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El cuerpo de la chica había sido envuelto en una lámina de plástico, luego lastrado con una piedra y tirado a un estanque. Lo descubrieron el día en que una vaca resbaló, cayó al agua y se le enredó una pata en la cuerda que ceñía el plástico. Cuando la vaca, una Hereford con cuernos, de considerable valor, fue izada del estanque, el cadáver salió con ella.

Casi tan pronto como fue hallado, los lugareños del pequeño pueblo de Goose Creek, en el sur de Idaho, supieron quién era. Se llamaba Melody McReady, y se desconocía su paradero desde hacía dos años. Su novio, Wade Pearce, había sido interrogado en relación con su desaparición, y aunque al final la policía lo descartó como sospechoso, se suicidó cuando hacía ya un mes que no se sabía nada de Melody, o ésa fue la versión oficial. Se pegó un tiro en la cabeza pese a que, al parecer, no tenía pistola. Aunque, como decía la gente, nunca se sabe hasta dónde puede llevar el dolor…, el dolor o la culpabilidad, ya que, al margen de lo que dijera la policía, había quienes opinaban que Wade Pearce era el responsable de lo que le había ocurrido a Melody McReady, fuera lo que fuese, a pesar de que tales sospechas se debían más a la generalizada antipatía por la familia Pearce que a alguna prueba real de mala conducta, por parte de Wade. Aun así, ni siquiera quienes creían en la inocencia de Wade lo lamentaron demasiado cuando se quitó la vida, porque Wade era un mal bicho, igual que los demás hombres de su familia. Melody McReady había acabado con él porque su propia familia estaba casi igual de tarada. Todo el mundo sabía que aquello terminaría en llanto. Pero no esperaban un derramamiento de sangre, ni que al final saliese de aquellas aguas quietas un cadáver prendido de la pata de una vaca.

Se llevaron a cabo pruebas de ADN de los restos para confirmar la identidad de la joven y encontrar cualquier posible indicio dejado por quien la había matado y echado al estanque del viejo Sidey, aunque los investigadores dudaban que fuera a descubrirse algo de provecho. Había transcurrido demasiado tiempo, y el plástico no envolvía herméticamente el cuerpo, de modo que los peces y los elementos habían ejercido su acción.

Fue una sorpresa, pues, recuperar en el plástico una huella digital que pudiera utilizarse. La enviaron a AFIS, el sistema de identificación de huellas digitales del FBI. A continuación, los inspectores que investigaban el hallazgo del cadáver se sentaron a esperar. AFIS estaba desbordada de trabajo por el sinfín de peticiones remitidas por las distintas fuerzas del orden, y podía tardar semanas o meses en llevar a cabo la verificación, según la urgencia del caso y el nivel de saturación. Finalmente resultó que la huella se analizó al cabo de dos semanas, pero no se encontró correspondencia alguna. Junto con la huella había una fotografía de una marca que se descubrió en una roca cerca del estanque, una fotografía que al final llegó a la Unidad Cinco de la DSN, la División de Seguridad Nacional del FBI, la sección responsable de reunir información para los servicios de inteligencia y llevar a cabo acciones de contraespionaje relacionadas con la seguridad nacional y el terrorismo internacional.

La Unidad Cinco de la DSN no era más que una terminal informática de máxima seguridad con sede en la delegación de Nueva York en Federal Plaza. La reciente asignación a la DSN, y el nuevo título de Unidad Cinco que la acompañaba, eran banderas de conveniencia aprobadas por la Oficina del Consejo General para asegurar que la cooperación de las fuerzas del orden era ágil e incondicional. La Unidad Cinco se ocupaba de todas las averiguaciones, por periféricas que fueran, relacionadas con la investigación de las acciones del asesino conocido como el Viajante, el individuo responsable de las muertes de una serie de hombres y mujeres en los últimos años de la década de 1990, entre ellos Susan y Jennifer Parker, la esposa e hija de Charlie Parker. Con el tiempo, la Unidad Cinco absorbió información anterior sobre el fallecimiento de un hombre llamado Peter Ackerman en Nueva York a finales de los años sesenta, la muerte a tiros de una mujer sin identificar en Gerritsen Beach unos meses después y los homicidios de Pearl River en los que intervino Will Parker, información reunida por un agente especial con rango de subjefe a cargo de la delegación de Nueva York, y después transmitida a uno de sus sucesores. Asimismo, sus archivos contenían todo el material conocido sobre los casos que había llevado Charlie Parker desde que empezó a trabajar como investigador privado.

