Mujer: Animal que vive habitualmente en las inmediaciones del Hombre, y que tiene una rudimentaria propensión a ser domesticada.
– El Diccionario del Diablo-
Como redactores de una de las revistas más punteras de San Francisco, Charles Warren Stoddard e Ina Coolbrith tenían poder en el mundo literario. Bierce había publicado ocasionalmente artículos en el Overland Monthly, al cual se refería como el Warmedoverland [10], y me había invitado a acompañarle a la recepción del mes anterior donde fui presentado a Stoddard, un hombre rechoncho y afeminado unos cuantos años mayor que Bierce. La señorita Coolbrith era alta y grácil, con un flequillo de rizos rubios rodeándole la frente. Aunque yo no tenía aspiraciones literarias, me invitaron a que volviera, lo cual entendí que se debía al hecho de que las poetisas sobrepasaban en número a los hombres jóvenes que les proporcionaran compañía.
Las ventanas de la casa de Stoddard en las laderas sobre North Beach estaban iluminadas. Dentro, el vestíbulo estaba abarrotado de invitados quitándose abrigos y sombreros. Un poco más allá, Stoddard estaba de pie actuando de anfitrión, levantando las manos con las palmas flexionadas a la altura de las muñecas para dar la bienvenida a cada nuevo invitado. Llevaba una gardenia blanca en la solapa, y sus activas cejas y mohines de placer mantenían su rostro en constante movimiento.
Ina Coolbrith nos saludó en el interior del abarrotado salón principal.
– ¡Es el señor Redmond, el periodista! ¿Y esta joven es…?
– La señorita Brittain -dije-. Aquí, la señorita Coolbrith, Amelia.
– Soy admiradora de su poesía, señorita Coolbrith -dijo Amelia con una soltura que me dejó admirado-. Hoy hemos pasado el día en Mount Tamalpais, escenario de muchos de sus poemas.
Sonriéndole, Ina Coolbrith dijo:
– Allí es donde el señor Miller y yo recogíamos laureles para que se los llevase a la tumba de Lord Byron en Inglaterra.
Joaquín Miller estaba entreteniendo a un grupo de poetisas en el otro extremo del salón; en mi opinión era un enorme fraude pretencioso, ataviado con su camisa de minero de franela azul y botas relucientes, con las que avanzaba y retrocedía de manera que las poetisas, embutidas en sus floreados vestidos, debían mantenerse en movimiento para evadir sus avances y compensar sus retrocesos. Había regresado recientemente de Inglaterra, donde se decía que había cosechado un enorme éxito. Los británicos acogían entusiasmados a los de la Costa Oeste, considerados ridículos por los de la Costa Este. Amelia miró al Poeta de la Sierra con interés.
En la pared había un óleo de Stoddard tocado con una capucha de monje, contemplando un cráneo. Me pareció un cuadro bastante ridículo, y arrojaba cierta pátina de arrogancia sobre el cráneo del escritorio de Bierce.
Por uno de los balcones entraron dos atractivas jóvenes, una de negro con un buqué de violetas sobre su hombro, la otra de reluciente seda color melocotón. Mechones de cabello dorado se apilaban sobre su cabeza. Eran ambas tan espectaculares que la atención de la sala se dirigió hacia ellas, y noté que una de las acólitas de Joaquin Miller se deslizó hacia un lado para unirse al grupo de gente que se agolpaba alrededor de estas dos damas. En otras partes de la estancia había varios caballeros con aspecto de poseer cierta importancia literaria, uno con calvicie y luciendo ralos brotes de cabello parduzco, otro ataviado con una especie de túnica militar, con un recargado mostacho de cuerno largo. De pie junto a una cómoda de madera oscura taraceada de madreperla había un par de poetas jóvenes luciendo los elaborados lazos de corbata popularizados por Oscar Wilde en su reciente visita a San Francisco.
Amelia miraba a su alrededor con tal interés que me alegré de haberla invitado al salón del Overland Monthly.
– Tom, por favor, ¡infórmame inmediatamente de quiénes son estos individuos! -me susurró cuando Ina Coolbrith se volvió para saludar a otros invitados.
Yo no sabía quiénes eran muchos de ellos.
– Ése es Joaquin Miller -dije.
– Oh, allí está el señor Bierce -dijo Amelia.
Bierce, al cual no había descubierto antes, estaba junto a los ventanales, acompañado por su propia bandada de féminas.
Cuando crucé la mirada con Bierce, intercambiamos corteses saludos. Tenía que explicarle mi trato con Klosters. Su mirada de admiración se posó en Amelia. Para alguien tan conocido por disgustarle tanto el género femenino, Bierce tenía efectivamente una notable debilidad por las mujeres bellas.
La poetisa Emma McLachlan se acercó para conocer a Amelia.
– ¡Por favor, dígame quién es esa esplendorosa dama de las violetas! -le dijo Amelia, cuando terminaron los saludos y presentaciones. La señorita McLachlan tenía pelo parduzco y un rictus remilgado en la boca. No me parecía atractiva.
