Epílogo

Futuro: Periodo de tiempo en el que nuestros asuntos prosperan, nuestrosamigos son sinceros y nuestra felicidad estáasegurada.

– El Diccionario del Diablo-


El senador Jennings fue condenado por el asesinato de la señora Hamon, pero apeló la sentencia. Estaba muriéndose de cáncer de estómago y durante el segundo juicio entró en la sala en una silla de ruedas. No recibió mucha compasión de la concurrencia. Fue representado por Bosworth Curtis.

Los asesinatos del destripador de Morton Street pasaron a engrosar la lista de los casos no resueltos de San Francisco. La teoría de que el destripador huyó a Londres, donde volvió a resurgir como Jack el Destripador, fue ganando considerable aceptación.

Lady Caroline Stearns y su hijo también regresaron a Londres. Su hija se casó con el duque de Beltravers en Beltravers a finales de agosto. La boda fue todo un acontecimiento, y los escalofriantes gastos fueron publicados en el London Times.

Amelia Brittain y Marshall Sloat se casaron en septiembre, en la Trinity Episcopalian. Me alquilé unos trapos elegantes para asistir. Puede que no fuera un evento tan impresionante como el de la boda de Beltravers, pero aun así resultaba demasiado suntuoso para mí. Una concurrencia sumamente elegante en vehículos y caballos sumamente elegantes abarrotaban Post y Powell, y decenas de sirvientes uniformados y lacayos esperaban en los alrededores durante la ceremonia. Nunca antes había estado en una iglesia episcopaliana. Era una pálida copia de la católica romana. Amelia y su banquero parecían muy pequeños allá en el altar. Él era calvo, con mechones pelirrojos sobresaliendo por encima de las orejas, asemejándolo a un lince. Cascadas de flores los rodeaban. Acomodados en los bancos estaban los aristócratas instantáneos del Directorio de la Élite de San Francisco. No me uní a los himnos ni a las oraciones. Me sentía torpe y chabacano, como me sentí cuando tumbé a Beau McNair de un puñetazo y acabé con la nariz sangrando. Había caballeros gordos vestidos con toda la parafernalia y distintos estilos de patillas hasta la barbilla que parecían muy satisfechos consigo mismos; había mujeres viejas gordas como fogones; había hombres y mujeres jóvenes admirándose mutuamente. No asistí a la recepción.


Cuando dejé el Hornet conseguí trabajo en el Chronicle, con un ligero aumento de sueldo en comparación con el que el señor Macgowan me pagaba. El Chronicle eratan contrario a los chinos como el Hornet, pero publicaron mi artículo sobre las esclavas, el cual cito a continuación por llegar a ser tan importante en mi carrera como periodista:

»Se pueden encontrar esclavas chinas en salones de San Francisco, donde se ofrecen todas las atracciones típicas chinas que los turistas esperan ver: almizcle, sándalo, teca, tapices de seda, dioses cómicos de cerámica y manuscritos. Estos locales están en Grant Avenue, Waverly Place y Ross Alley. Hay tan sólo unos cuantos de ellos. Pero hay innumerables casas de citas. Se concentran en las calles Jackson y Washington, así como en los callejones Barlett, China y Church.

En 1869 el Chronicle informó de un cargamento de niñas chinas de nueve y diez años como si fueran una mercancía cualquiera llegada desde oriente.

»"Los mejores ejemplares del cargamento, las hembras frescas y bonitas que vienen del interior, son destinadas a suministrar los pedidos de comerciantes ricos y hombres de negocios prósperos. La peor parte del cargamento eran chicas-de-barco, procedentes de las ciudades costeras, donde el contacto con los marineros reducen su valor".

»Ese artículo fue publicado seis años después de la Proclamación de Emancipación de Lincoln.

»Las chicas son vendidas cuando tienen alrededor de cinco años por sus propios padres. Los sindicatos consiguen reunir hasta ochocientas chicas y las traen cuando tienen una edad aceptable; y para entonces valen entre setenta y cinco y ochenta dólares en China. En California valen entre doscientos y mil dólares, dependiendo del grado de atractivo. Las tarifas por sus servicios oscilan entre quince centavos hasta un dólar.

