Sentado en el sótano, Daniel Faraday sintió que poco a poco el dolor daba paso a la ira. El cuerpo de su hijo, muerto hacía cuatro días, yacía aún en el depósito. Les habían asegurado que entregarían sus restos para el entierro al día siguiente. El jefe de policía se lo había prometido esa misma tarde durante su visita, unas horas antes.
En los días posteriores al hallazgo del cadáver de Bobby, Daniel y su mujer se convirtieron en fantasmas en su propia casa, criaturas definidas únicamente por la pérdida, y la ausencia, y la pena. Su único hijo ya no estaba entre ellos, y Daniel sabía que su fallecimiento señalaba también la muerte de su matrimonio en todos los sentidos salvo nominalmente. Bobby había mantenido unida a la pareja, pero su padre no se dio cuenta de cuánto le debían hasta que se marchó a la universidad y luego volvió. Gran parte de las conversaciones con su esposa giraban en torno a las actividades de su querido hijo: las esperanzas depositadas en él, los temores, alguna que otra decepción, aunque éstas se le antojaban a Daniel tan triviales que ahora se reprochaba habérselas planteado siquiera al chico. Lamentaba cada palabra en mal tono, cada discusión, cada hora de hosco silencio transcurrida después del conflicto. Al mismo tiempo, recordaba los detalles de cada desavenencia, y sabía que todas las palabras pronunciadas con ira habían sido pronunciadas también por amor.
Se encontraba en lo que fue el espacio de su hijo. Había un televisor y un aparato estéreo, y un soporte para la iPod, aunque Bobby era uno de los pocos chicos del pueblo que, en casa, aún prefería escuchar la música en vinilo. Había heredado la vieja colección de discos de su padre, la mayor parte clásicos de los años sesenta y setenta, incorporando álbumes de los estantes de tiendas de discos de segunda mano y alguna que otra subasta en casas particulares. Aún había un elepé en el plato del tocadiscos, una copia de After the Gold Rush de Neil Young; la superficie era una maraña de minúsculas rayas y, sin embargo, al menos por lo que se refería a Bobby, todavía audible, los chasquidos y susurros formaba parte de la historia del disco, su calidez y humanidad realzados por los defectos que había acumulado a lo largo de los años.
Una enorme alfombra que siempre olía ligeramente a cerveza derramada y patatas fritas rancias cubría la mayor parte del suelo del sótano. Había estanterías y un archivador gris con los cajones llenos de viejas fotografías, apuntes de la facultad, libros de texto y, sin que lo supiera la madre del chico, un poco de pornografía light. En un extremo, de cara al televisor, estaba el maltrecho sofá rojo, con un cojín azul manchado. En éste se dibujaba aún la huella de la cabeza de su hijo, y el sofá conservaba la forma de su cuerpo, de modo que en la exigua luz proyectada por la única lámpara del sótano daba la impresión de que el fantasma de Bobby había regresado allí de alguna manera, ocupando su antigua posición, una cosa invisible y sin embargo con peso y sustancia. Daniel deseó hacerse un ovillo allí, amoldar su cuerpo a los rebordes y huecos del sofá, fundirse con su hijo perdido, pero se contuvo. De haberlo hecho, habría alterado la señal allí dejada por él y se habría desvanecido así algo de su esencia. No se tumbaría en ese sofá. Nadie se tumbaría. Sería un monumento conmemorativo a todo lo que le habían arrebatado a él, a ellos.
Al principio sintió sólo la conmoción. Bobby no podía haberse ido de este mundo. No podía estar muerto. La muerte era para los viejos y para los enfermos. La muerte era para los hijos de otros hombres. Su hijo era mortal, pero la mortalidad aún no había proyectado su sombra sobre él. Su fallecimiento debía haber sido algo lejano en el tiempo, y sus padres debían haber abandonado la vida antes que él. Él tenía que haber guardado luto por ellos. No era justo, no era natural, que ahora ellos se vieran obligados a llorar sobre sus restos, a contemplar cómo descendía su ataúd en la fosa. Volvió a recordar la imagen del cadáver sobre la camilla en el depósito, cubierto con una sábana, hinchado por los gases de la descomposición, una profunda marca roja alrededor del cuello donde se le había hincado la soga.
