Tardé casi una semana en reunir ánimos para volver a Nueva York. Tampoco importaba mucho: el Bear volvía a andar escaso de personal, y acabé trabajando días de más para asumir parte de la sobrecarga, así que en ningún caso habría podido ir aunque hubiese querido.
Llevaba casi un mes intentando ponerme en contacto con Jimmy Gallagher. Había dejado mensajes en el contestador de su casa, pero no había obtenido respuesta hasta esa semana. Contestó por carta, no por teléfono, informándome de que se había tomado unas largas vacaciones para librarse del invierno neoyorquino, pero ahora volvía a estar en la ciudad y con mucho gusto me recibiría. La carta estaba escrita a mano. Eso era muy propio de Jimmy: escribía con una caligrafía inglesa perfecta, rehuía los ordenadores y usaba el teléfono a su conveniencia, no a la de los demás. Era un milagro que tuviese siquiera contestador, pero a Jimmy todavía le gustaba la vida social, y con el contestador se aseguraba de no perderse nada importante a la vez que podía pasar por alto todo aquello que no le atraía. En cuanto a los teléfonos móviles, casi seguro que los consideraba obra del diablo, equiparables a las puntas de flecha envenenadas y a las personas que echaban sal a la comida sin probarla antes. En su carta me anunciaba que podía verme el domingo a las doce del mediodía. También esa precisión era propia de Jimmy Gallagher. Mi padre contaba que los informes policiales de Jimmy eran obras de arte. Los ponían como ejemplo en las clases de la academia, que era como enseñar el techo de la capilla Sixtina a un grupo de aprendices de pintor y explicarles que era eso a lo que debían aspirar cuando trabajasen en las paredes de los bloques de apartamentos.
Reservé pasaje en el vuelo más barato que encontré y llegué al aeropuerto JFK poco antes de las nueve de la mañana. De allí fui en taxi a Bensonhurst. Ya de niño me costaba relacionar a Jimmy Gallagher con Bensonhurst. Entre todos los lugares que un policía irlandés, y para colmo homosexual en el armario, podía considerar su barrio, Bensonhurst parecía una elección tan inverosímil como Salt Lake City, o Kingston, Jamaica. Cierto que ahora vivían allí coreanos, polacos, árabes y rusos, e incluso afroamericanos, pero los amos de Bensonhurst habían sido siempre los italianos, en sentido figurado por no decir literal. Cuando Jimmy era pequeño, cada nacionalidad tenía su propia sección, y si uno se adentraba en la que no le tocaba, fácilmente podía acabar recibiendo una paliza, pero los italianos daban más palizas que los demás. Ahora incluso la época de éstos tocaba a su fin. Bay Bridge Parkway seguía siendo un enclave casi por completo italiano, y en Santo Domingo, la iglesia de la calle Veinte, se decía una misa a diario en italiano, pero los rusos, chinos y árabes habían empezado a invadir el barrio poco a poco, ocupando las calles adyacentes como hormigas que avanzan hacia un ciempiés. Los judíos y los irlandeses, entretanto, se habían visto diezmados, y los negros, cuyas raíces en la zona se remontaban a los tiempos de la ruta clandestina del Ferrocarril Subterráneo, se habían visto arrinconados en un espacio de cuatro manzanas cerca de Bath Avenue.
Faltaban aún dos horas para mi cita con Jimmy. Sabía que iba a misa todos los domingos, pero incluso si estaba en casa, le molestaría que llegase antes de tiempo. Ése era otro rasgo de Jimmy. Creía en la puntualidad, y no le gustaba la gente que se adelantaba ni la que se retrasaba, así que para matar el tiempo di un paseo por la Avenida Dieciocho con la intención de desayunar en la cafetería Stella's de la calle Sesenta y tres, donde mi padre y yo comimos con Jimmy un par de veces, porque, aunque estaba a casi veinte manzanas de su casa, Jimmy tenía una estrecha relación con los dueños, que siempre velaban por que fuese bien atendido.
Aunque la Avenida Dieciocho conservaba todavía el nombre de Cristoforo Colombo Boulevard, los chinos habían irrumpido en ella y sus restaurantes, peluquerías, tiendas de lámparas e incluso proveedores de material para acuarios se hallaban ahora junto a bufetes italianos y establecimientos como Gino's Foccaceria, Queen Anne's Gourmet Pasta y la tienda de música y DVDs Arcobaleno Italiano, frente a los cuales los viejos se sentaban en bancos de espaldas a la avenida, como dando a entender su insatisfacción con los cambios producidos allí. El viejo Cottilion Terrace estaba tapiado, y a ambos lados de la marquesina burbujeaban aún tristemente dos copas de cóctel de color rosa idénticas.
