No encontré la tarjeta de Wallace hasta que abrí la puerta de atrás al día siguiente por la tarde para sacar la basura. Estaba en el portal, adherida al cemento helado. La miré, volví a entrar y marqué su número de móvil desde el despacho.
Contestó cuando sonó el timbre por segunda vez.
– Mickey Wallace.
– Soy Charlie Parker.
Tardó un momento en volver a hablar, y cuando lo hizo, parecía nervioso, aunque, como buen profesional, enseguida recobró la compostura.
– Señor Parker, me disponía a llamarle. Me preguntaba si ha pensado en mi propuesta.
– He estado dándole vueltas -respondí-. Me gustaría quedar con usted.
– Estupendo. -Sorprendido, aumentó una octava el tono de su voz, pero de inmediato recuperó su timbre habitual-. ¿Dónde y cuándo?
– ¿Por qué no se pasa por aquí? Pongamos dentro de una hora. ¿Sabe dónde vivo?
Siguió un breve silencio. -No. ¿Puede darme indicaciones? Mis indicaciones fueron complicadas y minuciosas. Me pregunté si se molestaba siquiera en anotarlas.
– ¿Le ha quedado claro? -pregunté al terminar.
– Sí, creo que sí. -Le oí tomar un sorbo de algo.
– ¿Quiere volver a leérmelas?
Wallace se atragantó. Cuando acabó de toser, contestó:
– No es necesario.
– Bueno, si tan seguro está…
– Gracias, señor Parker. No tardaré en llegar.
Colgué. Luego recorrí el camino de acceso y encontré las huellas de las ruedas bajo los árboles. Si era Wallace quien había aparcado allí, se había marchado con mucha prisa. Había conseguido remover hielo y nieve hasta dejar la tierra al descubierto. Regresé a la casa y esperé leyendo el Press-Herald y el New York Times hasta que oí entrar un coche por el camino y apareció el Taurus azul de Wallace. No aparcó en el mismo sitio que la noche anterior, sino que siguió derecho hasta la casa. Lo vi apearse, coger la cartera del asiento del acompañante y palparse los bolsillos para comprobar si llevaba un bolígrafo de reserva. Una vez confirmado que todo estaba en orden, cerró el coche con llave.
En el camino de acceso de mi casa. En Maine. En invierno.
Sin aguardar a que llamara a la puerta, abrí y le asesté un puñetazo en el estómago. Se dobló y cayó de rodillas. Entre arcadas, agachó la cabeza.
– Levántese.
Se quedó en el suelo. Apenas podía respirar y pensé que iba a vomitar en mi porche.
– No me pegue más -dijo. Era un ruego, no una advertencia, y me sentí como un grano de arena en el ojo de un perro.
– No le pegaré.
Lo ayudé a ponerse en pie. Se recostó contra la barandilla del porche, apoyando las manos en las rodillas, y esperó a recuperarse. Arrepentido de mi comportamiento, me quedé frente a él. Dejándome arrastrar por la ira me había desahogado con un hombre que no era un rival para mí.
– ¿Está bien?
Asintió, pero tenía un color grisáceo.
– ¿Y eso por qué?
– Creo que ya lo sabe. Por husmear en mi propiedad. Por ser tan tonto como para permitir que se le cayera una tarjeta cuando estuvo aquí.
Se sujetó a la barandilla.
– No se me cayó.
– ¿Pretende decirme que la dejó voluntariamente en mi porche trasero, tirada en el suelo? Resulta poco creíble.
– Le he dicho que no se me cayó. Se la pasé por debajo de la puerta a la mujer que estaba anoche en su casa, pero ella me la devolvió.
Desvié la mirada. Vi los árboles esqueléticos entre las coníferas y el frío resplandor de los canales en las marismas entre la nieve helada. Vi un único cuervo negro perdido en el cielo gris.
– ¿Qué mujer?
– Una mujer con un vestido veraniego. Intenté hablar con ella, pero no quiso.
Lo observé. Era incapaz de mirarme a la cara. Me ofrecía una versión de la verdad, pero había ocultado un elemento crucial. Pretendía protegerse, pero no de mí. Mickey Wallace estaba muerto de miedo. Lo noté por cómo se le iban los ojos una y otra vez hacia la ventana del salón. No sé qué esperaba ver, pero en todo caso se alegraba de que no apareciera.
– Cuénteme qué pasó.
– Vine aquí a la casa. Pensé que fuera del bar estaría usted más dispuesto a conversar.
Supe que mentía, pero no iba a echárselo en cara. Quería oír qué contaba sobre lo sucedido la noche anterior.
– Vi una luz y rodeé la casa hasta la puerta trasera. Dentro había una mujer. Pasé la tarjeta por debajo de la puerta, y ella me la devolvió. Luego…
Se interrumpió.
– Siga -insté.
