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Trabajo: Uno de los procesos mediante el cual A adquiere bienes para B.

– El Diccionario del Diablo-


Estaba sentado en la cama con el camisón cuando oí que llamaban a la puerta, y mientras me acercaba para abrir volví a oír que llamaban una segunda vez más imperiosamente. Cuando abrí, un hombre entró en el cuarto empujándome y jadeando como si acabara de subir las escaleras corriendo. Era el caballero que el vigilante había llamado «Mayor» en la Consolidated-Ohio. Mayor Copley.

Se volvió para mirarme, y en esta ocasión me habló dirigiéndose a mí. Me sentía en desventaja con mis zapatillas y camisón. La llama de la lámpara de gas siseó.

Le pregunté qué deseaba.

– ¡Usted es un soplón periodista, señor!

Al registrarme en el hotel había dado el nombre del Hornet como empresa para la que trabajaba.

– ¡Merodeando por todos lados, hurgando y fisgoneando!

– A eso me dedico, sí -dije.

Cruzó los brazos. Llevaba una camisa de franela azul abrochada hasta el cuello bajo una chaqueta negra. Era un hombre de ancho pecho y poderoso físico, de más de un metro ochenta de estatura, con botas negras.

– ¡Conozco a los de su calaña! Siempre olfateando y hurgando entre vómitos gatunos. ¡Espiando para el Inglés!

¿Inglés?

Le dije que simplemente estaba interesado en la mina de Jota de Picas.

Rechinó los dientes mirándome.

– Este yacimiento fue emponzoñado por espías y mentiras y tejemanejes. Espías y soplones. ¡Estoy harto de todo ello!

– Yo no tengo intención de espiarle, Mayor.

En ese momento sacó del bolsillo de su abrigo una pistola de cañón corto chapada en níquel y me apuntó con ella a la frente, guiñando un ojo a través del cañón.

– ¿Y qué piensa de esto, señor Soplón Periodista?

Es curioso cómo uno se siente con ventaja cuando es el otro quien saca el arma.

– No gran cosa -dije yo.

Sostuvo la pequeña pistola apuntándome a la frente, agitándola y mostrándome sus dientes inferiores.

– ¡Hay pozos mineros abandonados bajo nuestros pies, señor! -dijo-. ¡Hombres muertos los habitan!

Se guardó la pistola y salió disparado de la habitación.

Y entonces desapareció cerrando la puerta de un portazo.


Por la noche se levantó el viento. Las cortinas se abombaban hacia el interior de la habitación como fantasmas colgando del marco de la ventana. Oí un golpeteo de bidones metálicos chocando entre sí y tamborileo de cristales de ventanas. Había estado escribiendo algunas notas para Bierce. Uno de los Picas, Albert Gorton, había sido asesinado «a porrazos», como había informado el remitente de la carta; otro era llamado Macomber, y aún había otro más sin identificar. Uno de ellos debía de haber escrito la carta para Bierce. Los administradores de Lady Caroline habían vendido sus participaciones de la Consolidated-Ohio un año o dieciocho meses antes. Devers la había llamado afectuosamente, o quizás con algo más que afecto… el Ángel de los Mineros. Sin embargo, ese afecto no parecía incluir a Nat McNair.

El Mayor temía que yo pudiera estar espiándole. ¿Espiando qué? ¿Y qué tenía que ver el «Inglés» con todo esto?

¿Y qué tenía que ver todo esto con los asesinatos de dos prostitutas de Morton Street y de la viuda del juez en San Francisco?


Mi camarero durante el desayuno era el enano, Jimmy Fairleigh. El viento soplaba por las calles con fuertes ráfagas de polvo que golpeaban las ventanas del hotel como si fuera granizo. Algunos hombres entraban maldiciendo y sacudiéndose los sombreros contra los pantalones. Imaginé que Devers no llegaría muy pronto a su oficina, así que me tomé mi tiempo para desayunar. Jimmy Fairleigh recogió la mesa y me trajo más café. Su enorme y pesada cara era desproporcionada con relación a su cuerpo, y ahora pude ver que parecía más viejo que joven. Se refirió al viento que azotaba como el «Zafiro de Washoe».

Antes de que se marchara le dije:

– No creo que el señor Devers llegue pronto a su oficina esta mañana.

– Seguro que ya está allí -dijo él-. Siempre llega pronto, con lluvia o con sol. En B Street.

– Estoy interesado en hablar con cualquiera que conociese a Caroline LaPlante -dije.

Recogió los platos y los apiló sobre su brazo como si no me hubiera oído.


El Zafiro barría B Street. Algunos papeles revoloteaban en el aire como si fueran gaviotas, y una lata vacía de fruta en almíbar rodaba y repiqueteaba contra el suelo. Un perro marrón luchaba contra el viento, avanzando en diagonal. Me levanté el cuello del abrigo y me sujeté el sombrero con una mano. El viento resultaba un argumentó más convincente para abandonar Virginia City que las amenazas del Mayor Copley.

