32

Amanda Grace abrió la puerta. Llevaba el pelo recogido con una cinta roja poco tirante y en su cara no se advertía ni rastro de maquillaje. Vestía un pantalón de chándal y una camiseta vieja y estaba bañada en sudor. En la mano derecha sostenía un desatascador.

– Vaya, estupendo -dijo al verme-. Estupendo.

– Deduzco que no llego en buen momento.

– Podrías haber llamado antes. Así a lo mejor habría tenido tiempo de guardar el desatascador.

– Me gustaría volver a hablar con tu padre.

Se echó atrás y me invitó a pasar.

– Después de tu otra visita se quedó agotado -comentó-. ¿Es muy importante?

– Creo que sí.

– Tiene que ver con Jimmy Gallagher, ¿verdad?

– En cierto modo.

La seguí a la cocina. Llegaba un olor penetrante del fregadero, y vi que no desaguaba.

– Ahí abajo se ha atascado algo -dijo. Me entregó el desatascador. Me quité la chaqueta y me puse manos a la obra mientras ella, apoyando la cadera en el aparador, me observaba.

– ¿Qué pasa, Charlie?

– ¿A qué te refieres?

– Hemos visto las noticias. Nos enteramos de lo que pasó en tu antigua casa y hemos sabido lo de Jimmy. Las dos cosas están relacionadas, ¿verdad?

Noté que el agua empezaba a bajar. Retrocedí y vi que desaparecía por el desagüe.

– ¿Ha hecho tu padre algún comentario al respecto?

– Lo de Jimmy le ha dado pena, diría yo. Antes eran amigos.

– ¿Tienes idea de por qué se distanciaron?

Amanda desvió la mirada.

– Creo que a mi padre no le gustaba la vida que llevaba Jimmy.

– ¿Eso te dijo él? -pregunté.

– No, lo deduje yo misma. Aún no me has contestado. ¿Qué pasa?

Me volví hacia ella y le sostuve la mirada hasta que la apartó.

– Maldito seas -dijo.

– Como te he dicho, te agradecería unos minutos con Eddie.

Se enjugó la frente con la mano en un gesto de palpable frustración.

– Está despierto, pero aún no se ha levantado. Tardará un rato en vestirse.

– No es necesario que se tome tantas molestias. Puedo hablar con él en su habitación. No me alargaré mucho.

Amanda parecía dudar aún de la conveniencia de permitirme verlo. Percibí su nerviosismo.

– Hoy te noto distinto -dijo.

– ¿Respecto a cuándo?

– A la otra vez que estuviste aquí. Y no sé si me gusta.

– Necesito hablar con él, Amanda. Después me marcharé y dará igual si te gusta o no.

Ella asintió.

– Arriba. La segunda puerta a la derecha. Llama antes de entrar.

Un ronco graznido fue la respuesta a mi leve golpeteo en la puerta de Eddie Grace. Dentro, las cortinas estaban echadas y apestaba a enfermedad y descomposición. Eddie Grace tenía la cabeza apoyada en dos almohadones blancos. Llevaba un pijama a rayas azules y la tenue luz acentuaba la palidez de su piel, de modo que casi parecía resplandecer en su cama. Cerré la puerta y lo miré.

– Has vuelto -dijo. A su semblante asomó un gesto extraño, quizás una sonrisa, pero desprovista de alegría. Fue más bien algo desagradable, un conocimiento oculto, una expresión de malevolencia-. Ya me lo esperaba.

– ¿Por qué?

Ni siquiera intentó mentir.

– Porque van por ti y tienes miedo.

– ¿Sabes lo que le hicieron a Jimmy?

– Lo imagino.

– Lo marcaron. Lo torturaron y lo mataron, todo porque guardó sus secretos, todo porque era amigo de mi padre y mío.

– Debería haber elegido a sus amigos con más cuidado.

– Eso sí. Tú fuiste amigo suyo.

