17

En su habitación, mientras los detalles seguían frescos en su memoria, Mickey pasó a limpio sus notas de la entrevista con Tyrrell. El asunto del chulo era interesante. Buscó el nombre de Johnny Friday en Google, junto con los detalles facilitados por Tyrrell, y encontró unos cuantos artículos contemporáneos, así como otro más extenso, escrito para un periódico de reparto gratuito, titulado «Johnny Friday: la vida brutal y el final atroz de un proxeneta». Lo acompañaban dos fotos de Friday. La primera lo mostraba tal como era en vida, un negro enjuto, alto, de mejillas hundidas y ojos desproporcionadamente grandes. Rodeaba con los brazos a un par de chicas en ropa interior de encaje, las dos con sendas franjas negras sobre los ojos para preservar su anonimato. Mickey se preguntó dónde estarían ahora. Según el artículo principal, las jóvenes que mantenían una relación profesional con Johnny Friday vivían condenadas a existencias desdichadas.

La segunda foto, tomada en la mesa del depósito de cadáveres, mostraba el alcance de las lesiones infligidas a Friday en el transcurso de la paliza que le costó la vida. Mickey supuso que la fotografía se había publicado a petición de la familia de Friday; eso, o por decisión de la policía a fin de difundir un mensaje. Estaba irreconocible. Tenía el rostro hinchado y cubierto de sangre; la mandíbula, la nariz y un pómulo rotos, y le habían hecho saltar unos cuantos dientes de las encías. Además, había sufrido heridas internas generalizadas: una costilla rota le había perforado un pulmón por dos sitios, y se le había reventado el bazo.

El nombre de Parker no se mencionaba, como era de esperar, pero una «fuente policial» había declarado al autor del artículo que tenían un sospechoso, aunque aún sin pruebas suficientes para presentar cargos. Michael calculó las probabilidades de que esa fuente fuese Tyrrell y decidió que eran alrededor del cincuenta por ciento. Si lo era, significaba que ya hacía una década albergaba serios recelos sobre Parker, y acaso justificados. Tyrrell no le inspiraba mucha simpatía a Mickey, pero sin duda el asesino de Johnny Friday era un hombre peligroso, alguien capaz de una gran violencia, un individuo rebosante de rabia y odio. Mickey intentó cotejar esa imagen con la del hombre que había conocido en Maine y con lo que había oído decir a otros sobre él. Se frotó el vientre, aún sensible, al recordar el puñetazo que había recibido en el porche delantero de la casa de Parker, así como el destello que había asomado brevemente a sus ojos. Sin embargo, no hubo más golpes, y la cólera desapareció de su semblante casi tan rápido como había aparecido, dando paso a una expresión, creyó Mickey, de vergüenza y pesar. En ese momento no le concedió importancia -ocupado como estaba en no echar las tripas-, pero, al reflexionar sobre ello más tarde, vio claramente que si bien Parker no ejercía aún pleno control sobre su ira, sí había aprendido a contenerla en cierta medida, aunque no de manera tan inmediata como para librar a Mickey de un hematoma en el abdomen. Pero si Tyrrell no se equivocaba, ese hombre tenía las manos manchadas con la sangre de Johnny Friday. No era sólo un homicida, sino también un asesino, y Mickey se preguntó cuánto había cambiado realmente en los años transcurridos desde la muerte de Johnny Friday.

Cuando acabó con el material de Tyrrell, abrió una carpeta en su escritorio. Contenía más notas: veinticinco o treinta hojas escritas de arriba abajo con su letra minúscula, ilegible para cualquier otra persona gracias a una combinación de su taquigrafía personal y el tamaño mismo de los trazos. Las palabras «padre/madre», encabezaban una de las hojas. En algún momento se proponía viajar a Pearl River para hablar con los vecinos, los tenderos, cualquiera que hubiera estado en contacto con la familia de Parker antes de las muertes, pero antes tenía otras tareas pendientes.

Consultó su reloj. Pasaban de las ocho. Sabía que Jimmy Gallagher, antiguo compañero del padre de Parker en la comisaría del Distrito Noveno, vivía en Brooklyn. Tyrrell le había proporcionado ese dato, junto con el nombre del investigador de la fiscalía del condado de Rockland presente en los interrogatorios del padre de Parker posteriores a los asesinatos. Tyrrell pensaba que éste, un ex policía de Nueva York llamado Kozelek, quizás hablase con Wallace, y al principio se ofreció a allanarle el camino, pero eso fue antes de que la conversación degenerara hacia su áspero final. Wallace suponía que esa llamada ya no se haría, aunque no descartaba recurrir de nuevo a Tyrrell, en cuanto estuviese sobrio, si el investigador se mostraba reacio a hablar.