Otras agencias, incluido el Departamento de Policía de Nueva York, conocían las asignaciones de la Unidad Cinco, pero en último extremo sólo dos personas tenían acceso al material de la unidad: el agente especial a cargo de la delegación neoyorquina, Edgar Ross, y su ayudante, Brad. Fue dicho ayudante quien, veinte minutos después de recibirse en la unidad el primer comunicado, llamó a la puerta de su jefe con cuatro hojas en las manos.

– Esto no va a gustarte -anunció. Ross alzó la vista cuando Brad cerró la puerta.

– Nunca me gusta nada de lo que me dices. Nunca traes buenas noticias. Ni siquiera traes café. ¿Qué tienes?

Brad parecía reacio a entregarle las hojas, como un niño preocupado por presentar una tarea mal hecha a la maestra.

– Una solicitud de huellas digitales a AFIS, extraídas de un cadáver hallado en Idaho. Una chica del pueblo, Melody McReady. Desapareció hace dos años. Encontraron el cadáver en un estanque, envuelto en un plástico. La huella estaba en el plástico.

– ¿Y ha aparecido alguna correspondencia?

– No, pero había algo más: una fotografía. Fue lo que disparó la alarma.

– ¿Por qué?

Brad parecía nervioso. Aunque ya llevaba casi cinco años con su jefe, todo lo relacionado con la Unidad Cinco lo ponía nervioso. Había leído los detalles de algunos de los otros casos adjudicados automáticamente a la unidad. Todos sin excepción le ponían la carne de gallina. También sin excepción todos parecían implicar, directa o indirectamente, al tal Charlie Parker.

– Las huellas no se correspondían con ninguna de la base de datos, pero el símbolo sí. Se ha encontrado en otros dos cadáveres anteriores. La primera vez apareció en el cuerpo de una mujer desconocida sacada del riachuelo de Shell Bank, en Brooklyn, hace más de cuarenta años, después de ser abatida a tiros por un policía. Nunca fue identificada. La segunda vez estaba en el cuerpo de una adolescente asesinada en un coche en Pearl River hará unos veintiséis años. Se llamaba Missy Gaines: era de Jersey y se había escapado de su casa.

Ross cerró los ojos y esperó a que Brad continuase.

– A esa tal Gaines la mató el padre de Charlie Parker. A la otra mujer se la cargó el compañero de su padre dieciséis años antes.

Por fin, a su pesar, entregó las hojas. Ross examinó el símbolo de la primera, el aparecido en el cadáver de Melody, y lo comparó con el símbolo de las muertes anteriores.



– Demonios -exclamó.

Brad se sonrojó, pese a que sabía que no era el culpable de lo que vendría a continuación.

– Lo que viene es aún peor. Mira la segunda hoja. Eso apareció grabado en un árbol cerca del cadáver de un chico llamado Bobby Faraday.



Esta vez Ross juró más enérgicamente.

– La tercera marca se encontró en la madera junto a la puerta trasera de la casa de la familia Faraday. Se dio por supuesto que se habían suicidado, pero el jefe, un hombre llamado Dashut, parecía tener sus dudas. Tardaron cinco días en descubrirla.



– ¿Y nos llega ahora?

– La policía del estado no la envió. Por allí son muy territorialistas. Al final, Dashut se cansó al ver que no avanzaban y pasó por encima de ellos.

– Busca todos los informes que encuentres sobre la chica esa, la McReady, y sobre los Faraday.

– Ya los he pedido -contestó Brad-. Deberían llegar en menos de una hora.

– Ve a esperarlos.

Brad obedeció.

Ross dejó las hojas al lado de un juego de fotografías que tenía en la mesa desde esa mañana. Procedentes del escenario del crimen de la noche anterior en Hobart Street, mostraban el símbolo dibujado en la pared de la cocina con la sangre de Mickey Wallace.



A Ross le habían informado del asesinato una hora después de descubrirse el cadáver de Wallace, y había pedido que le hicieran llegar, antes de las nueve de la mañana siguiente, las fotografías y las copias de toda la documentación relacionada con el caso. En cuanto vio el símbolo, procedió a borrar el rastro. Tras recibirse ciertas llamadas en One Police Plaza, el símbolo se limpió de la pared de la cocina. Cuantos habían pasado por el lugar del hecho recibieron aviso de que el símbolo era vital para el caso, y toda mención a él fuera del equipo de investigación inmediato acarrearía acciones disciplinarias y, en último extremo, el despido sin recurso de apelación. Se extremaron aún más las medidas de seguridad en torno a todos los expedientes policiales relacionados con los homicidios de Pearl River, la mujer tiroteada en Gerritsen Beach y la muerte accidental de Peter Ackerman en el cruce de la calle Setenta y ocho con la Primera Avenida nueve meses antes. Dichas medidas impedían el acceso a esos expedientes sin el permiso expreso del agente especial Ross y los subcomisarios de Operaciones e Inteligencia del Departamento de Policía de Nueva York, pese a que todos los informes pertinentes habían sido meticulosamente «esterilizados» después de los sucesos de Pearl River para asegurar que toda correspondencia que pudiera surgir en fecha posterior se remitiese a la oficina del comisario y, tras su creación, a la Unidad Cinco. Cualquier indagación referente a ellos activaría una alerta.