Eddie dejó escapar una risa ahogada. Sonó como cuando un cadáver expulsa aire, y olió igual de mal. Le provocó un acceso de tos y, con una seña, me pidió la taza de plástico tapada que había sobre el pequeño armario junto a la cama, una de esas provistas de un tubo para succionar, como las que usan los niños pequeños. Se la sostuve mientras él sorbía. Me tocó con una mano y me sorprendió lo fría que estaba.

– Yo fui amigo suyo, sí -afirmó Eddie-. Hasta que un buen día no se le ocurrió nada mejor que contarnos a tu padre y a mí lo suyo, y después de eso dejé de tratarme con él. Era un maricón, poco hombre. Me daba asco.

– ¿Así que cortaste el trato con él?

– Le habría cortado los huevos de haber podido. Le habría dicho a todo el mundo lo que era. No debería habérsele permitido llevar el uniforme.

– ¿Y por qué no lo hiciste? -pregunté.

– Porque ellos no quisieron.

– ¿Quiénes?

– Anmael y Semjaza, aunque no se hacían llamar así, no la primera vez que vinieron a mí. No llegué a conocer el nombre de la mujer. Apenas hablaba. El hombre se llamaba Peter, pero más tarde averigüé su verdadero nombre. Casi siempre hablaba él.

– ¿Cómo te encontraron?

– Yo tenía mis flaquezas. Distintas de las de Jimmy. Tenía flaquezas de hombre. Me gustaban jóvenes.

Volvió a sonreír. Tenía los labios agrietados y, podridos en las encías, los dientes que le quedaban.

– Chicas, no chicos -continuó-. Chicos nunca. Ellos se enteraron. A eso se dedican: descubren tus flaquezas y las usan contra ti. Una zanahoria y un palo: amenazaron con delatarme, pero si los ayudaba ellos me ayudarían a mí. Acudieron a mí cuando tu padre empezó a verse con Caroline Carr. Yo no sabía qué eran, no por aquel entonces, pero más tarde me enteré. -Parpadeó, y por un momento pareció asustado-. Vaya que si me enteré. Les hablé de esa tal Carr. Sabía de su existencia: un día hice la ronda con tu padre cuando él ya la conocía, y los vi juntos.

»Anmael quería saber dónde estaba ella. No pregunté por qué. Averigüé dónde la había escondido Will, en qué lugar del Upper East Side. Entonces murió Anmael y la mujer desapareció. Después de eso llevaron a Caroline Carr de un sitio a otro, los dos, tu padre y Jimmy, pero lo hicieron con mucho sigilo. Sugerí a Semjaza que siguiese a Jimmy, porque tu padre confiaba en él más que en ningún otro. Pensé que sólo querían seguirla, quizá robarle el niño. Me quedé tan sorprendido como el que más cuando mataron a Caroline Carr.

Por extraño que parezca, le creí. No tenía ninguna razón para mentir, ya no, ni buscaba la absolución. Hablaba de aquello como de un suceso cualquiera que había presenciado, sin intervenir directamente.

– Cuando Will regresó de Maine con un bebé, sospeché. Conocía el historial médico de su mujer, sus problemas para concebir y llevar a término el embarazo. Cuadraba todo demasiado bien. Pero para entonces yo ya me había distanciado de Jimmy. Seguía en buenas relaciones con tu padre, o eso pensaba, pero algo cambió entre nosotros. Supongo que Jimmy habló con él y, puestos a elegir, se quedó con Jimmy. No me importó. A la mierda. A la mierda los dos.

»No volví a saber nada durante unos quince años. No me extrañó. Al fin y al cabo estaban muertos. Anmael y la mujer, y yo había encontrado maneras de satisfacer mis apetencias sin ellos.

