Fui llamado de nuevo a Prinz Albrechstrasse. El ambiente era frenético, por decir algo. El personal corría de aquí para allá con expedientes, los teléfonos sonaban sin cesar, y los correos iban por los pasillos cargados con despachos importantes. Incluso sonaba la canción Erika en un tocadiscos, como si fuéramos las SS motorizadas avanzando hacia la costa de Normandía. Y, cosa rara, todos estaban sonrientes. Nadie sonreía nunca en aquel lugar, pero aquel día lo hacían. Incluso yo tenía una sonrisa en mi rostro. Derrotar a Francia tan rápido como lo habíamos hecho parecía un milagro. Tengan en cuenta que muchos de nosotros habíamos pasado cuatro años empantanados en las trincheras del norte de Francia. Cuatro años de matanzas y de inmovilidad. ¡Y ahora habíamos alcanzado la victoria sobre nuestro más viejo enemigo en sólo cuatro semanas! No hacía falta ser nazi para sentirse contento. Y para ser sincero, en el verano de 1940 estuve muy cerca de pensar bien de los nazis. Por cierto, en aquel momento ser nazi parecía no tener demasiada importancia. De pronto, todos nos sentíamos orgullosos de ser alemanes.
Por supuesto, la gente también se sentía contenta porque creía -nosotros creíamos- que la guerra se había acabado prácticamente antes de haberse iniciado. Casi nadie había muerto, comparado con los millones que habían caído en la Gran Guerra. Inglaterra tendría que firmar la paz. La puerta trasera rusa estaba segura. Y Estados Unidos no tenía interés en verse involucrado, como siempre. En conjunto, parecía algo milagroso. Yo esperaba que los franceses se sentirían de un modo muy diferente, pero en Alemania reinaba el júbilo nacional. Sinceramente, en la última persona en la que habría pensado aquella mañana, cuando entré en el despacho de Heydrich, era en aquel estúpido gilipollas de Erich Mielke.
Sentado a la mesa, junto a Heydrich, había otro hombre con el uniforme de las SS al que no reconocí. Tendría unos treinta años, era delgado, con una gran cabellera castaña clara, una boca casi femenina y el par de ojos más agudos que hubiese visto fuera de la jaula del leopardo en el Zoo de Berlín. El ojo izquierdo se parecía más que el otro al de un felino. Al principio creí que lo mantenía entrecerrado para protegerse del humo de su cigarrillo al final de una boquilla de plata, pero al cabo de un rato vi que el ojo siempre estaba en ese estado, como si hubiese perdido el monóculo. Sonrió cuando Heydrich nos presentó, y vi que tenía algo más que un ligero parecido con el joven Bela Lugosi, suponiendo que Bela Lugosi hubiera sido joven alguna vez. El nombre del oficial de las SS era Walter Schellenberg, y creo que por aquel entonces era comandante -más tarde ascendió a general-, pero en realidad no presté mucha atención a los galones en el cuello. Me interesaba más el uniforme de Heydrich, de comandante de la reserva de la Luftwaffe. Aún más interesante era el hecho de que llevara el brazo en cabestrillo, y durante varios minutos de inquietud supuse que mi presencia allí tendría algo que ver con algún atentado contra su vida que querría que investigase.
– El Oberkommissar Günther es uno de los mejores detectives de la Kripo -le dijo Heydrich a Schellenberg-. En la nueva Alemania es una profesión que tiene sus riesgos. La mayoría de los filósofos discuten si en última instancia el mundo es mente o materia. Schopenhauer afirma que la realidad final es la voluntad humana. Pero cada vez que veo a Günther me acuerdo de la suprema importancia que tiene para el mundo la curiosidad humana. Como un científico o un inventor, un buen detective debe ser curioso. Debe establecer sus hipótesis. Y debe tratar de demostrarlas siempre, contrastándolas con los hechos observables. ¿No es así, Günther?
– Sí, Herr general.
