Habría podido acudir a sus compañeros de la policía, naturalmente, pero ¿qué les habría dicho? ¿Que dos chicos iban a matar a su hijo? ¿Que esos dos chicos eran huéspedes de otras entidades, espíritus malignos que ya habían matado a la madre del chico y ahora volvían para asesinar al hijo? Tal vez habría podido concebir una mentira, algo así como que habían amenazado a su familia; o habría podido hacerles llegar la información de que un coche parecido al que ellos conducían había sido visto cerca de la consulta del director de la clínica después de su muerte, y existían testigos de que una pareja de jóvenes había salido de su casa la noche en que fue asesinado. Todo eso habría bastado para retenerlos en el supuesto de que los encontraran, pero él no se conformaba con que los retuvieran: quería que desaparecieran para siempre.
El rabino hizo hincapié en que no debía matarlos, y Will no había pasado por alto la advertencia. De hecho, al oírla se había roto algo dentro de él. Antes se creía capaz de sobrellevar cualquier cosa -asesinatos, pérdidas, una niña asfixiada bajo un montón de abrigos-, pero ya no estaba tan seguro de eso. No quería creer lo que el rabino le había dicho, porque darle crédito habría sido renunciar a todas sus certidumbres sobre este mundo. Podía aceptar que alguien, una agencia aún desconocida, deseara matar a su hijo. Era un objetivo horrendo, que escapaba a su comprensión, pero podía afrontarlo en la medida en que sus agentes fuesen humanos. Al fin y al cabo, no había prueba alguna de que las palabras del rabino fueran ciertas. El hombre y la mujer que habían perseguido a Caroline estaban muertos. El los había visto morir a los dos, y había contemplado sus cuerpos después de la muerte.
Pero ¿acaso no ofrecían un aspecto muy distinto? Los muertos siempre muestran un aspecto distinto: se los ve más pequeños, en cierto modo, y encogidos. Les cambia la cara y el cuerpo se desmorona. Con el paso de los años había acabado convencido de la existencia del alma humana, aunque sólo fuera por contraste con la ausencia que había percibido en los cadáveres. Algo abandonaba el cuerpo en el momento de la muerte, alterando los restos, y la prueba de ello estaba en la apariencia de los muertos.
Y sin embargo, y sin embargo…
Volvió a pensar en la mujer. Las lesiones que le habían causado la muerte eran menores que las del hombre. A éste las ruedas del camión lo habían dejado irreconocible; ella, en cambio, estaba físicamente intacta salvo por los orificios donde la habían alcanzado los balazos de Jimmy, todos en la mitad superior del cuerpo. Al mirarla a la cara después de sacarla del agua, Parker se había quedado atónito por el cambio. Costaba creer que fuera la misma mujer. La crueldad que antes daba vida a sus facciones había desaparecido, más aún, su apariencia se había suavizado, como si los huesos se hubiesen achatado, como si los pómulos, la nariz y el mentón fuesen menos angulosos. La máscara imperfecta que había cubierto su rostro durante mucho tiempo, basada en su propia fisonomía y, sin embargo, sutilmente modificada, se había desprendido desintegrándose en las frías aguas del riachuelo. Al mirar a Jimmy había percibido en él esa misma reacción. Pero, a diferencia de él, Jimmy la había expresado en voz alta.
– Ni siquiera parece ella -había dicho-. Veo las heridas, pero no es ella…
Los técnicos habían mirado a Jimmy, perplejos, pero habían guardado silencio. Sabían que cada policía respondía de una manera distinta a su participación en un tiroteo de consecuencias fatales. No les correspondía a ellos hacer comentarios.
Sí, desde luego, algo la había abandonado cuando murió, pero Will no creía, o no quería creer, que hubiese vuelto.
Así pues, mientras el sobrino de Jimmy Gallagher protegía al hijo de Will, éste recorrió Pearl River en coche, deteniéndose en los cruces para escudriñar las travesías, alumbrando con su linterna los coches aparcados a oscuras, reduciendo la velocidad para mirar a las parejas de jóvenes, retándolos a devolverle la mirada, porque estaba convencido de que identificaría a quienes iban en busca de su hijo por la expresión de sus ojos.
Quizá siempre había estado predestinado a encontrarlos. En las horas posteriores se preguntó si estaban esperándolo, conscientes de que él acudiría y convencidos a la vez de que no podría hacer nada contra ellos. Eran ajenos a él, y por más que el rabino lo hubiese prevenido respecto a su verdadera naturaleza, en realidad ¿quién iba a creerse una cosa así?
