Intimidad: Situación a la que son afortunadamente atraídos los tontos para su mutua destrucción.
– El Diccionario del Diablo-
Bierce escribió: «San Francisco pronto dará la bienvenida a Lady Caroline Stearns, anteriormente conocida como Highgrade Carrie de Washoe, y más tarde señora de Nathaniel McNair de la City».
– Es una mujer distinguida, sea cual sea su origen -me dijo-. No se me ocurren muchas de su valía. Adah Isaacs Mencken, Ada Claire, Lillie Coit. La mayoría de las de su género tienen poco digno de ser alabado a excepción de su papel en la perpetuación de la especie, lo cual también podría ser cuestionable. Lo cierto es que me trae sin cuidado su pasado turbio.
Frecuentemente describía a las prostitutas como los miembros más honestos de su sexo. Algunas veces se ponía realmente pesado con sus filípicas.
Había hablado con el juez McManigle, el cual había trabajado con el juez Hamon en el Tribunal de Circuito, y no le había causado muy buena impresión.
– Nunca se dedicó a hacer justicia, y sin embargo la imparte -dijo Bierce-. No obstante, McManigle sabía en qué cruzada se había metido el juez Hamon. Éste acusaba al senador Jennings de inducir al perjurio y aceptar sobornos, tanto da si lo motivó el despecho contra el Ferrocarril por haber elegido a Jennings en lugar de a él como su candidato para el senado. El juez Hamon tenía todos los datos sobre los sobornos pagados a Jennings en los casos concernientes a la Compañía del Pacífico Sur en general, y los juicios de los granjeros de Mussel Slough en particular. Ésos son los documentos que tu amigo el pirómano hizo desaparecer en Santa Cruz.
– Entonces… ¿Brown asesinó a la señora Hamon?
– O el propio Jennings. En cualquier caso, Jennings era sin lugar a dudas el instigador.
Bierce se echó hacia atrás en la silla observándome con su atractivo y frío rostro sonrosado. Llevaba un pañuelo azul de seda, y el chaleco abotonado con la cadena de oro del reloj cruzada. La pálida calavera sonreía atenta a nuestra conversación.
– ¿Y cómo cuadran todas estas cosas? -pregunté-. Highgrade Carrie. Los Picas. El asesinato de Julia Bulette. Las proposiciones de matrimonio. El embarazo. El asesinato de Al Gorton. Beau, que ya no está prometido a Amelia Brittain. Las prostitutas de Morton Street acuchilladas. Y el senador Jennings, la señora Hamon y el hombre llamado Brown.
No mencioné a James M. Brittain.
Bierce me pasó otra hoja mecanografiada, con un artículo para el Tattle, que leí:
– El senador del Ferrocarril ha estado muy activo últimamente, en Morton Street y Santa Cruz, y untando a los de Giftcrest.
– Lo tengo que ver colgado -dijo él-. Y al Giftcrest eliminado. Y al Ferrocarril mortalmente tocado.
El Tattle también contenía un comentario sobre una poetisa que había enviado su colección: «La señorita Frye comenta que sus mejores inspiraciones le sobrevienen con el estómago vacío. La calidad de su verso ha propiciado que el estómago de este lector también se vacíe…»
Y una puñalada dirigida al reverendo Stottlemyer: «Ha llegado a mis oídos que el reverendo Stottlemyer, conocido por su habilidad de sacar billetes de las billeteras, recibió la petición de uno de sus colegas diáconos para que ejerciera su influencia sobre la congregación de éste, por lo cual nuestro Stottle recibiría un cuarto de la colecta. Esto fue acordado siempre que fuera el propio Stottlemyer el que realizara la colecta. Así hizo y se embolsó la totalidad de los fondos, ante lo cual el diácono puso el grito en el cielo. Stottle le respondió: "No te vas a llevar nada, hermano; el Adversario ha endurecido los corazones de tu congregación y tan sólo me dieron un cuarto"».
Tengo la intención de mostrar el daguerrotipo al capitán Pusey en cuanto lo reciba -dije.
– Quizás tenga una fotografía del bravo Klosters en su archivo. Me pregunto si no terminaremos descubriendo que Klosters es tu amenazante señor Brown.