– Sin duda, ahora mismo se estará preguntando por qué visto este uniforme de la Luftwaffe, y confiando en secreto que eso significa mi partida de la Sipo, de manera que él podrá disfrutar de una vida más plácida y tranquila. -Heydrich sonrió ante su propia broma-. Vamos, Günther, ¿no es lo que está pensando?
– ¿Va a dejar la Sipo, Herr general?
– No. -Sonrió como un escolar muy listo.
No dije nada.
– Intente contener su evidente alivio, Günther.
– Muy bien, general. Haré todo lo posible.
– ¿Ve lo que le digo, Walter? Sigue siendo él mismo en todo momento.
Schellenberg se limitó a sonreír, siguió fumando y me observó con sus ojos de gato sin decir nada. Al menos teníamos una cosa en común. Con Heydrich lo más seguro era no decir nada.
– Desde la invasión de Polonia -explicó Heydrich-, me he estado ofreciendo como voluntario para tripular bombarderos. Fui artillero de cola en un ataque aéreo sobre Lublin.
– Parece algo arriesgado, Herr general -opiné.
– Lo es. Pero créame, no hay nada como volar sobre una ciudad enemiga a trescientos veinte kilómetros por hora con una MG17 en las manos. Quería demostrarles a algunos de esos soldados burócratas de qué estamos hechos en las SS. No somos un puñado de soldados de café.
Me dije que seguramente se refería a Himmler.
– Muy loable, señor. ¿Es así como se hirió en el brazo?
– No. No, fue un accidente -respondió-. También me he estado preparando como piloto de caza. Me estrellé durante el despegue. Un error estúpido por mi parte.
– ¿Está seguro de eso? -La sonrisa satisfecha de Heydrich se detuvo, a medio vuelo, y por un momento me pregunté si había ido demasiado lejos.
– ¿Qué quiere decir? ¿Que no fue un accidente?
Me encogí de hombros.
– Sólo digo que me imagino que querrá descubrir si algo salió mal antes de volver a volar. -Intentaba apartarme de la idea que, debido a mi imprudencia, había instaurado en su mente-. ¿Qué clase de avión era, señor?
Heydrich titubeó como si estuviese debatiendo la idea en su mente.
– Un Messerschmitt -dijo en voz baja-. El Bf no. No está considerado un avión muy ágil.
– Bien, pues ya lo tiene. No se me ocurre por qué he mencionado algo así. Desde luego no pretendía insinuar que no es usted un buen piloto, general. Estoy seguro de que no le habrían dejado ponerse a los mandos sin estar seguros de que el aparato estaba en condiciones. Yo nunca he despegado del suelo, pero aun así me gustaría estar bien seguro de que no hubo algún fallo mecánico antes de subir de nuevo.
– Sí, quizá tenga razón.
Ahora Schellenberg asentía.
– Desde luego no hará ningún daño comprobarlo, Herr general. Günther tiene razón.
Tenía una curiosa voz aguda con un ligero acento que me resultaba difícil identificar; y había algo muy pulcro y distinguido en él que me recordaba a un mayordomo, o a un dependiente de una tienda para hombres.
Una atractiva secretaria de las SS -a las que solíamos llamar ratita gris- entró llevando una bandeja con tres tazas de café y tres vasos de agua, como si estuviésemos en un café de la Kudamm, y por fortuna nos olvidamos del tema del accidente de Heydrich; Schellenberg dedicó su atención a la mujer en sí misma y Heydrich distraído por la música del disco que llegaba a través de la puerta abierta. Por un momento golpeó con los tacones en el suelo al ritmo de la canción y sonrió feliz.
– ¿No es un sonido maravilloso?
– Maravilloso, Herr general -dijo Schellenberg, que todavía estaba mirando a la secretaria de Heydrich, y el comentario bien podía referirse a ella tanto como a la música.
Le comprendí. Ella se llamaba Bettina, y parecía demasiado bonita para estar al servicio de un demonio como Heydrich.
Cuando ella salió, los tres comenzamos a cantar. Era una de las pocas canciones de las SS que no me molestaba cantar, puesto que no tenía nada que ver con las SS ni con luchar en una guerra. Y por un momento, olvidé quién era y con quién estaba.