»Las chicas de las casas de citas de Jackson y Washington Street, y los callejones, son expuestas como pollos en jaulas. Los lupanares miden entre tres y tres metros y medio de ancho y contienen un cuarto principal y la estancia trasera, separada por una cortina. Los Reformistas [14] afirman que el noventa por ciento de las chicas están enfermas. El contrato vinculante de las prostitutas, que normalmente es para ocho años, se prolonga dos semanas más de trabajo por cada día de baja por enfermedad. Si intentan escapar su vinculación es conmutada y en lugar de ocho años se convierte en un contrato de por vida. Si están demasiado enfermas para trabajar son transportadas a un "hospital", que nunca abandonan con vida».


Jugué al béisbol con Elmer Nix una vez más, en el nuevo diamante de béisbol en Central Park de 8th Street con Market; ambos jugábamos para equipos a los que ya no pertenecíamos por derecho, porque Nix había abandonado la policía para convertirse en despachante del San Francisco Stock Brewery. Tuve el placer de echarlo de la segunda base en un juego doble.


La Ley del Corredor de Girtcrest fue aprobada a principios de 1886.


El capitán Isaiah Pusey se convirtió en el jefe de policía de San Francisco en 1891.


Continué escribiendo artículos de forma esporádica para el Chronicle, sobre sucesos, escándalos, reseñas y exposiciones para turistas y recién llegados a la City; sobre el emperador Norton, sobre Sarah Althea Hill, el juez Terry y el senador Sharon, sobre el Rey Kalakaua y la Reina Liliuokalani, sobre Lucky Baldwin, William Ralston, los Cuatro Grandes, el Jefe Buckley y Boss Ruef. Mi extenso artículo sobre las chicas esclavas fue publicado por Bret Harte en el Athlantic Monthly. Causó cierto revuelo y mis expectativas como periodista mejoraron notablemente.

Publiqué algunas cosas que dolieron a los jefes del partido democrático de la ciudad, a los jefes republicanos del estado, y a los del Ferrocarril del Pacífico Sur. No era ni por asomo tan brillante como Bierce, pero tampoco era tan cínico. Más tarde, publiqué varios libros y colecciones sobre la historia de San Francisco.

Creo que mi padre finalmente se sintió tan orgulloso de mí como si hubiera llegado a ser jefe de bomberos. Continuó repartiendo los sobornos para los asuntos del Ferrocarril en la legislatura. Nos reuníamos para cenar una vez al mes en uno de los mejores restaurantes de San Francisco, y el ágape siempre lo pagaba el Don incluso cuando yo ya ganaba bastante dinero. Los mensajes del ex Picas para Bierce nunca fueron mencionados, el único acto de deslealtad con sus jefes.


Algunos años después de su boda, encontré a la señora Sloat en Geary Street. Amelia estaba con otra bella joven, ambas vestidas de punta en blanco con elegantes sombreros y corpiños ajustados de escote bajo y que revelaban una piel tan suave como la gamuza, iban ambas cargadas con paquetes de compras. Habían venido de Woodside para pasar el día.

La amiga fue a la boutique City of Paris mientras Amelia y yo tomamos un té. Sus manos enguantadas se movían nerviosamente. En una ocasión me tocó la mano. Sonrió y dejó escapar una carcajada como la Amelia que yo recordaba. Parecía feliz. Su esposo era un hombre encantador, dijo. Ella le quería mucho. Le llamaba «Marshy».

– Creo que he hecho feliz a mi marido -dijo.

– ¿Y cómo podrías no haberlo hecho? -dije.

Me miró con las cejas en alto en la frente y sus ojos castaños se llenaron de lágrimas.

Mirando al suelo, dijo:

– Marshy está enfermo. Es poco probable que pueda vivir más de dos años, según el Doctor Byng. Es muy valiente. Seré una mujer muy rica, Tom.

No dije nada.

– ¿Has leído algún buen libro últimamente? -preguntó, cambiando de tema.

Le dije que últimamente no había tenido mucho tiempo para leer.

– Yo he estado releyendo a Jane Austen. Es muy buena.

– Supongo -dije. Recordé la élite social que había asistido a la boda de Amelia. Dije que no me gustaba mucho Jane Austen.

– Lo único en que piensan sus personajes es en dinero -dije.

Amelia me miró como si le hubiera dado una bofetada. Se levantó, enjugándose los ojos.

– Aún no has aprendido lo que es la ironía -dijo.

Recogió sus bolsas torpemente por las prisas.

– Lo siento mucho -susurré-. ¡Por favor, perdóname!

Pero no sé si me oyó, porque se marchó con gran crepitar de sus faldas al pasar rozando la mesa.