Suicidio. Ése fue el veredicto inicial. Bobby se había asfixiado rodeándose el cuello con un lazo, atando el otro extremo de la soga a un árbol y echándose hacia delante con todo el peso de su cuerpo. En algún momento había comprendido el horror de lo que estaba a punto de ocurrir y forcejeó para liberarse, arañándose y desgarrándose la carne, incluso arrancándose una uña, pero para entonces la soga le había ceñido la garganta con fuerza, diseñado el nudo de manera tal que si le fallaba el valor, no fallase el instrumento de su autodestrucción.
El jefe de policía les había preguntado, en esas primeras horas, si conocían alguna razón por la que Bobby desease suicidarse. ¿Era desdichado? ¿Existían en su vida tensiones fuera de lo común? ¿Debía dinero a alguien? La autopsia reveló que había bebido mucho antes de morir, y su moto apareció en una zanja en el borde del campo. Según el juez de instrucción, era un milagro que el chico hubiese conseguido llegar tan lejos en moto teniendo en cuenta la cantidad de alcohol consumido.
Y a Daniel Faraday no se le ocurrió más razón para el comportamiento de su hijo que aquella chica, Emily, la que había considerado que su hijo no era lo bastante bueno para ella.
Pero esa tarde el jefe de policía había vuelto a pasar por la casa, y ahora las circunstancias parecían muy distintas. Era una cuestión de ángulos y fuerza, les había explicado, aunque él y los inspectores de la policía del estado ya habían expresado sus sospechas entre sí, por el carácter de las heridas dejadas por la soga en la piel. Su hijo tenía dos marcas en el cuello, pero la primera ocultaba la segunda, y había sido necesaria la intervención de la forense jefe del estado para confirmar las sospechas de su ayudante. Dos marcas: la primera causada por la asfixia desde atrás, posiblemente mientras el chico yacía en el suelo, a juzgar por algunas magulladuras en la espalda, debido quizás a que el agresor se había arrodillado sobre él. La herida inicial no fue mortal, pero causó la pérdida del conocimiento. La muerte se había producido como consecuencia de la segunda herida. Con el lazo alrededor del cuello y el otro extremo de la soga atado al tronco del árbol, lo habían puesto de rodillas. El asesino, o los asesinos, había aplicado entonces mayor presión en la espalda obligándolo a caer hacia delante de modo que se estrangulase lentamente.
Según el jefe, se requería una fortaleza física y un esfuerzo considerables para matar así a un joven grande y fuerte como Bobby Faraday. Estaban analizando la soga en busca de restos de ADN, y también la parte inferior del árbol, pero…
Aguardaron a que continuase.
El autor o autores de la muerte de Bobby habían actuado con sumo cuidado, explicó. Habían empapado con agua y barro del embalse la ropa y el pelo de Bobby, además de las uñas y la piel de sus manos. Sin duda la intención era contaminar cualquier prueba residual, y lo consiguieron. Las autoridades no iban a rendirse en su búsqueda del asesino, les aseguró, pero habían complicado mucho su labor. Les pidió que no divulgaran esa información de momento, y ellos accedieron.
Cuando se marchó el jefe de policía, Daniel estrechó a su mujer entre sus brazos mientras ella lloraba. No sabía bien por qué lloraba; sólo le sorprendió que aún le quedaran lágrimas por derramar. Quizás era por el horror mismo del hecho, o por el nuevo dolor al descubrir que su hijo no se había quitado la vida, sino que se la habían arrebatado otros. Ella no lo explicó ni él se lo preguntó. Pero cuando sintió que la primera lágrima resbalaba por su mejilla, entendió que las suyas propias no eran lágrimas por la pérdida, ni por el horror, ni siquiera por la ira. Él sentía alivio. Cayó en la cuenta de que había sentido una especie de odio hacia su hijo por suicidarse. Lo había enfurecido el egoísmo de ese acto, la estupidez, el hecho de que Bobby no acudiese a quienes lo querían en el momento de mayor necesidad. Había aborrecido a su hijo por causarle esa sensación de impotencia y por dejar que fueran sus padres quienes cargaran con el peso de su dolor en lugar de él. Mientras creyó que su hijo se había quitado la vida, Daniel contempló el horror de esa acción durante los largos días y noches de silencio, en que las horas transcurrieron con implacable lentitud. Parecía que el dolor era una especie de materia: no podía crearse ni destruirse, sino sólo alterarse en su forma. Al morir, la tristeza que tal vez había impulsado a Bobby a cometer tal acción no se había disipado, sino que se había transmitido a quienes quedaban atrás. No había dejado nota, ni explicación, como si ninguna explicación hubiese bastado. Sólo quedaban preguntas sin respuesta, y la corrosiva sensación de que le habían fallado a su hijo.