Y algo iría también en busca de Epstein, a su debido tiempo. No era su objetivo. Ya se ocuparía otro de eso. El rabino podía esperar…
Por tanto, permanecieron inmóviles cuando los alumbró con la linterna en el descampado no lejos de su casa. Habían visto al otro hombre, corpulento, pelirrojo, llegar a la casa, y atisbado la pistola en su mano. Ahora que sabían dónde estaba el chico, y que habían confirmado la verdad sobre su parentesco, estaban impacientes por actuar contra él, por cumplir la misión que se les había encomendado hacía tanto tiempo. Pero si se precipitaban y cometían un error, volverían a perderlo. El pelirrojo iba armado, y ellos no querían morir, ninguno de los dos. Llevaban demasiado tiempo separados, y se amaban. Esta vez el esfuerzo por reunirse había sido más breve que en ocasiones anteriores, pero la separación les había resultado dolorosa de todos modos. Al chico lo había localizado otro, el llamado Kittim, que le había susurrado palabras malignas al oído, y el chico había sabido que eran verdad. Había viajado al norte, y a su debido tiempo, con la ayuda de Kittim, había encontrado a la chica. Ahora se deseaban con ardor, deleitándose en su carnalidad. En cuanto el niño muriese podrían desaparecer y estar juntos para siempre. Sólo tenían que andarse con cuidado. No querían correr ningún riesgo.
Y allí estaba el padre del niño, acercándose; lo reconocieron de inmediato. Era curioso, pensó la chica: lo había visto por última vez en el momento de su propia muerte. Y ahora allí estaba, mayor y más canoso, cansado y débil. Sonrió, luego se inclinó y cogió al chico de la mano. El se volvió a mirarla, y ella vio en sus ojos el anhelo de toda una eternidad.
– Te quiero -susurró ella.
– Y yo te quiero a ti.
Will se bajó del coche. Llevaba una pistola en la mano, cerca del muslo derecho. Los iluminó con la linterna. El muchacho levantó la mano para protegerse los ojos.
– Eh, oiga -dijo-. ¿A qué viene esa luz?
Will pensó que el chico le resultaba vagamente familiar. Era de algún lugar de Rockland County, de eso estaba seguro, aunque había llegado hacía poco. Le pareció recordar algún antiguo roce con el tribunal de menores, tal vez se lo había oído comentar a la policía local durante alguna visita a Orangetown.
– Poned las manos donde pueda verlas, los dos.
Ellos obedecieron, el chico apoyándolas en el volante, la chica colocando las uñas pintadas en el salpicadero.
– Permiso de conducir y papeles del coche -ordenó Will.
– ¿Es usted policía? -preguntó el chico. Hablaba de un modo desganado, arrastrando las palabras, y a la vez sonreía, insinuando a Parker que todo aquello era una farsa-. Tal vez tenga que identificarse antes.
– Cállate. Permiso de conducir y papeles.
– Están detrás de la visera.
– Sácalos lentamente con la mano izquierda.
El chico se encogió de hombros pero obedeció y enseñó el carnet de conducir al policía en cuanto lo sacó.
– Alabama. Estás muy lejos de casa.
– Siempre he estado muy lejos de casa.
– ¿Qué edad tienes?
– Dieciséis -respondió el chico-. Y alguno que otro más…
Will lo miró fijamente y vio la oscuridad en sus ojos.
– ¿Qué hacéis aquí?
– Nada. Pasando el rato con mi chica preferida.
Ella ahogó una risita, pero no fue un sonido agradable. Parker pensó que parecía el burbujeo de un líquido en un cazo sobre un viejo fogón, algo que lo escaldaría a uno si llegaba a tocarle la piel.
Parker retrocedió.
– Salid del coche.
– ¿Por qué? No hemos hecho nada. -El tono de voz del chico cambió, y Parker oyó asomar al adulto que había en él-. Además, aún no se ha identificado. Puede que ni siquiera sea policía. Podría ser un ladrón, o un violador. No vamos a movernos hasta que veamos la placa.
El chico vio temblar un momento el haz de la linterna y supo que el policía vacilaba. Tenía sus sospechas, pero no le bastaban para actuar, y al chico le divertía provocarlo, aunque no tanto como le divertiría verlo descubrir que había sido incapaz de salvar la vida de su hijo.
Pero fue la chica quien habló, y eso los condenó.
– ¿Qué va a hacer ahora, agente Parker? -dijo entre risas.
Se produjo un momento de silencio.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
La chica ya no reía. El chico se humedeció los labios. Tal vez la situación aún tenía remedio.
