CAPITULO 29

La calle estaba bloqueada al tránsito y había un policía apostado, aunque no parecía hacer falta allí, pues la muchedumbre guardaba el orden. El coche seguía en el medio de la calle, abollado y maltrecho, con las ruedas al aire, como una vaca muerta en un campo de trigo. El vidrio hecho añicos cubría el pavimento y crujía bajo los pies de la gente. Habían sacado las cubiertas a golpes y las llantas estaban dobladas; la muchedumbre de mirones seguía allí.

Vickers se mezcló entre los curiosos para acercarse al auto. La puerta delantera había sido abierta y formaba una cuña entre el vehículo y la calzada; tal vez el trompo estuviera aún allí. En ese caso tendría que idear alguna forma de conseguirlo. Tal vez podía arrodillarse y fingir que le interesaba el tablero o algún instrumento. Conversaría con los curiosos sobre las diferencias entre ese tablero y los de un coche común; mientras tanto, quizá pudiera meter la mano y apoderarse del trompo para esconderlo bajo su chaqueta sin que nadie se diera cuenta.

Caminó en torno a los restos del coche, arrastrando los pies y mirándolo con la expresión del curioso indiferente, mientras intercambiaba los comentarios banales de costumbre con sus vecinos. Logró abrirse paso hasta quedar junto a la puerta. Permaneció allí, agachado y doblando el cuello, charlando con el hombre más cercano sobre el tablero de controles y sobre la caja de cambios, pero mientras tanto no dejaba de buscar el trompo.

No había allí trompo alguno.

Volvió a erguirse y caminó al azar con la multitud, con la vista clavada en el pavimento, pues quizá el trompo había caído del coche y se había alejado rodando. Tal vez estuviera en la alcantarilla. Revisó las de ambos lados de la calle y toda la calzada: el trompo no estaba.

Había desaparecido sin que él pudiera probarlo. Ya jamás sabría si era capaz de llevarlo al país de las hadas.

Por dos veces había entrado a ese país: una, siendo niño; la otra, mientras recorría cierto valle con una muchacha llamada Kathleen Preston. Había recorrido con ella un valle encantado que no podía pertenecer sino al país de las hadas. Más adelante, cuando volvió a visitarla, le dijeron que ella ya no estaba allí; él volvió la espalda a la puerta y cruzó el porche.

“Un momento”, se dijo. “¿En verdad volví la espalda a la puerta y crucé el porche?”

Trató de recordar y volvió a ver difusamente la escena. Un hombre de voz suave le había dicho que Kathleen no estaba, agregando: “Pero ¿no quiere pasar, muchacho? Quiero mostrarle algo”. Entonces él entró a la imponente sala pesada y sombría, con pinturas en las paredes, desde donde se abría una gran escalera hacia los pisos superiores. Y el hombre dijo…

¿Qué había dicho? ¿Era real aquella escena? ¿Como era posible que una experiencia así, un incidente del cual habría debido conservar cada detalle, recién retornara a su memoria después de tantos años, así como el recuerdo perdido de su aventura infantil en el país de las hadas?

Al fin y al cabo, ¿era verdad o no? Pero no había forma de saberlo.

Descendió por la calle, pasando junto al policía, que sonreía a la multitud, apoyado contra una pared, sin dejar de balancear su cachiporra. Se detuvo ante un terreno baldío para contemplar a un grupo de niños en pleno juego. En otros tiempos también él jugaba así, ajeno al tiempo y al destino, sin pensar más que en las felices horas de sol y en el borboteo delicioso encerrado en la vida. Entonces el tiempo no existía y el destino estaba a un momento de distancia, o cuanto más a una hora. Cada jornada se prolongaba para siempre; la vida no tenía fin…

Un niñito se había sentado a cierta distancia de los demás; tenía algo en el regazo y lo hacia girar, admirándolo feliz, como quien ha entrado en posesión de un juguete maravilloso. De pronto lo arrojó por los aires para cogerlo en seguida; el sol centelleó sobre sus múltiples colores. Vickers, al verlo, quedó un momento sin respiración. ¡El trompo desaparecido!

Se acercó por el baldío sin que los niños repararan en él; es decir, lo ignoraron tal como suelen hacer los niños cuando juegan, puesto que en esos momentos los adultos no existen; no son más que personajes sombríos surgidos de algún mundo irreal y poco grato. Vickers se detuvo ante el niño que jugaba con el trompo.

—¡Hola, hijo!

—¡Hola!

—¿Qué tienes ahí?

—Lo encontré—dijo el muchachito.

—Es muy lindo —observó Vickers—. Me gustaría comprártelo.

—No lo vendo.

—Te pagaría muy bien.

El niño levantó la vista, interesado.

—¿Cómo para comprarme una bicicleta nueva? —preguntó.

Vickers hundió la mano en el bolsillo y sacó varios billetes doblados.

—¡Caray, don!

En ese momento el escritor notó, mirando por el rabillo del ojo, que el policía lo estaba observando; le vio dar un paso en dirección al baldío.

—Toma —exclamó.

Arrojó los billetes doblados en el regazo del niño y se apoderó del trompo. Sin pérdida de tiempo echó a correr hacia el callejón.

—¡Eh, oiga!—gritó el policía.

Vickers siguió corriendo.

—¡Oiga! ¡Deténgase o disparo!

Hubo una explosión; el silbido agudo de una bala le pasó junto a la oreja. Tal vez el policía no sabía nada de él ni de lo que pensaba hacer, pero los periódicos tenían a todo el mundo sobre ascuas.

