La espaciosa celda policial en la que recuperé el conocimiento tenía el reglamentario olor a desinfectante, mantas mohosas y pis rancio. Me encontraba sentado en una silla, con las manos todavía esposadas a mi espalda. Seguía vestido sólo con mi chaleco y mis pantalones y o bien había quedado atrapado bajo un repentino aguacero de camino a la comisaría o alguien me había tirado agua encima para despertarme.
McNab estaba sentado sobre la litera de baldosas de la celda. Había un policía más joven y de aspecto malvado de pie a mi lado con un cubo vacío. Su cara grande de muchacho campesino estaba enrojecida por haber pasado un período demasiado largo de su infancia en algún prado de las Hébridas mirando el viento de frente. No llevaba chaqueta, tenía la camisa arremangada y el cuello desabrochado, como si supusiera que pronto tendría que realizar alguna tarea física esforzada. Me resigné a recibir una paliza.
– Exactamente, ¿qué es lo que se supone que debo confesar? -le pregunté a McNab, pero no dejé de observar al otro policía, que se estaba envolviendo con un trapo empapado los nudillos de la mano derecha.
– No te hagas el gilipollas gracioso conmigo, Lennox. Ya sabes por qué estás aquí.
Enfatizó su observación con un gesto con la cabeza dirigido al policía más joven y un puño se estrelló contra mi nuca. Arrancarle una confesión a un sospechoso es un arte. El golpe en la nuca es una táctica de primera; causa un dolor intenso en la cabeza y sigues recordándolo varias semanas más tarde cada vez que giras el cuello, pero no deja ninguna magulladura que un juez o un jurado puedan ver. El trapo mojado alrededor del puño impide que se produzca alguna otra lesión más evidente. Dirigiéndose principalmente a las manos del esforzado y mal pagado funcionario público que administraba los golpes, McNab dijo algo, luego esperó hasta que las campanas de mis oídos dejaran de retumbar para repetirlo.
– ¿ Por qué mataste a Frankie McGahern?
Contemplé confundido a McNab.
– ¿De qué está hablando? No estaba muerto. Usted estaba allí. Habló con él cuando recuperó el conocimiento.
Otro gesto. Más relámpagos en mi cráneo. Campanas en los oídos.
– Pero luego regresaste para terminar el trabajo. Me sorprendes, Lennox. Nada de refinamiento. Realmente lo convertiste en carne picada. Uno de los novatos vomitó por todo el lugar. ¿Qué usaste, Lennox? ¿Sólo la llave de desmontar neumáticos?
Miré a McNab durante un momento. Tenía clavados en mí sus ojos grises y pequeños, en medio de una cara demasiado ancha. No podía asegurar si él realmente creía que yo había matado a McGahern o no, pero la paliza de la que estaba siendo objeto daba a entender que él pensaba que yo sabía más de lo que le decía. Lo que era un problema, puesto que yo no tenía la menor idea de qué estaba hablando. Se lo dije en un fluido inglés y recibí un golpe en la nuca. De nuevo. El dolor me hizo sentir náuseas y tuve que contenerme para no vomitar.
– ¿Te duele la nuca, Lennox? -McNab se incorporó y adoptó una posición que sugería que ahora me tocaba un juego de dobles. Le miré los zapatos. Eran unos brogues marrones, lustrados. Llevaba los gruesos dobladillos de tweed tan bien planchados que parecían afilados como un cuchillo-. Bueno, ya no te molestará después de que te la rompas cuando te arrojen por la trampilla en Barlinnie. Te tenemos por dos homicidios: el dúo McGahern.
– Yo no conocía a Tam McGahern, y no conocí a Frankie hasta que él se me presentó anoche en el bar Horsehead.
– ¿Qué quería?
– No me lo dijo. Mayormente porque yo no se lo permití.
Pero sí me dijo que era mi clase de trabajo, averiguar cosas. Imaginé que quería que investigara la muerte de su hermano.
– ¿Ése es tu tipo de trabajo, Lennox? ¿Resolver homicidios? Tenía la impresión de que era el nuestro.
– Algunas personas no pueden acudir a ustedes. Frankie McGahern, por ejemplo. Pero fuera lo que fuese lo que quería que yo averiguara, lo mandé a dar un largo paseo en un muelle corto. Por eso me estaba esperando fuera: orgullo herido. Lo que no puedo deducir es qué hacían ustedes allí. Seguramente lo estarían vigilando.