Cuando llegué al Stella's, ya no existía. Quedaba el nombre, y vi ante la barra unos cuantos taburetes, pero por lo demás la cafetería había sido desmantelada. Cuando comimos allí, nos sentamos a la barra, Timrny a la izquierda, mi padre en medio y yo en la punta. Para mí era lo más parecido a estar sentado en un bar, y yo observaba a las camareras servir café, y cómo los platos iban y venían entre la cocina y los comensales, y escuchaba fragmentos de conversación aquí y allá, mientras mi padre y Jimmy hablaban en voz baja de cosas de adultos. Di un ligero golpe en el cristal en señal de despedida y me fui con mi New York Times a la pizzería J & V, en la esquina de la calle Sesenta y cuatro, que existía desde hacía más tiempo que yo, y allí comí una ración. Cuando mi reloj marcaba las doce menos cuarto, me encaminé hacia la casa de Jimmy.
Vivía en la Setenta y uno, entre las avenidas Dieciséis y Diecisiete, una manzana compuesta básicamente de estrechas casas adosadas, en una pequeña vivienda unifamiliar de estuco con una verja de hierro forjado alrededor del jardín y una higuera en la parte de atrás, no lejos de la zona conocida aún como Nueva Utrecht. Aquello había sido una de las seis localidades originales de Brooklyn, pero quedó anexionada a la ciudad en la década de 1890 y perdió su identidad. Casi todo fueron tierras de labranza hasta 1885, cuando la llegada de la línea de ferrocarril de Brooklyn Bath y West End dio entrada a los promotores inmobiliarios, uno de los cuales, James Lynch, construyó un barrio residencial, Bensonhurst-by-the-Sea, para mil familias. Con el tren llegaron el abuelo de Jimmy Gallagher, que había sido ingeniero supervisor del proyecto, y su familia. Pasado un tiempo, después de ir de aquí para allá, los Gallagher regresaron a Bensonhurst y se instalaron en la casa que Jimmy aún ocupaba, no muy lejos de uno de los puntos emblemáticos de Nueva Utrecht, la Iglesia Reformada, en la esquina de la Avenida Dieciocho con la calle Ochenta y tres.
Más tarde llegó el metro, y con él las clases medias, incluidos judíos e italianos que abandonaban el Lower East Side a cambio de los espacios relativamente amplios de Brooklyn. Fred Trump, el padre de Donald, se forjó un nombre con la construcción de los apartamentos Shore Haven cerca de la autovía de circunvalación, que, con cinco mil viviendas, fueron el mayor proyecto urbanístico privado de Brooklyn. Por último aparecieron en tropel, allá por la década de 1950, los inmigrantes de la Italia meridional, y Bensonhurst pasó a ser de sangre italiana en un ochenta por ciento y a tener fama de barrio italiano en un ciento por ciento.
Había ido a la casa de Jimmy sólo en un par de ocasiones, acompañando a mi padre; una de ellas para presentar nuestros respetos a Jimmy después de la muerte de su padre. Lo único que recuerdo de esa visita es un muro de policías, unos de uniforme, otros no, con mujeres de ojos enrojecidos que repartían copas y recordaban al difunto en susurros. Poco después, su madre se trasladó a una casa de Gerritsen Beach para estar más cerca de su hermana. Desde entonces, Jimmy siempre había vivido solo en Bensonhurst.
El exterior de la casa era poco más o menos como lo recordaba. El jardín bien cuidado, la pintura reciente. Cuando tendí la mano hacia el timbre, se abrió la puerta, ahorrándome la molestia de llamar, y allí estaba Jimmy Gallagher, mayor y más canoso pero reconocible, todavía el mismo hombre corpulento que me aplastaba la mano al estrechármela para ver si me ganaba el dólar que había en juego. Ahora tenía el rostro más rubicundo, y si bien era obvio que había tomado el sol durante su ausencia, el tono rosado de la nariz inducía a pensar que le daba a la botella más de lo que le convenía.
Por lo demás, se lo veía en buena forma. Llevaba una camisa blanca bien planchada, con el cuello desabrochado, y un pantalón gris con raya impecable. Sus zapatos negros, bien lustrados, resplandecían. Parecía un chófer disfrutando de sus últimos momentos de ocio antes de dar los últimos toques a su uniforme.
– Charlie -dijo-, cuánto tiempo.
