Recuerdo voces, y que me quitaron el chaleco de Kevlar mientras alguien me apretaba la herida del cuello con una gasa. Vi a Semjaza forcejear con sus captores, y me pareció reconocer a uno de los jóvenes que acompañaban a Epstein en nuestra reunión de varios días antes. Alguien me preguntó si estaba bien. Le enseñé la sangre en la mano, pero no contesté.
– No ha afectado a ninguna arteria, de lo contrario estaría ya muerto -dijo la misma voz-. Le ha abierto un surco de órdago, pero vivirá.
Me ofrecieron una camilla y la rechacé. Quería mantenerme en pie. Si me tendía, con toda seguridad volvería a perder el conocimiento. Mientras me ayudaban a bajar, vi a Epstein arrodillado junto a Hansen, éste en el suelo, atendido por dos auxiliares médicos.
Y vi a Maser, con los brazos a la espalda, cuatro electrodos Taser colgando del cuerpo; frente a él se hallaba Ángel, y al lado de éste, Louis. Epstein se irguió mientras me bajaban y se acercó a mí. Me tocó la cara con la mano, pero guardó silencio.
– Tenemos que llevarlo al hospital -dijo uno de los hombres que me sostenían. A lo lejos se oyeron sirenas.
Epstein asintió, miró por detrás de mí hacia lo alto de la escalera y dijo:
– Un momento. Parker querrá ver esto.
Otros dos hombres traían a la mujer del piso de arriba. Tenía las manos sujetas a la espalda con correas de plástico y las piernas atadas a la altura de los tobillos. Pesaba tan poco que la llevaban en volandas, y aun así seguía resistiéndose. Al mismo tiempo movía los labios y susurraba lo que parecía un conjuro. Al aproximarse, lo oí con toda claridad. Decía:
– Dominus meus bonus et benignitas est.
Cuando llegaron al pie de la escalera, alguien la cogió por las piernas, de modo que quedó extendida horizontalmente entre sus captores. Miró a su derecha y vio a Maser, pero Epstein se interpuso entre ellos antes de que hablara.
– Maligna -dijo mientras la contemplaba.
La mujer le escupió y el esputo le manchó el abrigo. Epstein se hizo a un lado para que ella viera una vez más a Maser. Éste, sentado, intentó levantarse, pero Louis se acercó y le apoyó un pie en la garganta, obligándolo a mantener la cabeza contra la pared.
– Adelante, miraos -dijo Epstein-. Será la última vez que os veáis.
Y cuando Semjaza comprendió lo que estaba a punto de suceder, empezó a gritar «¡No!» una y otra vez, hasta que Epstein la amordazó a la par que la tendían en una camilla y la inmovilizaban. Tapada con una manta, la sacaron de la casa para llevarla a una ambulancia que esperaba, y que se alejó a toda velocidad sin sirenas ni luces. Al mirar a Maser, vi desolación en sus ojos. Movía los labios, y le oí susurrar algo repetidamente. No entendí lo que decía, pero tuve la certeza de que eran las mismas palabras pronunciadas por su amante.
Dominus meus bonus et benignitas est.
Entonces apareció uno de los hombres de Epstein y clavó una aguja hipodérmica en el cuello a Maser, quien en cuestión de segundos hundió el mentón sobre el pecho y cerró los ojos.
– Listo -dijo Epstein.
– Listo -repetí, y por fin les permití tenderme y la luz se fue de mis ojos.
Al cabo de tres días volví a reunirme con Epstein en la pequeña cafetería. La sordomuda nos sirvió la misma comida que la vez anterior; luego desapareció al fondo del local y nos dejó solos. Entonces empezamos a hablar en serio, repasando los sucesos de aquella noche y todo lo ocurrido en los días previos, incluida mi conversación con Eddie Grace.
– Con respecto a él, nada puede hacerse -dijo Epstein-. Incluso si fuera posible demostrar que ha tenido algo que ver, moriría antes de sacarlo siquiera de la casa.
Habían inventado una historia falsa para explicar lo ocurrido en Hobart Street. Hansen era un héroe. Mientras me seguía como parte de una investigación en curso, un hombre lo atacó con una navaja. Aunque herido de gravedad, Hansen consiguió a su vez herir fatalmente al agresor, todavía no identificado, y éste murió de camino al hospital. La navaja era la misma utilizada para matar a Mickey Wallace y Jimmy Gallagher. Los restos de sangre en la empuñadura se correspondían con la de ellos. Una fotografía del hombre en cuestión apareció en los periódicos como parte de la investigación policial. No tenía el menor parecido con Gary Maser. No tenía el menor parecido con ninguna persona, ni viva ni muerta.
No se mencionó a la mujer. No pregunté qué había sido de ella ni de su amante. No quería saberlo, pero lo imaginaba. Los habían ocultado en algún lugar profundo y oscuro, lejos el uno del otro, y allí se pudrirían.