– Yo no respondo a gente de tu calaña, Lennox. A ti lo único que te importa es contarnos por qué regresaste a casa de McGahern y terminaste el trabajo que habías empezado.
– Ni siquiera sé dónde está la casa de McGahern.
– Ah, ¿no? -McNab rebuscó en su traje de tweed y extrajo la tarjeta que Frankie me había dado. Y que yo había olvidado-. Encontramos esto en tu apartamento. En tu chaqueta.
– Tenía la tarjeta de Frankie porque él me la dio en el Horsehead. Pregúnteselo a Big Bob, el camarero. En cualquier caso, ése no es su domicilio. Sólo alguna clase de garaje…
– Allí fue donde encontramos a McGahern, en el taller de reparaciones de su garaje. Con la cabeza destrozada por una palanca de desmontar neumáticos.
– ¿Tienen el arma? Debe de tener huellas. -Nada de huellas. Llevabas guantes. Lancé un suspiro.
– Los dos sabemos que usted no cree que haya sido yo. Y no sé que no he sido yo. ¿De qué va todo esto?
– No me digas lo que pienso. -McNab me agarró unos mechones de pelo y me tiró la cabeza hacia atrás. La repentina sacudida me hizo sentir otro relámpago de dolor que me atravesó la nuca. Acercó su cara grande como la luna a la mía y me bañó con un rancio aliento a Player's y Bell's-. ¿Por qué no me dices tú de qué va todo esto, Lennox? ¿Frankie dedujo que fuiste tú quien mató a su hermano? ¿O se trata de dinero? No dije nada. McNab me soltó el pelo y yo esperé el siguiente golpe. No llegó. McNab volvió a sentarse en la litera y señaló la puerta de la celda con un movimiento de la cabeza. El policía arremangado desenvolvió el puño y empezó a irse.
– ¿El té de las cinco? -pregunté con una sonrisa.
El gorila retrocedió un paso hacia la celda pero se escabulló cuando McNab hizo un gesto negativo con la cabeza. Una vez que se marchó, McNab me quitó las esposas. Sacó un paquete de Player's y encendió uno, sentado otra vez en la litera. Estábamos poniéndonos íntimos.
– No me caes bien, Lennox -dijo sin malicia, como si estuviera haciendo un comentario sobre el clima. Tal vez no estábamos poniéndonos tan íntimos-. No me gusta nada de ti. La gente que conoces, la forma en que metes la nariz donde no te llaman. Ni siquiera me gusta ese acento yanqui que gastas. -Levantó el expediente color beis que estaba a su lado en la litera-. He mirado tus antecedentes. Nada encaja: canadiense, ex soldado, padres ricos, escuela privada de lujo. Y luego terminas aquí. ¿Por qué alguien como tú querría vivir en este sitio y mezclarse con la gente que te mezclas?
– Nací aquí, pero me criaron en Canadá. Mi padre era de Glasgow. -Se me habían acabado las bromas. Mi pasado era mejor dejarlo enterrado y no me gustaba que McNab hubiera estado hurgando en él.
La verdad era que me habían desmovilizado en el Reino Unido y me habían entregado un billete de barco hacia Halifax, Nueva Escocia. Pero salir de la guerra se parecía bastante a salir de una prisión y, cuando estuve allí de pie, parpadeando bajo la fría luz diurna, sentí que Glasgow me esperaba, como un matón moreno y perturbador merodeando en una esquina. Y aquí estaba, ocho años después, en la Segunda Ciudad del Imperio Británico. Glasgow me venía bien: me ofrecía un confort denso, oscuro. Era esa clase de ciudad en la que podías ocultarte en medio de la multitud incluso de ti mismo.
– Por lo que parece hubo algunos problemillas -dijo McNab, hojeando el expediente-. Te escapaste por los pelos de que te sometieran a un consejo de guerra.
– Me dieron una baja honorable.
Tenía la boca seca y sentía náuseas. Me latían la nuca y la cabeza. McNab estaba irritándome y sentí ganas de abofetear su estúpida cara redonda. Pero, por supuesto, no podía.
– Sólo porque no pudieron probar nada contra ti. Qué interesante… El ejército era reacio a entregar información sobre ti, pero cuando la Policía Militar se enteró de que yo podría acusarte de algo se han vuelto muy colaboradores. No les caes muy bien a los Gorras Rojas, ¿verdad, Lennox?
– ¿Qué quiere que le diga? No se puede ser popular con todo el mundo.
