Traducido por Laura
Alexei había estado esperando más de diez minutos fuera de las habitaciones privadas de su padre, su solicitud para una audiencia no daba más consideración que la de cualquiera de los otros guardas de seguridad de Yakut. La falta de respeto – la flagrante indiferencia – no durante mucho tiempo le escocía como le ocurrió la otra vez. El se había movido de ese pasado amargo e inútil de hace años, a favor de cosas mas productivas.
Oh, en el foso mas profundo del estomago de Lex el todavía ardía por saber que su padre-su único pariente vivo- podía pensar aunque solo fuera un poco en el, pero el calor del constante y patente rechazo había llegado de alguna forma a ser menos doloroso. Era así simplemente como eran las cosas. Y Lex era más fuerte por eso, de hecho. El era igual que su padre de maneras que ni el viejo bastardo podia nunca imaginar, caminando encorvado y solo para admitirlo.
Pero Lex conocía sus propias capacidades. El sabía sus propias fortalezas. El sabia sin ninguna duda que el podía ser mucho mas de lo que el era ahora, y anhelaba la oportunidad de demostrarlo. A el mismo y, si, al hijo de puta que lo engendró también.
La muesca del metal cogió la onda mientras la puerta finalmente abierta hizo que los pies de Lex se detuvieran. “Justo a tiempo” le gruñó él al guarda que se puso a su lado para dejarle entrar.
La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por el brillo de los leños que ardían en la enorme chimenea de piedra en la pared opuesta. La casa estaba conectada con electricidad, pero era raramente utilizada -no había necesidad real para alas luces cuando Sergei Yakut y el resto de la Raza tenía extraordinaria visión, especialmente en la oscuridad.
Los otros sentidos de la Raza eran también bastante agudos, pero Lex sospechaba que incluso un humano estaría en apuros de echar de menos los olores combinados de sangre y sexo que se fundían con el olor acido del humo de la chimenea.
“Perdonen por interrumpir” murmuró Lex, mientras su padre salía de una habitación anexa.
Yakut estaba desnudo, su pene todavía parcialmente erecto, su rubicunda longitud inclinándose obscenamente con cada movimiento. Asqueado por la vista, Lex parpadeó, y desvió la mirada. El rápidamente pensó mejor en ello, rechazando a dar un débil impulso que estaba seguro seria tenido en cuenta contra el. En vez de eso el miró a su padre entrar en la habitación, los ojos del viejo vampiro brillaban como carbones ámbar colocados en el fondo de su cráneo, con sus pupilas reducidas a estrechas y verticales rendijas en su centro. Sus colmillos eran enormes en su boca, puestos completamente extendidos y afilados como cuchillas. Una pantalla de sudor abrigaba el cuerpo de Yakut, cada pulgada de el lívida de color desde los colores latentes de sus dermaglifos, las únicas marcas de su piel de la Raza que se extendían desde la garganta a los tobillos de los Gen Uno. Sangre fresca- inequívocamente humana, todavía débil l- suficiente aroma para indicar el origen de un Subordinado- manchaba todo su torso y costados. Lex no estaba sorprendido por la evidencia de la reciente actividad de su padre, ni por el hecho de que el trío de voces apagadas en la otra habitación fueran las de su actual grupo de esclavas humanas. Crear y mantener subordinados, algo que solo las estirpes más puras y poderosas de la raza eran capaces de hacer, había sido durante largo tiempo una practica ilegal entre la educada sociedad de la Raza. Sin embargo, así era al menos entre las fracciones de Sergei Yakut. El hacía sus propias reglas, dispensaba su propia justicia, y aquí, en este lugar remoto, el dejaba claro a todos que el era el rey. Incluso Alex podía apreciar ese tipo de libertad y poder. Demonios, el podía prácticamente saborearlo.
Yakut le dirigió una Mirada desdeñosa desde el otro lado de la habitación. “Te miro y veo la muerte ante mí”.
Lex frunció el ceño. “¿Señor?”
“Si no fuera por las restricciones del guerrero y mi intervención en esta noche, estarías acompañando a Urien en ese almacen de la ciudad, ambos cuerpos esperando el amanecer”. El desprecio inundaba cada silaba. Yakut recogió una herramienta de hierro del lado de la chimenea y movió los leños en la hogar. “Te salvé la vida esta noche, Alexei. ¿Qué mas esperas que te de esta tarde?”
