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Rico: El que guarda en depósito y con obligación a rendir cuentas las propiedades del indolente, el incompetente, el derrochador, el envidioso y el desafortunado.

– El Diccionario del Diablo-


Cuando llegué a Pine Street y comencé a subir los quejumbrosos escalones exteriores en la oscuridad, pude ver un objeto blanco en el escalón más alto, como una bolsa grande de ropa. Se alzó, creciendo en altura, y a medida que subía y me acercaba vi que se trataba de Amelia Brittain ataviada con un vestido blanco.

– ¿Qué haces aquí? -susurré.

– ¡Tenía que verte!

– ¿Dónde está tu vigilante?

– Tomé un coche de alquiler. ¡He estado esperándote horas\ Abrí la puerta y entré tras ella; me incliné para encender la lámpara. Amelia se sentó en la cama con las manos entrelazadas bajo la barbilla.

– ¡Hueles raro! -dijo ella.

Le dije que había estado en un fumadero de opio con Bierce.

– ¿Fumaste opio?

– No, no lo hice.

– Hay damas que lo hacen. Eleanor Bellingham le dijo a mamá que es maravillosamente relajante.

Me hizo sentir rígido y censurador.

– No deberías… -comencé.

– Oh, ¡no digas eso! ¡Voy a casarme!

Me quedé sin aliento. Cuando me senté junto a ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.

– Es un amigo de Papá. Es simpático. Él es…

– ¿Cómo se llama?

– Marshall Sloat. Es banquero.

No reconocí el nombre.

– ¡Va a ser muy pronto! -Me rodeó con los brazos-. ¡Es un matrimonio fabuloso! ¡Por favor, bésame, Tom!

La besé. Los besos se prolongaron.

– La boda será en Trinity, y la recepción en el Palacio. ¡Todo el mundo estará allí! -Amelia respiraba hondamente-. El gobernador Stanford estará allí. El señor Crocker estará allí, y el señor Fair. El senador Jennings estará allí.

Le dije que no pensaba que el senador Jennings fuera a estar allí, pero no me prestó atención. De alguna forma, se había quitado la blusa, y su combinación resbaló hasta su cintura. Besé sus pechos desnudos. Ella levantó los brazos por encima de la cabeza, balanceándolos allá arriba como cuellos de cisnes mientras gemía, cerraba los ojos y giraba el rostro a un lado y otro. Besé sus pechos y sentí cómo el fino vello perfumado de sus axilas me hacía cosquillas en la mejilla. Besé su barriga. Cuando intenté ir más allá ella susurró: «¡No, no, no, no, no, no!» en escala ascendente. Así que besé sus pechos mientras ella gemía y sollozaba y balanceaba los brazos por encima de nuestras cabezas, aún hablando:

– Quizás el general Sherman esté allí -jadeó-. Y los Mackay, y los Mills y el señor y la señora Reid, y la señorita Newlands, y los Blair y los Martin y los Toland. Los Thomson y los Blake y los Walker y la señorita Osgood y el señor Faber.

Estaba enumerando el Directorio de la Élite de San Francisco.

¿Dónde estaban ahora sus ironías?

La entrepierna me dolía como si me hubieran golpeado con una porra. Besé los pechos de Amelia mientras ella enumeraba los nombres de la élite de San Francisco que asistirían a su boda con el señor Sloat, el banquero. Sus pezones eran rosados como yemas de dedos. Se los besé mientras ella gemía. No quería tumbarse en la cama ni permitía ninguna otra atención. La besé hasta que me dolieron los labios.

Cuando la acompañé de regreso en un carruaje de alquiler ella lloraba. Esta vez subí los escalones del 913 de Taylor Street con un brazo dándole apoyo. Entró sin llamar y se marchó.


Cuando regresé a mi habitación, una nota había sido deslizada por debajo de la puerta:


Debido a que ha hecho caso omiso de la norma de no traer mujeres a su habitación, le conminamos que recoja sus cosas y vacíe el cuarto a más tardar el próximo lunes.

Sra. Adeline Barnacle


Por la mañana, los libros que le había prestado a Belinda estaban ordenadamente apilados en el cuarto escalón: Ivanhoe, El Molino del Flossy Grandes Esperanzas, junto a una nota con tres primorosas líneas escritas a pluma en una hoja arrancada de la libreta escolar y en las que daba por finalizado nuestro compromiso.


