Recibí la llamada en el móvil poco antes de las doce de la noche. Jimmy había ido a prepararme la cama en la habitación de invitados, y yo, sentado a la mesa de la cocina, intentaba aún asimilar lo que me había contado. Ya no sentía el suelo sólido bajo mis pies, y temía no ser capaz de sostenerme al levantarme. Quizá debería haber puesto en duda la historia de Jimmy, o al menos mostrarme escéptico en cuanto a algunos detalles hasta poder investigarlos más detenidamente yo mismo, pero no lo hice. En el fondo de mi alma sabía que todo lo que me había contado era verdad.
Consulté el identificador de llamadas antes de contestar, pero no reconocí el número.
– ¿Diga?
– ¿Señor Parker? ¿Charlie Parker?
– Sí.
– Soy el inspector Doug Santos de la Sesenta y ocho. ¿Podría decirme dónde se encuentra ahora?
La Sesenta y ocho incluía Bay Ridge, donde yo vivía antes con mi familia. La noche que murieron Susan y Jennifer, los primeros en llegar al lugar del crimen fueron los agentes de esa comisaría, junto con Walter Cole.
– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Qué pasa?
– Por favor, limítese a contestar a mi pregunta.
– Estoy en Brooklyn, en Bensonhurst.
Cambió el tono de su voz. Mientras en un primer momento habló con sequedad y eficiencia, de pronto se advirtió en sus palabras un mayor apremio. Yo ignoraba cómo había ocurrido, pero tenía la sensación de haberme convertido en posible sospechoso en cuestión de segundos.
– ¿Podría facilitarme una dirección? Me gustaría hablar con usted.
– ¿De qué se trata, inspector? Es tarde y he tenido un día muy largo.
– Preferiría hablar con usted en persona. ¿Cuál es la dirección?
– Un momento.
Jimmy acababa de volver del cuarto de baño. Enarcó una ceja en un gesto interrogativo cuando yo tapé el micrófono del teléfono con la mano.
– Es un policía de la Sesenta y ocho. Quiere hablar conmigo. ¿Tienes inconveniente en que lo reciba aquí? Algo me dice que quizá necesite una coartada.
– No hay problema -contestó Jimmy-. ¿Sabes el nombre?
– Santos.
Jimmy movió la cabeza en un gesto de negación.
– No lo conozco. Ya es tarde, pero si quieres, puedo hacer alguna que otra llamada y averiguar qué ocurre.
Di la dirección a Santos. Me dijo que llegaría en menos de una hora. Entretanto, Jimmy se dispuso a telefonear a sus propios contactos, aunque Walter Cole seguía siendo una opción si él no sacaba nada en claro. Tiró a la basura la botella de vino vacía mientras hacía la primera llamada, que le bastó para averiguar algo. Cuando colgó, estaba alterado.
– Ha habido un asesinato -dijo.
– ¿Dónde?
– No te va a gustar. En Hobart 1219. Hay un muerto en la cocina de tu antigua casa. Puede que tengas sentimientos encontrados cuando sepas quién es: Mickey Wallace.
Santos llegó media hora después. Era alto y moreno, y no debía de tener mucho más de treinta años. Poseía la expresión ávida de alguien decidido a ascender en el escalafón tan deprisa como fuese humanamente posible, sin importarle mucho pisotear los dedos a los demás en el camino. Se llevó una decepción al descubrir que yo tenía coartada para toda la noche, y encima una coartada corroborada por un policía. Así y todo, aceptó un café, y si bien no se mostró precisamente cordial, se relajó lo suficiente para no ocultar el hecho de que yo ya no era un sospechoso potencial.
– ¿Usted conocía a ese hombre? -preguntó.
– Se proponía escribir un libro sobre mí.
– ¿Y a usted eso qué le parecía?
– No me hacía mucha gracia. Intenté disuadirlo.
– ¿Le importaría decirme cómo?