Se podía ver a Devers a través de una ventana con un letrero de Virginia Centinel pintado sobre ella. Llevaba una visera verde y estaba sentado frente a un escritorio de tapa abatible con una mejilla apoyada en una mano. Levantó la vista sin mucho entusiasmo cuando entré y cerré la puerta empujándola contra el viento.

– ¿Sopla así el viento con mucha frecuencia?

– Soplará así durante un tiempo -dijo asintiendo-. Luego aumentará y soplará incluso más fuerte durante un rato.

Señaló una silla. Tenía un aspecto aún más enfermizo que el que percibí la noche anterior en la penumbra del salón.

Le conté la visita que había recibido del Mayor Copley durante la noche.

– ¡Ah!

– Se puso a despotricar sobre espías y soplones.

Devers mantuvo los ojos clavados en uno de los casilleros de su escritorio.

– Se pusieron bastante nerviosos al sospechar que estaban siendo espiados allí en la Con-Ohio.

– ¿Qué ocurrió?

– Hubo cierto revuelo sobre que habían sido espiados, pero no se hizo público.

– ¿Y qué significa «Inglés»?

– Bueno, se refiere al juego de manos inglés.

– ¿Qué es eso?

– El método con el que se operaba era el siguiente; cuando el rendimiento de la mina se quedaba estancado en valores bajos, se anunciaba que una perforación había dado con una veta de mineral. Lo hacían parecer una bonanza. Entonces se producía un incremento del valor y la vendían a mejor precio. Pero cuando se procedía con los túneles para la extracción no había nada en realidad. Habían añadido fraudulentamente mineral para simular un repunte de la riqueza del mineral. El Mayor Copley recibió muchas críticas, pero fue engañado como todos los demás, por lo que he podido averiguar.

– ¿Por qué Inglés? -pregunté-. ¿Por Lady Caroline?

– No, no, no; Carrie nunca se hubiera metido en ese tipo de chanchullos. El tipo que lo inventó era un inglés. O quizás se apellidase Inglés. El método que urdió para McNair le posibilitaba además lanzar otro tipo de anzuelo. Hacían correr el rumor de que se había descubierto gran cantidad de mineral; a continuación, cuando no salía nada, se hacía creer que la mina había sido manipulada añadiéndole mineral para simular el descubrimiento, pero realmente sí que había una veta de mineral. De manera que finalmente compraban las acciones de la mina a un precio muy bajo.

Resultaba difícil seguir las circunvoluciones del Juego de Mano Inglés.

– Me dijo ayer que tenía un daguerrotipo de los Picas que podía darme.

Alzó la cabeza como si le pesara mucho.

– ¿Los Picas?

Le refresqué la memoria.

– Oh, nunca se me ocurriría guardarlo aquí -dijoél-. Todos los archivos están en Carson, no los tengo aquí.

– Pero usted me prometió ese daguerrotipo -insistí.

– Tendrá que volver. Tengo que ir a Carson dentro de una semana más o menos, lo buscaré allí. Usted tendrá que regresar entonces.

– Le pagaré cincuenta dólares por él -dije, con la esperanza de poder convencer a Bierce y al señor Macgowan de que el daguerrotipo valía esa cantidad-. Envíeme ese daguerrotipo y yo le enviaré los cincuenta dólares.

– ¡Trato hecho!

– En ese daguerrotipo están las personas en las que estoy interesado. McNair, Caroline LaPlante, un hombre llamado Gorton y otro llamado Macomber, y un tercer hombre. ¿Quién era ese tercer hombre?

Negó con la cabeza. Una ráfaga de viento y polvo salpicó la ventana.

– Tampoco recuerdo exactamente a nadie llamado Macomber.

– Y ese sicario de McNair llamado Klosters. ¿Podría haber sido él quien asesinó a Gorton en San Francisco?

– Eso no ha salido de mi boca.

– Lo aporreó hasta matarlo, ¿por qué? ¿Algo que ver con la Jota de Picas? ¿Suponía un obstáculo para McNair?

– Yo no sé nada de eso -dijo Devers. Se volvió mirándome directamente a los ojos por primera vez-. Escuche, joven, como siga haciendo ese tipo de preguntas por estos lares, va a terminar recibiendo ciertas reacciones que no le van a gustar.

Me levanté de la silla, lancé mi tarjeta de visita sobre el escritorio y dije:

– No obstante, sigo estando interesado en ese daguerrotipo.

– Y lo tendrá -dijo Devers-. Salga de aquí ahora y váyase volando.

Salí de la oficina y me dejé llevar por una ráfaga de viento con arenilla.