En el prado crece una florecilla
Y su nombre es Erika
Cien mil abejas
Vuelan alrededor de Erika
Porque su corazón está colmado de dulzura
Y su vestido floreado despide un suave perfume
En el prado crece una florecilla
Y su nombre es Erika
Cantamos las tres estrofas, y cuando acabamos estábamos de un humor tan alegre que Heydrich le pidió a Bettina que nos trajese brandy. Unos pocos minutos más tarde estábamos brindando por la caída de Francia, y entonces Heydrich me explicó la verdadera razón de mi presencia en su despacho. Me entregó un expediente, esperó a que lo abriese y me dijo:
– Recordará el nombre en el expediente, por supuesto.
– Erich Mielke -asentí-. ¿Qué pasa con él?
– Usted le salvó la vida, y luego él y un cómplice asesinaron a dos policías. Después, su arresto fue entorpecido por el judío que estaba a cargo de la investigación.
– Se refiere al Kriminal-Polizeirat Heller -dije-. Sí, lo recuerdo. ¿No fue Heller quien investigó con éxito el asesinato de aquel joven miembro de las SA en Beussellkeitz? Aquel que fue apuñalado mortalmente por unos matones comunistas. ¿Cuál era su nombre? ¿Herbert Norkus?
– Gracias por la lección de historia, Günther -manifestó Heydrich, con paciencia-. Ninguno de nosotros olvidará a Herbert Norkus.
Esto no tenía nada de sorprendente, porque el asesinato de Norkus había sido el tema de la primera película de propaganda nazi, sobre la juventud hitleriana. No la vi, pero me parecía poco probable que el guión aludiera a la participación de Heller. En cualquier caso, me pareció conveniente no insistir más en ese detalle.
– Le agradará saber que el Servicio de Inteligencia Extranjera consiguió seguirle el rastro a Mielke desde que usted y Heller le permitieron escapar -continuó Heydrich-. Walter, ¿porque no pones al inspector jefe al día de lo que hemos sabido de él hasta ahora?
– Con mucho gusto, señor -dijo Schellenberg-. En Moscú averiguamos que Mielke asistió a la Escuela Lenin con el nombre de Walter Scheuer. Luego le dieron el nombre de Paul Bach, y suponemos que es el mismo Paul Bach que prestó declaración contra muchos de los cuadros comunistas alemanes después de la purga estalinista en el Hotel Lux en mayo de 1935. Como es natural, la Gestapo, al mismo tiempo, vigilaba la casa de la familia Mielke; y poco después de los asesinatos de Anlauf y Lenck la familia se trasladó del apartamento en la Stettiner Strasse a una nueva dirección en la Grünthaler Strasse, donde, en septiembre de 1936, la hermana menor de Mielke, Gertrud recibió una tarjeta postal de Madrid. Esto pareció confirmar lo que ya sospechábamos, que Mielke había sido enviado a España como chekista. Durante la guerra civil utilizó el nombre de capitán Fritz Leissner y fue asignado al servicio de un tal general Gómez, a quien conocemos mejor como Wilhelm Zaisser, otro comunista alemán. Al parecer estos cabrones dedicaron más tiempo a eliminar a otros republicanos que a matar nacionalistas, y no fue ninguna casualidad que la decimotercera Brigada Internacional, también conocida como la Brigada Dabrowski, se amotinase poco después de la batalla de Brunete, en julio de 1937, debido a las tremendas bajas sufridas como resultado de la incompetencia de sus oficiales.