Si Santos hubiese estado provisto de antenas, habrían empezado a vibrar. Aunque yo no hubiese matado personalmente a Wallace, podría haber buscado a alguien que lo hiciera por mí.
– Le dije que no cooperaría. Me aseguré de que ninguna persona cercana a mí cooperase tampoco.
– Por lo visto no captó la indirecta. -Santos tomó un sorbo de café. Pareció sorprenderle gratamente el sabor-. Muy bueno el café -dijo a Jimmy.
– Blue Mountain -contestó Jimmy-. Sólo el mejor.
– ¿Ha dicho usted que antes trabajaba en el Distrito Noveno? -preguntó Santos.
– Así es.
Santos volvió a dirigirme su atención.
– Su padre trabajó también en el Noveno, ¿no?
Casi admiré la capacidad de Santos para documentarse a toda prisa. A menos que hubiera estado haciendo indagaciones ya antes, alguien debía de haberle dado por teléfono los principales detalles de mi expediente de camino a Bensonhurst.
– Exacto -respondí.
– ¿Y a qué ha venido? ¿A recordar viejos tiempos?
– ¿Tiene eso algo que ver con el caso?
– No lo sé. ¿Lo tiene?
– Oiga, inspector -dije-. Yo quería que Wallace dejara de fisgar en mi vida, pero no deseaba su muerte. Y si hubiera contratado a un asesino, no habría sido para matarlo en la habitación donde murieron mi mujer y mi hija, y me habría asegurado de estar muy lejos cuando eso ocurriese.
Santos asintió.
– Supongo que tiene razón. Sé quién es usted. Por más cosas que cuenten, me consta que tonto no es.
– Todo un halago -contesté.
– Lo es, ¿verdad? -Suspiró-. He hablado con unas cuantas personas antes de venir aquí. Me han asegurado que no es su estilo.
– ¿Le han dicho cuál es mi estilo?
– Me han dicho que no me conviene saberlo, y les he creído, pero todos coinciden en que su estilo no tiene nada que ver con lo que le han hecho a Mickey Wallace. -Esperé-. Lo han torturado con una navaja -explicó Santos-. No ha sido un trabajo muy sutil, pero sí eficaz.
Supongo que alguien quería obligarlo a hablar. En cuanto ha dicho lo que sabía, lo han degollado.
– ¿Nadie ha oído nada?
– No.
– ¿Cómo lo han encontrado?
– Un par de agentes de patrulla se han fijado en que la verja lateral estaba abierta. Uno de ellos ha rodeado la casa y ha visto luz en la cocina: una linterna pequeña, probablemente de Wallace, pero verificaremos las huellas por si acaso.
– ¿Y ahora qué?
– ¿Tiene usted tiempo?
– ¿Ahora mismo?
– No, algún día de esta semana, si le parece. ¿Cuándo va a ser?
– Yo aquí ya he acabado -contesté. No era verdad, por supuesto. Si no hubiese habido otras distracciones, me habría quedado con Jimmy con la esperanza de exprimirle hasta el último detalle a primera hora de la mañana siguiente, una vez digerido todo lo que me había contado. Quizá le habría pedido que volviera a contármelo todo, sólo para asegurarme de que no había omitido nada, pero Jimmy estaba cansado. Se había pasado la tarde confesando no sólo sus propios pecados, sino también los de otros. Necesitaba dormir.
Sabía qué iba a pedirme Santos de un momento a otro, y sabía que tendría que decir que sí, por mucho dolor que me causara.
– Me gustaría que le echara usted un vistazo a la casa -propuso-. Ya han levantado el cadáver, pero quiero que vea una cosa.
– ¿Qué?
– Es mejor que lo vea usted mismo, si no le importa.
Accedí. Le dije a Jimmy que probablemente volvería para seguir hablando algún día de esa semana, y él contestó que allí lo encontraría. Se había callado demasiadas cosas durante demasiado tiempo. Cuando nos fuimos, nos observó alejarnos desde el porche. Se despidió con un gesto, pero no se lo devolví.
