Soga: Adminículo obsoleto usado para recordar a los asesinos que también ellos son mortales.
– El Diccionario del Diablo-
El lunes volví a marcharme del número 913 de Taylor Street sin ser recibido, tras quedarme de pie en el porche frente a la puerta cerrada sintiéndome desairado y estúpido. En esta ocasión escribí una nota a Amelia contándole que me habían dicho dos veces que no estaba en casa y le informé además del día y la hora. Le dije también que necesitaba saber sobre su «sombra».
El martes se cumplió una semana sin ningún otro asesinato de la baraja, cuya continuación se insinuaba tan lúgubremente por la progresión del palo de picas. Era como si el falsificado asesinato de la señora Hamon hubiera tenido como efecto secundario detener el conflicto principal.
Bierce y yo nos reunimos con el sargento Nix en el salón de Kearny Street, cerca de la central de policía en el Old City Hall. Envuelto en un agradable hedor a cerveza, el local tenía fresqueras de comida sobre la barra, sillas con patas de hierro que chirriaban contra las baldosas del suelo, y el ubicuo anuncio en la fachada informando de la existencia de Bonitas camareras, aunque no había ni rastro de ellas a esa hora del día.
– Jennings estuvo en Sacramento el miércoles… ése es el día en que la casa fue incendiada -dijo Nix, apoyándose sobre la mesa-. Pero seguro que estuvo en la ciudad la noche del asesinato. Él y su esposa viven en Jones Street. Pertenece al Pacific Club. Un senador del estado es un pez demasiado grande para que el capitán Pusey pueda pescarlo con su anzuelo.
Bierce estaba sentado, con los dedos entrelazados y observaba a Nix mirándole desde abajo.
– Pero el capitán Pusey debe de tener algo con lo que avanzar.
– Quizás -dijo Nix-. Simplemente no pone sus cartas sobre la mesa.
– Información específica -dijo Bierce-. Todo lo que tengo hasta el momento no son más que deducciones y presentimientos, y una convicción personal.
Con esto no avanzábamos mucho para dar con la identidad del Destripador. Me irritaba la obsesión de Bierce con Jennings y el Ferrocarril.
– Un abogado en Tulare reunió pruebas a favor de la causa de los granjeros de Mussel Slough -dijo Nix-. Jennings las rechazó todas durante el juicio, y algo hizo callar al letrado. Lo hicieron huir del distrito.
– Creo que el hombre que Tom vio en Santa Cruz era Klosters -dijo Bierce-. Quizás lo que el capitán tiene es al redactor del Virginia Sentinel, ofreciéndole doscientos dólares por el daguerrotipo de los Picas del que informó a Tom -dijo Bierce-. Tom está escribiendo un artículo recordando el caso de Mussel Slough -añadió-. Habrá una respuesta.
– ¿Del Ferrocarril, quieres decir? -preguntó el sargento Nix-. Si es que realmente les preocupa.
– Sí -dijo Bierce amargamente-. Hasta el momento están tan intactos como la manzana prohibida antes del destierro del Edén.
Bierce escribió en su columna del Tattle, respondiendo a la carta de un lector:
Para P. D. - Al asumir que hemos abandonado «la lucha contra los del ferrocarril» está cometiendo un error. En el curso natural de los comentarios -verbales y gráficos- sobre cuestiones públicas, hemos encontrado con frecuencia la ocasión para censurar los métodos piráticos de los Ferrocacos, y ante situaciones similares lo volveremos a hacer, como podrá comprobar en breve.
Por ejemplo, nuestro señor Huntington ha afirmado que si las ganancias del Ferrocarril continúan cayendo deberá recurrir a un recorte de salarios. El es uno de los principales empresarios del estado y del que depende un mayor número de empleos, y parece ser que si no permitimos que el señor Huntington gane dos millones al año a partir de una inversión original similar a lo que cuesta un botón de liguero y un sello de correos, ningún mecánico ganará más de un dólar al día si él puede evitarlo.
