Llegábamos al final del relato.
– Recogí a tu padre en la comisaría de Orangetown antes del mediodía -explicó Jimmy-. Como había periodistas en la calle, metieron en el asiento trasero de un sedán sin distintivos a un policía que acababa en ese momento su turno, le habían tapado la cabeza con un abrigo y se lo llevaron en medio de un estallido de flashes mientras yo esperaba a tu padre en la parte de atrás de la comisaría. Fuimos a un bar de Orangetown, el Creeley's. Ya no existe. Ahora hay una gasolinera. Por entonces era uno de esos bares poco iluminados donde te servían una buena hamburguesa y nadie preguntaba nada aparte de «¿Otra?», «¿La quiere con patatas fritas?». Yo iba a veces con mi sobrino y mi hermana. Ahora ya no nos hablamos mucho, mi hermana y yo. Ella vive en Chicago. Pensó que había puesto a mi sobrino en una situación de peligro pidiéndole que hiciera lo que hizo por ti y por tu madre, pero ya antes de eso habíamos empezado a distanciarnos.
No lo interrumpí. Jimmy daba rodeos para postergar el horrendo final, como un perro temeroso de aceptar carne podrida de manos de un desconocido.
– Casualmente, no había nadie allí cuando llegamos, aparte del camarero. Yo lo conocía y él me conocía a mí. Es posible, creo, que reconociese también a tu padre, pero si fue así, se calló. Tomamos un café, hablamos.
– ¿Qué te dijo?
Jimmy se encogió de hombros, como si la respuesta fuera intrascendente.
– Repitió lo que había dicho Epstein: eran las mismas personas. Parecían distintos, pero lo vio en sus ojos y se lo confirmaron las palabras de la chica y la señal en el brazo del chico. La amenaza de que volverían. No puedo quitármelo de la cabeza. -Se estremeció, un ligero temblor como el de la superficie de un remanso de agua rozada por una brisa fría-. Y según me dijo él mismo, habría jurado que, justo antes del primer tiro, les cambió la cara.
– ¿Les cambió?
– Sí, les cambió, igual que a la mujer que maté en Gerritsen Beach, imagino. Dio la impresión, según él, de que llevaban una máscara y ésta se hizo transparente por un instante, dejando a la vista lo que había detrás; ésa fue la mejor imagen que se le ocurrió para explicarlo. Fue entonces cuando disparó al chico. Ni siquiera recordaba haber matado a la chica. Sabía que lo había hecho; sencillamente no se acordaba de cómo había ocurrido.
»Al cabo de una hora me pidió que lo llevara en coche a casa, pero cuando salimos del Creeley's nos esperaban dos hombres de Asuntos Internos. Me dijeron que ya acompañarían ellos a Will. Añadieron que les preocupaban los periodistas, pero creo que en realidad querían disponer de unos minutos a solas con él confiando en que yo lo hubiese convencido de que contase la verdad. Es decir, sabían que su historia no cuadraba. Sencillamente les costaba encontrar los resquicios en su versión. Pero dudo mucho que dijese algo más. Después, cuando murió, intentaron sonsacarme, y yo tampoco les conté nada. A partir de ese momento quedé prácticamente acabado como policía. Cumplí mi tiempo de servicio en el Distrito Noveno, lo justo para poder exigir la pensión completa y todas las prestaciones.
»Y ésa fue la última vez que vi a Will, cuando los hombres de Asuntos Internos se lo llevaron. Me dio las gracias por todo lo que había hecho y me estrechó la mano. Yo debería haber visto venir lo que ocurriría a continuación, pero no estuve atento. Nunca antes nos habíamos dado la mano, no desde el día en que nos conocimos en la academia. Era algo que no hacíamos. Lo vi marcharse, y luego regresé aquí. Sonó el teléfono cuando ni siquiera había tenido tiempo de quitarme los zapatos. Fue mi sobrino quien me dio la noticia. El caso es que, de haberme preguntado en ese momento si me sorprendió, habría contestado que no. Veinticuatro horas antes habría dicho que eso era imposible, que Will Parker nunca se pegaría un tiro en la boca, pero, en retrospectiva, cuando estábamos en el Creeley's yo sabía ya que no era el hombre de siempre. Se le veía viejo, derrotado. Era como si no pudiera dar crédito a lo que había visto, a lo que había hecho. Lo desbordaba.