El jueves, en las oficinas del Hornet discutía con Bierce mi artículo sobre el muro de Crocker, intentando disimular que mi corazón no estaba roto en pedazos por la ira y la pena.

Cuando Charles Crocker era alabado por su generoso espíritu al servicio de la ciudadanía que había construido muchas obras de enorme y permanente valor para el Estado, Bierce decía:

– Su tendencia a realizar mejoras es simplemente un instinto natural heredado de su antepasado con espíritu al servicio de la ciudadanía, el hombre que cavó los agujeros de los postes en Mount Calvary.

También me mostró un recorte de periódico que había guardado, una denuncia contra Crocker de un abogado con quien el magnate del Ferrocarril había litigado:

«Mostraré al mundo cómo un inteligente mecenas de las artes y la literatura puede ser fabricado gracias a la riqueza amasada por un vendedor ambulante de alfileres y agujas. Visitaré Europa hasta que pueda ornamentar mi deficiente inglés con un toque de francés mal pronunciado. Llevaré un diamante tan grande como un faro de una de esas locomotoras; y mi tejido adiposo aumentará al mismo tiempo que mi arrogancia, y me contonearé por los pasillos del Palace Hotel como un monumento viviente, que respira y anadea, del triunfo de la vulgaridad, la crueldad y la deshonestidad».

– No puedes aspirar a igualar esos niveles de invectiva -dijo Bierce-. Deja los insultos a otros -dijo, y eso es lo que había intentado hacer:


Charles Crocker de los Cuatro Grandes fue el director de la construcción del Ferrocarril del Union Pacific. Obró maravillas con los miles de culis, «las mascotas de Crocker», que conformaban la mayor parte de sus cuadrillas de construcción, y que quedaron sin empleo cuando el Ferrocarril fue terminado.

Estando él mismo desocupado, viajó al extranjero para comprar mobiliario y objetos de arte para su mansión en Nob Hill, para la cual financió una línea de tranvías en California Street. El palacio Crocker costó alrededor de un millón y medio de dólares. El estilo arquitectónico es denominado «Renacimiento temprano». Su fachada de más de cincuenta metros es una obra maestra de marquetería, y su torre de veintitrés metros de alto ofrece una magnífica vista de la City.

Aunque podría haber extendido sus dominios hasta casi cualquieresquina del país que deseara, no pudo hacerse con la esquina nordeste de la manzana de Nob Hill que limita con Jones, California, Taylor y Sacramento Streets. Pudo comprar el resto de parcelas que conformaban la manzana de su mansión, pero un cabezota director de pompas fúnebres alemán, Nicholas Yung, no quería venderle su esquina.

Por ello, Crocker hizo construir en tres lados de la propiedad de Yung un muro de más de doce metros, bloqueándole la luz y las vistas y dejándole tan sólo una estrecha fachada que daba a Sacramento Street. Finalmente, Yung se trasladó a otra parte de la Ciudad, pero no le vendió la propiedad, de forma que Crocker dejó el muro en pie.

El muro disuasorio es ahora uno de los lugares de visita obligada de Nob Hill y se ha convertido en símbolo de la arrogancia de los ricos en general y de los millonarios del Ferrocarril en particular.

El Partido Obrero de Denis Kearney era considerado por los habitantes de Nob Hill un partido anarquista. Los irlandeses de Kearny frecuentemente se reunían junto al muro disuasorio o agraviante como blanco de sus ataques y de su ira contra los magnates del Ferrocarril, los cuales habían amasado una fabulosa riqueza y se habían deshecho de un ejército de chinos tras finalizar la construcción del ferrocarril, contribuyendo asía la depresión posterior y el desempleo generalizado. Se afirma que Crocker se había hecho construir la torre con ranuras en sus muros para derramar plomo fundido sobre las cabezas de los posibles comunistas que le asediaran, pero, aunque las concentraciones de obreros en paro comenzaban junto al muro de Crocker, los alborotadores se dispersaban colina abajo para saquear Chinatown. Las ranuras para plomo fundido aún no han sido utilizadas a día de hoy.