– Amelia Brittain me dijo que Beau McNair le comentó que las judías pelirrojas eran las más solicitadas de los prostíbulos. Me pregunto si existe alguna en concreto.
– Supongo que los temas de conversación de las jóvenes generaciones siempre nos sorprenderán a los mayores -dijo Bierce-. Sí, eso podría justificar una investigación.
– ¿Y qué piensa de la coartada de Beau?
– ¿El perrito faldero de la madre del joven? El joven McNair no es en absoluto trigo limpio, pero no creo que sea el asesino de Morton Street.
Me contuve para no terminar tan obcecado con Beau McNair como Bierce con el Ferrocarril del Pacífico Sur.
– ¿Te gustaría venir a Santa Helena el fin de semana? -me preguntó Bierce-. Así conocerás a la señora Bierce y los niños -volvió a mostrar una expresión lúgubre-. Tendrás que conocer también a la señora Day… la madre de Mollie.
Le dije que me encantaría ir a Santa Helena el fin de semana.
No sabía mucho sobre la familia de Bierce, excepto que vivían al otro lado de la Bahía, hacia el norte. Bierce había alquilado un apartamento en Broadway, cerca del Hornet. Después del trabajo solía quedarse a solas, aunque yo sabía que era miembro del Club Bohemio y que frecuentemente pasaba la noche jugando a las cartas con sus amigos literatos Ina Coolbrith y Charles Warren Stoddard, editores del Overland Monthly. Sus amigos de copas eran Arthur McEwen y Petey Bigelow del Examiner, y había noches que los tres montaban grandes juergas en el bar del Teatro Baldwin en Kearny and Bush, y en el salón del Crystal Palace. Y sabía que agasajaba a mujeres que no eran Mollie Bierce, en restaurantes franceses como el Terrapin Oyster House, o el Old Poodle Dog, que tenía ascensores para subir a las habitaciones de arriba y permanecía abierto toda la noche. De hecho, conocí en una ocasión a una de sus mujeres, una tal señora Barclay; una esbelta dama de fino cabello negro que relucía con diamantes y abanicaba a Bierce como si él fuera en realidad Dios Todopoderoso.
Bierce me había sugerido que escribiera un artículo de información sobre Leland Stanford, de los Cuatro Grandes, el cual acababa de ser nominado para el senado echando mano de más chanchullos políticos de los habituales. Le mostré lo que había escrito:
Todos los supervivientes de los Cuatro Grandes son grandes hombres. Collis P. Huntington pesa 108 kilos, Stanford un poco más de 118 kilos, Charles Crocker un poco menos de 136 kilos. Las mansiones en Nob Hill de estos antiguos tenderos de Sacramento son enormes. Sus fortunas son grandes. Se calcula que cuando Hopkins murió poseía diecinueve millones de dólares. La fortuna de Crocker es más grande, la de Stanford aún más grande, y la de Huntington, la más grande de todas.
A Stanford, gobernador de California durante la Guerra, le encanta que se dirijan a él como el gobernador Stanford. Ha sido comparado con Alejandro Magno, Julio César, Lorenzo el Magnífico, Napoleón Bonaparte, John Stuart Mill y Judas Iscariote.
Siendo un hombre de opiniones fuertemente arraigadas, ha ¡tablado claramente en contra de la regulación de las corporaciones propuesta por el gobierno. Considera que tal regulación va en contra del respeto tradicional americano por el derecho de propiedad, y contra los intereses del hombre de a pie, el cual necesita la cooperación de otros de su misma clase agrupándose en corporaciones que le protejan de la avaricia de los adinerados.
«Es agradable ser rico», le dijo en una ocasión a un reportero. «Pero las ventajas de la riqueza están valoradas en exceso. No me parece tan claro que un hombre que pueda comprar cualquier cosa que se le antoje sea más feliz que el hombre que puede comprar lo que realmente quiere».
Y luego añadió: «Si lloviesen monedas de oro de veinte dólares hasta el mediodía, todos los días, por la noche habrían hombres mendigando sus cenas».