El señor Huntington dice de sí mismo que es contrario a la política. Desde la pureza de sus motivaciones, en contraste con las de Leland Stanford, transformará las oficinas de la Cuarta con Townsend en una escuela dominical y nombrará al leal Aaron Jennings capellán de ambas sucursales de la Legislatura del Estado. Si hemos entendido correctamente, el señor Huntington, cuyo lema es «todos los hombres tienen un precio», promete renunciar a la pecaminosa práctica de pagar dinero a los legisladores, y sustituirla por el santo hábito de hacer una recolecta, para lo cual le recomendamos que pida consejo al reverendo Stottlemyer de la Iglesia de Washington Street.
En breve contaremos más cosas sobre el senador del Ferrocarril del Pacífico Sur. Hay un incendio premeditado en Santa Cruz, el cual destruyó ciertos papeles del juez del Tribunal de Circuito, Hiram Hamon, documentos relacionados con la corrupción en la judicatura en general y la compra del juez Jennings en particular, y con el asesinato en Morton Street de la viuda del juez Hamon. Este asesinato, como ya comentamos anteriormente, fue torpemente organizado para que pareciese el tercero de los asesinatos de la baraja.
La columna incluía también a algunos de sus habituales enemigos: a los perros los describía como «babeantes, malolientes, sonrientes y ultrajantes»; a la Compañía de Agua de Spring Valley, como «aspersores de Infamia / manantiales de delitos»; y la política seguida con las Islas Hawaianas era tildada de «descarado robo de tierras por misioneros parlanchines y terratenientes azucareros».
Me llenó de orgullo que Bierce publicara mi artículo sobre Mussel Slough en la página opuesta a su columna del Tattle:
Durante los años setenta, el Ferrocarril ofertaba a los granjeros en el Este y el Medio Oeste que compraran y se asentaran en tierras cedidas por el Ferrocarril en San Joaquín Valley. Miles de granjeros acudieron creyendo en la promesa del Ferrocarril de venderles su tierra a un precio entre dos dólares y medio y cinco dólares por acre.
El Ferrocarril construyó las ciudades de Goshen, Tulare, Tipton y Hanford en la Cuenca del Tulare, la cual terminaría siendo conocida como el Valle del Hambre por las duras condiciones de los granjeros por sobrevivir allí.
En 1877, cuando la zona prosperó, el Ferrocarril incumplió su promesa. En lugar de ser traspasadas a los colonos al precio convenido, las tierras ya ocupadas fueron vendidas al mejor postor a precios que oscilaban entre los veinticinco y los cuarenta dólares por acre.
Los granjeros los demandaron pero perdieron varios juicios ante el Tribunal de Circuito de San Francisco, presidido por el juez (ahora senador) Aaron Jennings.
El Ferrocarril comenzó a embargar a los granjeros que no pagaban el precio incrementado, y envió a Hanford a dos hombres armados, a los que ofreció regalarles las granjas que lograsen arrebatar a los colonos. Estos hombres, llamados Hartt y Crow, en su capacidad de pistoleros, llegaron en una calesa cargada de armas. Fueron recibidos poruna docena de granjeros liderados por James Harris e intentaron desarmar a los extraños. Crow vació su rifle en la cara de Harris y disparó a otros seis granjeros. Hartt fue asesinado en el primer intercambio y Crow escapó en un principio, pero fue alcanzado mientras apuntaba a otro granjero.
El telégrafo del Ferrocarril era el único medio de propagar las noticias sobre el tiroteo, y el Ferrocarril cerró la comunicación tras el anuncio de una «insurrección armada». De esa manera, el público ignoraba por completo el punto de vista de los granjeros. Los granjeros sitiados fueron arrestados por los ayudantes del sheriff, comandados por un empleado del Ferrocarril llamado Elza Klosters, y fueron conducidos al Tribunal de Circuito de San Francisco para ser juzgados por el juez Jennings. Las pruebas favorables a su causa fueron desestimadas por el tribunal. Se les declaró culpables del cargo de resistencia a la autoridad de los funcionarios de la ley mientras éstos cumplían con su deber y se les sentenció a diversas penas de cárcel.