Ross sabía que la muerte de un periodista, aunque ya no ejerciese como tal, atraería a otros periodistas como moscas, y las circunstancias de la muerte de Wallace, asesinado en una casa donde una década antes se habían cometido dos asesinatos de gran resonancia pública, despertarían aún mayor atención. Era importante mantener el máximo secreto en la investigación, pero no podía ser totalmente hermética, o los periodistas más suspicaces empezarían a percibir un intento de encubrimiento. Por consiguiente se decidió, de común acuerdo con One Police Plaza, que se presentaría a los medios una conveniente «fachada» de colaboración, y una serie de comunicados extraoficiales controlados con rigor difundirían información suficiente para mantener a raya a los medios sin llegar de hecho a divulgar nada que pudiera poner en peligro la marcha de la investigación.

Ross resiguió con los dedos el símbolo fotografiado en la pared; luego abrió varias carpetas en su escritorio y sacó copias de cuatro fotografías distintas. Pronto tenía la mesa cubierta de variaciones de las mismas imágenes, símbolos grabados a fuego en la carne, labrados en la madera y tallados en la piedra.

Ross volvió la silla hacia la ventana y contempló la ciudad. Al mismo tiempo marcó un número utilizando una línea segura. Contestó una mujer.

– Póngame con el rabino, por favor -dijo Ross.

En cuestión de segundos Epstein estaba al aparato.

– Soy Ross.

– Esperaba su llamada.

– ¿Ya se ha enterado, pues?

– Recibí una llamada anoche para ponerme sobre aviso.

– ¿Sabe dónde está Parker?

– Anoche el señor Gallagher lo acogió en su casa.

– ¿Eso es de dominio público?

– No ha llegado a los medios. El señor Gallagher tomó la precaución de quitar la matrícula cuando se dio cuenta de que podía verse obligado a llevar a cabo un rescate.

Ross sintió alivio. Sabía que, a falta de una pista en Nueva York, los periodistas ya habían intentado localizar a Parker a través del bar de Maine donde trabajaba. Había telefoneado a la delegación de Portland para pedir que unos agentes se acercaran a la casa de Parker, y por tanto estaba enterado ya de la presencia de dos coches y una unidad de televisión aparcados delante. Por otra parte, el dueño del Great Lost Bear había informado a un agente de que se había visto obligado a colgar un cartel en su puerta: PERIODISTAS NO. A fin de asegurarse de que se cumplía su orden, había apostado en la entrada a dos hombres corpulentos, proporcionándoles previamente unas camisetas encargadas deprisa y corriendo donde se leía el rótulo PERIODISTAS NO. Según el agente en cuestión, dichos hombres aguardaban para iniciar su trabajo cuando él visitó el bar. Eran sin lugar a dudas, dijo, dos de los individuos más grandes que había visto en la vida.

– ¿Y ahora qué?

– Parker se ha ido de casa de Gallagher esta mañana -informó Epstein-. Ignoro dónde está.

– ¿Ha hablado usted con Gallagher?

– Dice que no sabe adónde ha ido Parker, pero ha confirmado que Parker ya lo sabe todo.

– Eso significa que irá a buscarlo a usted.

– Estoy preparado.

– Voy a enviarle cierto material. Es posible que le resulte interesante -dijo Ross.

– ¿Qué clase de material?

– ¿Recuerda el símbolo que se descubrió en los cadáveres de las mujeres del riachuelo de Shell Bank y Pearl River? Tengo otras tres versiones delante, una de dos años atrás, las otras de hace unos meses. En todos los casos se trata de muertes violentas.

– La mujer está dejando avisos, señales para el Otro -explicó Epstein.

– Y ahora su opuesto ha dejado su nombre en sangre en la casa de Charlie Parker, así que está haciendo lo mismo.

– Manténgame informado, por favor.

– Descuide.

Se despidieron y colgaron. Ross volvió a llamar a Brad y le ordenó que solicitara el rastreo del teléfono móvil de Parker y que destinara a dos hombres a la protección del rabino Epstein.

– Quiero saber dónde está Parker antes de que acabe el día -dijo.

– ¿Quieres que te lo traigan?

– No, sólo asegúrate de que no le pasa nada -respondió Ross.

– Ya es un poco tarde para eso, ¿no? -comentó Brad.

– Largo de aquí -ordenó Ross, pero pensó: de la boca de los niños se oye la verdad.

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