Durante las investigaciones del gobierno sobre las ganancias amasadas por el ferrocarril transcontinental, los socios anunciaron que la línea estaba «depauperada». Esto de alguna manera se contradecía con las maravillas de sus mansiones en construcción. En su palacio de California Street, con sus cincuenta habitaciones, su cúpula de cristal a más de veinte metros de altura y sus ventanales apilados uno sobre otro como fichas de póquer, a Stanford le encanta presumir de pianola. Se trata de una orquesta totalmente mecánica metida en una enorme caja. También disfruta mostrando su aviario de pájaros mecánicos. Éstos están posados en las ramas de árboles artificiales en la galería de arte y funcionan mediante mecanismos de aire comprimido, y abren sus picos de metal para cantar cuando el gobernador aprieta un botón.
Bierce reflexionó sobre mi artículo durante un rato excesivamente largo. No estaba interesado en la muerte del niño, Leland Stanford Jr., ni en la fundación de la Leland Stanford Jr. University en su honor.
Comentó que debía dejar la ironía para los irónicos profesionales y la sátira para los que poseían un toque más sutil.
– Además, no utilices el término «adinerado» en lugar de «rico». Por la misma regla, podrías decir cosas como «los "enganados" hombres de Tejas» o «los "enlangostados" hombres de la lonja de pescado».
– Sí, señor -dije.
Un mensajero me trajo un sobre cuadrado perfumado con la dirección en florida caligrafía femenina. Admiré durante unos segundos la apariencia de aquel Sr. Thomas Redmond escrito por Amelia Brittain en una perfecta y elaborada caligrafía.
Estimado Sr. Redmond,Esta misiva es para informarle de que, puesto que ya no estoy comprometida, estaría encantada de que me visitara en el 913 de Taylor Street, si así le apeteciera.
Expectantemente suya,
Amelia Brittain
PD: ¡Me apetece mucho volver a comentar con usted mi «sombra»!
AB
Me presenté en el número 913, un alto y estrecho edificio en Taylor Street con ventanales y la fachada bordeada por un porche con un sofá, sillas y mesa de mimbre. Unas horribles vidrieras de colores me observaban, y el sol poniente brillaba en el vidrio tallado de la puerta. Un mayordomo con chaleco a rayas acudió a mi llamada a la campana. Tenía pelo claro y peinado pompadour, y unos ojos que me atravesaron hasta ver en mi interior al ayudante de impresor en lugar del periodista. Sostenía una bandeja de plata sobre la que deposité mi tarjeta de visita y desapareció.
Volvió para anunciarme que la señorita Brittain no se encontraba en casa y me cerró la puerta en las narices. Retrocedí sobre mis pasos bajando los escalones y me alejé de Nob Hill por Taylor Street.
En el sótano de los Barnacle aporreé hasta destripar el relleno del asiento de la calesa, jadeando y cubierto de polvo.
Cuando dejé la Brigada de Bomberos conservé mi casco porque lo tenía en gran estima, con la picuda águila en la visera y su larga cola de castor; la visera estaba hecha de brillante y grueso cuero negro reforzado con tiras en forma de arcos góticos y forrado por dentro de fieltro. Y todavía, en ocasiones, me gustaba admirarme frente al espejo, coronado con su magnificencia. En otro tiempo había ambicionado el sombrero de Ayudante del Jefe, o incluso el blanco del propio Jefe. Aún me sobresaltaba al escuchar una campana de la Brigada de Bomberos pasando por Sacramento Street, y con frecuencia me apresuraba a ir hasta el lugar para ver la acción.
Hoy había un grupo de tres coches en Battery Street. Bombas de agua y rollos de manguera bloqueaban la calle, y arcos de reluciente agua brillaban contra el sol. Era un incendio en un almacén y se podían divisar fardos chamuscándose y ardiendo a través de las puertas abiertas. El edificio contiguo era un salón de estrecha fachada con un desvencijado cartel en el que se leía El ángel de Washoe.