»Tras la derrota republicana en enero de 1939, Mielke fue uno de los miles de refugiados que cruzaron la frontera a Francia. Los franceses comenzaron a encerrarlos casi de inmediato. En octubre de 1939 uno de nuestros agentes -que se hacía pasar por miembro del Partido Comunista francés y estuvo internado en los mismos campos de concentración que los comunistas alemanes- conoció a un hombre que podría ser Erich Mielke en el estadio del Buffalo Sports, en el sur de París, unas instalaciones que los franceses utilizaron como centro provisional para internar a los extranjeros indeseables. Informó de que Mielke le había dicho que lo habían transferido allí desde otro centro provisional, el campo de tenis Roland Garros. Poco después de aquello, Mielke fue trasladado a uno de los dos campos de concentración permanentes del sur de Francia: el campo de Le Vernet, en Ariège, cerca de Toulouse, o tal vez en Gurs, en la región de Aquitania. Creemos que aún sigue internado en uno de esos campos. Sabe que lo estamos buscando, así que, como es lógico, estará usando un nombre falso. Si bien las condiciones en los campos suelen ser abominables, desde que la Unión Soviética firmó el pacto de no agresión con Alemania, puede que no sean para él un lugar seguro. Stalin ya ha enviado de vuelta aquí a varios comunistas alemanes, para demostrar su buena voluntad hacia el Führer. Y es muy probable que haga lo mismo con Erich Mielke. Por lo tanto, ahora que Francia está en poder del Tercer Reich, es nuestra mejor oportunidad para capturarlo desde hace casi una década.
– Usted es el único hombre de la Sipo -intervino Heydrich- que ha tenido el placer de haber conocido a Mielke, lo cual le convierte en el más cualificado para ir a Francia y detenerlo. Los franceses ya se están mostrando más dispuestos a cooperar. Están tan ansiosos de librarse de algunos indeseables alemanes, como nosotros de atraparlos. Desde luego, verá que no es usted el único oficial de policía que viajará hasta allí para arrestar a fugitivos de la justicia alemana, pero sí es uno de los más importantes. Porque, no se equivoque, Günther; Erich Mielke es el número uno en nuestra lista de los más buscados.
– Tengo algunas preguntas, señor -dije.
Heydrich asintió.
– En primer lugar, no hablo francés.
– Eso no es ningún problema. En París se reunirá con el Hauptmann Paul Kestner, a quien creo que conoce porque trabajaron juntos en la Kripo. Kestner es de Alsacia y habla un francés fluido. Tiene órdenes de ofrecerle toda la ayuda que usted requiera. Ustedes dos informarán a mi propio delegado, el general Werner Best, de la Gestapo. Junto con Helmut Knochen, que es el comandante supremo de la seguridad en París; les asignará algunos policías franceses para que les ayuden en el cumplimiento de su misión, cuyo nombre de código es FAFNIR.
Asentí.
– FAFNIR, muy bien, señor. Me alegro de que no dijese Hagen.
Heydrich se mostró intrigado, lo cual no ocurría muy a menudo.
– En el ciclo de El anillo del nibelungo, señor -expliqué-, Hagen mata a Günther.
Heydrich sonrió.
– Bueno, yo le mataré a usted si no encuentra a Mielke -dijo-. ¿Comprendido?
Me alegró verle sonreír.
– Sí, Herr general.
– Necesitará un uniforme, señor -intervino Schellenberg.
– ¿Tiene uniforme, Günther?
– No, Herr general. Todavía no.
– Ya me lo pensaba. Bien. Eso nos da una oportunidad para hablar en privado. Venga conmigo. Y traiga el expediente de Mielke con usted. Lo necesitará.
Se levantó, cogió su gorra y caminó hacia la puerta. Lo seguí hasta el despacho exterior, donde él ya le estaba diciendo a Bettina que llamase a su coche para que lo recogiesen en la puerta principal y cogió el maletín de las manos de Schellenberg. Me quitó el expediente y lo guardó dentro del maletín.
– ¿Vamos a alguna parte? -pregunté.
– A mi sastre -respondió, y caminó hacia las enormes escaleras de mármol.
Al salir del edificio, los guardias de Prinz Albrechstrasse lo saludaron, y esperamos unos momentos a que llegase el coche. Heydrich me permitió encenderle el cigarrillo y me entregó el maletín.