– Ésa es Sibyl Sanderson -dijo-. Es una excelente soprano que desea continuar su carrera como cantante de ópera. Pero su padre, el juez Sanderson, no quiere ni oír hablar de ello. ¡Es muy atrevida!
Acaba de regresar de París, y siempre se viste de negro y con unas violetas. Cuando le preguntas si eso es lo que llevan las estilosas damas de París, ella responde: «¡Es lo que llevan las mujeres de vida alegre!» Amelia pareció quedar bastante impresionada.
– ¿Y su compañera, la del magnífico cabello?
– Es la señora Atherton. Ha publicado recientemente por entregas una novela muy atrevida en The Argonaut. Se las ve frecuentemente juntas.
– ¡Los Randolphs de Redwoods! -dijo Amelia-. Los firma con seudónimo, si no recuerdo mal.
– Sí, «Asmodeus».
Continuaron hablando de temas que yo desconocía por completo, y estaba comenzando a sentirme malhumorado cuando Amelia me tocó la mano reconfortándome.
– Es su primera novela, creo.
– Ella afirma que ha escrito otra incluso mejor -dijo la señorita McLachlan-. Está casada con un fracasado, o eso dicen: George Atherton. Ella era de soltera señorita Horn.
– ¡Qué compañía más distinguida! -exclamó Amelia. Me dijo entonces que deseaba mostrar sus respetos al señor Miller y se marchó para unirse al enjambre que revoloteaba alrededor de la camisa de franela azul.
Me quedé allí con la señorita McLachlan, la cual me dirigió una sonrisita con los labios apretados como un guiño.
– Asmodeus era una clase de demonio -dije.
– El destructor de la felicidad doméstica -dijo ella-. Destruyó a los siete maridos de Sara, uno tras otro.
– Piensa en eso -dije.
– ¿Ha leído la novela, señor Redmond?
Admití que no lo había hecho y tomé la determinación en ese momento de no hacerlo. Amelia estaba conversando con Joaquín Miller. Vi que se mantenía firme en su sitio cada vez que él se aproximaba hacia ella.
Cuando logré librarme de la señorita McLachlan, tomé una copa de ponche de la bandeja de un sirviente chino con camisa blanca y corbata negra, y me abrí paso entre los grupos de dos y tres conversadores hacia la órbita de Bierce. Estaba sudando por el calor que generaban los cuerpos cercanos y las lámparas de gas.
Bierce me presentó como su socio, lo cual despertó cierto interés. Amelia había abandonado a Joaquin Miller y se movió deslizándose hacia el grupo que rodeaba a las dos encantadoras damas.
Ina Coolbrith estaba junto a mí. Me dio la impresión de que tenía el cuerpo tensamente erguido, con las manos sujetándose los antebrazos. Olía a agua de rosas.
En una pausa de la conversación ella dijo en tono provocador:
– Ya he visto que has vuelto a masacrar a otra joven poetisa en el Tattle deesta semana, Ambrose.
Bierce inclinó la cabeza hacia ella, pero no respondió.
– Me pregunto si volverá a escribir un verso más…
– Si lo hace, lo más probable es que no me lo envíe a mí para que se lo reseñe -afirmó Bierce.
Hubo algunas risillas entre las jóvenes damas a su alrededor, lo cual pude ver que no gustó nada a la señorita Coolbrith.
– Mi sobrina, a la que usted también convirtió cruelmente en objeto de mofa, ha jurado que nunca jamás volverá a escribir.
– Desearía poder considerar eso una tragedia, Ina -dijo Bierce.
– Yo sí lo creo -dijo la señorita Coolbrith-. Porque considero que la poesía no escrita es pensamiento superior no expresado, y son los pensamientos elevados los que hacen que el mundo mejore. Pero, claro está, el pensamiento elevado no es su especialidad, Ambrose.
– Eso es por supuesto cierto, señora -dijo Bierce, y vi por la palidez de sus fosas nasales que se había contenido para no decir más.
– Le dije a mi sobrina que su voz no es la voz de la musa -continuó la señorita Coolbrith-. Sino tan sólo la voz de un hombre cruel y frustrado.
– ¿Frustrado, señora?
– Frustrado -dijo la señorita Coolbrith, y me pareció que se lo decía con la misma crueldad que ella reprochaba a Bierce.
Tuve la impresión de que en esos momentos, y con gesto dramático, uno de los dos debía abandonar airadamente la habitación. Pero Bierce se limitó a darse la vuelta para dirigirse a una de las jóvenes damas, y la señorita Coolbrith, apartándose rápidamente uno de los rizos de la frente y blindándose con una sonrisa en el rostro, se volvió para saludar a un joven de velarte negro con apariencia de predicador. Con sigilo, me acerqué hacia donde Amelia estaba escuchando un discurso que la señora Atherton ofrecía con floridos gestos.
Cuando volví la mirada hacia atrás pude ver que Bierce había desaparecido.