– Supongo que alguien nos lo ha dicho alguna vez. Por aquí hay muchos policías. Un hombre me reveló cómo se llamaban algunos.
– ¿Qué hombre?
– Uno que conocimos. Aquí la gente es amable con los forasteros. Por eso sé cómo se llama usted.
Volvió a humedecerse los labios.
– Y yo sé quiénes sois vosotros -dijo Parker.
El chico fijó la mirada en él y cambió. Llevaba dentro la rabia de un adolescente, la incapacidad para controlarse en circunstancias adultas. Ahora, mientras el policía lo desafiaba, la vieja esencia dentro de él se reveló por un instante, una esencia hecha de ceniza y fuego y carne chamuscada, una esencia de una belleza infinita y una fealdad sin límites.
– Anda y que te jodan, a ti y a tu hijo -replicó el chico-. No tienes ni idea de lo que somos.
Giró un poco la muñeca izquierda, y Will, a la luz de la linterna, vio el símbolo en su brazo.
Y en ese instante lo que había empezado a fracturarse dentro de Will Parker se rompió para siempre, y supo que ya no podía soportar nada más. La primera bala mató al chico, penetrando justo por encima del ojo derecho y saliendo por la nuca, para incrustarse en el asiento trasero, entre sangre y pelo y materia gris. No había necesidad de rematarlo, pero Will volvió a disparar igualmente. La chica abrió la boca y gritó. Se inclinó a un lado y acunó la cabeza destrozada de su amante; luego miró a quien se lo había vuelto a arrebatar.
– Regresaremos -susurró-. Regresaremos una y otra vez hasta conseguirlo.
Will no contestó. Se limitó a apuntarla y descerrajarle un tiro en el pecho.
Cuando ella murió, Will se fue al coche y dejó el revólver encima del capó. Se encendieron luces en los porches y los recibidores de las casas cercanas, y vio a un hombre de pie en su jardín, mirando los dos coches. Los labios le sabían a sal, y pensó que quizás había llorado, pero de pronto sintió el dolor y se dio cuenta de que se había mordido la lengua.
Aturdido, subió al coche y se puso en marcha. Al pasar por delante del hombre en el jardín, supo por la expresión de su cara que éste lo había reconocido, pero no le importó. Ni siquiera sabía adónde iba hasta que aparecieron ante él las luces de la ciudad, y entonces lo comprendió.
Se iba a casa.
Después de llevarlo de regreso a Orangetown, lo interrogaron durante casi toda la noche. Le dijeron que se había metido en un lío por abandonar el lugar de un homicidio, y en respuesta él les ofreció la mentira menos complicada que se le ocurrió: cuando se dirigía a casa, alguien, un vecino de la zona cuyo nombre él ignoraba, lo reconoció en un cruce y lo alertó de la presencia de un vehículo en un descampado. Cuando Will pasaba por delante, el coche hizo señas con las luces, y le pareció oír también el claxon. Se detuvo para ver qué ocurría. El chico lo provocó haciendo ademán de sacar algo de la cazadora: un arma, quizá. Will le avisó primero y después disparó y mató al chico y a la chica. Después de repetir la historia por tercera vez, Kozelek, el investigador de la fiscalía de Rockland County, pidió quedarse un momento a solas con él, y los otros policías, tanto de Asuntos Internos como de las fuerzas locales, se lo permitieron. Cuando se fueron, Kozelek apagó la grabadora y encendió un cigarrillo. No le ofreció otro a Will.
– No conducía su propio coche -señaló Kozelek.
– No, me lo ha prestado un amigo.
– ¿Qué amigo?
– Un amigo. No está implicado. No me encontraba bien. Quería volver a casa lo antes posible.
– Y ese amigo le ha prestado el coche.
– No lo necesitaba. Yo iba a devolvérselo mañana en la ciudad.
– ¿Dónde está ahora ese coche?
– ¿Y eso qué más da?
– Ha sido empleado en un homicidio.
– No me acuerdo. No me acuerdo de gran cosa después de lo sucedido. Sencillamente me he marchado. Quería alejarme de allí.
– Estaba traumatizado. ¿Es eso lo que quiere decir?
– Será eso. Nunca había matado a nadie.
– No tenían armas -dijo Kozelek-. Lo hemos comprobado. Estaban desarmados, los dos.
– Yo no he dicho que fueran armados. He dicho que me ha parecido que tal vez el chico iba armado.