– Oí la voz de una niña -continuó-, pero venía de fuera. Creo que en algún momento la mujer se reunió con ella, pero como no miré, no estoy del todo seguro.
– ¿Por qué no miró?
– Decidí marcharme. -Su semblante, y esas dos palabras, lo decían todo.
– Muy sensato por su parte. Ya de entrada no tenía por qué haber venido aquí.
– Sólo quería ver dónde vivía. No lo hice con mala intención.
– Ya.
Respiró hondo y, en cuanto tuvo la certeza de que no vomitaría, hizo acopio de fuerzas y se irguió.
– ¿Quiénes eran? -preguntó.
Ahora me tocaba a mí mentir.
– Una amiga. Una amiga y su hija.
– ¿La hija de su amiga anda siempre por ahí, entre la nieve y la bruma, escribiendo mensajes en los cristales ajenos?
– ¿Escribiendo? ¿De qué me habla?
Mickey tragó saliva. Le temblaba la mano derecha. Tenía la izquierda hundida en el bolsillo del abrigo.
– Cuando volví al coche, había algo escrito en la ventanilla -explicó-. Decía: «No se acerque a mi papá».
Necesité todo mi autocontrol para no delatarme. Me asaltó un intenso deseo de subir a la buhardilla para ver la ventana, porque recordaba un mensaje escrito allí en el cristal, una advertencia dejada por una entidad que no era exactamente mi hija. Sin embargo, la casa no me producía las mismas sensaciones que entonces. Ya no la notaba asediada por la rabia, la pena y el dolor. Antes percibía su presencia en el movimiento de las sombras, en los crujidos de las tablas, en las puertas que se cerraban despacio cuando no había brisa y en el golpeteo contra los cristales donde ninguna rama podía tocar las ventanas. Ahora la casa estaba en paz, pero si era verdad lo que decía Wallace, algo había regresado.
Recordé que mi madre me dijo una vez, unos años después de la muerte de mi padre, que la noche que llevaron su cuerpo a la iglesia, ella soñó que la despertaba una presencia en la habitación y que creyó sentir a su marido cerca de ella. En el rincón opuesto del dormitorio había una silla, donde él solía sentarse todas las noches para acabar de desvestirse. Se acomodaba en ella para quitarse los zapatos y los calcetines, y a veces se quedaba allí en silencio durante un rato, con los pies descalzos firmemente plantados en la moqueta, el mentón apoyado en las palmas de las manos, y reflexionaba acerca del día que llegaba a su fin. Mi madre me contó que, en el sueño, mi padre estaba otra vez en la silla, sólo que no lo veía claramente. Cuando concentraba la mirada en la figura del rincón, distinguía sólo una silla, pero cuando apartaba la vista, advertía con el rabillo del ojo que una figura cambiaba allí de posición. Debería haberle dado miedo, pero no fue así. En el sueño, empezaban a pesarle los párpados. Pero ¿cómo pueden pesarme los párpados, pensaba, si todavía duermo? Se resistía, pero la necesidad de dormir era superior a sus fuerzas.
Y justo cuando perdía el conocimiento, sintió una mano en la frente, y unos labios le rozaron la mejilla, y ella percibió el dolor y la culpabilidad de su marido, y en ese momento, creo, empezó por fin a perdonarle lo que había hecho. Durante el resto de la noche durmió profunda y plácidamente, y pese a todo lo ocurrido no lloró al pronunciarse las últimas oraciones por él en la iglesia, y cuando depositaron el ataúd en la fosa, y doblaron la bandera y se la pusieron a ella en las manos, esbozó una triste sonrisa por el hombre que había perdido y una única lágrima reventó en la tierra como una estrella caída.
– La hija de mi amiga le ha gastado una broma pesada -dije.
– ¿Ah, sí? -preguntó Wallace, y ni siquiera intentó disimular el escepticismo en su voz-. ¿Siguen aquí?
– No. Se han ido.
Lo dejó correr.
– Eso que ha hecho ha sido una bajeza. ¿Tiene por costumbre pegarle a la gente sin previo aviso?
– Deformación profesional. Si hubiese avisado a ciertas personas antes de pegarles, me habrían matado a tiros. Por lo que se ve, las advertencias reducen el impacto.
– Pues le diré que, ahora mismo, casi desearía que alguien le hubiera pegado un tiro.
– Al menos es sincero.
– ¿Para eso me ha hecho venir aquí? ¿Para intentar disuadirme por segunda vez?
– Lamento haberle pegado, pero esto tiene que oírlo cara a cara, y no en un bar. No pienso ayudarle con su libro. Es más, haré cuanto esté a mi alcance para asegurarme de que no va más allá de unas anotaciones en uno de sus cuadernos.
– ¿Es una amenaza?
– Señor Wallace, ¿recuerda al caballero del Bear que hablaba de las posibles motivaciones de los abductores alienígenas?