Amelia me felicitó por mis amistades mientras paseábamos por Nob Hill disfrutando del bendito aire fresco de camino a su casa.
Le dije que a duras penas podría considerarles amigos. Yo no pertenecía al mundillo literario.
– Con toda seguridad hay un lugar para un periodista en un grupo tan experimentado. Tu señor Bierce estaba allí en un pedestal. Y la señorita McLachlan parecía bastante interesada en ti.
– No es un interés mutuo.
Ella me sostuvo el brazo. Paseamos lentamente para no llegar al 913 de Taylor Street antes de que ella tuviera que estar allí. Tenía una manera peculiar de alargar su paso para igualar el mío. Nuestras caderas se rozaban con frecuencia.
Las mansiones de los magnates comenzaron a cernirse sobre nosotros, con las fachadas iluminadas por la luna.
– ¿Qué problema hay entre el señor Bierce y la señorita Coolbrith? -preguntó Amelia.
– Bierce hizo una reseña despiadada de la poesía de la sobrina de la señorita Coolbrith.
– Su sobrina no debería haberle enviado sus poemas a él. Es famoso por su despiadado tratamiento a los poetas.
– Un elogio suyo puede ser muy importante. Tú misma viste a todas esas jóvenes damas revoloteando a su alrededor.
– ¿Son todas poetisas?
– Estoy seguro que un gran número de ellas lo son. La señorita McLachlan es poetisa.
También le dije que ella había sido la mujer más hermosa del lugar.
Amelia se rió y me apretó la mano.
– Piensas eso porque te gusto, Tom. ¡Me hace tan feliz que lo pienses! Pero había dos damas extremadamente atractivas y muy ilustres allí. ¡Yo no soy ilustre en absoluto!
Comenté que no creía que ella quisiera ser tan «ilustre» como Gertrude Atherton.
Amelia se quedó callada un rato, como si estuviera reflexionando sobre mi comentario. Finalmente dijo:
– Está muy satisfecha consigo misma. Es una esposa y madre que desprecia a otras mujeres por ser esposas y madres -luego añadió-: Dijo algo curioso.
– ¿Qué dijo?
– Dijo que las chicas de California son tan insípidas como los pistachos. ¿No es un comentario un tanto extraño?
– ¿Son insípidos los pistachos?
– No, no me refiero a eso. Ella debía de ser consciente de que la mayor parte de su audiencia eran chicas de California. ¿Qué gana diciéndonos que somos insípidas?
– Tú misma dijiste que estaba muy satisfecha consigo misma.
– Y a su vez ella misma es una chica de California. Pero estoy segura que se considera a sí misma una chica atípica.
Continuamos andando.
– Creo que yo nunca sería así -dijo Amelia.
No seguí preguntando sobre lo que quería decir. Las oscuras ráfagas de niebla iluminadas por la luna flotaban aparentemente tan cerca de nosotros que podíamos alargar el brazo y tocarlas. Una manzana más allá divisamos la masa de la mansión de los McNair, una línea de ventanas en la planta baja estaba iluminada. Beau debía de estar allí, a menos que estuviera fuera en otra de sus «investigaciones» de campo, idea que me enfurecía tanto como la pose pretenciosa de Joaquín Miller.
A la izquierda, la luna relucía sobre la suave superficie del apuntalado de la cerca de Charles Crocker, otra aberración del Ferrocarril, un tema que me había asignado Bierce pero en el que aún no había empezado a trabajar. Me culpé a mí mismo por creer que podría superar el miedo al senador Jennings ensañándome con Charles Crocker.
– Nunca tendría el atrevimiento ni la valentía de enviarle los versos que yo he escrito al señor Bierce.
Le dije cautelosamente que me encantaría que me dejara leer sus poemas. De nuevo volvió a quedarse en silencio durante un rato.
– No creo que lo haga, gracias -dijo finalmente, y me pareció mejor no contradecirla-. Tom, creo que debes tener cuidado para no convertirte en alguien como el señor Bierce.
– Sí -dije, y ella me apretó la mano con la suya.
La calle se iba empinando bajo nuestros pies. Abajo y a nuestra derecha estaban los altos tejados de dos aguas y ventanas iluminadas de la casa de los Brittain. Amelia se detuvo.
– ¡Si deseas besarme, bésame ahora!
Le besé los labios. Al abrazarla, mis rodillas temblaron, y la besé con mi aliento.
– Eso ha estado muy bien -susurró ella, mientras continuamos nuestro descenso al 913 de Taylor. Cuando subimos las escaleras una figura se levantó de una silla del porche; el policía de guardia, se quitó el casco y saludó a Amelia.
– Todo en orden y tranquilo en el recinto, señorita Brittain -dijo.
Retrocedió hacia el otro lado del porche mientras yo daba las buenas noches a Amelia.
– Ha sido un día tan maravilloso para mí, Tom -me susurró. Cuando se dio la vuelta para irse, vi bajo la luz que salía por la ventana que brillaban lágrimas en sus mejillas.