Me quedé sentado allí solo con picor en los ojos, como si hubieran estado sumergidos en ácido.

Recordé a Bierce mencionando que la perseverancia en los principios propios era digna de admiración, pero la obstinación en la perseverancia era simplemente estupidez.


Visité al senador Jennings en su habitación del Grand Hotel durante un descanso del juicio. Una enfermera irlandesa con el rostro como una loncha de beicon me dejó pasar y fue a ver si el senador estaba dormido. Me condujo a una estancia con hedor a enfermedad. Jennings intentaba incorporarse sentado en una enorme cama con media docena de frascos medicinales en la mesita junto a la cama. Tenía el rostro gris como papel secante.

– Me acuerdo de usted… usted era el Viernes de Bierce -dijo. No sonaba hostil-. Conozco a su padre. ¿Aún trabaja Clete para la Compañía del Pacífico Sur?

– Sí, señor.

– Trabajando para el Ferrocarril -casi lo entonó, como si pudiera hacer una canción con ello-. Los beneficios del Ferrocarril exasperaban a aquellos que no los recibían. ¿Y qué está haciendo ahora ese malhumorado hijo de perra de Bierce?

– Vive en Sunol, escribe historias de fantasmas durante la Guerra.

– Dígale que no le guardo ningún rencor -dijo él-. Esta vez vamos a ganarles. Bos es mucho más astuto que ellos.

»Viviré para poder verlo -continuó. Sus labios temblaban cuando hablaba, como si no tuviera músculos-. Juré que viviría para verlo. Los venceremos en esta ocasión, pero hay otra a la que no voy a poder vencer.

Dije que sentía verlo postrado.

– ¿Ve ese vaso de agua allí? ¿Podría poner exactamente doce gotas del contenido de la botella marrón? De lo contrario, voy a comenzar a aullar como un gato montés con un cactus en el culo en unos dos minutos.

Medí con cuidado el láudano, y se bebió el líquido de un trago acabando con un explosivo «¡Ahhhh!» -Dígale a Bierce que fue McNair quien se cargó a Gorton de un estacazo -continuó-. Al era un tipo molesto, siempre quejándose y viviendo de gorra. Fue Nat McNair.

– Se lo diré -dije, y le pregunté si le importaba que habláramos de George Payne.

– No me importa hablar de ello si no lo publica.

– No publicaré nada que no quiera usted que publique.

– Una vez hechas las promesas… -explicó-. Adivine quién va a pagar a Bos Curtis.

Dije que suponía que pagaría Lady Caroline Stearns.

Asintió una vez, sonriente, y se secó los labios húmedos con la manga de su camisón.

– La mujer a la que usted odia.

– Hijo -dijo él-, cuando los gusanos ya te están devorando los intestinos, y la vieja Parca está de pie a tu lado con la guadaña señalándote, uno no tiene tiempo para odiar. Me alegra poder decir que lo he superado. Es como quitarse de los hombros un saco de cincuenta kilos de mierda. De todas formas, yo estaría colgando de una soga si no fuera por Bos Curtis y la dama que lo costea. Elza le será fiel y contendrá sus pistolas; así lo acordó con Bierce. Pero los servicios de Bos son una clase de favor que ningún hombre tiene derecho a esperar.

Dije que Bierce había supuesto que la señora Hamon había cometido el error de contarle a él, el senador Jennings, que iba a ver a Bierce con cierta información, y que él se reunió con ella para disuadirla de que lo hiciera; dicha reunión acabó en Morton Street.

Jennings no quería hablar de ello.

– Eso es de lo único que oigo hablar en la sala del juicio, hijo. Vayamos con George Payne, eso es interesante.

Cerró los ojos y sus párpados temblaban como alas de polilla. Los labios se movieron con un tic nervioso.

– Ya sabe que saqué de mi oficina de Sacramento el cuadro de Highgrade Carrie de aquel artista alemán y lo traje al salón que yo y un socio teníamos en Battery Street. Había un tipo joven que venía y se sentaba en el bar durante medio día, mirando atentamente el cuadro.

»No sé cuándo fui consciente de que se trataba del hijo de Carrie, de mi hijo. Aún no sé cómo funciona la cosa cuando nacen gemelos. Quizás mi jugo se mezcló en su interior con el del inglés, y el gemelo elegante era suyo y el loco el mío.