El primer impulso de Daniel fue echar la culpa a la chica. Bobby no era el mismo desde la ruptura de la relación. Pese a su tamaño, y la aparente desenvoltura de su trato con el mundo, adolecía de cierta sensibilidad, cierta blandura. Antes había salido con otras chicas y padecido rupturas y traumas de adolescencia, pero de esa joven esbelta de pelo oscuro y ojos verde claro se enamoró perdidamente. Ella era unos años mayor que Bobby y tenía algo especial, eso era innegable. Otros habían rivalizado por sus afectos, pero ella lo había elegido a él. Su hijo lo sabía. Ella era quien llevaba las riendas, y él siempre había padecido un poco el desequilibrio que eso creaba en la relación.
Como muchos padres, Daniel creía que su hijo estaba por encima de todos los jóvenes del pueblo, quizás incluso por encima de cuantos había conocido. Merecía lo mejor de la vida: los empleos más gratificantes, las mujeres más guapas, los hijos más adorables. El hecho de que Bobby no compartiera este punto de vista era una de sus mejores y peores cualidades: admirable por su modestia natural y al mismo tiempo frustrante porque eso anulaba su ambición y lo llevaba a dudar de sí mismo. Daniel creía que la chica tenía inteligencia de sobra para sacar provecho de esa disparidad, aunque lo mismo podía decirse de todas las de su sexo. Daniel Faraday siempre había recelado de las mujeres. Las admiraba y le atraían (a decir verdad, más de lo que su esposa sabía o fingía saber, ya que él había respondido a esa atracción en más de una ocasión a lo largo de su matrimonio), pero nunca las había entendido ni remotamente, y llevando a cabo conquistas intrascendentes y luego dejándolas de lado conseguía contrarrestar esa incomprensión con cierto grado de desprecio. Había observado cómo la chica manipulaba a su hijo, que se retorcía y giraba como si estuviera prendido de un sedal que ella podía acercar a su antojo o mantener suspendido a distancia. Bobby era consciente de esa manipulación, pero estaba tan loco por ella que no era capaz de romper el lazo que los unía. Sus padres habían hablado de ello más de una vez ante una botella de vino, pero sus interpretaciones sobre la relación diferían. En tanto que la mujer de Daniel admitía que la chica era lista, no veía nada anormal en su comportamiento. Simplemente hacía lo que hacían todas las jóvenes, o al menos aquellas que comprendían la esencia del equilibrio del poder entre los sexos. El chico la deseaba, pero en cuanto ella se entregase a él incondicionalmente cedería el control de la relación. Era mejor obligarlo a demostrar su lealtad antes de rendirse por completo.
Daniel tuvo que reconocer que su mujer tenía parte de razón, pero le disgustaba ver que tomaban por tonto a su hijo. Bobby era, en comparación, ingenuo e inexperto, pese a tener casi veintidós años. Aún no le habían roto verdaderamente el corazón. De pronto la chica había puesto fin a la relación cuando Bobby regresó de la universidad por vacaciones, y esa experiencia había sido una imposición. La chica no le dio aviso, ni explicación alguna, salvo que creía que Bobby no era el hombre de su vida. Él se lo había tomado muy mal, hasta el punto de provocarle auténtico dolor físico, dijo sentir una intensa punzada en el vientre que no remitía.
La ruptura también lo había sumido en una depresión, depresión exacerbada por el hecho de que aquello era un pueblo pequeño: escaseaban los lugares adonde uno podía ir a beber, a comer, a ver una película, a pasar el rato. La chica trabajaba en la barra del Dean's Place, y era justo allí donde se reunían los jóvenes del pueblo -y también muchos no tan jóvenes- desde hacía generaciones. Si Bobby buscaba compañía, no podría evitar el Dean's durante mucho tiempo. Daniel sabía que, después de la ruptura, los dos se habían visto alguna que otra vez en el Dean's. Incluso entonces la chica jugaba con ventaja. Su hijo había bebido y ella no. Tras un cruce de palabras especialmente subido de tono, el viejo Dean en persona, que regía en su bar como un dictador benévolo, se vio obligado a advertir a Bobby que no debía importunar al personal. Como resultado de eso, Bobby no puso los pies en el Dean's durante una semana, volvía a casa después del trabajo cada tarde y se iba derecho a su guarida del sótano, casi sin detenerse a saludar, y saliendo para hacer una incursión en la nevera o compartir una incómoda comida en la mesa de la cocina. A veces dormía en el sofá en lugar de ir a la habitación contigua, sin molestarse siquiera en desvestirse. Únicamente cuando unos amigos se presentaron en la casa y con buenas palabras lo indujeron a salir, parecieron disiparse las nubes sobre su cabeza durante un tiempo, y sólo mientras eludió a la chica.