Nos estrechamos la mano y él me dirigió una cálida sonrisa, dándome una palmada en el hombro con su robusta zarpa izquierda. Me sacaba aún diez o quince centímetros de estatura, y yo me sentí al instante como si volviera a tener doce años.
– ¿Esta vez me he ganado el dólar? -pregunté cuando me soltó la mano.
– Te lo gastarías en bebida -respondió, y me invitó a entrar.
El recibidor contenía un enorme perchero y un antiguo reloj de pared que aún parecía dar la hora perfectamente. Su ruidoso tictac debía de resonar por toda la casa. No entendí cómo podía dormir Jimmy con ese sonido en la cabeza, pero supuse que lo oía desde hacía tanto tiempo que ya apenas lo notaba. Un tramo de escalera de caoba tallada llevaba a la primera planta, y a la derecha estaba el salón, amueblado por completo con antigüedades. Numerosas fotografías, algunas de hombres de uniforme, adornaban la repisa de la chimenea y las paredes. Entre ellos vi a mi padre, pero no le pregunté a Jimmy si me permitía mirarlas con mayor detenimiento. El papel pintado del pasillo era rojo y blanco, aparentemente nuevo, pero tenía un aspecto de principios de siglo, acorde con el resto de la decoración.
En la mesa de la cocina esperaban dos tazas junto con un plato de pastas, y en el fogón hervía una cafetera. Jimmy sirvió el café, y tomamos asiento en lados opuestos de la pequeña mesa.
– Prueba una pasta -ofreció Jimmy-. Son de Villabate. Las mejores de la ciudad.
Partí una y la probé. Estaba buena.
– No sabes lo que nos reímos tu padre y yo de las cervezas que compraste con el dinero que te di. Él nunca te lo habría dicho, porque a tu madre le pareció el fin del mundo cuando encontró aquella botella; él, en cambio, comprendió que estabas creciendo, y hasta le vio la gracia. Aunque no te lo creas, siempre decía que fui yo quien te metió la idea en la cabeza, pero cuando se enfadaba nunca le duraba mucho tiempo, y menos tratándose de ti. Tú eras su mayor debilidad. Era un buen hombre, que Dios lo tenga en su gloria. Que los tenga a los dos.
Mordisqueó pensativamente su pasta, y guardamos silencio un momento. De pronto Jimmy consultó su reloj. No fue un gesto natural. Quería que yo lo viera, y en mi cerebro se disparó una alarma. Jimmy estaba nervioso. No se trataba sólo de que el hijo de su antiguo amigo, un hombre que había matado a dos personas y luego se había suicidado, estuviera allí en su cocina interesado obviamente en remover las cenizas de fuegos extintos hacía mucho tiempo. Se percibía algo más. Jimmy no me quería allí. Quería que me fuese, y cuanto antes, mejor.
– Tengo un compromiso -explicó al ver que yo reparaba en el ademán-. Una reunión de viejos amigos. Ya sabes cómo son estas cosas.
– ¿Algún nombre que pueda sonarme de algo?
– No, ninguno. Son todos posteriores a los tiempos de tu padre. -Se reclinó en la silla-. Bueno, esto no es una visita de cortesía, ¿verdad que no, Charlie?
– Tengo algunas preguntas que hacerte -dije-. Sobre mi padre, y sobre lo que ocurrió la noche que murieron aquellos chicos.
– Mira, en cuanto a los asesinatos, la verdad es que no puedo ser de gran ayuda. Yo no estaba presente. Aquel día ni siquiera vi a tu padre.
– ¿Ah, no?
– No, era mi cumpleaños. Tenía el día libre. Había hecho una detención sonada por un asunto de droga y recibí mi recompensa. En principio tu padre iba a reunirse conmigo al acabar su turno, como hacía siempre, pero no llegó. -Hacía girar la taza entre las manos, observando los dibujos que se formaban en la superficie del líquido-. Después de aquello ya nunca volví a celebrar mi cumpleaños como antes. Demasiados recuerdos, todos malos.
No iba a dejarlo escabullirse tan fácilmente.
– Pero esa noche vino tu sobrino a casa.
– Sí, Francis. Tu padre me llamó al Cal's. Me dijo que estaba preocupado. Creía que alguien intentaba haceros daño a tu madre y a ti. No me explicó qué lo llevaba a pensar aquello.
El Cal's era el bar que estaba por entonces justo al lado de la comisaría del Distrito Noveno. Ya no existía, como tantas cosas de los tiempos de mi padre.
– ¿Y no se lo preguntaste?
Jimmy hinchó las mejillas.