»Conocía el cuadro de su madre. Se ocupaba de la barra de mi salón los sábados por la noche. Era una extraña coincidencia. Era un chico bastante afable, nadie pensaría que pudiera ni tan siquiera contemplar el ir destripando a las palomitas de Morton Street. Tenía algún problema con su aparato, supongo. Así que las putas se burlaban de él, eso nunca lo olvidó.

– Las putas de Morton Street -dije.

– Le conté lo ocurrido con la Sociedad de Picas, y cómo Eddie Macomber y yo fuimos sableados por su madre y McNair, y Al Gorton. Yo aún andaba escocido por todo aquello… no lo niego. Pero nunca le dije que era mi hijo.

»Bierce se equivoca cuando dice que yo le empujé a destripar a aquellas putas, y a ir a por Carrie. Pero quizás hubiera alguien más presionándole, quizás la señora Payne, a quien él había sido entregado, y que padecía algún tipo de invalidez. George sabía mucho sobre Carrie y su hermano y las cosas de Londres. Isaiah Pusey me contó algo acerca de su hermano gemelo involucrado en unos ataques a prostitutas allí.

»Era demencial. George adoraba ese cuadro, no podía parar de contemplarlo, pero odiaba a la dama, a su madre. La odiaba, como decía Bierce. También odiaba a su hermano. Tenía todo lo que le habían arrebatado. Estaba obsesionado con esa mansión de Nat. Encontró un modo de colarse y fingía que todo era suyo, fingía que él era uno de los aristócratas de allí arriba. Robaba flores de los jarrones y las llevaba al salón. No me di cuenta de que estaba incluso más loco que yo tras haber sido estafado por esa gente.

– Usted y el capitán Pusey eran viejos amigos -dije.

– Podría llamarlo así -dijo Jennings, con una sonrisa fofa.

»A mí me tenía sin cuidado que el gemelo del chico volviera y todo lo demás, pero él estaba obsesionado como un demente por la desposesión de sus bienes -continuó explicando-. Nunca pensé que iría a por Carrie… para matarla. Ni se me pasó por la cabeza que él pudiera ser el destripador de Morton Street hasta el segundo asesinato, y para entonces yo ya estaba involucrado personalmente en el asunto. Incluso fue a por la hija flacucha de Jim Brittain según tengo entendido.

Le dije que era cierto, aunque había sido ocultado a la prensa.

El senador Jennings sacudió la cabeza consternado.

– Vaticino que los asesinatos de Morton Street nunca serán resueltos -dije.

– No serán resueltos gracias a mí, eso se lo puedo prometer. ¿Y qué hay de Bierce?

– Hizo una promesa a Lady Caroline.

– Ella es buena en esos menesteres -dijo, con los ojos aún cerrados-. Bueno, me la follé porque quería ser una gran dama; la dejé preñada, eso me dijo. ¡Todo un logro! Carrie no valía mucho como polvo pero, ¡por todos los santos, era be-llíiii-si-ma!

Se quedó tumbado con los ojos cerrados; sus mejillas se inflaban cada vez que respiraba.

– La mejor -dijo él- fue una pequeña niña china, no debía de tener más de doce años -sostuvo su dedo índice y corazón apretados juntos formando una delgada grieta entre ellos-. Así lo tenía -dijo-. ¡Sólo esto! Me pregunto por dónde andará ahora esa pequeña maravilla sin igual.

– Probablemente muerta -dije-. Cuando caen enfermas las desechan.

Resopló inflando varias veces las mejillas y me pidió que le preparara otro vaso de láudano con agua. Cuando lo bebió, se quedó sentado con la cabeza hundida en el pecho y los ojos cerrados.

– Nadie se imaginó que tu padre era Eddie Macomber -dijo en voz baja.

– No, nadie -dije.

Entonces dejó escapar un ronquido.

La enfermera entró para decirme que era la hora de su siesta.

Visité al senador en dos ocasiones más, y lo encontré en cada ocasión más consumido. Intenté encontrar a la señora Payne, la madre adoptiva de George Payne. No obtuve ninguna ayuda por parte de Mammy Pleasant, la cual no tenía nada que ganar a cambio. Hice algunas pesquisas en Battery Street; pregunté a tantas personas si sabían algo de ella que acabé cansado de escucharme a mí mismo pronunciar su nombre. Jamás la encontré.

El senador Jennings murió antes de que se fallara el veredicto del segundo juicio.