– Sí. De hecho, ayer volví a verlo. Me esperaba en el aparcamiento de mi motel. Supuse que lo mandó usted.
Jackie. Debería haberme figurado que se haría cargo del asunto en un desencaminado intento de ayudarme. Me pregunté cuánto tiempo se habría pasado yendo de un motel a otro en busca del coche de Wallace en los aparcamientos.
– No lo mandé yo, pero es uno de esos hombres a quienes no es fácil mantener bajo control, por no hablar ya de sus dos compinches; a su lado, él es la delicadeza en persona. Son hermanos, y hay cárceles que no quieren volver a verlos por allí porque les dan miedo a los demás reclusos.
– ¿Y qué? ¿Va a echarme encima a sus amigos? Es usted un hombre muy duro.
– Si quisiese hacerle tanto daño, me ocuparía personalmente. Hay otras formas de atajar la clase de problema que usted representa.
– Yo no soy un problema. Sólo quiero contar su historia. Me interesa la verdad.
– No sé cuál es la verdad. Si no lo sé después de tanto tiempo, usted no va a tener más suerte que yo.
Entrecerró los ojos en una expresión de sagacidad, y su rostro recobró en parte el color. El mero hecho de hablar con él del asunto había sido un error por mi parte. Aquel hombre era como un evangelizador que, en una de sus visitas de puerta en puerta, se encuentra con alguien dispuesto a entablar una discusión teológica con él.
– Pero yo puedo ayudarle -aseguró-. Soy una parte neutral. Puedo hacer averiguaciones. No tiene por qué salir todo en el libro. Usted controlará la manera en que se presenta su imagen.
– ¿Mi imagen?
Se dio cuenta de que iba por mal camino y echó marcha atrás desesperadamente.
– Es una manera de hablar. Lo que quería decir es que ésta es su historia. Para contarla debidamente, hay que hacerlo con su voz.
– No -repliqué-. Ahí es donde se equivoca. No debe contarse, y punto. No vuelva a venir a mi casa, ni a mi lugar de trabajo. Sin duda ya sabe que tengo una hija. Su madre no hablará con usted, eso se lo aseguro. Si se acerca a ellas, si pasa siquiera por su lado en la calle y cruza una mirada con ellas, lo mataré y lo enterraré en una fosa poco profunda. Tiene que olvidarse de esto.
A Wallace se le endureció el semblante y vi asomar su fortaleza interior. De pronto me invadió el cansancio. Wallace no iba a perderse en la noche.
– Pues permítame que le diga una cosa, señor Parker. -Mencionó el nombre de un famoso actor, un hombre en torno a quien corrían rumores de carácter sexual sin el menor fundamento desde hacía tiempo-. Hace dos años accedí a escribir una biografía no autorizada sobre él. No es mi especialidad, todas esas gilipolleces de Hollywood, pero el editor había oído hablar de mi talento, y pagaban bien precisamente por tratarse del individuo en cuestión. Es uno de los hombres más poderosos de Hollywood. Su gente me amenazó con la ruina económica, el desprestigio, incluso la pérdida de las extremidades. Ese libro se publicará dentro de seis meses, y puedo dar fe de todas y cada una de las palabras que aparecen. Él se negó a cooperar, pero dio igual. El libro verá la luz de todos modos, y encontré a personas que juraron que toda su vida es una mentira. Ha cometido usted un error al darme un puñetazo en el vientre. Ha sido el comportamiento de un hombre asustado. Sólo por eso voy a escarbar y hurgar en todos los rincones sucios de su vida. Voy a averiguar cosas sobre usted que ni usted mismo sabe. Y luego voy a plasmarlas en el libro, y usted podrá comprar un ejemplar y leerlas, y quizás entonces descubra algo sobre sí mismo, pero lo que sí le aseguro es que descubrirá algo sobre Mickey Wallace.
»Y si vuelve a ponerme la mano encima, nos veremos en los tribunales, pedazo de cabrón.
Dicho esto, Wallace dio media vuelta y regresó trabajosamente a su coche.
Y yo pensé: A la mierda.
Aimee Price vino a casa esa misma noche después de haberle dejado un mensaje en su despacho contándole buena parte de lo sucedido desde la aparición de Wallace en el Bear. Rechazó un café y preguntó si tenía una botella de vino abierta. No tenía, pero le abrí una con mucho gusto. Era lo mínimo que podía hacer.
