las herramientas, estaba la pequeña pistola de calibre 25 que me había obligado a aceptar la hermana de Genevieve. Yo no la había usado nunca y, por lo que sabía, jamás se había empleado en un delito, pero no me sentía cómoda teniéndola allí. Por improbable que fuese que Diaz consiguiera una orden de registro de la casa, era hora de que el arma desapareciese. El río me ayudaría a librarme de ella. Un paseíto hasta el puente y la pistola se deslizaría suavemente por el fondo del río, quedaría retenida en algún obstáculo natural y allí permanecería, invisible e intacta, durante una pequeña eternidad.
Pero cuando estuve de nuevo en la casa, observando cómo comía el siamés de esa manera delicada y voraz típica de los gatos, caí en la cuenta de que conocía a alguien que necesitaba el arma un poco más que las aguas del Misisipí.
Ya era tarde para la cena, pero en el pasillo del piso de Cicero aún flotaba un agradable olor a comida. La puerta del apartamento del fondo estaba abierta y, mientras me acercaba, saludé con un gesto al chico que se hallaba en el umbral. Me correspondió ladeando ligeramente la cabeza.
Cambié de mano la bolsa de papel marrón y llamé con los nudillos a la puerta de Cicero. No obtuve respuesta.
¿Estaría durmiendo? Era demasiado temprano, pensé, y volví a llamar.
– Te buscan ahí fuera -dijo el chico. Lo miré y vi que se apartaba del umbral. Enseguida oí que Cicero se despedía de los ocupantes del apartamento.
– Hasta luego, Shorty.
– ¿A quién llamabas Shorty? -le pregunté cuando llegó a mi altura. Cicero abrió la puerta, que no estaba cerrada con llave.
– A la novia del chico -respondió. Era imposible que supiera por qué me había alterado la mención de ese nombre, el apodo de Royce Stewart.
– Mira -dije-, te he traído unas cosas. De lo que podríamos llamar la economía sumergida. Te gustan los tomates, ¿verdad?
– Me encantan -asintió, bajando ligeramente la cabeza para echar un vistazo a la bolsa-, y éstos huelen de maravilla. Son las hojas, claro.
– Ya lo sé. -El aroma astringente de las hojas del tomate, tan diferente de la dulzura del fruto, también era una de mis fragancias preferidas.
Cicero se dispuso a llevar la bolsa a la cocina. Yo rebusqué en el bolso.
– La otra cosa que te traigo es ésta -anuncié, mientras sacaba del bolso la pistola del 25; el niquelado brilló a la luz de la lámpara. Antes de ofrecérsela, la había limpiado, engrasado y disparado sin bala para comprobar que funcionaba correctamente.
– ¡Cielo santo, Sarah! ¿Es de verdad? -Cicero había vuelto la cabeza y miraba el arma.
– Sí, lo es -le confirmé-. Era de… de una especie de pariente política -añadí. Al fin y al cabo, consideraba a Genevieve un miembro de mi familia, prácticamente.
– ¿Es que toda la familia de tu marido anda metida en el delito? -me preguntó él, bromeando sólo a medias.
No le respondí directamente.
– La pistola no está registrada a nombre de nadie, que yo sepa, y si se ha cometido algún delito con ella, fue hace mucho tiempo y en otro estado -le dije-. Iba a desprenderme de ella, pero tú la necesitas más.
– ¿Te parece que la necesito? -preguntó Cicero. Creo que hasta entonces no lo había visto sorprenderse de nada. Realmente, existe una primera vez para todo-. ¿Para qué iba yo a querer un arma?
– Tienes un negocio que mueve dinero en metálico -le respondí-. Y vives en un bloque de viviendas protegidas.
– Gracias por pensar en mí, pero no. No me gustan las armas.
– No tienen por qué gustarte -insistí-. Pero en un lugar como éste…
– Por si no lo sabes -me interrumpió-, muchos inquilinos de viviendas protegidas son padres trabajadores. O jubilados. El índice de asistencia a las iglesias…
– Ya veo por dónde vas -repliqué mientras dejaba la pistola entre los dos encima de la mesa, en una especie de custodia psicológica-. En realidad, no importa mucho dónde vivas. Guardas dinero en casa y hay gente que lo sabe. Eso es arriesgado en cualquier barrio.
– No -insistió-. Aquí, la gente se echa una mano y todos respetan lo que hago. He ayudado a muchos de ellos. -Cicero vio que me disponía a responder una vez más y levantó las manos-. Entiendo lo que me dices, de veras, pero no pienso armarme contra mis propios pacientes.
– Abres la puerta a desconocidos, sin preguntarles nada -murmuré.
– Abro mi puerta a personas necesitadas, ancianos, indigentes…
– ¿Puedes decirme honradamente que nunca has tratado a nadie herido durante la comisión de un delito o que no podía acudir a un hospital porque lo buscaban las autoridades?
– Nunca hago esa clase de preguntas -se limitó a responder.
– A eso me refiero -dije yo.
– No me preocupa. Sé juzgar bastante bien a la gente.
– ¿De verdad? ¿Sabías que soy policía?
La pregunta pareció flotar en el aire entre nosotros largo rato. Cicero permaneció en silencio, cavilando. Tras sus ojos oscuros, empezaba a dar crédito a lo que oía.
– Y la primera vez que viniste aquí -dijo por último, pausadamente-, ¿pretendías reunir información para detenerme?
– Sí -respondí.
– Lo del oído era un pretexto.
– Sí.
– Ya -murmuró-. Vete.
No aprecié cambio alguno en su expresión.
– ¿Qué?
– Me mentiste. Viniste a mí buscando ayuda. Yo te acogí sin dudar, y tú me mentiste.
Tenía en la punta de la lengua la excusa de que él nunca me había preguntado abiertamente cómo me ganaba la vida, pero me sonó débil y ridícula.
– También he mentido por ti -respondí-. Te he preservado de ser detenido y encausado.
– ¿Por qué? ¿Porque te doy pena?
– No, claro que no -me apresuré a contestar-. Simplemente, no creí que merecieras ir a prisión.
– Por si no has captado la sutileza, ya estoy en una prisión -espetó Cicero-. Pero captar sutilezas no es tu fuerte… -Noté algo diferente en él, un cambio en el tono-. Crees que no me has mentido porque nunca me has dicho tajantemente que no fueras policía. Igual que te dices a ti misma que no tenemos una relación porque ya no te acuestas conmigo.
Me sentí como si hubiera tragado demasiada agua fría.
– Cicero… -empecé a decir, pero ya vi que era inútil-, ¿te quedarás la pistola, por lo menos?
– No -se limitó a responder.
Recogí el arma de la mesa y noté que me ruborizaba. Cicero me observó.
Ya en la puerta, me volví y le pregunté:
– ¿Esto tiene que ver con lo que le sucedió a tu hermano?
– Adiós, Sarah.