– Hansen era de los nuestros -explicó Epstein-. Iba tras tus pasos desde que te marchaste de Maine. No debería haber entrado en la casa. No sé por qué lo hizo. Quizá vio a Maser y decidió cortarle el paso antes de que llegara a ti. De momento lo mantienen en un coma clínicamente inducido. Es poco probable que pueda reincorporarse al servicio.
– Mis amigos secretos -dije, recordando las palabras del Coleccionista-. Nunca habría adivinado que Hansen era uno de ellos. Debo de estar más solo de lo que pensaba.
Epstein tomó un sorbo de agua.
– Quizá demostrara un exceso de celo a la hora de asegurarse de que se le restringían a usted sus actividades. La decisión de retirarle las licencias no fue de él, pero estuvo más que dispuesto a imponer toda decisión tomada. Se consideró que usted atraía demasiado la atención y que era necesario protegerlo de sí mismo.
– Contribuyó también el hecho de que me tuviera tirria.
Epstein se encogió de hombros.
– Creía en la ley. Por eso lo elegimos.
– ¿Y hay otros?
– Sí.
– ¿Cuántos?
– No suficientes.
– ¿Y ahora qué?
– Esperaremos. Recuperará usted su licencia de investigador y le devolverán el permiso de armas de fuego. Si no podemos protegerlo de sí mismo, supongo que tendremos que darle la posibilidad de protegerse por sí solo. Pero puede que eso tenga un precio.
– Siempre lo tiene.
– Un favor de vez en cuando, nada más. Usted hace bien su trabajo. Se le allanará el camino con la policía del estado y las fuerzas del orden locales en caso de que su intervención resulte útil. Considérese un asesor, un consejero esporádico sobre ciertos asuntos.
– ¿Y quién va a allanar el camino? ¿Usted o algún otro de mis «amigos»?
Oí abrirse la puerta detrás de mí. Me volví. Entró el agente especial Ross, pero no se quitó el abrigo ni se sentó con nosotros a la mesa. Se limitó a apoyarse en el mostrador, con las manos entrelazadas, y me miró como un asistente social obligado a tratar con un delincuente habitual que empieza a desesperarlo.
– Será una broma, ¿no? -dije-. ¿Ése? -Ross y yo tenemos una historia pasada.
– Ése-dijo Epstein.
– La Unidad Cinco.
– La Unidad Cinco.
– Con amigos como ése…
– … uno necesita enemigos en consonancia -completó Epstein.
Ross saludó con la cabeza.
– Eso no significa que vaya a ser yo quien te saque las castañas del fuego cada vez que se te pierdan las llaves -dijo-. Conviene que mantengas las distancias.
– Eso no me resultará difícil.
Epstein levantó una mano en un gesto conciliador.
– Por favor, caballeros.
– Tengo otra pregunta -dije.
– Usted dirá -respondió Epstein-. Adelante.
– Esa mujer susurraba algo cuando se la llevaron. Antes de quedarme grogui, me pareció ver a Maser decir lo mismo. Sonaba a latín.
– Dominus meus bonus et benignitas est -recitó Epstein-. Mi señor es bueno y generoso.
– Eddie Grace casi empleó esas mismas palabras -señalé-, sólo que las dijo en inglés. ¿Qué quiere decir? ¿Es una oración o algo así?
– Es eso, y quizás algo más -contestó Epstein-. Es un juego de palabras. Un nombre ha aparecido una y otra vez a lo largo de muchos años. Consta en documentos, en actas. Al principio pensamos que era una coincidencia, o una especie de clave, pero ahora creemos que es otra cosa.
– ¿Como qué?
– Creemos que es el nombre de la Entidad, la fuerza controladora -dijo Epstein-. «Mi señor es bueno y generoso.» Bueno y generoso, «good» y «kind». Así llaman a aquel a quien sirven. Lo llaman «Goodkind».
– Señor Goodkind.
Tardé mucho en enterarme de lo que sucedió entre Ross y Epstein después de marcharme, sólo la mujer silenciosa les hizo compañía en la tenue luz de la cafetería.
– ¿Seguro que es aconsejable dejarlo a su aire? -preguntó Ross mientras Epstein buscaba la manga de su abrigo.
– No lo dejamos a su aire -respondió Epstein-. Aunque él no lo sepa, es una cabra amarrada. Sólo tenemos que esperar y ver de qué viene a cebarse.
– ¿Goodkind? -preguntó Ross.
– Al final, quizá sí, si de verdad existe -contestó Epstein, encontrando por fin la manga-. O si nuestro amigo vive el tiempo suficiente…
Me marché de Nueva York esa noche después de realizar un servicio más por los difuntos, éste postergado durante mucho tiempo. En un rincón del cementerio Bayside, al pie de una sencilla lápida, puse flores en la tumba de una joven y una niña desconocida, la última morada de Caroline Carr.
Mi madre.