»Un día aparecieron un chico y una chica. Se quedaron vigilando la casa desde un coche. Yo estaba en la bolera y me llamó mi mujer, me dijo que estaba preocupada. Llegué a casa y supe que eran ellos, te lo juro. Lo supe incluso antes de que me enseñaran las marcas en los brazos, antes de que empezaran a hablar de cosas que debían haber ocurrido antes de que ellos nacieran, conversaciones que yo había mantenido con Anmael y la mujer antes de su muerte. En serio, eran ellos, con otra forma. No me quedó la menor duda. Lo veía en sus ojos. Les hablé de mis conjeturas sobre el chico que Will y su mujer estaban criando, pero por lo visto ellos ya lo sospechaban. Por eso habían vuelto. Sabían que el chico aún vivía, que tú aún vivías.

»Así que volví a ayudarlos, y tampoco esta vez acabaron contigo.

Cerró los ojos. Pensé que se había adormilado, pero de pronto habló sin despegar los párpados.

– Lloré cuando tu padre se suicidó -continuó-. Me caía bien, a pesar de que se distanció de mí. Ojalá hubieras muerto en esa clínica. Entonces todo habría terminado allí. Simplemente te resistes a morir. -Volvió a abrir los ojos-. Pero esta vez es distinto. Ya no son chiquillos los que van detrás de ti, y han aprendido de sus errores. Eso es lo que tienen: recuerdan. Cada vez se acercan un poco más a su objetivo, pero ahora es urgente. Quieren que mueras.

– ¿Por qué?

Me miró fijamente con las cejas enarcadas. Parecía encontrar graciosa mi pregunta.

– Creo que ni siquiera ellos lo saben -contestó-. Es como preguntarle a un glóbulo blanco por qué ataca una infección. Está programado para eso: para combatir una amenaza y neutralizarla. Aunque no los míos; yo los tengo jodidos.

– ¿Dónde están?

– Sólo lo he visto a él. El otro, la mujer, no estaba allí. Él la esperaba, atrayéndola hacia sí con la fuerza de su deseo. Son así. Viven el uno para el otro.

– ¿Quién es él? ¿Cómo se hace llamar?

– No lo sé. No lo dijo.

– ¿Vino aquí?

– No, fue cuando yo estaba en el hospital, pero no hace mucho. Me llevó caramelos. Fue como ver a un viejo amigo.

– ¿Le entregaste a Jimmy?

– No, no fue necesario. Lo sabían todo sobre Jimmy desde hacía mucho tiempo.

– Por mediación tuya.

– ¿Y eso qué importa ahora?

– A Jimmy sí le importó. ¿Sabes cuánto sufrió antes de morir?

Eddie movió la mano en un gesto de indiferencia pero no me miró a los ojos.

– Descríbemelo -pedí.

Me indicó otra vez que necesitaba agua, y se la di. Tenía la voz cada vez más ronca a medida que hablaba. Ahora era apenas un susurro.

– No -contestó-. No te lo diré. Además, ¿de verdad crees que algo de esto va a servirte? No te diría nada si creyera que fuera a serte de ayuda. Me traes sin cuidado, y lo que le pasó a Jimmy también. Estoy a punto de dejar esta vida. Me han prometido una recompensa por lo que he hecho. -Levantó la cabeza del almohadón, como para confiarme un gran secreto-. Su señor es bueno y generoso -dijo casi para sí, y volvió a hundirse en la cama, exhausto. Tenía la respiración menos profunda y lo venció el sueño.


Amanda me esperaba al pie de la escalera. Tenía los labios tan apretados que se le formaban arrugas en las comisuras.

– ¿Has conseguido lo que querías de él?

– Sí. La confirmación.

– Es un viejo. Lo que haya hecho en el pasado, sea lo que sea, lo ha pagado sobradamente con su sufrimiento.

– Mira, Amanda, dudo mucho que eso sea así.

Ella se sonrojó.

– Sal de aquí. Lo mejor que has hecho en esta vida ha sido marcharte de este pueblo.

Y eso, al menos, sí era cierto.

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