Cuando se descubrió su cadáver, lo primero que pensó Daniel fue que se había suicidado por una devoción desproporcionada hacia Emily. Al fin y al cabo, en su vida no parecía haber ninguna otra causa de inquietud. Estaba ahorrando para la universidad y en apariencia tenía la firme intención de proseguir sus estudios, incluso había llegado a insinuar que quizás Emily se fuera con él y buscara trabajo en la ciudad. Era muy querido entre sus amigos tanto de la universidad como del pueblo; y su disposición natural siempre había tendido al optimismo, o al menos hasta el fin de su relación.
Emily tenía que haber seguido con su hijo, pensó Daniel. Era un buen chico. No debería haberle roto el corazón. Cuando ella llegó al lugar donde se produjo la muerte, justo cuando el cadáver era trasladado por los campos hacia la ambulancia, Daniel fue incapaz de dirigirle la palabra. Ella se acercó a él con un brillo en los ojos, los brazos en alto para abrazarlo y ser a su vez abrazada, pero él le dio la espalda, con el brazo hacia atrás, la palma abierta en un gesto que quedó claro para cuantos lo vieron, y de ese modo todo el mundo supo a quién atribuía la culpa por la muerte de su hijo.
Y el caso era que la madre de Bobby había derramado lágrimas de pesar y dolor al saber que a su hijo le habían arrebatado la vida otros, lágrimas de incomprensión por cómo había muerto, en tanto que su padre se había descargado de parte del peso y se había asombrado de su propio egoísmo. En ese momento, allí en el sótano, resurgió la ira, y cerrando los puños se enfureció con el ser sin rostro que había matado a su hijo. Arriba sonó el timbre, pero apenas lo oyó a causa del fragor en su cabeza. Al cabo de unos segundos lo llamaron, y dejó que su cuerpo se distendiera. Exhaló un suspiro entrecortado. -Mi hijo -musitó-. Mi pobre hijo.
Emily Kindler estaba sentada a la mesa de la cocina. Detrás de ella, la mujer de Daniel preparaba un té.
– Señor Faraday -dijo Emily.
Daniel descubrió que era capaz de sonreírle. Fue la mínima expresión de una sonrisa, pero traslucía sincera calidez. Ya no podía culparla por lo sucedido, y ahora ella representaba más bien un lazo con su hijo, leña para el fuego de su memoria.
– Emily -dijo él-, ¿qué tal?
– Bien, supongo.
Ella no podía mirarlo a la cara. Daniel sabía que, con su rechazo, la había herido profundamente, y si bien acababa de absolverla de toda culpa, ella aún no lo había perdonado. Era la primera vez que se veían desde aquel día, y podía decirse, pues, que no la había resarcido de ninguna manera por el desaire.
Su esposa se acercó y acarició el pelo a la chica con la palma de la mano, arreglándole los mechones sueltos. Daniel pensó que se parecían un poco: las dos pálidas y sin maquillar, con ojeras a causa del dolor.
– He venido a deciros que me marcho después del funeral.
– Oye, Emily, te debo una disculpa -dijo Danny, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas. Alargó el brazo, y ella le permitió cogerle la mano-. Aquel día, el día que encontraron a Bobby, yo estaba fuera de mí. Sentía tal dolor, tal conmoción, que no era capaz…, no era capaz…
Le faltaron las palabras. No quería mentirle, pero tampoco quería decirle la verdad.
– Entiendo que no pudieras mirarme -dijo ella-. Pensaste que yo era la culpable. Quizás aún lo piensas.
Daniel se dio cuenta de que le temblaba el mentón y le escocían los ojos. No quería llorar delante de ella. Cabeceó.
– Lo siento -se disculpó-. Perdóname por haber pensado eso de ti.
Emily, vacilante, le tomó de la mano mientras su esposa colocaba tres tazas en la mesa y servía el té en una vieja tetera de porcelana.
– Gracias.