La información que apoyaba la causa de los colonos ha ido filtrándose al público durante los últimos años, y los hechos de la Tragedia de Mussel Slough y el juicio de los granjeros podrían haber propiciado el asesinato la pasada semana de la viuda del juez Hamon, así como el incendio premeditado que convirtió en cenizas su casa de Santa Cruz, incluyendo los documentos de su marido.
En esta ocasión, Bierce tan sólo me advirtió que tuviera cuidado con la selección de las palabras, en concreto al referirme a la «capacidad» de Hartt y Crow como pistoleros.
– Capacidad es receptivo -dijo-. La habilidad es potencial. Una esponja tiene capacidad de contener agua; una mano la habilidad de exprimirla.
Mi siguiente encargo fue recopilar material para escribir un artículo sobre el senador Jennings.
Sentada en el saloncito de la casa de la señora Johnson, Annie Dunker cruzó las manos con la punta de los dedos debajo de su barbilla y se meció.
– Es un joven muy agradable, Tommy -dijo-. La lleva a la ópera y le regala cosas. ¡Le envía flores! Las otras chicas están celosas porque trata a Rachel de forma tan especial.
– Me preguntaba si la golpea o le hace daño, o algo similar… cuando está con ella.
– Mi prima no ha oído nada de eso, Tommy.
Tuve el repentino presentimiento de que estaba planteando mal la línea de investigación.
– ¡Lo que resulta extraño es que él aún no la haya hecho mudarse a su propio nidito! -dijo Annie-, como hacen los hombres ricos en algunas ocasiones. Algunos incluso se casan con las chicas. ¿Y no está McNair podrido de dinero? Parece como si él la quisiera tener en la casa de citas. Ésa es la única cosa extraña. Mi prima dice que habla muy educadamente.
– No es de extrañar… -gesticulé señalándome la entrepierna.
– ¡Oh, no, él no!
– ¿Y averiguaste si alguna de las chicas conocía a alguien con el problema del que te hablé?
– Se lo mencioné a un par de chicas, pero ninguna había oído nada parecido.
Y eso es todo lo que pude sacar a Annie Dunker sobre Beau McNair, o el señor sin minga.
Descubrí además que estaba orgullosa de ser una chica de alterne. Dijo que era mucho mejor prostituirse que terminar ciega cosiendo en un taller, o pasar veinte horas al día de pinche de cocina o sirvienta, teniendo que soportar que el amo y sus hijos le metieran mano por los pasillos.
Aunque eso era seguramente mejor que el hecho de que fuera el Destripador el que le metiera mano.
Mammy Pleasant vivía en la mansión de Octavia Street, propiedad del financiero Thomas Bell, al cual le había conseguido una esposa de entre la recua de jóvenes bellezas de su establo. Mammy Pleasant se refería a sí misma como el ama de llaves, pero su estatus en la mansión no parecía corresponder con ese título. Se rumoreaba que había reunido tanta información sobre los desmanes de juventud de Bell en Escocia, y de sus años posteriores en San Francisco, que el financiero nunca podría librarse de ella.
Un mayordomo de color nos abrió la puerta a Bierce y a mí y se llevó la tarjeta de Bierce. Regresó para conducirnos a un salón tan encortinado y oscuro que tuvimos que palpar para encontrar unas sillas en las que sentarnos. Mammy Pleasant se nos manifestó como una oscuridad sin rostro, enmarcada por un gorro blanco de encaje y un cuello alzado blanco que brillaban en la penumbra como si fueran fosforescentes.
A medida que mis ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad pude ver su silueta sentada en una silla de respaldo recto, con las manos cruzadas sobre su regazo y a la espera de que Bierce o yo habláramos.