– Eso es adecuado -dijo Bierce-. Ahora repásalo de nuevo y elimina la mitad de los adverbios. -Tan sólo hay tres. -Quita dos, pues.

La señorita Penryn anunció la llegada del señor Beaumont McNair. Beau entró en la oficina, con su barba de pan de oro, su barbilla arrogante, sus ojos demasiado juntos, su chaqueta de perfecta confección y su manera afectada de andar, como si primero probase la estabilidad del suelo con la punta estirada de su reluciente bota antes de confiar todo su peso sobre él.

Se detuvo y observó el cráneo blanquecino del escritorio de Bierce. Bierce se levantó. Yo también.

– Buenos días, señor McNair.

– Buenos días, señor Bierce, Redmond -dijo Beau, con una inclinación de la cabeza hacia mí.

Acerqué una silla y tomó asiento con cierto estilo, el joven al que le producía placer dibujar coños en las barrigas desnudas de prostitutas y que, de hecho, estaba obsesionado con mujeres de dudosa reputación.

– Hubo un incidente ayer noche -dijo Beau, con la barbilla alta y los ojos fijos en Bierce-. Un intruso.

Bierce me dirigió una rápida mirada, pero se limitó a asentir a Beau.

– Alguien forzó la entrada -dijo Beau-. Marvins lo persiguió pero lo perdió finalmente. Había una ventana abierta.

– El fantasma -dijo Bierce.

Beau pareció sobresaltarse.

– El señor Buckle nos dijo que había un fantasma permanente.

– Bueno, sí -dijo Beau.

– ¿Y esto ocurrió cuando yo estaba conversando con su madre? -preguntó Bierce-. Si es así, el señor Redmond vio al fantasma abandonar la casa. Pensó que se trataba de usted.

Beau nos miró confundido e irritado.

– ¿Ha sido informada la policía?

Beau se sacó un pañuelo de lino del bolsillo y se enjugó la frente.

– Mi madre pensó que usted debía ser informado antes.

Bierce se recostó hacia atrás en su silla con los dedos entrelazados sobre el chaleco.

– Alguien le odia, señor McNair.

– Eso creo. Y creo que usted y mi madre llegaron a algún tipo de entendimiento de pareceres ayer noche. Ella está dispuesta a aceptar sus condiciones, señor Bierce. He venido a pedirle que nos visite esta noche y nos presente sus sugerencias sobre estas cuestiones. Ella cree que necesitará que también haya otras personas presentes.

– Le entregaré una lista. Tom, haga el favor de escribir estos nombres para el señor McNair.

No es que me agradase aceptar órdenes en presencia de Beau, pero saqué una libreta y un lápiz. Bierce dictó. Yo escribí. No era el Directorio de la Élite de San Francisco, pero no distaba mucho de serlo.

Con la lista en la mano, Beau McNair permaneció de pie y con el ceño fruncido.

– Debo hablar con Redmond -dijo.

– Iré a llevar estos documentos a la mecanógrafa -dijo Bierce abanicando un fajo de papeles. Nos dejó allí a solas.

– Me gustaría preguntarle cuáles son sus intenciones hacia la señorita Brittain -dijo Beau.

Aún estaba dolido por la frustración sufrida la noche anterior.

– Mis intenciones son ninguna intención -dije.

– Demasiado fácil -dijo Beau-. Repito, ¡exijo saber cuáles son sus intenciones!

– Le estoy diciendo que no tengo ninguna intención. La señorita Brittain va a casarse con un hombre llamado Marshall Sloat.

– A su madre le preocupa que usted haya tomado afecto a la señorita Brittain. No desea tener complicaciones.

Su abrigo le sentaba tan bien que me estaba empezando a cabrear. Dije que no pensaba que eso fuera de su incumbencia.

– Hablo en nombre de la señora Brittain, y se lo diré con franqueza. La señorita Brittain es de una clase social a la cual usted no puede aspirar a llegar.

Resoplé para mantener la calma.

– Me gustaría que viniera alguna vez al Club de la Verdadera Democracia Azul y expusiera sus opiniones al respecto -dije.