Un par de años más tarde, Amelia Sloat me llamó al Chronicle. Sonaba como si estuviera sin aliento. Yo estaba sentado en la polvorienta y ruidosa cabina del teléfono, con el auricular pegado a una oreja y la boca rozando el micrófono del aparato. Cerré los ojos para saborear su voz en mi oído.

– ¿Me harías un favor, Tom?

– Lo que sea.

– Esto es muy difícil para mí -se apresuró a decir-. Tom, debes entenderme. Quiero mucho a Marshy. Y él me quiere mucho a mí. Quiero tener un bebé, y él quiere que lo tenga, pero padeció una enfermedad de joven que lo dejó incapaz de… de engendrar un hijo. Sin embargo, me quiere tanto que me ha dado permiso para que tenga el hijo con otra persona, con la condición de que lo criemos nosotros como un hijo de ambos. ¿Lo entiendes, Tom?

Me estaban solicitando mis servicios a mí en lugar de a Mammy Pleasant.

No dejé escapar ninguna de las antiguas ironías.

Quedamos en encontrarnos en uno de los comedores privados de la segunda planta del Old Poddle Dog. Por supuesto, ésa fue una noche que nunca olvidaré, como nunca olvidó Jimmy Farleigh a Caroline LaPlante… embargado por el vino y la risa, pero con más lágrimas que carcajadas, y serio propósito. Acordamos un segundo encuentro en el periodo de un mes, si fuera necesario.

No fue necesario, y en el mes de enero del año siguiente recibí la tarjeta anunciando el nacimiento de Arthur Brittain Sloat. En la nota y escrito con su reconocible mano firme, se leía «Gracias», sin firmar.


Vi la noticia de la muerte de Sloat dos años más tarde en los obituarios del Chronicle. Dejaba una viuda, Amelia Brittain, y un hijo, Arthur Brittain Sloat. El señor Brittain murió un mes más tarde y supuse que Amelia se habría mudado a la ciudad para estar con su madre.

Bajé andando por el empinado bloque de Taylor Street desde California Street y pasé en tres ocasiones por delante del número 913 antes de divisar al niño. Estaba jugando en el porche, donde en otro tiempo el Destripador atacó a su madre. Era un niño rubio y llevaba un suéter marinero de rayas blancas y negras, corría y hacía ruido golpeando algo; finalmente pude ver que golpeaba una cacerola con una tapa. Luego se quedó en silencio y se escondió tras la barandilla, asomando la cabecita intermitentemente, hasta que una enfermera con uniforme azul y una cofia blanca en la cabeza salió para llevar al niño a la casa. No vi a Amelia.

Por aquel entonces yo estaba casado.

Y es que el tiempo es un cerrojo y la ocasión una llave que no siempre encaja.

En las columnas de sociedad leí más tarde sobre la marcha de Amelia Brittain a Nueva York con su hijo.


Belinda Barnacle se casó a los dieciocho años con un joven llamado Haskell Green, que había sido un huésped en el establecimiento de los Barnacle. Green trabajaba como vendedor de carbón para la Cedar River Coal Company. Era un «verdadero emprendedor», me aseguró el señor Barnacle. Les envié unas magníficas ediciones encuadernadas en cuero y con canto dorado de Orgullo y Prejuicio y Sentido y Sensibilidad como regalo de bodas.


El senador Sharon murió antes de que el proceso de Sharon contra Sharon fuera sentenciado. Sabiendo que se moría, juró que sus herederos gastarían hasta el último penique para luchar contra las absurdas invenciones de la señorita Hill.

– Vaya, sería la puta mejor pagada de la historia -se dice que exclamó en una ocasión-. Las grandes cortesanas de París son unas aficionadas en comparación. He oído que cobran mil francos la noche. Si Allie se sale con la suya, se va a embolsar alrededor de ciento cincuenta mil dólares pornoche.

Al enterarse de la muerte de Sharon, Bierce escribió en su columna del Examiner: «La muerte no es el final; aún queda el litigio contra el Estado».


La Corte Superior del Estado falló a favor de Sarah Althea Hill. La señora Sharon iba a percibir 2.500 dólares al mes como pensión vitalicia, y 55.000 dólares para cubrir las costas del juicio. La señora Sharon no tardó en salir a dilapidar el dinero en compras. Desafortunadamente la corte de circuito federal aún tenía que pronunciarse. No habría ya más derroches para la señorita Hill.