Hacía años que no ponía los pies en Hobart Street, desde que me llevé de la casa las últimas pertenencias de mi familia, clasificándolas en dos grupos: las que conservaría y las que desecharía. Creo que fue una de las tareas más difíciles que he asumido nunca, ese servicio por los difuntos. Con cada objeto que apartaba -un vestido, un sombrero, una muñeca, un juguete-, tenía la sensación de estar traicionando su recuerdo. Debería haberlo guardado todo, porque eran cosas que las dos habían tocado y sostenido, y algo de ellas residía en esos objetos familiares, ahora ajenos a causa de la pérdida. Tardé tres días. Aún recuerdo que me pasé una hora sentado en el borde de la cama con el cepillo de Susan en la mano, acariciando el pelo prendido entre las púas. ¿También eso debía desecharlo? ¿O debía conservarlo junto con la barra de carmín amoldada a la forma de sus labios, el estuche del colorete que conservaba la huella de su dedo, la copa de vino sin lavar marcada por sus manos y su boca? ¿Qué debía guardar y qué olvidar? Al final, quizá guardé demasiado; o no guardé lo suficiente. Demasiado para liberarme realmente, y demasiado poco para abstraerme por completo en su recuerdo.
– ¿Está bien? -preguntó Santos cuando nos hallábamos ante la verja.
– No -contesté. Vi cámaras de televisión, y los destellos de los flashes estallaron ante mí, dejando un rastro de puntos rojos. Vi coches patrulla, y a hombres de uniforme. Y me hallaba de nuevo en el pasado, con la rodilla magullada y el pantalón roto, la cabeza entre las manos y la imagen de las muertas fija en la retina.
– ¿Necesita unos minutos?
Nuevos destellos de flash, ahora más cerca. Oí que pronunciaban mi nombre, pero no reaccioné.
– No -repetí, y seguí a Santos a la parte de atrás de la casa.
Fue la sangre lo que pudo conmigo. Sangre en el suelo de la cocina, y sangre en las paredes. Fui incapaz de entrar. Eché una ojeada desde fuera hasta que sentí el estómago revuelto y la cara empapada en sudor. Me apoyé en la fría madera del porche trasero de la casa y cerré los ojos hasta que desaparecieron las náuseas.
– ¿Lo ha visto? -preguntó Santos.
– Sí -contesté.
El símbolo estaba dibujado con la sangre de Wallace. Ya habían levantado el cadáver, dejando la posición marcada en el suelo. El símbolo se hallaba justo por encima de donde había quedado apoyada la cabeza de Wallace. Cerca se había desparramado por el suelo el contenido de una carpeta de plástico. Vi las fotografías y supe a qué había ido allí Wallace. Deseaba revivir los asesinatos y el hallazgo de los cadáveres.
– ¿Sabe qué significa ese símbolo? -preguntó Santos.
– Nunca lo había visto.
– Yo tampoco, pero me atrevería a decir que el autor de esto ha dejado su firma. Hemos registrado el resto de la casa. Está limpia. Parece que todo ha sucedido en la cocina.
Me volví hacia él. Era joven. Probablemente ni siquiera entendía la trascendencia de sus propias palabras. Y sin embargo no pude perdonar su torpeza.
– Aquí ya hemos acabado -dije.
Me alejé de él, y me adentré en otra lluvia de flashes, focos de cámaras de televisión y preguntas a gritos. Me quedé paralizado por un momento al caer en la cuenta de que no tenía forma de marcharme de allí. Había ido con Santos. No disponía de mi propio coche. Vi a alguien de pie bajo un árbol, una silueta familiar: un hombre alto y corpulento de cabello plateado cortado a cepillo, al estilo militar. En mi estado de confusión, tardé un momento en identificarlo.
Tyrrell.