Lex se enfadó al recordar su reciente humillación, pero el sabía que el odio no le ayudaría, particularmente no cuando estaba enfrentándose a su padre. El hizo un movimiento deferente de su cabeza, encontrando una maldita dura resistencia a mantener el matiz fuera de su voz. “Soy tu fiel sirviente, padre. No me debes nada. Y no te pido nada excepto el honor de tu continua confianza en mí”.
Yakut gruñó. “Hablas más como un político que como un soldado. No necesito políticos en mis filas, Alexei”.
“Soy un soldado” contestó rápidamente Lex, alzando su cabeza y mirando mientras su padre continuaba moviendo el palo de hierro en el fuego. Los leños se rompían, chispas saltaban hacia arriba, golpeando el largo y letal silencio que caía sobre la habitación. “Soy un soldado” afirmó de Nuevo Lex. “Quiero servirte lo mejor que pueda, Padre”.
Una burla ahora, pero Yakut giro su greñuda cabeza para mirar a Lex por encima del hombro. “Me das palabras, chico. Yo no tengo ninguna obligación de confiar en tus palabras. Últimamente no puedo ver que me hayas ofrecido nada mas”.
“¿Cómo esperas que sea efectivo si no me mantienes mejor informado?”. Cuando esos ojos matizados de ámbar con sus astilladas pupilas se estrecharon afiladamente sobre él, Lex se dio prisa en añadir “Corrí hacia el guerrero en los campos. El me dijo sobre los recientes asesinatos de los Gen Uno. El dijo que la Orden había contactado contigo personalmente para avisarte del peligro potencial. Debería haberme hecho participe de ello, padre. Como capitán de su guardia, merezco ser informado”.
“¿Qué tu mereces que?” la pregunta salió de los labios de Yakut. “Por favor, Alexei…dime solo que es lo que sientes que mereces”.
Lex permaneció en silencio.
“¿Nada que añadir, hijo?” Yakut movió su cabeza en un ángulo exagerado, su boca mostró una sonrisa sarcástica. “Un cargo similar me fue lanzado hace años de los labios de una estúpida mujer que pensaba que podía apelar a mi sentido de obligación. A mi misericordia, quizás”. El se rió entre dientes, girando su atención de nuevo al fuego, para removerlo de nuevo en las brasas. “Sin Duda recordaras que la pasó”.
“Lo recuerdo” respondió con cuidado Lex, sorprendido por la seca situación de su garganta mientras el hablaba.
Los recuerdos se arremolinaron fuera de las ondulantes llamas de la chimenea.
AL norte de Rusia, el fin del invierno. Lex era un chico, apenas tenía diez años, pero era el hombre de su precario hogar tanto como alcanzaba a recordar. Su madre era todo lo que el tenía. La única que sabía como era el realmente, y le quería a pesar de todo.
El se había preocupado la noche que ella le había dicho que iba a llevarle a conocer a su padre por primera vez. Ella dijo a Lex que había sido un secreto que había mantenido-su pequeño tesoro. Pero el invierno había sido duro, y eran pobres. Necesitaban refugio, alguien que les protegiera. El campo estaba en confusión, inseguro para una mujer cuidando a un niño como Lex sola. Necesitaban refugio, alguien que les protegiera. Ella rogó al padre de Lex que se lo proporcionara. Ella prometió que el les abriría sus brazos en forma de bienvenida una vez hubiera conocido a su hijo.
Sergei Yakut les había dado la bienvenida con una fría ira y un terrible e impensable ultimatum.
Lex recordaba las plegarias de su madre a Yakut para que les acogiera…completamente ignoradas. El recordaba a la orgullosa y bella mujer arrodillándose ante Yakut, rogando que si no se preocupaba por ambos que el mirara solo por Alexei.
Esas palabras se clavaban en los oídos de Lex, incluso ahora: ¡El es tu hijo! ¿No significa nada para ti? ¿No merece algo más?
Lo rápido que la escena había perdido el control.
Lo fácil que fue para Sergei Yakut sacar su espada y deslizar esa cuchilla limpiamente a través del cuello de la madre indefensa de Lex.
Lo brutal de sus palabras, que el solo tenía sitio para soldados en su reino, y que Lex tenía una elección que hacer en ese momento: servir al asesino de su madre o morir junto a ella.
Lo débil que la respuesta de Lex había sido, dicha entre sollozos. Te serviré, había dicho, y sintió que una parte de su alma le abandonaba mientras miraba con horror el cuerpo sangrante y roto de su madre. Te serviré, padre.
Lo frío que fue el silencio que continuó.
Tan frio como una tumba.