Llegó hasta el primero de los edificios que se alzaban en el callejón y se agachó tras él. Pero no podía quedarse allí: en cuanto el policía llegara a esa esquina podría disparar sobre él con tanta facilidad como contra una lata. Escogió entonces un pasadizo entre dos edificios. Inmediatamente comprendió que la maniobra había sido un error, pues aquel pasillo le conduciría otra vez a la calle, donde estaba el coche destrozado.

En ese momento vio la ventana de un sótano; estaba abierta. Supo sin pensarlo que era su única oportunidad. Calculó la distancia y se dejó caer por ella, con los pies hacia adelante. El antepecho le apretó la espalda; el dolor le cruzó el cuerpo como una llamarada. En seguida se golpeó la cabeza contra algo y el sótano se convirtió en un pozo de oscuridad donde brillaban miles de estrellas. Cayó despatarrado y sin aliento; el trompo escapó de su mano y rebotó en el suelo.

Se irguió sobre manos y rodillas para buscar su juguete. Aferrándose de una tubería logró ponerse de pie. Tenía en la espalda una despellejadura ardiente y la cabeza le zumbaba por la violencia del golpe, pero estaba a salvo, al menos por un tiempo.

Se encontró ante una escalera y subió por ella; era la trastienda de una ferretería. Aquel cuarto estaba repleto de rollos apilados al azar: alambre tejido, papel alquitranado, cartones, carretes de hilo para encuadernación, tubos de calefacción, cocinas embaladas y cuerdas.

En la parte delantera había movimiento de gente, pero no se veía a nadie. Vickers se ocultó tras una cocina embalada; desde la ventana le llegó un rayo de sol, sumergiéndolo en un charco de luz.

En el callejón se oyó ruido de pasos apresurados y lejanos gritos de hombre. Se encogió cuanto pudo, apretando el cuerpo contra las toscas maderas del embalaje, mientras se esforzaba por dominar sus jadeos, temeroso de que alguien entrara y los oyera.

Tendría que buscar la forma de salir; si permanecía allí lo encontrarían, tarde o temprano. No tardarían mucho en registrar toda la zona, combinando las fuerzas policiales con las civiles. Por entonces sabrían ya a quién buscaban. El niño les habría dicho que el trompo estaba cerca del coche; alguien recordaría de inmediato haberlo visto bajar del auto y quizá también la camarera del restaurante donde había desayunado. Juntando pequeñas informaciones acabarían por saber que el fugitivo era el hombre cuyo coche habían destrozado.

Se preguntó qué sería de él cuando lo encontraran; tal vez algo parecido a lo que contaba el boletín de St. Malo con respecto al cadáver colgado del poste con un letrero sobre el pecho.

Pero no había forma de huir. Estaba atrapado y no podía hacer gran cosa por el momento. No era posible volver al callejón, pues habría vigilancia. El sótano tampoco era mejor que el cuarto donde estaba. Podía filtrarse hacia el negocio y comportarse como cualquier cliente, para salir finalmente a la calle, tratando de parecer un ciudadano común interesado en algún arma o en cierta herramienta que no estaba a su alcance. Pero todo eso parecía difícil.

La falta de lógica tampoco había servido de mucho, al cabo. La lógica y la razón seguían ocupando el primer puesto; eran aún los factores que regían las vidas humanas.

No había forma de escapar de ese nido soleado tras la cocina embalada. No había modo de huir, a menos que…

Había vuelto a encontrar el trompo. Lo tenía en sus manos.

No había modo de huir…a menos que el trompo funcionara.

Lo puso en el suelo y lo hizo girar lentamente, bombeando la manivela. El juguete cobró velocidad. Vickers bombeó más de prisa y lo dejó ir, girando, emitiendo su silbido, mientras él, acuclillado, contemplaba las bandas de color. Las vio surgir y las siguió hasta el infinito, preguntándose adónde iban. Se obligó a centrar la atención en el trompo hasta no ver más que eso.

No sirvió de nada. El trompo se tambaleó y él alargó una mano para detenerlo.

Lo intentó una vez más.

Tenía que volver a sus ocho años, retroceder hasta su niñez. Debía limpiar la mente de todo pensamiento adulto, de toda preocupación y sofisticación adultas. Convertirse en niño.

Pensó en los juegos en la arena, en las siestas bajo los árboles, trató de sentir el polvo suave bajo los pies descalzos. Cerró los ojos, se concentró, atrapó la visión de una infancia, su color, su aroma.

Abrió los ojos y contempló las bandas, llenando la mente de preguntas, la incógnita de su aparición y desaparición. ¿Adónde iban?

No sirvió de nada. El trompo volvió a tambalearse. Lo detuvo.

Un pensamiento frenético se abrió paso hacia su conciencia. No tenía mucho tiempo. Era preciso darse prisa.

Alejó aquel pensamiento. Un niño no tiene idea del tiempo. Para un niño el tiempo es siempre. Era un niño pequeño, tenía todo el tiempo a su disposición y un trompo nuevo y reluciente.

Tornó a hacerlo girar.

Conoció el consuelo de un hogar, de una madre querida, de los juguetes esparcidos en el suelo, y los cuentos que la abuela le leía cuando venia de visita. Y contempló el trompo con simple maravilla infantil, mientras observaba las bandas que surgían y se marchaban, surgían y se marchaban, surgían y se marchaban…

Cayó veinte o treinta centímetros, golpeando el suelo con un ruido seco. Se encontró sentado en la cima de una colina; ante él se extendía una llanura de muchos kilómetros, cubierta de pastos ondulantes, bosquecillos, lejanas aguas arremolinadas.

Bajó la vista. Allí estaba el trompo, girando lentamente, acabado el impulso.

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