– El jefe Dashut ha pasado por aquí hace un rato -prosiguió él-. Ha dicho que Bobby no se quitó la vida. Fue asesinado. Nos ha pedido que de momento lo mantengamos en secreto. No se lo hemos dicho a nadie más, pero tú…, tú debes saberlo.
La chica dejó escapar un leve gemido. Perdió por completo el escaso color que aún le teñía el rostro.
– ¿Cómo?
– Las heridas no concuerdan con un suicidio. -Daniel ahora lloraba-. Bobby murió asesinado. Primero le impidieron respirar hasta que perdió el conocimiento; luego apretaron el lazo alrededor de su cuello hasta que murió. ¿Quién sería capaz de semejante cosa? ¿Quién podría hacerle algo así a mi hijo?
Daniel intentó retenerle la mano, pero ella la retiró y se puso en pie, tambaleándose sobre sus zapatos de tacón bajo.
– No -dijo ella. De pronto se dio media vuelta y, con la brusquedad del movimiento, tiró con la mano la taza más cercana, que se hizo añicos contra el suelo de baldosas-. Tengo que irme. No puedo quedarme aquí.
Daniel dejó de llorar en el acto al percibir algo extraño en el tono de su voz.
– ¿Qué quieres decir?
– No puedo quedarme, sólo eso. Debo irme.
Ella sabía algo. Daniel lo vio en sus ojos.
– ¿Qué sabes? -preguntó-. ¿Qué sabes de la muerte de mi hijo?
Oyó hablar a su mujer, pero no la escuchó. Tenía toda su atención puesta en la chica. Emily, con los ojos desorbitados, miraba fijamente hacia la ventana detrás de él, donde su rostro se reflejaba en el cristal. Parecía desconcertada, como si no fuera ésa la imagen que esperaba ver.
– Cuéntamelo -rogó él-. Por favor.
Emily siguió callada. Al cabo de un momento, en voz baja, contestó:
– Yo he sido la causante de esto.
– ¿Qué? ¿Cómo?
– Traigo mala suerte. La llevo conmigo. Me sigue a todas partes.
Lo miró por primera vez, y él se estremeció. Nunca había visto tal desolación en los ojos de un ser humano, ni siquiera en los de su mujer cuando le comunicó la muerte de su hijo, ni siquiera en los suyos cuando se miró en el espejo y vio al padre de un hijo muerto.
– ¿Qué es lo que te sigue?
A los ojos de Emily asomaron las primeras lágrimas, y aunque continuó hablando, Daniel tuvo la sensación de que su presencia y la de su mujer en la cocina le eran indiferentes. Hablaba con otros, o quizá consigo misma.
– Algo me persigue -dijo-, alguien me persigue, va tras mis pasos. Nunca me dejará en paz. No me dará tregua. Hace daño a las personas que yo amo. Yo les traigo la desgracia. Aunque no quiero, es así.
Lentamente, Daniel se acercó a ella.
– Emmy -dijo, usando el apelativo cariñoso que empleaba su propio hijo-, eso no tiene pies ni cabeza. ¿Quién es esa persona?
– No lo sé -respondió ella con la cabeza gacha-. No lo sé.
Daniel deseó sacudirla, arrancarle la información a golpes. Ignoraba si hablaba de una persona real o de una sombra imaginada, un espectro invocado para explicar su propio suplicio. Un ente desconocido había matado a Bobby. Y ahora estaba allí la ex novia de su hijo diciendo que alguien la seguía. Eso requería una explicación.
Emily pareció adivinarle el pensamiento, porque cuando él hizo ademán de sujetarla, se escabulló.
– ¡No me toques!
Daniel se quedó inmóvil ante la vehemencia de sus palabras.
– Emily, tienes que explicarlo. Debes decirle a la policía lo que acabas de decirnos a nosotros.
Ella apenas pudo contener la risa.
– ¿Decirles qué? ¿Que algo me persigue? -En ese momento, ya en el recibidor, retrocedía hacia la puerta-. Lamento lo que le pasó a Bobby, pero no pienso quedarme aquí. Me ha encontrado. Es hora de seguir mi camino.
Buscó a tientas el picaporte y lo giró. Fuera, Daniel presintió la inminente nevada. Aquel veranillo tocaba a su fin. Pronto arreciarían las ventiscas y la tumba de su hijo sería un hoyo oscuro, como una herida en medio de la blancura, cuando depositaran allí su ataúd.