– Todo lo que necesita saber de la operación FAFNIR está en este maletín -dijo-. Dinero, pases, documentación de viaje y más cosas. Muchas más. Por eso quería hablar con usted en privado. -Miró a los dos guardias de las SS como si quisiese asegurarse de que no podían oírnos y luego me dijo la cosa más extraordinaria:
– Verá, Günther, usted y yo tenemos algo en común. Años atrás ambos fuimos denunciados como Mischlings porque, supuestamente, tenemos algún abuelo judío. Se trata de una tontería, por supuesto. Pero está relacionada con lo que le dije antes.
– Se refiere a que alguien está intentando matarle.
– Sí. Después de fracasar en mi intento de convencer al Führer de que no había nada de verdad en esos malvados rumores, creo que Himmler tiene la intención de asesinarme. Por supuesto, no carezco de recursos propios. Ciertos registros pertenecientes al pasado de mi familia en Le Halle, que pueden dar lugar a malas interpretaciones, han sido borrados. Y la persona que me denunció, un cadete naval que conocí en la academia en Kiel, sufrió un desafortunado accidente. Murió en el bombardeo del Deutschland en 1937, cuando la fuerza aérea republicana atacó el puerto de Ibiza. Ésa es al menos la versión oficial.
Llegó el coche. Era un enorme Mercedes negro descapotable. El chófer, un sargento de las SS, bajó de un salto, saludó, abrió la puerta y tumbó el asiento delantero hacia adelante.
– ¿Por qué ha tardado tanto, Klein? -preguntó Heydrich.
– Lo siento, señor. Estaba llenando el depósito cuando llegó su llamada. ¿Adónde vamos?
– A Holters, los sastres.
– El número 16 de la Tauenzienstrasse. Muy bien, señor.
Nos dirigimos hacia el sur, hasta la esquina con la Bülow Strasse, y luego hacia el oeste.
– El maletín que le acabo de dar -dijo Heydrich- contiene también el expediente del hombre que lo denunció a usted, Günther. De hecho, como descubrirá, ese documento está relacionado con el expediente de Mielke. Verá que el hombre que le denunció fue el Hauptmann Paul Kestner. Su antiguo compañero de escuela y colega de la Kripo.
– Kestner. -Asentí-. Siempre creí que habría sido alguna otra persona, señor. La muchacha que conocía y que también conocía a Mielke.
– Pero no parece muy sorprendido de que fuese Kestner.
– No, quizá no lo estoy, Herr general.
– Era miembro del KPD antes de ser nazi. ¿Lo sabía?
Sacudí la cabeza.
– Fue Kestner quien avisó a sus amigos del KPD de que usted y él iban a viajar a Hamburgo para detener a Mielke. Después de que usted dejara la Kripo, trató de desviar las sospechas que recaían sobre él acusándole a usted de avisar a Mielke, una acusación que era más fácil de creer si resultaba que usted era en parte judío.
Sacudí la cabeza.
– Ya, está todo en el expediente -dijo Heydrich.
– No, no es eso, Herr general. Sólo estoy decepcionado, eso es todo. Como usted ha dicho, conozco a Paul Kestner desde que estudiamos en la misma escuela, aquí en Berlín.
– Siempre es una decepción descubrir que uno ha sido traicionado. Pero, en cierto sentido, también es una liberación. Al mismo tiempo, nos sirve como recordatorio de que, en última instancia, no podemos confiar en nadie, excepto en uno mismo.
– Hay algo que no comprendo -dije-. Si sabe todo esto, ¿por qué voy a reunirme con Paul Kestner en París?
Heydrich chasqueó la lengua con fuerza y desvió la mirada por un momento cuando entramos en Nollendorf Platz. Señaló hacia el cine Mozart.
– Las cuatro plumas -dijo-. Una película maravillosa. ¿La ha visto?
– Sí.
– Ha hecho muy bien. Es una de las preferidas del Führer. Es una película sobre la revancha, ¿no? Aunque se trate de una venganza muy británica, demasiado sentimental. Harry Favisham devuelve las cuatro plumas blancas a los mismos hombres y a la mujer que lo acusaron de cobardía. En realidad es absurdo. En mi caso, hubiese preferido ver a mis antiguos camaradas sufrir un poco más, e incluso morir, aunque no sin revelarme antes como su Némesis. ¿Me sigue?