– Algo relacionado con el mercado negro en la zona británica de Alemania. Venta de suministros médicos del ejército a civiles; quinina a prostitutas para abortos, penicilina para sífilis y gonorrea. Qué bonito.
No respondí.
– Sí -continuó McNab-, muy bonito, realmente. Pero según los rumores te peleaste con tu socio alemán… quien apareció flotando boca abajo en el muelle de Hamburgo.
– Eso no tuvo nada que ver conmigo.
– Así como la muerte de Frankie McGahern no tiene nada que ver contigo.
– Tal cual.
– ¿Y dices que jamás conociste a Tam McGahern? ¿Ni siquiera en el ejército, durante la guerra?
Fruncí el ceño. Mi confusión era genuina.
– Diferentes ejércitos. Diferentes guerras, para el caso. Me dijeron que Tam McGahern era una Rata del Desierto.
Hubo una pausa. McNab y yo nos miramos. Para ser un hombre tan grande, tenía una apariencia fastidiosamente pulcra. Camisa blanca recién planchada bajo el traje marrón, un nudo perfecto en la corbata burdeos. Yo estaba sin afeitar, sentado, con pantalones y un chaleco empapados y sin zapatos. La pulcritud de McNab era un arma psicológica y la única manera en que podía contrarrestarla era concentrarme en la franja roja de irritación que estaba en el punto donde el cuello perfecto de su camisa le rozaba la piel. Era posible excederse con el almidón, después de todo.
– Me ha preguntado sobre el dinero. ¿A qué se refiere? -inquirí.
– Yo hago las preguntas, Lennox. Tú las contestas -respondió sin ira. Me reí ante lo que era un típico lugar común de película, con lo que conseguí reactivar su enfado-. Muy bien, listillo, el dinero que desapareció cuando asesinaron a Tam McGahern. Varios miles, a juzgar por los rumores.
McNab dejó caer la colilla de su cigarrillo al suelo y la aplastó con la punta de su zapato, retorciéndola sobre el cemento con una actitud que daba a entender que el té de las cinco había acabado.
– Ahora voy a pedirle a Fraser que vuelva a unírsenos -dijo, casi en tono de disculpa, lo que me perturbó más-. No me estás contando nada. Esto no tiene que ver con el supuesto orgullo herido de Frankie McGahern. Él te atacó con una navaja, y personalmente, no mandó a uno de sus muchachos. Tal vez Frank no fuera ni la mitad de hombre que su hermano, pero estaba a cargo de un equipo bastante grande. Que él quisiera tratar contigo en persona me indica que había algo más entre vosotros. Lo que me dices no tiene sentido.
Me di cuenta de que llevaba razón. Yo había esperado que Frankie McGahern me causara problemas, pero resultó ser mucho más feo de lo que había supuesto, y también más rápido. Por otra parte, en Glasgow las cosas se ponen feas todo el tiempo, muy rápido y sin ninguna razón. McNab esperó un momento a que le contestara. Como no lo hice, se acercó a la puerta para volver a convocar al buen granjero de los nudillos irritados.
– Espere… -exclamé, sin saber en realidad qué decir a continuación-. Le he contado todo lo que sé. Para mí tampoco tiene sentido, pero estoy diciéndole la verdad. Yo no tenía relación con ninguno de los McGahern antes de que Frankie se me acercara anoche en el bar.
– Me cuesta creerlo, considerando los círculos en que te mueves, Lennox.
– Yo no me muevo en «círculos», superintendente. Mi trabajo implica estar en contacto con ciertos personajes, incluyendo a algunos policías, debo decir, con los que otras personas no desearían ni cruzarse por la calle. Pero Frankie McGahern no era uno de mis contactos. Su hermano tampoco.
Otra pausa. McNab no llamó a su matón, pero tampoco volvió a sentarse.
– Cualquier otra cosa que le diga -continué- va a ser un invento para evitar una paliza.
Otro policía apareció en la entrada de la celda. Lo reconocí. Traté de reprimir cualquier expresión de alivio, pero en ese momento me sentía como el último superviviente en un tren del Lejano Oeste cuando oye la corneta que anuncia la llegada de la caballería.
– ¿Qué ocurre, inspector?
McNab dejó bien claro que la interrupción le había molestado. El detective que estaba en el pasillo me miró de manera directa, fijándose en mi chaleco mojado y en mis pies descalzos antes de contestar.
– He hablado con la dueña de la casa de Lennox, señor. Ella ha confirmado que él regresó aproximadamente a las diez y cuarto y que no volvió a salir hasta que llegamos nosotros y lo arrestamos.