Sabía que Bierce se había mudado en varias ocasiones. Pasó un tiempo en Larkmead con Lillie Coit. Vivió brevemente en Putnam House en Auburn, y en una casa de huéspedes en Sunol. Mi esposa y yo lo visitamos en Oakland, donde había alquilado un apartamento. Mi mujer se sintió intimidada al saber que iba a conocer al hombre del cual había oído contar tantas cosas, pero Bierce estaba de un humor excelente. Tenía un nuevo trabajo.

Nos sentamos en el sofá de la pequeña y calurosa habitación, mientras él nos traía té y se aposentaba frente a nosotros, gesticulando al contarnos los detalles de su nuevo empleo. Era el Ambrose Bierce de siempre, con el rubio bigote como un par de alas de golondrina, el cabello rizado y canoso, y sus fríos ojos bajo las pobladas cejas. Llevaba un traje a cuadros, cuello alzado y corbata.

– Un joven llamó a mi puerta -nos contó-. El hombre más joven con el que jamás he tratado cuestiones de empleo. Su apariencia y maneras eran extremadamente apocadas. No le pedí que tomara asiento, sino que hice que permaneciera en el vano de la puerta.

»Dijo que venía del San Francisco Examiner. Por supuesto, yo estaba enterado de que recientemente George Hearst había regalado el Examiner a su hijo, Willie, como si fuera un juguete.

»"Oh, entonces le envía el señor Hearst", le dije yo. Y entonces levantó sus ojos azules para mirarme, y tímidamente dijo: "¡Yo soy el señor Hearst!"» Bierce se rió y juntó las manos. El joven Hearst estaba reclutando una plantilla de los mejores periodistas del Oeste. Peter Bigelow y Arthur McEwen ya habían sido contratados. Hearst quería que Bierce escribiera una columna para el Examiner dominical.

– ¡Y lo haré! -dijo Bierce-. Estoy sediento de un poco del clamor y ajetreo de la City. ¡Estoy cansado del aroma de los pinos!

»Quizás tú también vengas al Examiner, Tom.

Le dije que estaba muy contento en el Chronicle, pero que me apetecería mucho que nos viéramos en la City.

– Sí, teníamos una asociación de lo más agradable -dijo Bierce-. ¡Menudos detectives estábamos hechos! -dijo dirigiéndose a mi esposa-. Debe persuadir a su esposo, querida.

Ella le contestó con voz tímida que lo intentaría.


Nuestra asociación nunca volvió a ser la misma de antes. Intenté proporcionar a Bierce un poco de consuelo cuando su hijo de dieciséis años, Day, con el que yo había estado practicando béisbol en Santa Helena, se pegó un tiro tras sufrir una decepción con una chica de la que no hacía falta ser Ambrose Bierce para concluir que era el epítome de la estupidez humana. Su segundo hijo, Leigh, murió totalmente alcoholizado en 1901.


Ese mismo año la primera novela «social» de Amelia Brittain Sloat fue señalizada en la revista Scribner's Magazine. Se titulaba Sombras en el cristal. La heroína de la novela, Clara Benbough se vio obligada por la esterilidad sifilítica de su marido a suplicarle a un viejo amigo que le engendrara un hijo. La novela fue considerada bastante atrevida para la época.

Las novelas de Amelia Brittain Sloat eran comparadas frecuentemente con las de Gertrude Atherton, la mujer novelista más famosa y audaz de California.


Un año más tarde, Sarah Althea Hill Terry fue internada en el Sanatorio mental del estado en Stockton. Finalmente, el caso Sharon contra Hill sefalló en su contra, apelación tras apelación. Se casó con el juez Terry, treinta y dos años mayor que ella. En el caso Sharon contra Sharon y Sharon contra Hill Terry fue su más leal partidario, incluso más que Mammy Pleasant. La última apelación en el caso Sharon contra Hill fuedesestimada por el juez Stephan J. Field, el cual debería haberse desvinculado, ya que había sido amigo del senador Sharon. Además, había estado presidiendo la Corte Suprema del estado con el juez Terry y era un implacable enemigo de éste.

Cuando la aplastante decisión final fue hecha pública, tanto Sarah Althea como el juez Terry reaccionaron de forma violenta. Terry fue condenado a seis meses de prisión por sus arrebatos, Sarah Althea a tres.

Un año después del fallo judicial el señor y la señora Terry se toparon con el juez Field en la estación de trenes. Terry atacó al juez, golpeándole dos veces, y fue asesinado de un tiro por el guardaespaldas del juez, un tal Dave Neagle, el cual había trabajado de ayudante del sheriff con Wyatt Earp en Tombstone, Arizona.