El jefe con su casco blanco dirigía los chorros de agua, gritando a los bomberos que se diseminaban con sus mangueras. Del salón salió un joven con una gorra ajustable y un batín, arrastrando con dificultad un cuadro que debía de medir un metro de alto por dos de ancho. Tan sólo vislumbré una fugaz visión de la mujer desnuda que estaba pintada. Ésta montaba en un magnífico caballo blanco, su largo pelo dorado estaba artísticamente arreglado de manera que enseñaba tanto como ocultaba de sus encantos, y el semental posaba con una pata delantera levantada y doblada. Se trataba del típico cuadro de salón, pero más grandioso que la mayoría. La piel de la mujer, blanca como un capullo de gardenia, parecía iluminar la caótica escena. Peleándose con el cuadro, que se zarandeaba por las ráfagas de viento procedentes de las llamas y los arcos de agua, el joven avanzó a trompicones por la calle y desapareció por un callejón. Esa visión del desnudo femenino me obligó a seguirlo, pero tenía el paso bloqueado por un tiro de caballos que portaban una de las bombas de agua. Y la Lady Godiva del Ángel de Washoe desapareció de mi visión.
En el establecimiento de la señora Johnson en el Upper Tenderloin me senté en el saloncito esperando a Annie Dunker. La señora Johnson estaba sentada en el otro extremo de la sala, regordeta y con un vestido negro brillante, y hablaba con un hombre de pelo canoso con traje marrón al cual yo había devuelto el saludo educadamente sin que nuestros ojos se encontraran. Me aposenté en una silla tapizada orientada hacia la ventana y el tráfico de Stockton Street. Era aún pronto para la clientela, pero la señora Johnson siempre se mostraba amable. Tenía la peculiaridad de cobrarse los dólares doblándolos y deslizándolos con su mano en el interior del negro puño de su blusa.
Annie bajó las escaleras con una combinación larga hasta los tobillos, revelando interesantes pliegues y recovecos, y llevaba un lazo azul en el cuello. Se me acercó dando pasitos cortos, me empujó hacia atrás cuando me levanté y se sentó en mi regazo.
– ¡Ha pasado tanto tiempo, Tommy!
Era una chica con cara de gatita y cabello negro, un par de años mayor que yo. Había trabajado en Albany y Chicago antes de mudarse a San Francisco. Se removió en mis rodillas durante unos instantes antes de ponerse de pie de un salto. Subimos al piso de arriba cogidos del brazo. En su habitación me senté en la cama y dije que quería conversar.
– ¿Antes o después? -preguntó ella.
– ¿Sabes quién es Beau McNair?
– Todo el mundo le conoce.
– ¿Qué quieres decir?
– Todo el mundo que va a los mejores locales, claro está.
– ¿Hay alguna chica judía pelirroja con la que pudiera pasar el tiempo?
– Rachel, en el local de la señora Overton. Mi prima también trabaja allí.
– ¿Y qué sabes sobre él?
– Sólo que es muy… atento, Tommy. Igual que tú lo eras conmigo -tenía una manera peculiar de alargar la pronunciación de «conmigo». Se rió, alisándose la combinación con las manos.
– ¿Podrías averiguar cómo se porta él con ella? ¿Cómo actúa? ¿Qué dice? Cualquier cosa interesante.
– ¡Ninguna de ellas cree que sea el terrible… carnicero!
– Sólo es información que me interesa tener. Cómo es él.
– Le preguntaré a Lucille. Sé que Rachel está muy solicitada.
– ¿Alguna vez has tenido algún cliente que no tuviera una… -señalé hacia abajo-, ya sabes.
Se cubrió la boca y rió, negando con la cabeza.
– ¿De qué le servirían nuestros servicios a alguien sin eso, Tommy?
– ¿Has oído de alguien así? Tiene que usar una cosa de cuero atada. Un dildo, supongo.
– Bueno, hay hombres que hacen eso, Tommy. Viejos a los que ya no se les empina.
– Éste es un hombre joven.
Negó con la cabeza una vez más, con expresión de asombro.
– ¿Podrías preguntar por ahí sobre un tipo así? Puedo conseguirte dinero por esa información.
– Lo haré por ti, Tommy. Por ti y por míiiii.
– Cualquier cosa que puedas averiguar será de utilidad.
– ¿Ahora? -dijo ella, y con un movimiento rápido se quitó la combinación por encima de la cabeza y posó como una estatua de jardín. Me la imaginé montada en un semental blanco y me quedé sin respiración.
– Estás radiante -dije.
Aunque la única que ocupaba mi mente era Amelia Brittain, no veía ningún problema en disfrutar de Annie Dunker.