– Puede que se lo preguntara. Sí, seguro que sí. No era propio de Will comportarse así. Él no era de esos que se asustan por cualquier cosa, y no tenía enemigos. Es decir, puede que contrariase a más de uno, y encerró a algún que otro elemento de cuidado, pero eso lo hacíamos todos. Era puro trabajo, nada personal. Por aquel entonces ellos veían la diferencia. Al menos la mayoría.
– ¿Qué dijo? ¿Te acuerdas?
– Si no recuerdo mal, sólo me pidió que confiara en él. Sabía que Francis vivía en Orangetown. Me preguntó si podía mandarlo a vigilaros a ti y a tu madre, sólo hasta que él tuviera ocasión de volver a casa. Después de eso todo ocurrió muy deprisa.
– ¿Desde dónde te llamó mi padre?
– Caramba. -Pareció rebuscar en su memoria-. No lo sé. Desde la comisaría no, eso desde luego. Se oía ruido de fondo, así que seguramente llamaba desde el teléfono de un bar. Ha pasado mucho tiempo. No lo recuerdo todo.
Bebí un poco de café y hablé con cautela.
– Pero no fue una noche como otra, Jimmy. Hubo muertos, y después mi padre se quitó la vida. Esa clase de cosas no se olvidan así como así.
Lo vi ponerse tenso y sentí que su hostilidad afloraba a la superficie. Jimmy sabía usar los puños, me constaba; sabía usarlos y se le escapaban con facilidad. Mi padre y él se compensaban mutuamente. Mi padre mantenía a Jimmy bajo control, y éste, por su parte, sacaba un filo a mi padre que de lo contrario quizás habría permanecido romo.
– ¿A qué viene esto, Charlie? ¿Me estás llamando mentiroso?
¿Qué pasa, Jimmy? ¿Qué escondes?
– No -contesté-. Sólo que no quiero que te calles nada por, digamos, no herir mis sentimientos.
Se relajó un poco.
– En fin, fue un mal trago. No me gusta recordar aquellos momentos. Era mi amigo, el mejor.
– Eso ya lo sé, Jimmy.
Asintió.
– Tu padre me pidió ayuda y yo hice una llamada. Francis se quedó con tu madre y contigo. Yo estaba en la ciudad, pero, como supondrás, no podía quedarme al margen cuando quizás estaba ocurriendo algo malo. Sin embargo, cuando llegué a Pearl River, aquellos dos chicos ya habían muerto y estaban interrogando a tu padre. No me dejaron hablar con él. Lo intenté, pero los de Asuntos Internos lo tenían bien cercado. Fui a vuestra casa y hablé con tu madre. Tú dormías, creo. Después, ya sólo lo vi con vida una vez. Pasé a recogerlo cuando acabó el interrogatorio. Fuimos a desayunar, pero él apenas habló. Sólo quería serenarse antes de volver a casa.
– ¿Y no te explicó por qué acababa de matar a dos personas? Vamos, Jimmy. Erais íntimos amigos. Si habló con alguien, tuvo que ser contigo.
– Me dijo lo mismo que había contado a Asuntos Internos, y a quienquiera que estuviese en aquella sala con él. El chico hizo varias veces ademán de llevarse la mano bajo la cazadora, provocando a Will, como si escondiera allí una pistola. Hacía amago y sacaba la mano. Will dijo que la última vez fue en serio. Su mano desapareció, y Will disparó. La chica gritó y empezó a tirar del cuerpo de su compañero. Will la avisó antes de disparar también contra ella. Dijo que algo se apoderó de él cuando el chico empezó a buscarle las cosquillas. Es posible. Aquéllos eran otros tiempos, tiempos violentos. No salía a cuenta correr riesgos. Todos conocíamos a hombres que habían liquidado a alguien en la calle.
»Cuando volví a ver a Will, estaba debajo de una sábana y tenía un agujero en la parte de atrás de la cabeza que habría que rellenar antes del funeral. ¿Es eso lo que te interesaba saber, Charlie? ¿Quieres que te cuente lo mucho que lloré por él, cómo me sentí porque no estaba a su lado, cómo me he sentido todos estos años? ¿Es eso lo que buscas: alguien a quien culpar por lo que pasó esa noche?
Había levantado la voz. Yo veía la ira en él, pero no entendía la causa. Parecía falsa. No, eso no era verdad. Su tristeza y su rabia eran auténticas, pero las usaba como pantalla de humo, como un medio para ocultar algo, de ocultármelo a mí y también a sí mismo.
– No, no es eso lo que busco, Jimmy.