El antiguo compañero, Gallagher, era otro cantar. Wallace notó que Tyrrell no sentía más aprecio por Gallagher que por Charlie Parker. Volvió sobre sus notas de esa tarde y encontró la parte en cuestión.


W: ¿Quiénes eran sus amigos?

T: ¿De Parker?

W: No, de su padre.

T: Era un hombre muy querido en el Distrito Noveno, caía bien a la gente. Debía de tener muchos amigos.

W: ¿Alguno en particular?

T: Era compañero de… esto, ¿cómo se llamaba?… Ah, sí, Gallagher, eso es. Jimmy Gallagher fue compañero suyo durante años. (Risas.) Yo siempre… Bueno, no tiene importancia.

W: Quizá sí la tenga.

T: Yo siempre pensé que era marica.

W: ¿Corrían rumores?

T: Sólo eso: rumores.

W: ¿Fue interrogado en el transcurso de la investigación por los asesinatos de Pearl River?

T: Sí, claro que lo interrogaron. Vi las transcripciones. Era como hablar con un mono de esos… Ya sabe a cuáles me refiero: esos que no ven nada malo, no dicen nada malo, no oyen nada malo. Dijo que no sabía nada. Ni siquiera había visto a su compañero ese día.

W: ¿Sólo que…?

T: Sólo que los asesinatos se produjeron el día del cumpleaños de Gallagher, y él estaba en la comisaría pese a que había solicitado, y le habían concedido, el día libre. Cuesta creer que fuese a la comisaría en su día libre, y para colmo en su cumpleaños, y no se viera con su compañero y mejor amigo.

W: Así pues, ¿cree que Gallagher fue a reunirse con ciertas personas para tomar una copa en su cumpleaños y que, en tal caso, Parker estaba entre ellas?

T: Es lo lógico, ¿no? Otro detalle: ese día Parker tenía el turno de ocho a cuatro. Un policía llamado Eddie Grace sustituyó a Parker para que pudiese salir un rato antes. ¿Por qué habría pedido Parker un favor si no era para reunirse con Jimmy Gallagher?

W: ¿Dijo Grace que ésa era la razón por la que sustituyó a Parker?

T: Como todos los demás, Grace no sabía nada ni dijo nada. El secretario de la comisaría, DeMartini, vio marcharse a Parker, pero no dijo nada. Sabía cuándo hacer la vista gorda. Una camarera del Cal's declaró que Gallagher estuvo allí con alguien la noche de los asesinatos, pero no llegó a ver bien al otro hombre, y éste no se quedó mucho rato. Admitió que quizá fuera Will Parker, pero luego el camarero de la barra la contradijo, sosteniendo que el que estuvo en la barra con Gallagher era otro, un desconocido, y posteriormente la camarera decidió que se había confundido.

W: ¿Cree que alguien presionó a esa mujer para que cambiase su versión?

T: Cerraron filas. Es lo que hacen los policías. Protegen a los suyos, aunque eso no esté bien.


Mickey interrumpió la lectura de sus anotaciones en ese punto. Tyrrell cambió de expresión al mencionar el cierre de filas, la protección mutua. Quizá fuera el investigador de Asuntos Internos que llevaba dentro, un arraigado odio a los hombres corruptos y al código de omertà que los protegía, pero Mickey no creía que fuera sólo eso. Sospechaba que Tyrrell estaba ya excluido de esos círculos incluso antes de incorporarse a Asuntos Internos. No era un hombre que inspirara simpatía, como había señalado Hector, y cabía pensar que en la «Brigada de las Ratas» encontró la oportunidad de castigar a quienes despreciaba por medio de una cruzada contra la corrupción. Mickey tomó nota mentalmente de esa observación y volvió a concentrarse en la lectura.


T: Lo que yo no entendía era qué más daba si Gallagher estuvo con Parker esa noche, a menos que Gallagher supiera algo acerca de lo que iba a ocurrir.

W: Insinúa que fue un asesinato con premeditación.