– Comienzo a hacerlo, Herr general.
– Como su oficial superior, debo informarle de que no es un crimen haber sido miembro del Partido Comunista antes de ver la luz y convertirse en un nacionalsocialista. También debo informarle de que Paul Kestner tiene sus vinculaciones en la Wilhelmstrasse, y que estas personas han decidido pasar por alto su papel deshonesto en el asunto Mielke. Con franqueza, si elimináramos a todos los oficiales de la Sipo con un pasado desafortunado, no quedaría nadie para vestir el uniforme.
– ¿Él lo sabe? -pregunté-. ¿Que sus superiores están al corriente de lo que hizo?
– No. Preferimos mantener cosas como éstas a buen recaudo. Para utilizarlas en el momento en que necesitamos llamar al orden a alguien y convencerlo de que haga lo que se le dice. Sin embargo -Heydrich arrojó la colilla a la calle y levantó su brazo herido-, como ve, a veces ocurren accidentes. Sobre todo en tiempos de guerra. Y si algo malo le sucediera al Hauptmann Kestner mientras permanezca en la Francia ocupada, dudo que a nadie le sorprenda, y menos a mí. Después de todo, hay un largo camino entre París y Toulouse, y me atrevería a decir que aún quedan algunos grupos de la resistencia francesa. Sería otra tragedia de guerra, como la muerte de Paul Baumer cuando intenta proteger un pichón en la última página de Sin novedad en el frente. -Heydrich exhaló un suspiro-. Sí. Una tragedia. Pero en realidad no habría mucho que lamentar.
– Comprendo.
– Bien, ahora es asunto suyo, Haupsturmführer Günther. Su rango de inspector jefe en la Kripo le da derecho al rango de capitán de las SS. El mismo que Kestner. A mí me da lo mismo que viva o muera. Es su elección.
El coche avanzó por la Tauenzienstrasse hacia los campanarios de la iglesia del káiser Guillermo, que se alzaban como estalagmitas, y se detuvo ruidosamente delante de una sastrería. En el escaparate había un maniquí que parecía un torso en una escena del crimen y varias piezas de tela color peltre. Los transeúntes miraron a Heydrich con curiosidad cuando bajó del coche y avanzó con su andar patizambo hacia la entrada de Wilhem Holters. No se les podía culpar por ello. Con todas las medallas y condecoraciones en la chaqueta de la Luftwaffe, parecía un boy scout muy experimentado aunque un poco siniestro.
Lo seguí a través de la puerta, con la campanilla sonando en mis oídos como un aviso a los otros clientes de la plaga que traíamos con nosotros. En cualquier caso algo que temer.
Un hombre muy sencillo con quevedos, un brazal negro y cuello duro se nos acercó frotándose las manos como Poncio Pilatos y dedicándonos una sonrisa intermitente, como si estuviese funcionando a media potencia.
– Ah, sí -dijo en voz baja-. El general Heydrich, ¿verdad? Pase, por favor.
Nos hizo pasar a una habitación que parecía el Herrenklub. Había butacas de cuero, un reloj en la repisa de la chimenea, un par de espejos de cuerpo entero y varias vitrinas que contenían una variedad de uniformes militares. En las paredes había abundancia de distinciones reales y fotos de Hitler y Göring, cuya afición a vestir uniformes de todos los colores era bien conocida. A través de la cortina de terciopelo verde vi a varios hombres que cortaban telas o planchaban uniformes a medio acabar y, para mi sorpresa, uno de estos hombres era un judío ortodoxo. Un bonito ejemplo de la hipocresía nazi: tener a un sastre judío haciendo uniformes de las SS.