Lo que dijo a continuación destilaba cierto hastío, y una especie de desesperación.
– ¿Qué quieres, pues?
– Quiero saber el porqué.
– No hay un porqué. ¿Es que no puedes meterte eso en la cabeza? La gente lleva veinticinco años preguntando por qué. Yo mismo he preguntado por qué, y no hay respuesta. La razón, fuera cual fuese, se fue a la tumba con tu padre.
– Eso no me lo creo.
– No debes removerlo, Charlie. De esto no saldrá nada bueno. Déjalos descansar en paz, a los dos, a tu padre y a tu madre. Todo eso es agua pasada.
– Ahí está el problema: no puedo dejarlos descansar.
– ¿Por qué no?
– Porque uno de ellos, o los dos, no era pariente consanguíneo mío.
Fue como si alguien hubiese pinchado a Jimmy Gallagher con un alfiler desde atrás. Arqueó la espalda y pareció que parte de su mole se disipaba. Se desplomó contra el respaldo de la silla.
– ¿Cómo? ¿Qué manera de hablar es ésa?
– Lo sé por los grupos sanguíneos. No coinciden. Yo soy del grupo B. Mi padre era del grupo A, mi madre del grupo 0. Es imposible que de unos padres con esos dos grupos sanguíneos salga un hijo del grupo B.
– Pero ¿quién te ha dicho eso?
– He hablado con el médico de la familia. Ya está jubilado, pero conserva los historiales. Los consultó y me mandó copias de análisis de sangre de mi padre y mi madre. Eso me lo confirmó. Podría ser hijo de mi padre, pero no de mi madre.
– Eso es una locura -dijo Jimmy.
– Tú estabas más unido a mi padre que cualquier otro amigo suyo. Si se lo hubiera contado a alguien, habría sido a ti.
– ¿Contarme qué? ¿Que un extraño se le coló en el nido? -Se puso en pie-. Me niego a escucharlo. Me niego. Te equivocas. Seguro que te equivocas.
Cogió las tazas, vació el contenido en el fregadero y las dejó allí. Pese a que me daba la espalda, advertí que le temblaban las manos.
– No me equivoco -repliqué-. Es la verdad.
Jimmy giró sobre los talones y avanzó hacia mí. Tuve la certeza de que iba a propinarme un puñetazo. Me levanté y aparté la silla de una patada, en tensión para recibir el golpe, esperando atajarlo si tenía tiempo de verlo, pero aquello no ocurrió. En lugar de eso, Jimmy me habló con calma, pausadamente.
– Entonces es una verdad que ellos prefirieron ocultarte y que no va a servirte de nada. Te querían, los dos. Sea lo que sea, al margen de lo que creas haber descubierto, déjalo estar. Si sigues indagando, sólo conseguirás hacerte daño.
– Pareces muy seguro de eso, Jimmy.
Tragó saliva visiblemente.
– Vete a la mierda, Charlie. Y ahora márchate. Tengo cosas que hacer.
Hizo un gesto de despedida y me dio otra vez la espalda.
– Volveremos a vernos, Jimmy -dije, y supe que percibió la advertencia en mi voz, pero no contestó. Me encaminé solo hacia la puerta y regresé al metro.
Más tarde supe que Jimmy Gallagher hizo la llamada casi inmediatamente después de irme, aguardando sólo el tiempo justo para tener la certeza de que yo no volvería. Era un número que no marcaba desde hacía muchos años, desde el día después de la muerte de mi padre. Se sorprendió cuando el hombre contestó en persona, se sorprendió casi tanto como por el hecho de descubrir que seguía vivo.
– Soy Jimmy Gallagher.
– Lo recuerdo -dijo la voz-. Ha pasado mucho tiempo.
– No me malinterprete, pero no el tiempo suficiente.
Le pareció oír algo semejante a una risa.
– Y bien, señor Gallagher, ¿qué puedo hacer por usted?
– Acaba de venir a verme Charlie Parker. Está haciendo preguntas sobre sus padres. Ha hablado de grupos sanguíneos. Sabe lo de su madre.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea, y a continuación dijo la voz:
– Era inevitable. Tarde o temprano tenía que enterarse.
– Yo no le he dicho nada.
– De eso no me cabe la menor duda, pero volverá. Se le da demasiado bien su trabajo para no averiguar que le ha mentido.
– Y entonces ¿qué?
La respuesta, cuando llegó, le causó a Jimmy la última sorpresa de un día cargado ya de sorpresas no deseadas.
– Y entonces quizá quiera usted contarle la verdad.