La expresión de su rostro era estricta y autoritaria. Me miró como si yo me estuviera haciendo el estúpido a propósito. Cómo lo detestaba, el medio hermano de Amelia.

– Nosotros llamamos a los que viven en Nob Hill «aristócratas instantáneos» -dije-. ¿Es eso lo que quiere decir? Por ejemplo, su padre putativo fue a Washoe y encontró una bonanza, mientras que el mío no encontró nada más que borrascas. ¿Es ésa la diferencia?

El mío, de hecho, había sido estafado por el suyo.

– Los aristócratas acuden a las prostitutas y dibujan sobre sus barrigas. ¿Es ésa la diferencia? -dije, e inmediatamente deseé no haberlo dicho.

Su rostro se enrojeció peligrosamente.

– ¡Cómo se atreve!

– No le conviene intentar ese tipo de trucos por aquí -dije-. Las prostitutas de San Francisco son duras de pelar.

Me miró con la boca abierta.

¡Maldito sea!

– No, ¡maldito sea usted!-dije-. Por ser un capullo presuntuoso y malcriado.

Era consciente de que estaba llevando el asunto a unos extremos de los que no iba a poder escapar, lo cual me agradaba.

Me miró con desprecio, levantando la nariz.

– ¡Demando una satisfacción!

Me reí de él.

– ¿A seis metros de las alcantarillas?

– ¡Maldito cazafortunas!

– A puñetazo limpio en el sótano -dije.

Lo guié escaleras abajo hacia el sótano y cruzamos la puerta de la bodega en la habitación contigua, donde había un trastero iluminado por polvorientas ventanas de triforio que daban a California Street.

Beau se despojó de la hermosa chaqueta. Había recibido algunas clases de boxeo. Bailaba a mi alrededor, fintando izquierdazos y derechazos mientras yo me quitaba el abrigo. Me sentía pesado, torpe y embriagado.

Bailó hacia mí. Lo derrumbé de un puñetazo. Cómo calma las furias internas golpear a alguien en la mandíbula, pero las demandas y responsabilidades de la familia Brittain no eran culpa de Beau.

Se puso de pie de un salto. La segunda vez que lo noqueé logró alcanzarme en la nariz con un puñetazo, y entonces sentí que empezaba a sangrar.

Tirado en el suelo, me miró mientras yo me limpiaba la sangre de la nariz con un pañuelo. Entonces se declaró satisfecho.

Se puso en pie masajeándose la mandíbula y moviendo los hombros de una forma que me irritó.

– ¿Sabe qué dijo la prostituta de Morton Street que identificó su fotografía? -dije.

– ¿Qué dijo?

– Dijo que había un cliente de Esther Mooney que no tenía minga. Solía usar una especie de dildo de cuero. Podría haber sido el que asesinó a Esther. No será por una casualidad usted, ¿verdad?

– ¡Por supuesto que no! Lapolicía…

– ¿Le pidieron que les enseñara la minga?

– ¡No sé a dónde quiere llegar, Redmond!

Mirándome enfurecido, permaneció erguido con los codos doblados hacia atrás y la barbilla apuntando hacia delante, como si fuera a atacarme otra vez o salir corriendo. De repente, tiró de su bragueta y se exhibió para que lo inspeccionara.

– ¿Y qué hay de las pelotas? -dije.

Me insultó de una forma muy poco aristocrática.

– Escuche -dije, sosteniendo el pañuelo sobre la nariz-. Me disculpo por mi comportamiento infantil. ¿Es que no sabe que estamos intentando salvarle el pellejo?

– Sí, claro que lo sé, Redmond.

Al final nos dimos la mano.


– Aquí hay otro comunicado de nuestro corresponsal en Comstock -dijo Bierce, pasándome una nota escrita a mano cuando regresé a la oficina tras detener la hemorragia.


Estimado Sr. Bierce,Si está preocupado por saber quién dejó encinta a Highgrade Carrie, no se preocupe más. Todo el mundo sabe que Dolph Jackson fue su novio.

Un Ex Picas


– No ha tenido ocasión de incluir un «dejevu» en esta carta -dije.

– ¡Es la conexión entre los asesinos! -dijo Bierce-. ¡El Ex Picas es mi benefactor!

Que a su vez era el Don.

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