Tinta: Compuesto asqueroso de tanogalato de hierro, goma arábiga y agua, que se utiliza principalmente para facilitar el contagio de la idiotez y estimular el crimen intelectual.
– El Diccionario del Diablo-
Aún no se me permitía considerarme un periodista hecho y derecho, y de nuevo fui requerido para ayudar a Dutch John y Frank Grief en la impresión semanal en el sótano del Hornet, con la fiable-dentro-de-su-poca-fiabilidad prensa Chandler & Price, cuyo cinturón giratorio de cuero se rompía periódicamente y se salía del riel volando y revolviéndose por el sótano, y aquel hedor ácido a tinta que precisa de mucho jabón y agua caliente en los baños de Pine Street para librarse de él.
Tras la cena, los hijos de los Barnacle montaron una función para los huéspedes que estábamos reunidos: Oso Peludo, el Bocinas, Jimmy McGurn y Tom Redmond. Todos estábamos sentados con nuestros platitos de tarta vacíos y tazas de café frente a nosotros, presenciando la actuación de los jóvenes Barnacle. Esa noche tocaba adivinanzas, en las que Belinda siempre llevaba la voz cantante. Apareció envuelta en blanco, tocada con una gorra blanca, y se había marcado unas líneas oscuras sobre las mejillas para aparentar vejez. Colbert, con sus calzones, camisa blanca y corbata, estaba de pie delante de ella. Entre ellos había una misteriosa construcción hecha de hojas de periódico arrugadas pintadas de blanco, con velas de cumpleaños apagadas clavadas. Belinda llevaba una especie de varita, por lo que al principio pensé que era un hada.
Pero dio unos golpecitos en el hombro a Colbert, y con voz temblorosa le ordenó:
– ¡Toca, chico!
– ¡Grandes esperanzas! -dije.
Hubo un aplauso. Belinda hizo una reverencia. La construcción de papel era, por supuesto, el pastel de bodas desmoronado.
Más tarde apareció con su vestido de los domingos, revelando la silueta de unos pechos incipientes, el pelo recogido en dos trenzas; se puso delante del público y declamó:
– ¡Soplad, vientos, atronad! ¡Tejed la enmarañada manga de la inquietud! Hay una corriente en el curso de los asuntos de los hombres, que si se nada con ella nos lleva a la fortuna. Y todas las nubes que descendieron alrededor de nuestra casa se hundieron en el profundo lecho del océano. ¡Hay un sauce que crece al otro lado del riachuelo!
Hizo un gesto dramático.
– ¡Fuera, maldita mácula! ¿Por qué eres tú Romeo? ¡Al menos moriremos con las botas puestas!
»¡El resto es silencio!
Belinda hizo una reverencia mientras recibía un atronador aplauso, al que se unieron sus padres. Aplaudí con entusiasmo. Las mejillas de Belinda estaban sonrosadas por el placer mientras hacía otra reverencia.
Mi futura esposa disfrutó mucho del aplauso.
Finalmente llegó un sobre marrón de Virginia City, y Bierce y yo pudimos examinar los rostros de los Picas en la plancha de metal. Estaban agrupados delante de un edificio que podría ser el Miner's Rest, con un balcón saliente que daba sombra a algunos de los rostros. ¡Eran jóvenes! Todos sonreían. Caroline LaPlante estaba en el centro, muy respetable y de aspecto anodino, con falda negra y camisa blanca, con un enorme sombrero en forma de plato que le ensombrecía el rostro. A un lado de ella aparecía un hombre no tan joven como el resto, al cual identifiqué como Nat McNair; al otro lado había un joven corpulento, bien afeitado y sonriente, tocado con un bombín. Junto a McNair había un hombrecillo con cara de mono, y junto a ése otro tipo con bombín, con el rostro medio oculto bajo la sombra del balcón. Los tres hombres jóvenes debían de ser Al Gorton, E. O. Macomber y Adolphus Jackson, que en realidad era el senador Jennings. Bierce conocía a Jennings, pero no pudo reconocerlo en el hombre joven del daguerrotipo.
– Lleva esto a Pusey -dijo-. Pondremos a prueba su memoria con las caras y su tan cacareado Archivo Fotográfico Criminal -se acarició el bigote, y continuó-: Será interesante ver si Pusey identifica a Jackson como Jennings. Jennings podría estar pagando una generosa cantidad de dinero para no ser identificado.
Había sacado una lupa para ver si podía reconocer a Jennings. Cuando me la pasó, me incliné sobre el daguerrotipo.
El hombre cuyo rostro estaba parcialmente ensombrecido era con toda seguridad mi padre.