El comportamiento de la señora Terry los años siguientes se hizo cada vez más errático. Estaba en la miseria. Perdió sus famosos encantos de pelirroja y poco a poco fue perdiendo el juicio. Mammy Pleasant la acogió en la mansión de Octavia Street, pero Sarah Althea se fue haciendo cada vez más patética y terminó resultando un estorbo para el público.

Ambrose Bierce, no especialmente famoso por su compasión, escribió sobre ella:

«El macho californiano, adorador del sexo y orgulloso de humillarse a los pies de su propia hembra, tiene ahora un buen ejemplo de los resultados de una veneración tan poco natural. La señora Terry, arrastrándose por las calles e insólitamente cívica, problemática sin ser peligrosa pero a todas luces tarada, es obra totalmente suya y debería estar orgulloso de ella».

Mammy Pleasant firmó los papeles de cesión de custodia para el internamiento.


Gertrude Atherton se reunió con Bierce en Sunol, donde, tras haber publicado una crítica salvaje de una de sus novelas, ella se las arregló para sacarle ventaja al reírse del intento de Bierce de abrazarla. Se convirtieron en colegas columnistas en el San Francisco Examiner, pero el desprecio de Gertrude por sus lectores no tenía el ingenio que Bierce poseía, y no tardó en regresar a Nueva York y a su carrera como novelista. Sin embargo, ella y Bierce establecieron una duradera correspondencia. Bierce se convirtió en un leal admirador y crítico de su trabajo, y ella le consideraba a él como su musa.

La que en otro tiempo fuera compañera de Gertrude, Sibyl Sanderson, se estableció como diva de la ópera de fama internacional y siguió asombrando a los ciudadanos de San Francisco al convertirse en la amante del compositor Massenet.


Tuve ocasión de coincidir con Arthur Brittain Sloat en un congreso en Nueva York del Gremio de Periódicos, del que por aquel entonces yo era funcionario. Él trabajaba de reportero para James Gordon Bennett en el World. Mirarle era como ver en un espejo no mi reflejo, sino el reflejo que había tenido veintidós años atrás. Él debió de pensar que yo estaba borracho por mi confundido saludo. Su madre iba por su tercer matrimonio y su séptima novela, una ficcionalización de la Rosa de Sharon.


Huntington continuó siendo el principal enemigo de Bierce. Crocker murió en 1888, Stanford en 1893 y Collis P. Huntington se hizo con el control de la Compañía de Ferrocarril del Pacífico Sur. Ya en 1884 había logrado extender por todo el territorio del país las líneas que él controlaba. Su enemistad con Leland Stanford, que durante años se había mantenido latente, explotó durante las elecciones al senado de 1885, cuando Stanford traicionó al amigo de Huntington y leal aliado del Ferrocarril Aaron A. Sargent para hacerse con el apoyo republicano. En 1887 Stanford se la jugó de nuevo a Huntington, cerrando un trato con George Hearst y el jefe Chris Buckley de San Francisco para apoyar la futura candidatura de Hearst, en pago al apoyo democrático en un segundo mandato en el senado de los Estados Unidos.

– Yo no olvido a aquellos que me han engañado -dijo Huntington.

Su oportunidad para devolvérsela a Stanford le llegó cuando Stanford se excedió con la financiación del centro conmemorativo de su hijo, la Universidad Leland Stanford Junior. Huntington evitó que el ex gobernador retirase fondos del Ferrocarril para sanear sus cuentas personales. El Ferrocarril por aquel entonces estaba siendo investigado por el gobierno, y Stanford habría sido procesado si no llega a ser por las oportunas decisiones del juez Stephan Field de la Corte Suprema del estado, el cual era conocido por no dejar tirado nunca a un amigo millonario.

Huntington iba a tener otra oportunidad de asestar un último golpe a su antiguo socio. Cuando Stanford murió, sus herederos se vieron inmersos en varias demandas; la más importante de ellas fue la presentada por el gobierno federal reclamando propiedades que saldaran la deuda de 57 millones de dólares que el Ferrocarril había acumulado con el estado. Asimismo, parecía que la Universidad de Stanford también tendría que cerrar sus puertas. «¡Que cierren el circo!», gruñó Huntington, y dejó que los herederos de Stanford pelearan la batalla de los Cuatro Grandes, la cual él mismo, cuando le llegó la hora, también tuvo que afrontar.