Tyrrell se encontraba allí, un hombre que, incluso después de abandonar yo la policía, me dejó bien claro que, en su opinión, yo debería estar entre rejas. En ese momento avanzaba resueltamente hacia mí, frente al lugar donde había sido asesinado Mickey Wallace. Éste había insinuado que algunas personas estaban dispuestas a hablar con él, y supe entonces que Tyrrell era una de ellas. Algunos periodistas lo vieron acercarse, y uno en concreto, un tal McGarry, especializado en sucesos, que llevaba tanto tiempo visitando comisarías en busca de información que tenía la piel azulada, llamó a Tyrrell por su nombre. Por el modo en que éste se movía, era obvio que iba a producirse algún tipo de enfrentamiento, y tendría lugar bajo el resplandor de las cámaras y las luces rojas de los aparatos de grabación portátiles. Así lo quería Tyrrell.
– Hijo de puta -gritó-. Esto es culpa tuya.
Más fogonazos, y la luz intensa y permanente de una cámara de televisión enfocó a Tyrrell. Había bebido, pero no estaba ebrio. Me preparé para hacerle frente, y de pronto una mano me sujetó del brazo y oí la voz de Jimmy Gallagher decir:
– Vamos. Salgamos de aquí.
Pese al cansancio, me había seguido hasta allí, y yo se lo agradecí. Advertí la frustración en el rostro de Tyrrell cuando vio huir a su presa, privándolo de su gran momento ante los medios; enseguida los periodistas más atentos se dirigieron hacia él para solicitar un comentario, y empezó a escupir su hiel.
Santos observó cómo se marchaba Parker, y vio que Tyrrell empezaba a hablar con los periodistas. Ignoraba por qué Tyrrell echaba a Parker la culpa de lo sucedido, pero ahora sabía que existía resentimiento entre aquellos dos hombres. Ya hablaría con Tyrrell a su debido tiempo. Al volverse, vio a un hombre con un traje oscuro de buen corte que había atravesado el cordón policial y parecía mirar fijamente las luces del coche de Jimmy Gallagher mientras se alejaba. Santos se dirigió hacia él.
– Oiga, debe quedarse detrás de la barrera.
El hombre abrió el billetero que llevaba en la palma de la mano para mostrar una placa y un carnet de la policía del estado de Maine, pero no miró a Santos, que se irritó ante ese gesto de desdén.
– Inspector Hansen -dijo Santos-. ¿Puedo ayudarlo en algo?
Hansen no respondió a Santos hasta que el coche dobló por Marine Avenue y se perdió de vista. Tenía los ojos muy oscuros, igual que el pelo y el traje.
– No lo creo -contestó, y se fue.
Esa noche dormí en casa de Jimmy Gallagher, éri una cama limpia en una habitación por lo demás vacía, y en mis sueños vi una silueta oscura inclinada sobre Mickey Wallace, susurrando y cortando, en la casa de Hobart Street, y detrás de ellos, como dos películas superpuestas, ambas reproduciendo el mismo escenario desde un ángulo parecido pero en distintos momentos, vi a otro hombre encorvado sobre mi esposa, hablándole en voz baja mientras le hendía el cuchillo, el cuerpo de mi hija muerta en el suelo a su lado, en espera de ser profanado a su vez. Y luego desaparecían y sólo quedaba Wallace en la oscuridad, manando sangre a borbotones de la herida en su garganta, temblándole todo el cuerpo. Moría solo y asustado en un lugar desconocido…
Entonces aparecía una mujer en la puerta de la cocina. Llevaba un vestido de verano, y tenía al lado a una niña, sujeta a la fina tela del vestido de su madre con la mano derecha. Se acercaban a Wallace, y la mujer se arrodillaba junto a él y le acariciaba la cara; la niña lo cogía de la mano, y juntas lo tranquilizaban hasta que se le cerraban los ojos y abandonaba el mundo para siempre.