Mickey recordó que, en ese momento, Tyrrell se detuvo a pensar.


T: Es posible, o Gallagher sabía por qué Parker acabó matando a esos dos chicos y quería callárselo. Fuera cual fuese el motivo, me consta que Jimmy Gallagher mintió sobre lo ocurrido esa noche. He leído los informes de Asuntos Internos. Por lo que a nosotros se refería, Jimmy Gallagher quedó marcado para el resto de su carrera a partir de entonces.


Mickey encontró el nombre de Gallagher en el listín telefónico. Se planteó llamar antes de salir hacia Bensonhurst, pero al final decidió que le convenía más aparecer por sorpresa. No sabía qué esperaba conseguir de una conversación con Gallagher, pero si Tyrrell estaba en lo cierto, al menos había una fisura en la historia construida en torno a los sucesos del día en que se produjeron los asesinatos de Pearl River. Como periodista, Mickey había aprendido a convertirse en el agua en la fisura, ensanchándola, debilitando la estructura misma, hasta que por fin se venía abajo y la verdad quedaba al descubierto. Los asesinatos y sus secuelas desempeñarían un papel destacado en el libro de Mickey. Le proporcionarían elementos para consultar a un par de psicólogos que, a cambio de cierta suma, describirían con pelos y señales cómo impactaba en un hijo la implicación de su padre en un asesinato con posterior suicidio. Los lectores devoraban esas cosas.

Fue en metro a Bensonhurst para ahorrar unos dólares y buscó la calle de Gallagher. Llamó a la puerta de la pulcra casita. Al cabo de un momento abrió un hombre alto.

– ¿Señor Gallagher?

– Yo mismo.

Gallagher tenía los labios y los dientes manchados de rojo. Estaba bebiendo vino cuando Mickey llamó. Eso era un buen augurio, a menos que tuviese compañía. Podía significar que andaba con la guardia un poco baja. Mickey llevaba el billetero en la mano. Extrajo una tarjeta suya y se la entregó.

– Me llamo Michael Wallace. Soy periodista. Me gustaría hablar con usted unos minutos.

– ¿Sobre qué?

Y ése era el momento de dorar un poco la píldora: una mentira al servicio de un bien mayor. Dudó que Tyrrell lo hubiera aprobado.

– Estoy preparando un artículo sobre los cambios en el Distrito Noveno a lo largo de los años. Sé que usted sirvió en la comisaría del barrio. Me gustaría que me hablara de sus recuerdos de otros tiempos.

– ¿Por qué yo? Por el Distrito Noveno han pasado muchos policías.

– Verá, cuando buscaba a personas con quienes hablar, vi que usted había participado en muchas actividades comunitarias aquí en Bensonhurst. Me dije que quizá la conciencia social le diera una percepción mejor de la gente y el barrio del Distrito Noveno.

Gallagher miró la tarjeta.

– Conque Wallace, ¿eh?

– Exacto.

Se echó hacia delante y metió con cuidado la tarjeta en el bolsillo de la camisa de Mickey. Fue un gesto curiosamente íntimo.

– Es usted un farsante -dijo Gallagher-. Sé quién es, y sé qué se propone escribir. Los policías hablan. He sabido qué se traía entre manos desde el momento en que empezó a husmear en asuntos que no le atañen. Hágame caso: déjelo estar. No le conviene andar fisgoneando por esos rincones. Ninguna de las personas con algo que contar va a ayudarle, y por el camino va a atraer sobre usted mismo un montón de problemas.

A Mickey le brillaron los ojos, convertidos de pronto en dos gemas duras y pequeñas engastadas en su cabeza. Empezaba a cansarse de tanta advertencia disuasoria.

– Soy periodista -dijo, aunque ya no lo fuera-. Cuanta más gente me desaconseja investigar algo, mayor es mi interés.

– Eso no lo convierte en periodista -repuso Gallagher-. Lo convierte en un idiota. También es un embustero. Eso es algo que no aprecio mucho en un hombre.

– ¿Ah, no? -repuso Wallace-. ¿Usted nunca ha mentido?

– Yo no he dicho eso. Me gusta tan poco en mí como en usted.

– Bien, porque creo que usted mintió sobre lo ocurrido el día que Will Parker mató a aquellos dos adolescentes en Pearl River. Voy a hacer todo lo posible para averiguar por qué. Luego volveré y hablaremos otra vez.