“Soy tu sirviente” dijo en alto ahora Lex, bajando la cabeza más por el peso de los viejos recuerdos que por respeto al tirano que le gobernaba. “Mi lealtad siempre ha sido tuya, padre. Solo sirvo a tu placer”.
Un repentino calor, tan intenso que se sentía como llamas ardientes apretó bajo la barbilla de Lex. Sobresaltado, el levantó su cabeza, estremeciéndose del dolor con un grito ahogado. El vio el humo salir delante de sus ojos, olio la dulce y enfermiza peste a carne quemada-la suya.
Sergei Yakut estaba de pie ante el, sosteniendo el largo atizador de hierro en su mano. La brillante punta de la varilla de metal ardía, en rojo ardiente excepto por la zona de piel blanca cenizacea que colgaba de el, la cual había sido arrancada de la cara de Lex.
Yakut sonrió, enseñando las puntas de sus colmillos. "Sí, Alexei, sirves solo a mi placer. Recuerda eso. Solo porque mi sangre corre a través de tus venas no significa que me resista a matarte”.
"Por supuesto que no," murmuró Lex, con la mandíbula agarrotada por la devastadora agonía de sus quemaduras. El odio bullía en él por el insulto que el podía tragarse y por su propia impotencia cuando veía al hombre de la raza que le desafió con su ceño fruncido para hacer un movimiento contra el de nuevo.Yakut desistió al final. Arrastró una túnica de lino marrón desde una silla y se encogió en ella. Sus ojos estaban todavía iluminados con hambre y lujuria de sangre. El dejó que su lengua patinara por sus dientes y colmillos. “Como estas tan ansioso por complacerme, ve y trae a Renata. La necesito ahora”.
Lex apretó sus dientes tan fuerte que deberían haberse hecho añicos en su boca.
Sin palabras caminó fuera de la habitación con su mandibula rígida, sus propios ojos centelleaban con la luz ámbar de su indignación. El no perdió de vista la mirada confusa del guarda apostado en la puerta, el rumbo inquieto de los ojos de los otros vampiros mientras el disfrazaba el olor de la carne quemada y el probable calor de la enturbiada ira de Lex.
Su quemadura cicatrizaría- de hecho, ya lo estaba haciendo, su acelerado metabolismo de la raza reparaba la piel quemada mientras los pies de Lex le llevaban a la zona principal del refugio. Renata justo venía de fuera. Ella vio a Lex y se detuvo, girándose alrededor como si ella quisiera evitarle. No era jodidamente probable.
“El te quiere” ladró Lex a través de la estancia, sin preocuparse de cuantos otros guardias le oyeran. Todos ellos sabían que ella era la puta de Yakut, así que no había razón para fingir otra cosa. “El me dijo que te enviara adentro. Está esta esperándote para que le sirvas”.
Los fríos ojos verde jade le demolieron. “He estado entrenando afuera. Necesito lavarme la suciedad y el sudor”.
“El dijo ahora, Renata”. Una orden corta, una que el sabía sería obedecida. Había más que una pequeña satisfacción en ese pequeño y raro triunfo.
“Muy bien”. Ella se encogió de hombros, acolchada sobre sus pies descalzos.
Su insulsa expresión mientras ella se acercaba decía que no la preocupaba lo que nadie pensara de ella, y mucho menos Lex, y esa falta de adecuada humillación solo le hacía querer degradarla más. El olfateó en su dirección, más por efecto que por nada más. “A el no le importará tu mugre. Todos sabemos que las mejores putas son las sucias”.
Renata no hizo más que parpadear ante el vulgar comentario. Ella podía reducirle con una ráfaga de su poder mental si lo decidiera- de hecho, Lex casi esperaba que lo hiciera, solo para demostrar que la había herido. Pero el rápido giro de su Mirada le dijo que ella no sentía que el mereciera la pena el esfuerzo.
Ella pasó junto a el con una dignidad que Lex no podía incluso comenzar a entender. El la miró-todos los guardias en la zona inmediata la miraron- mientras caminaba hacia las habitaciones de Sergei Yakut tan calmada como una reina de la nobleza en su camino a la horca.
No le llevó mucho a Lex imaginar un día cuando el pudiera ser el único al control de todo quien mandaría sobre este hogar, incluyendo a la altanera Renata. Por supuesto, la puta no sería tan altanera si su mente, voluntad y cuerpo pertenecieran completamente a el. Un subordinado para servir cada uno de sus caprichos…y los de los otros hombres a su cargo.
Sí, Lex reflexionó con muy malos ojos, sería condenadamente bueno ser rey.