La piel irritada por el cuello de la camisa de McNab se enrojeció todavía más. No hay nada más exasperante que a uno le digan lo que siempre supo pero que había archivado conveniente e indefinidamente en la carpeta de asuntos pendientes.
– Eso es lo que ella cree… -respondió McNab-. Tal vez estaba dormida.
– Dice que es imposible que él pudiera haber salido del edificio sin que ella lo oyera. Dice que está dispuesta a declarar eso mismo en la corte.
La marca que le había dejado la camisa en la piel a McNab quedó absorbida por el color rojo de furia generalizado que atravesó su grueso cuello. Fulminó con la mirada al joven antes de volverse hacia mí e indicarme que podía irme.
Jock Ferguson me esperaba en la recepción de la comisaría. La liberación a regañadientes de McNab no incluía un viaje de vuelta a mi casa, y sentí alivio cuando Ferguson me entregó una camisa, la chaqueta de mi traje y unos zapatos.
– ¿Y los calcetines? -pregunté. Ferguson se encogió de hombros.
Jock Ferguson era ese contacto-conocido-amigo que me había informado del deceso de Tam McGahern, uno de los policías con los que yo había tenido tratos en los últimos cinco años. Tenía más o menos mi edad, treinta y cinco años, pero parecía mayor, como ocurría con muchos hombres que habían pasado directamente de la adolescencia a la mediana edad durante la guerra. Tal vez otras personas me veían a mí de la misma manera. Ferguson era más listo que el policía promedio y lo sabía. Por lo general a los policías les gusta que todo sea simple y directo, y Jock Ferguson no era ninguna de esas cosas. Yo tenía la impresión de que siempre había sido una especie de marginado dentro del cuerpo. Su inteligencia era suficiente. También reconocía en él a alguien perseguido por la persona que había sido antes, y tal vez por eso se molestaba en tener trato conmigo. No se me ocurría ningún otro motivo.
– Gracias -dije-. Las cosas se estaban poniendo demasiado íntimas.
Ferguson no me respondió, y me di cuenta de que el sargento de la comisaría, inclinando sus galones sobre el mostrador, nos estaba prestando toda su sombría atención. Ferguson me hizo salir de la comisaría y llegamos a la calle.
– Te llevaré a tu casa -dijo. El hosco amanecer de Glasgow le daba a la ciudad un tono gris negruzco, y yo sentí su frío aliento en los tobillos desnudos-. Espera a que vaya a buscar el coche.
– ¿Qué hay del asunto de McGahern? -pregunté mientras atravesábamos la ciudad en el Morris de Ferguson-. McNab trataba de averiguar algo, y se enfadó mucho cuando se dio cuenta de que estaba hurgando en el sitio equivocado.
Ferguson me ofreció un cigarrillo. Lo rechacé con un movimiento de la cabeza y él se encendió uno.
– Ya conoces esta ciudad -respondió-. Dos, tal vez tres millones de personas apiñadas en ella, y sigue siento una aldea. Todos saben quién es quién, quién hace qué… y a quién. Pero el asesinato de McGahern… -Ferguson se corrigió-: Los asesinatos de los McGahern han dejado a todos impresionados. Nadie sabe quién los cometió ni por qué. A McNab lo están presionando para que los resuelva. Mucha presión, de arriba. Y el problema con la presión de arriba es que tiende a continuar hacia abajo.
– Lo sé -respondí-. Justo sobre mi nuca.
– Pero McNab no tiene ninguna pista, por eso se aferra a cualquier esperanza. Lástima que tú has tenido la mala suerte de ser una de esas esperanzas.
– ¿Tú tienes alguna idea?
El nuestro era el único automóvil en la calle; pasamos junto a un carro de caballos cargado de carbón y un grupo de trabajadores en bicicleta que empezaban el primer turno. Giré un poco la cabeza y sentí un tirón de dolor que me hizo recordar mi encuentro con el enrojecido peón de granja de McNab.
– ¿Yo? -replicó Ferguson con una risita-. No. Tengo la dicha de la ignorancia. Estoy tratando de no meterme en este asunto, como tú. Demasiados problemas para lo que vale.
No nos dijimos mucho más hasta que Ferguson se detuvo a la puerta de mi casa. Cuando yo estaba saliendo del coche él se inclinó hacia mi asiento.
– Lennox… Yo en tu lugar mantendría un perfil bajo por un tiempo. Si se te ocurre la idea de meter la nariz, no te hagas caso.