Kozelek dio una calada al cigarrillo y examinó a través del humo al hombre sentado frente a él. Lo había notado ajeno a todo el proceso desde el principio del interrogatorio. Quizá fuera por efecto de la conmoción. Los inspectores de Asuntos Internos habían llegado con copias de la hoja de servicio de Will Parker. Como él acababa de decir, nunca había matado a nadie, ni oficialmente ni, por lo que podía determinar Kozelek, extraoficialmente. (El mismo había pertenecido al Departamento de Policía de Nueva York durante veinte años, y no se llevaba a engaño sobre esas cuestiones.) Su responsabilidad en la muerte a tiros de dos jóvenes le sería difícil de aceptar. Pero, por lo que Kozelek veía, el problema no se reducía a eso: más que hallarse bajo los efectos de la conmoción, Will Parker parecía querer acabar con aquello cuanto antes, como un condenado que sólo aspira a que lo lleven directo del juzgado al patíbulo. Incluso su descripción del suceso, que Kozelek no se creía, no resultaba convincente. A Parker le traía sin cuidado si le creían o no. Ellos querían una declaración, y él se la había dado. Si querían encontrar lagunas, allá ellos. Le daba igual.
Eso era, pensó Kozelek. A aquel hombre todo le daba igual. Su reputación y su carrera pendían de un hilo. Tenía las manos manchadas de sangre. Cuando empezasen a esclarecerse las circunstancias del homicidio, la prensa pediría su cabeza a gritos, y dentro del departamento habría quienes estarían dispuestos a echar a Will Parker a los perros a modo de sacrificio, una manera de demostrar que el departamento no toleraba a asesinos en el cuerpo. Esa discusión ya había empezado, como Kozelek sabía: hombres con reputaciones que proteger se planteaban la conveniencia de capear el temporal y dar apoyo a su agente, exponiéndose a la posibilidad de empañar así aún más la reputación de un departamento ya de por sí poco querido y aún tambaleante a causa de una serie de investigaciones por corrupción.
– ¿Dice usted que no conocía a esos chicos? -preguntó Kozelek. Aquella pregunta ya había sido formulada más de una vez en esa sala, pero Kozelek había captado un atisbo de vacilación en el semblante de Parker cada vez que negaba conocerlos, y volvió a verlo ahora.
– La cara del chico me sonaba, pero creo que no lo conocía.
– Se llamaba Joe Dryden. Natural de Birmingham, Alabama. Llegó aquí hará un par de meses. Tenía antecedentes: delitos de poca monta en su mayor parte, pero iba camino de cosas más serias.
– Como he dicho, no lo conocía personalmente.
– ¿Y la chica?
– Nunca la había visto.
– Missy Gaines. Era de una familia bien de Jersey. Sus padres denunciaron la desaparición hace una semana. ¿Tiene idea de cómo acabó con Dryden en Pearl River?
– Eso ya me lo ha preguntado. Y yo ya he contestado: no lo sé.
– ¿Quién fue a su casa ayer por la noche?
– No lo sé. No estaba allí.
– Tenemos un testigo que dice haber visto entrar a un hombre en su casa anoche. Se quedó un rato. Al testigo le dio la impresión de que ese hombre llevaba un arma en la mano.
– Como he dicho, no sé de qué me habla, pero su testigo debe de estar equivocado.
– Creo que el testigo es digno de confianza.
– ¿Por qué no avisó a la policía?
– Porque su mujer abrió la puerta y lo dejó entrar. Por lo vista lo conocía.
Will se encogió de hombros.
– No sé nada de eso.
Kozelek dio una última calada al cigarrillo y luego lo aplastó en el cenicero agrietado.
– ¿Por qué ha apagado la grabadora? -preguntó Will.
– Porque Asuntos Internos no sabe nada de ese hombre armado -respondió Kozelek-. Esperaba que usted me dijera por qué pensó que su familia corría peligro y necesitaba protección, y qué relación existe entre eso y los dos chicos a quienes ha matado.
Pero Will no contestó, y Kozelek, al comprender que la situación difícilmente cambiaría, desistió por el momento.
– Si Asuntos Internos se entera, interrogarán a su mujer. Tiene que buscar una versión más coherente. Dios santo, ¿cómo no se le ocurrió dejar un arma allí? De haber dejado un arma en el coche, todo esto sería innecesario.
– Porque no tengo más arma que la mía -declaró Will, y por primera vez asomó a su rostro un amago de expresión-. Yo no soy esa clase de policía.
– Pues le diré una cosa -repuso Kozelek-: hay dos chicos muertos en un coche, los dos desarmados. Así que, hoy por hoy, usted sí es esa clase de policía…