– De acuerdo -dijo después de probar el vino cautamente y decidir que no iba a provocarle convulsiones-. Esto no es mi especialidad, así que he tenido que informarme, pero en rigor, desde el punto de vista jurídico, la situación es la siguiente. En principio, como sujeto de una biografía no autorizada sobre tu vida, puedes entablar demanda por diversas razones legales: difamación, apropiación indebida del derecho de publicidad, violación de información confidencial… Pero en tu caso la vía más probable sería intromisión en la vida privada. No eres un personaje público como puedan serlo un actor o un político, así que tienes cierto derecho a preservar tu vida privada. Hablamos del derecho a impedir que se hagan públicos datos privados que podrían resultar bochornosos si no guardan relación con asuntos de interés público; del derecho a impedir que se hagan declaraciones o insinuaciones falsas o engañosas sobre ti; y de la protección contra la intrusión que significa la intrusión física literal en tu entorno privado mediante el acceso a tu propiedad.
– Como ha hecho Wallace -apunté.
– Sí, pero él podría sostener que la primera vez pasó por aquí para hablar contigo y dejar su tarjeta, y la segunda vez, según lo que me has contado, ha sido por invitación tuya.
Me encogí de hombros. Tenía razón.
– ¿Y cómo ha ido la segunda visita? -preguntó.
– Podría haber ido mejor -respondí.
– ¿En qué sentido?
– Para empezar, si no le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
– Pero, Charlie, por favor. -Pareció sinceramente defraudada, y yo me avergoncé aún más de mi conducta. En un intento de compensar mis fallos, le conté mi conversación con Wallace de manera tan pormenorizada como la recordaba, omitiendo toda mención a la mujer y la niña que, según él, había visto.
– ¿Me estás diciendo que tu amigo Jackie también ha amenazado a Wallace? -preguntó.
– Yo no se lo pedí. Debió de pensar que me hacía un favor.
– Al menos demostró más contención que tú. Wallace podría haberte denunciado por agresión, pero imagino que no lo hará. Salta a la vista que quiere escribir ese libro, y eso puede estar por encima de cualquier otra consideración siempre y cuando no le causes un daño duradero.
– Se marchó por su propio pie -dije.
– Pues por poco que te conozca, puede considerarse afortunado.
Encajé el golpe. No estaba en posición de discutir.
– ¿Y eso en qué situación nos deja?
– No puedes impedirle que escriba el libro. Como él mismo ha dicho, gran parte del material pertinente es de dominio público. Lo que podemos hacer es solicitar, u obtener por otros medios, una copia del manuscrito y repasarlo con lupa buscando pruebas de difamación o de clara intromisión en la vida privada. Pediríamos entonces un mandamiento judicial para evitar la publicación, pero debo advertirte que en general los jueces son reacios a conceder esa clase de mandamientos en atención a la Primera Enmienda. Lo máximo a lo que podríamos aspirar es a una compensación económica. Es muy probable que el editor haya incluido una cláusula de garantía e inmunidad en el contrato de Wallace, si damos por supuesto que es fruto de un acuerdo formal. Por otra parte, si las cosas se han hecho correctamente, habrán contratado un seguro para ampararse ante el riesgo de difusión indebida de la obra en los medios. En otras palabras, no sólo nos será imposible evitar que este caballo salga desbocado, sino que. ni siquiera podremos cerrar del todo la puerta de la cuadra cuando se haya ido.
Me recliné en la silla y cerré los ojos.
– ¿Seguro que no quieres un poco de vino? -preguntó Aimee.
– Seguro. Si empiezo, quizá no pueda parar.
– Lo siento -dijo-. Hablaré con más gente y veré si queda algún otro camino, pero no me hago muchas ilusiones. Y otra cosa, Charlie.
Abrí los ojos.
– No vuelvas a amenazarlo. Basta con que mantengas las distancias. Si se acerca a ti, aléjate. No te dejes arrastrar a enfrentamientos. Y eso es aplicable también a tus amigos, por buenas que sean sus intenciones.
Lo que nos llevó a otro problema.
– Ya, bueno, eso precisamente podría traer más complicaciones -comenté.
– ¿Cómo?
– Ángel y Louis.
A Aimee le había contado lo justo sobre ellos para que no se llevara a engaño.
– Si Wallace empieza a escarbar, puede que sus nombres salgan a la luz -dije-. Y no creo que ellos vayan a tener muy buenas intenciones.
– No parece que anden dejando muchos rastros.
– Eso da igual. No va a gustarles, y menos a Louis.
– Pues prevenlos.
Me detuve a pensarlo.
– No -contesté-. Esperemos a ver qué pasa.
– ¿Crees de verdad que es lo más acertado?
– En realidad no, pero Louis es partidario de las medidas preventivas. Si le digo que quizá Wallace empiece a hacer preguntas sobre él, podría decidir que lo más conveniente es que no pregunte nada en absoluto.
– Haré como si no te hubiera oído -dijo Aimee. Apuró el vino de un trago y dio la impresión de que estaba tentada de tomar algo más con la esperanza de borrar mis palabras de su memoria-. Dios santo, ¿cómo has acabado con amigos así?
– No sabría decírtelo -contesté-, pero no creo que Dios haya tenido nada que ver.