Se echó a correr cuando Emily se dio media vuelta para marcharse, pero ella era más rápida que él. Llegó a rozar la tela de su falda y entonces, tropezando en el peldaño del porche, cayó pesadamente de rodillas. Para cuando consiguió ponerse en pie, ella ya corría calle abajo. Intentó seguirla, pero le dolían las piernas y estaba aturdido por la caída. Se apoyó en la verja, sus facciones contraídas por el dolor y la frustración, mientras su mujer lo sujetaba por los hombros y le hacía preguntas que él era incapaz de contestar.
Daniel llamó a la policía en cuanto entró en su casa. La agente de la centralita apuntó su nombre y su número y prometió transmitirle su mensaje al jefe. Él insistió en que era urgente y pidió el número del móvil de Dashut, pero ella le dijo que el jefe no estaba en el pueblo y había dejado orden de que, al menos durante esa noche, no lo molestaran por nada. Al final prometió comunicárselo al jefe tan pronto como Daniel desocupase la línea. Sin más opción, Daniel le dio las gracias y colgó.
El jefe no le devolvió la llamada esa noche, pese a que la agente de la centralita le informó de la llamada de Daniel Faraday. Estaba pasándoselo en grande con su familia en la fiesta del cuadragésimo cumpleaños de su hermano, y consideraba que se lo tenía bien merecido. No había contado a Daniel Faraday y su mujer todo lo que había descubierto. Esa mañana, uno de sus hombres había llamado la atención de Dashut sobre una señal en el pie del árbol al que habían atado a Bobby Faraday. Eran tantas las iniciales grabadas en la corteza a lo largo de los años por los chicos que iban allí a pegarse el lote que el árbol se había convertido en un monumento al amor y la lujuria, tanto los efímeros como los imperecederos.
Pero se advertía otra marca en la corteza, y muy reciente a juzgar por el color de la madera que asomaba debajo. Era una especie de símbolo, algo que Dashut nunca había visto.
Se aseguró de que lo fotografiaran, y tenía la intención de informarse al respecto al día siguiente. Quizás el símbolo no significaba nada, claro, o no tuviera relación alguna con el asesinato de Faraday, pero su presencia en el lugar del hecho lo inquietaba. Incluso durante la fiesta, pese a sus esfuerzos por quitárselo de la cabeza, volvió a recordarlo una y otra vez y, con el dedo húmedo, lo reprodujo en la mesa, como si así pudiera revelarse su significado.
Cuando acabó la fiesta, eran más de las dos de la madrugada. Daniel Faraday, decidió el jefe, tendría que esperar hasta el día siguiente.
Daniel Faraday y su mujer murieron esa noche. Los mandos de la cocina de gas estaban abiertos al máximo. Tanto las ventanas como las puertas delantera y trasera ajustaban perfectamente en sus marcos, ya que Daniel, supervisor en una de las compañías locales de suministros, conocía el coste de las fugas de calor en invierno, por lo que no escapó de la casa ni un poco de gas. Al parecer, su esposa flaqueó en algún momento (o cabía también la horrenda posibilidad de que aquello no hubiese sido un pacto entre los dos, sino un asesinato seguido de un suicidio por parte del marido), porque su cuerpo apareció tendido en el suelo del dormitorio. En la mesa de la cocina se encontró una fotografía de los Faraday con su hijo, junto con un ramillete de flores de invierno. Se dio por supuesto que se habían quitado la vida a causa del dolor, y el jefe se sintió abrumado por la culpa, acordándose de que no había devuelto la llamada. Ante eso tomó la determinación, más firme si cabe, de encontrar al autor de la muerte de Bobby Faraday, a la par que crecía su extrañeza ante aquellos tres aparentes suicidios, todos en una misma familia, uno de los cuales, como se había demostrado ya, no era lo que aparentaba en un principio.
Emily acabó de hacer la maleta al volver de casa de los Faraday. Se había preparado para abandonar el pueblo desde la desaparición de Bobby, presintiendo (aunque no lo expresó de viva voz) que Bobby no regresaría, que una terrible desgracia le había ocurrido. El hallazgo del cadáver y la naturaleza de su muerte no hicieron más que confirmar lo que ya sabía. Habían dado con ella. Ya era hora de ponerse en marcha otra vez.
Emily huía desde hacía años de aquello que la perseguía. Cada vez se escondía mejor, pero no hasta el punto de poder permanecer oculta para siempre. Al final, sospechaba, la atraparía.
La atraparía y la consumiría.