De regreso al hotel me encontré con Jimmy Fairleigh en el vestíbulo. Llevaba puesto un largo delantal de tela vaquera y limpiaba las baldosas del suelo con una fregona de gamuza mojada que frotaba de un extremo al otro de la estancia. Apoyó la fregona en el cubo y me hizo una señal para que le siguiera al comedor vacío.

– Yo trabajaba en el Descanso del Minero -dijo.

– Le pagaré por la información.

Me señaló la mesa donde había estado desayunando y me senté. Él se quedó de pie frente a mí, con sus cortos brazos cruzados sobre el pecho y su feo rostro retorcido por la ansiedad.

– Solía hacer algunos trabajos para Carrie cuando era niño, recados y cosas así. Es una mujer muy buena. Le aseguro que jamás he admirado tanto a una mujer.

Me miró con una expresión que no llegué a comprender, quizás de desafío.

Le dije que era amigo de su hijo y que estaba investigando algunos asuntos que le preocupaban y que ocurrieron cuando su madre vivía en Virginia City.

– Tras el asesinato de Julia Bulette ya no parecía seguro para ella seguir aquí. Pensaba que podría sucederle lo mismo a ella.

– ¿Quién era Julia Bulette?

– Una prostituta. Algunas veces trabajaba en el local de Carrie. Un cabrón francés la mató. ¡Y lo colgaron por ello!

– ¿Y cómo fue asesinada?

– La apalearon, la estrangularon y le dispararon. Un crimen pasional, dijeron. La encontraron muerta. Carrie se asustó mucho y ya nada la retuvo aquí. Dijo que se casaría con uno de sus muchos pretendientes y que abandonaría la ciudad y su negocio.

– ¿Y quiénes eran esos pretendientes?

– ¡Tipos elegantes! Sharon estaba casado, pero le había estado costeando un elegante nidito. También Nat McNair, con el que finalmente se casó. Hubo otros, cualquier Jim, George y Will que pasara por la ciudad.

Le pregunté si había oído hablar de Los Picas.

– Tenían que ver con la Mina Jota de Picas -dije.

– Oh, sí -dijo distraídamente-, Dolph Jackson y los otros. McNair.

– ¿Tenía Carrie algún amigo especial?

– Tenía a sus favoritos. Dolph; ése era un tipo divertido que la hacía reír, y la sacaba a pasear en su calesa. A ella le gustaba eso. Y el inglés. ¡Un tipo muy elegante! Y luego estaba el pianista en el Descanso del Minero, pero he olvidado su nombre -se pasó la mano por la nuca como si quisiera avivar su memoria-. Era una mujer que cualquier hombre hubiera querido encerrar en su casa sólo para él.

Me dio la impresión que también él la había amado, aunque dijo que era sólo un niño.

– ¿Y Macomber?

– Claro, Eddie Macomber.

– ¿Al Gorton?

Asintió con su enorme cabezota.

– Un tipo calvo y tuerto.

– ¿Y un hombre llamado Elza Klosters?

Tras reflexionar unos instantes negó con la cabeza.

– No, nada que ver con Carrie.

Respiré hondamente y pregunté.

– ¿Cletus Redmond?

– No conozco a nadie con ese nombre. ¿Qué es lo que quiere saber exactamente, señor?

– Así pues, Carrie se asustó cuando una de sus chicas fue asesinada y decidió que debía abandonar la ciudad y cazar un buen partido con el que casarse.

– ¡Ella estaba en estado! -dijo de sopetón.

– ¿Ah, sí?

Se pasó la lengua por los labios.

– Enséñeme algo de guita, señor, o no contaré nada más.

Le di tres dólares, que era todo lo que podía permitirme. Se embutió los billetes en el bolsillo del delantal. Sí, Carrie estaba embarazada. No se supo quién era el padre. Pudo ser cualquiera de ellos. Y no pude sacar más información de Jimmy Fairleigh, quizás porque ya no sabía nada más, o quizás porque ya me había contado más de lo que había querido contar, o quizás porque mis tres dólares no eran suficientes para él, o porque su lealtad para con Caroline LaPlante le impedía seguir hablando de sus relaciones con otros hombres.

– Si ve a Carrie dígale que Jimmy Fairleigh siempre la recordará dijo.


En el hotel de Reno en el que pasé la noche me desperté en mitad del sueño con nombres revoloteándome en la cabeza. Inglés. El inglés. Gran Bretaña. James M. Brittain, el padre de Amelia, había sido ingeniero de minas en Comstock. Cualquier Jim, George y Will que pasara por la ciudad. Ya no pude seguir durmiendo, dándole vueltas a la posibilidad de ocultarle a Bierce esa conexión por el afecto que sentía hacia la señorita Amelia Brittain.

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