Una expresión de hastío asomó al rostro de Gallagher. Mickey se preguntó cuánto tiempo llevaba esperando que todo aquello se le echara de nuevo encima. Probablemente desde el día mismo en que su compañero se convirtió en asesino.

– Márchese de mi casa, señor Wallace. Me está estropeando la velada.

Dio a Mickey con la puerta en las narices. Mickey la miró fijamente por un momento; luego sacó la tarjeta de visita del bolsillo y la insertó en el resquicio de la puerta antes de volver a Manhattan.


Dentro de la casa, Jimmy estaba sentado a la mesa de la cocina. Tenía delante un vaso vacío, y media botella de syrah, junto con los restos de la cena. A Jimmy le gustaba cocinar cosas para sí mismo, incluso más que para otra gente. Cuando cocinaba para él solo, no tenía que preocuparse por el resultado, ni por lo que pensarían los demás. Podía cocinar a su gusto y conocía sus preferencias. Había planeado una velada apacible con una buena botella de vino y una vieja película negra en TCM. Ahora su sensación de calma, ya frágil antes, se desintegró por completo. Era frágil desde que Charlie Parker se presentó en su casa. En ese momento, Jimmy tuvo la sensación de que el suelo se erosionaba despacio bajo sus pies. Siempre había tenido la esperanza de que el pasado permaneciera enterrado, por precariamente que fuese. Ahora la tierra se movía y dejaba a la vista jirones de carne y huesos viejos.

Siempre le había inquietado pensar que quizás había obrado mal al mentir a los investigadores, al guardar silencio durante las décadas siguientes. Como una astilla clavada muy hondo en la carne, la conciencia de haberse confabulado con otros para sepultar la verdad, aunque fuera sólo la pequeña parte que él conocía, se había enconado dentro de él. Ahora se acercaba a marchas forzadas el momento en que la infección debía erradicarse de su organismo para que no le destruyera.

Se llenó el vaso y se dirigió al recibidor. Mientras tomaba un sorbo de vino, marcó el número por segunda vez desde la visita de Parker. El timbre sonó cinco veces antes de que contestaran. Oyó ruidos de fondo -platos en el fregadero, risas de mujeres- cuando el viejo saludó.

– Soy Jimmy Gallagher -dijo-. Ha surgido otro problema.

– Adelante -instó la voz.

– Acaba de venir un periodista, un tal Wallace, Mickey Wallace. Venía preguntando por… aquel día.

Siguió un breve silencio.

– Ya lo conocemos. ¿Usted qué le ha dicho?

– Nada. Me he atenido al guión, como usted me indicó, como siempre he hecho. Pero…

– Adelante.

– Esto se viene abajo. Primero Charlie Parker, ahora ese individuo.

– Siempre hemos sabido que se vendría abajo. Sólo me sorprende que haya aguantado tanto.

– ¿Qué quiere que haga?

– ¿En cuanto al periodista? Nada. Ese libro no se publicará.

– Parece usted muy seguro.

– Tenemos amigos. El contrato de Wallace está a punto de rescindirse. Sin la promesa de dinero a cambio de sus esfuerzos se desanimará.

Jimmy no lo tenía tan claro. Había visto la expresión de Wallace. Quizás el dinero fuese parte de lo que impulsaba su investigación, pero no era lo único que lo motivaba. Era casi como un buen policía, pensó Jimmy. No se le pagaba por hacer su trabajo; se le pagaba para que no hiciera otra cosa. Wallace quería esa historia. Quería averiguar la verdad. Como quienes alcanzan el éxito contra todo pronóstico, tenía algo de fanático.

– ¿Ha hablado con Charlie Parker?

– Todavía no.

– Si espera a que él vuelva a usted, tal vez descubra que su ira es proporcionalmente mayor. Telefonéele. Dígale que tienen una conversación pendiente.

– ¿Y también le hablo de usted?

– Cuénteselo todo, señor Gallagher. Ha sido fiel al recuerdo de su amigo durante un cuarto de siglo. Ha protegido a su hijo, y a nosotros, durante mucho tiempo. Le estamos agradecidos, pero ha llegado el momento de sacar a la luz esas verdades ocultas.

– Gracias -dijo Jimmy.

– No, gracias a usted. Que disfrute del resto de la velada.

Colgaron. Jimmy supo que podía ser la última vez que oyese esa voz.

En realidad no lo lamentaba.

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