Gracias a los heroicos esfuerzos de la señora Stanford, la universidad pudo seguir abierta. Un juez amigo le permitió que contratara a profesorado y administrativos como sirvientes personales. Los caballos de carreras fueron vendidos, los sirvientes y jardineros de la mansión de la señora Stanford despedidos y su carruaje vendido. La universidad continuó abierta a pesar de la maldad de Huntington.

A medida que envejeció, el viejo magnate se fue convirtiendo en un blanco fácil de caricaturistas; con su cráneo pelado en forma de cúpula doble y que cubría con un gorro de rabino. Los ilustradores normalmente lo retrataban a él y a sus líneas de ferrocarril como un pulpo.

El electorado había comenzado a adoptar una visión distinta del capitalismo de laissez-faire, y la escala de tarifas del Ferrocarril, universalmente considerada como arbitraria y discriminatoria, fue culpada por un amplio sector de la población por la depresión de los años noventa. Además, se acababa el plazo del periodo de fianza del gobierno y Huntington se aprestó para luchar contra el pago. Contrató a representantes en Washington y en las capitales del estado, cuya labor consistía en «explicar» a los legisladores lo que era «correcto». Recurrió al privilegio americano de apoyar candidaturas de funcionarios cuyas opiniones coincidieran con la suya. Se realizaron pagos cuando fueron necesarios, pero no lo consideraba como un soborno. Un soborno era la compra consciente de ventaja personal, de lo cual él mismo había acusado a Stanford.


Cuando escribí un artículo conmemorativo sobre Bierce en el Chronicle, tuve la satisfacción de describir su triunfo final sobre Huntington y el Ferrocarril, un triunfo que se venía gestando desde mucho tiempo atrás:


William Randolph Hearst envió a Bierce a Washington. Quería que colaborara con los periódicos de Hearst en la lucha contra el proyecto de ley para la financiación de los Ferrocarriles. Esta ley habría sido el mayor regalo de la historia al Ferrocarril del Pacífico Sur. La deuda de setenta y cinco millones de dólares al gobierno de los Estados Unidos iba a ser pospuesta en forma de bonos al dos por ciento a un plazo de ochenta años. En efecto, se trataba de un verdadero regalo para la Southern Pacific. Huntington había logrado comprar a suficientes senadores, especialmente a los de los estados del oeste del país, para asegurarse la aprobación de la ley.

Bierce entró en acción inmediatamente en el San Francisco Examiner y el Morning Journal de Nueva York, con el estilo beligerante que había perfeccionado; atacaba al Ferrocarril y a Collis P. Huntington, y elogiaba al senador John T. Morgan, presidente del comité del senado que había citado a Huntington para testificar y había avergonzado al presidente del Ferrocarril con implacables preguntas.

Bierce escribió: «Huntington ha sido capaz de sacar la mano del bolsillo del contribuyente el tiempo suficiente para alzarla sobre la Biblia. En Sacramento los hombres con bolsas de dinero del Ferrocarril se ven con tanta frecuencia como mensajeros del senado, pero en lugar de enviar a grupos de presión a Washington para lograr su principal objetivo, comprar el senado de los Estados Unidos, Huntington ha hecho las maletas llenándolas de verdes y ha venido para encargarse de los asuntos él mismo».

Al encontrar problemas con el comité, Huntington aportó cartas testimoniales de californianos prominentes que enumeraban los beneficios que aportó el Ferrocarril al estado y la extraordinaria conducta ética de sus propietarios. Bierce persiguió a los autores de estos testimonios, al igual que persiguió antes a Aaron Jennings. Los incluyó en el «Libro Negro de Bierce», donde sus nombres serían publicitados hasta que se retractaran. Y eso hicieron. Las revelaciones del senado, la arrogancia e ignorancia que Huntington mostró ante las audiencias delcomité y las arponadas de Bierce eran tan escandalosas que todos excepto dos de los testimonios fueron retirados. La corriente de opinión en el senado viró de sentido en contra del Ferrocarril del Pacífico Sur.

Huntington se encontró con Bierce en las escaleras del capitolio.

¿Cuánto vales?-gruñó derrotado, y a continuación pronunció su recurrente dicho, mostrándose bastante más cínico que lo que jamás pudo ser Bierce-. ¡Todo hombre tiene un precio!

Setenta y cinco millones de dólares -dijo Bierce triunfal-. ¡Pagaderos al gobierno de los Estados Unidos!

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