»El funeral fue extraño. No sé qué recuerdas, pero cierta gente que debería haber estado allí no estaba. El comisario no se presentó, aunque eso no sorprendió a nadie, tratándose como se trataba, en teoría, de un asesinato con suicidio. Pero también se mantuvieron al margen otros, altos mandos, sobre todo, hombres trajeados del Palacio del Puzzle, que normalmente habrían hecho acto de presencia. Lo sucedido olía mal, y ellos lo sabían. La prensa se les había echado encima y eso no les gustaba. En cierto modo, y perdóname que lo diga, la muerte de tu viejo fue lo mejor que podía haberles ocurrido. Si una investigación interna lo hubiese exonerado, los periódicos se los habrían comido vivos. Si los homicidios se hubiesen considerado injustificados, se habría llegado a los tribunales, y los policías de a pie, y el sindicato, se habrían puesto como basiliscos. El suicidio de Will les permitió enterrar todo aquel lío junto con su cuerpo. En cuanto él desapareció, la investigación de lo ocurrido estaba condenada a quedar inconclusa. Las únicas personas que sabían qué sucedió en aquel descampado estaban muertas.
»Aun así, Will recibió un funeral digno de un inspector, con toda la parafernalia. Tocó una banda, y se vieron guantes blancos y cintas negras, y a tu madre le dieron una bandera plegada. Debido a las circunstancias de la muerte, se cuestionó si tendría derecho a las prestaciones a la familia. Puede que no lo sepas, pero un inspector de Police Plaza, un tal Jack Stepp, cruzó discretamente unas palabras con tu madre cuando ella regresaba al coche después del funeral. Stepp era el esbirro del comisario, el que recogía la basura entre bastidores. Le dijo que velarían por ella, y así fue. Le pagaron las prestaciones bajo mano. Alguien se aseguró de que recibía un trato justo, de que los dos estabais bien atendidos.
»Después del funeral, Epstein se puso en contacto conmigo. Él no asistió. Creo que era un acto demasiado público para él, y prefirió permanecer en segundo plano. Vino aquí, a esta casa, se sentó en la silla donde ahora estás sentado tú, y me preguntó qué sabía acerca de los homicidios. Yo le conté lo mismo que te he contado a ti, todo. Luego se marchó y no volví a verlo, ni siquiera hablé con él hasta que tú viniste con tus preguntas. Y después se presentó Wallace, y pensé que debía informar a Epstein. Por Wallace no me preocupé mucho: hay formas de resolver estas cosas, y supuse que era posible ahuyentarlo si surgía la necesidad. En cambio tú…, sabía que volverías una y otra vez, que se te había metido entre ceja y ceja la idea de husmear en la tierra y no pararías hasta encontrar los huesos. Epstein me dijo que su gente ya había tomado medidas para detener a Wallace, y que yo debía contarte lo que sabía. -Se reclinó en su silla, agotado-. Así que ahora ya lo sabes todo.
– ¿Y te lo has callado todo este tiempo?
– Ni siquiera hablé de ello con tu madre, y si he de serte sincero, digamos que me alegré cuando me anunció que te llevaba a Maine. Me dio la sensación de que así ya no tendría que responsabilizarme de ti, de que podría convencerme de que lo había olvidado todo.
– ¿Me lo habrías contado si yo no hubiese venido a preguntar?
– No. ¿Para qué? -De pronto pareció pensárselo mejor-. Mira, no lo sé. He leído sobre ti, y he oído las historias sobre la gente que has encontrado, y los hombres y mujeres que has matado. En todos esos casos había algo extraño. Quizás en los últimos dos años he pensado que debías estar enterado para…
Se esforzó por encontrar las palabras adecuadas.
– ¿Para qué?
Decidió que ya las tenía, aunque no quedó del todo satisfecho.
– Para que estuvieses preparado cuando volviesen -dijo.