– Este oficial necesita un uniforme de las SS -explicó Heydrich-. Gris de campaña. Y que esté acabado en una semana. En otras circunstancias, lo hubiera enviado a los servicios de intendencia de las SS para que le diesen un uniforme de confección de Hugo Boss, pero viajará en el tren personal del Führer, de modo que necesita estar bien elegante. ¿Podrá hacerlo, Herr Holters?
El sastre pareció sorprenderse de que le hiciesen semejante pregunta. Primero mostró una risita cortés y a continuación sonrió con mucha confianza.
– Oh, por supuesto, Herr general.
– Bien -apostilló Heydrich-. Envíe la factura a mi despacho. Günther, le dejo en las muy capaces manos de Herr Holters. Asegúrese de atrapar a esos hombres. A los dos. -Dio media vuelta y se marchó.
Holters sacó una libreta y un lápiz y comenzó a hacer preguntas y anotar las respuestas.
– ¿Rango?
– Hauptmann.
– ¿Alguna medalla?
– La Cruz de Hierro con Citación Real. Medalla de participación en la Gran Guerra con espadas e insignia de herido. Ya está.
– ¿Pantalones de vestir o de montar?
Me encogí de hombros.
– Los dos -dijo-. ¿Daga de ceremonia?
Sacudí la cabeza.
– ¿Medida del sombrero?
– Sesenta y dos centímetros.
Holters asintió.
– Haremos que Hoffmanns, de Gneisenaustrasse, nos envíe un par para que se los pueda probar. Mientras tanto, si quiere quitarse la chaqueta, le tomaré las medidas. -Miró un pequeño almanaque en la pared-. El general Heydrich siempre va con prisas.
– Sí, y no es buena idea estar en desacuerdo con él -admití, y me quité la chaqueta-. Conozco esa sensación. Cuando se trata de Heydrich, su brazal negro puede ser contagioso.
Después de que me tomasen las medidas, cuando salía por la puerta, me tropecé con Elisabeth Dehler, que venía a la tienda con la caja de un uniforme bajo el brazo. No la había vuelto a ver desde aquella noche de 1931, cuando se enfadó conmigo porque me presenté en su apartamento y le pedí la dirección de Mielke. Pero me saludó con afecto, como si se hubiese olvidado de aquello, y aceptó acompañarme a tomar un café después de entregarle el uniforme a Herr Holters.
La esperé a la vuelta de la esquina, en Miericke, en la Ranke Strasse, donde servían la mejor tarta de chocolate de Berlín. Cuando llegó, me dijo que desde el comienzo de la guerra casi no tenía tiempo para hacer vestidos; todos querían que hiciese uniformes.
– Esta guerra se ha acabado antes de haber comenzado -le dije-. Dentro de nada estarás de nuevo haciendo vestidos.
– Espero que tengas razón -contestó-. De todos modos, supongo que estás aquí, en Holters, por ese motivo. Para que te hagan un uniforme.
– Sí. Tengo que llevar a cabo una misión en París la semana que viene.
– París. -Cerró los ojos por un momento-. Lo que daría yo por ir a París.
– ¿Sabes?, hace una hora estaba pensando en ti.
Ella hizo una mueca.
– No te creo.
– De verdad. Pensaba en ti.
– ¿Por qué?
Me encogí de hombros. No tenía ningún interés en decirle que me enviaban a París para detener a su viejo amigo Eric Mielke y que por esa razón había pensado en ella.
– Oh, sólo estaba pensando que sería agradable verte de nuevo, Elisabeth. Quizá cuando vuelva de París podamos ir al cine juntos.
– Creí que habías dicho que te ibas a París la semana que viene.
– Así es.
– ¿Entonces qué tiene de malo ir a ver una película esta semana?
– Ya que estamos en ello, ¿qué tiene de malo ir esta noche?
Ella asintió.
– Pásame a buscar a las seis -dijo, y me besó en la mejilla. Al salir del café añadió-: Ah, casi me olvido. Ahora vivo en otra parte.
– Con razón no podía encontrarte.
– Como si lo hubieses intentado. Motzstrasse número 28. Primer piso. Mi nombre está junto al timbre.
– Estoy deseando apretarlo.