– Señora, estamos interesados en una vieja historia que podría ser determinante en los actuales sucesos, y tengo entendido que usted podría sernos de mucha ayuda -dijo Bierce con ese grado de frialdad que podía hacer que una persona sintiera sus vergüenzas expuestas.
– ¿Y cómo podría ayudarles? -dijo Mammy Pleasant con una voz tan ronca que me entraron ganas a mí mismo de aclararme la garganta.
– Cuando Caroline LaPlante se casó con Nathaniel McNair, ¿estaba ya embarazada del niño que bautizó con el nombre de Beau McNair?
– ¿Y cómo podría saber yo eso? -dijo Mammy Pleasant.
– Tengo razones para creer que usted fue la matrona en el parto.
– Si fui contratada profesionalmente por la señora McNair, no podría revelar dicha información sin su consentimiento.
Vocalizaba muy claramente y sin acento alguno, con una pequeña pausa entre cada palabra, como si las analizara detenidamente antes de pronunciarlas.
– Dicha información podría ser de gran ayuda para el joven McNair, su hijo, el cual se encuentra actualmente metido en problemas.
– Señor Bierce, he sido contratada por muchas familias acomodadas en San Francisco y les debo respeto y discreción -esta mujer no se dejaba intimidar ni lo más mínimo por Bierce, y continuó-: Incluso si tuviera la información que me pide, no podría dársela sin el permiso de Lady Caroline Stearns.
Bierce la observó atentamente.
– Señora Pleasant, ya sabe quién soy. Este joven, el señor Redmond, es un periodista del Hornet. En ocasiones escribe artículos sobre la historia reciente de este lugar, y se publican junto a mi columna. Quizás haya leído el más reciente. Trata sobre la Tragedia de Mussel Slough y sobre ciertas acciones y decisiones corruptas por parte del Ferrocarril. El señor Redmond me pidió estar presente hoy aquí porque está también muy interesado en su carrera entre las familias acomodadas, los distintos servicios que les prestaba y algunos misterios que rodean dichos servicios.
– Lo que nos interesa en particular es el delito de compraventa de niños, del cual ha sido acusada. La adquisición de hijos queridos y la eliminación de los no queridos.
Mammy Pleasant no movió ni un solo músculo. Sus pendientes de oro reflejaban diminutos fragmentos de luz en la oscura estancia con olor a cerrado.
Bierce continuó.
– En cuanto al estado de la señora McNair cuando se casó con el señor McNair (o deberíamos decir su situación marital cuando dio a luz a Beaumont McNair), esas fechas están disponibles en el Registro del Ayuntamiento.
Tras una pausa en silencio, Mammy Pleasant dijo:
– La señora McNair estaba embarazada cuando se casó con el señor McNair.
– ¿De cuántos meses estaba?
– Unos cinco meses.
– ¿Quién era el padre? -preguntó Bierce.
Sus aretes se agitaron al negar con la cabeza.
– Tenía la impresión que ése era el tipo de información por el que usted se interesa -dijo Bierce, inclinándose hacia ella.
– No puedo ayudarles en nada más -dijo ella, levantándose. Salió del salón barriendo el suelo con su falda. A continuación le oímos decir al mayordomo:
– Por favor, acompañe a estos caballeros a la puerta.
Me admiró la forma en que nos despidió.
Cuando subía a la calesa siguiendo a Bierce, dije:
– Algo le has sacado. No creí que lo lograses.
– Ella no sabe qué información poseen en el registro del Ayuntamiento, pero yo sí.
– ¿Y qué encontraste?
– No mucho -dijo él, riendo socarronamente-. Beau nació el mes de marzo de 1863. El señor y la señora McNair se casaron en diciembre de 1862.
No pude imaginar qué utilidad podría tener esa información.
– ¿Y quién fue el padre? -le pregunté.
– Ah -dijo Bierce-. El placer de ese descubrimiento aún está por llegar.