Contemplé cómo el Morris de Ferguson se alejaba por Great Western Road. Confiaba en él lo máximo que se puede confiar en un policía. Entonces, ¿por qué había algo que me molestaba? ¿Y por qué sentía que él acababa de darme el remate de McNab?
Mi vivienda se encontraba en la planta superior de un sólido chalet Victoriano sobre Great Western Road. Compartía la puerta principal con la dueña, Fiona White, que vivía en la planta baja con sus hijos; seguramente había sido ella quien había dejado entrar a la policía de madrugada.
Me estaba esperando cuando abrí la puerta de calle.
– Diría que le vendría bien una taza de té -dijo sin sonreír.
La seguí hasta la cocina de su apartamento. Ella se apoyó en la encimera con los brazos cruzados.
– No tiene muy buen aspecto -añadió, sin tono de preocupación-. Señor Lennox, no puedo aceptar que la policía golpee a la puerta de mi casa a cualquier hora de la noche.
– ¿Quiere que me marche, señora White?
– No he dicho eso. Pero éste es un barrio decente. Han venido bastantes vecinos a preguntarme qué ocurría. Ya lo toman por un asesino sanguinario.
– ¿Usted cómo sabe que no lo soy?
– Supongo que en ese caso no lo habrían dejado en libertad. -Encendió un cigarrillo y arrojó el paquete sobre la mesa de la cocina-. Sírvase. Tengo que pensar en mis hijos, señor Lennox. No quiero que se expongan a esta clase de cosas.
– Era un testigo, señora White. No un sospechoso.
– No sabía que la policía sacaba a los testigos de sus casas medio dormidos en plena noche.
– Les llevó un tiempo deducir que era un testigo.
Sorbí el té. Estaba dulce y caliente y me calmó el dolor de cabeza. No estaba de humor para un interrogatorio de la casera.
La furgoneta del panadero hizo sonar su claxon en la calle y ella se excusó con un tono de «aún no hemos terminado», cogió su monedero y salió a paso vivo. La observé mientras se marchaba. Era delgada, tal vez excesivamente. Era una mujer atractiva, con mejillas como las de Kate Hepburn y unos ojos que habrían sido más bonitos si no fuera por la perpetua sombra de cansancio y tristeza que le cubría el rostro. Fiona White no tendría más de treinta y cinco o treinta y seis años, pero parecía mayor.
Yo había empezado a sentir cariño por la triste y pequeña familia White, que ya había aceptado que su padre y marido yacía en el fondo del Atlántico, pero aun así parecía seguir esperando su regreso de una guerra que había terminado mucho tiempo atrás. Bebí el té.
– Entonces… ¿preferiría que me marchase? -volví a preguntarle cuando volvió.
– No quiero que esta clase de cosas vuelva a ocurrir. Eso es todo lo que digo por ahora, señor Lennox. En caso contrario, creo que deberá buscar alojamiento en otra parte.
– Me parece justo. -Terminé la taza y me incorporé-. No volverá a ocurrir, señora White. De paso, gracias por decirle a la policía que estuve aquí toda la noche. Eso me ahorró un montón de… incomodidades, podría decirse.
– Sólo les dije la verdad.
La policía se había esmerado en mi habitación y tardé media hora en reordenarla. En realidad mi apartamento consistía en los dos dormitorios de la planta superior y un baño, según la disposición original de la casa. Eran cuartos de buen tamaño y tenían grandes ventanas de guillotina que dejaban entrar mucha luz y que daban a Great Western Road. El mayor de los dormitorios se había convertido en una sala con cocina. La señora White era justa con el alquiler, pero seguía siendo bastante caro.
Lo primero que revisé fue el ejemplar de Lo que nos espera de H. G. Wells que había encajado en medio de las estanterías. Lo abrí y verifiqué que el hueco que tenía en el medio seguía lleno de grandes, blancos y crujientes billetes de cinco libras del Banco de Inglaterra: mi oro de los Nibelungos de Alemania, que había conseguido aumentar durante mi estancia en Glasgow. Tenía muchos libros y me había parecido un escondite bastante seguro; los policías no suelen ser un grupo muy literario. Lo siguiente fue verificar que el suelo debajo de la cama estuviera intacto. Levanté el segmento que había cortado y revisé debajo de las tablas. Mi mano rodeó un objeto pesado y duro envuelto en hule.
Seguía allí. Por si lo necesitaba.