Estaba con los nervios a flor de piel cuando llegué a la oficina del capitán Pusey en el Old City Hall. El daguerrotipo me pesaba como un bloque de plomo en el bolsillo, y al entrar tuve la impresión de que Pusey había menguado a tan sólo un metro de altura en su casaca azul del uniforme, de pie, en el otro extremo de la habitación, mirándome con el ceño fruncido. Pensé que la conmoción de reconocer el rostro de mi padre había sido demasiado para mí, hasta que Pusey se movió a un lado y apoyó una mano en el respaldo de la silla; entonces pude ver que se trataba de un niño vestido con uniforme de policía de talla infantil.
El verdadero Pusey entró entonces por una puerta lateral.
– Éste es mi hijo John Daniel -dijo-. John Daniel, ven y saluda al señor Redmond.
El chico se acercó ofreciéndome la mano y estrechándola enérgicamente, y volvió a retroceder. Pusey no me ofreció su mano.
– ¿Tiene algo para mí? -dijo.
Le pasé el daguerrotipo; lo dejó sobre su escritorio y se inclinó sobre él; parecía una vela con barriga, con su mata de pelo como una llama blanca. Señaló las figuras del daguerrotipo tocándolas con un grueso dedo índice.
– Así que éstos son los Picas de Bierce. ¡Ahí está Nat McNair y la distinguida dama!
John Daniel se quedó observándonos silenciosamente. La ventana de la oficina daba a una zona pavimentada con adoquines de piedra, donde unos cuantos vagabundos conversaban mientras compartían una botella. Un carromato cargado de barriles de cerveza pasó con ruedas traqueteantes.
– Ése es Albert Gorton -dijo Pusey-. Le golpearon en la cabeza en el mes de febrero del 76. No logró recuperarse de la paliza y murió.
– ¿Quién lo apaleó?
– Nunca se resolvió el caso -me miró sonriente con sus dientes demasiado perfectos-. Alguien a quien no le gustaba, probablemente. A menos que se equivocaran de persona.
– ¿Pudo tratarse de Elza Klosters por encargo de Nat McNair porque Gorton estaba intentando chantajear a McNair?
– Hay otras posibilidades.
– El hombre alto debe de ser Adolphus Jackson.
Y el que estaba parcialmente ensombrecido, E. O. Macomber, era Cletus Redmond. Sudaba aterrado ante la posibilidad de que Pusey reconociera a mi padre, aunque con toda seguridad su rostro no estaba incluido en el Archivo Fotográfico Criminal.
¡Habían estafado a mi padre una fortuna! Yo podría haber sido el hijo de un millonario de Nob Hill.
– ¿Qué es eso, Papi? -preguntó John Daniel.
– El daguerrotipo de unos tipos de Virginia City -dijo Pusey. No había apartado la mirada de la imagen. Sacudió la cabeza ligeramente, como si no los reconociera, o como si quisiera hacerme creer que no los reconocía.
– Jackson pasó algún tiempo en la cárcel aquí.
– Probablemente antes de que yo llegara -dijo Pusey-. Lo estudiaré. ¿Quién es el otro?
– Macomber.
Negó con la cabeza.
– ¿Tiene alguna fotografía de Elza Klosters? -pregunté.
Se levantó, una figura corpulenta en uniforme y con la barriga dividida en dos gruesos michelines por encima y por debajo del cinturón. Salió de la habitación con paso pesado. Al otro lado de la ventana un policía había dispersado a los vagos de la botella.
Cogí el daguerrotipo del escritorio de Pusey y me lo guardé. Después de todo, Bierce había pagado doscientos dólares por él. Deseé no haber sabido nunca de su existencia.
John Daniel me miró con recelo.
Pusey regresó cargado con un pesado álbum encuadernado en cuero, lo abrió sobre su escritorio y pasó las páginas. Allí estaba Brown, a quien Bierce había identificado acertadamente como Klosters. No llevaba sombrero, pero era la misma hosca expresión la que me miraba. En esa foto tenía bastante más pelo. En la página opuesta había mecanografiada una lista, que imaginé eran los delitos que se le imputaban, pero cuando me acerqué para echar un vistazo Pusey cerró el álbum.
– ¿Dónde está el daguerrotipo?
Me toqué el bolsillo.
– Lo quiero.
– Pertenece a Ambrose Bierce.
– Es una prueba -dijo Pusey. Abrió las comisuras de los labios hasta mostrarme sus dientes perfectos. La posición un tanto irregular de los ojos en su rostro le daba un aire de desorientación. Me miró como si intentara hipnotizarme.
– ¿Prueba de qué? -pregunté.
Su semblante se oscureció.
– Quiero ese daguerrotipo. Necesito examinar esas caras durante un tiempo.
– Le consultaré al señor Bierce -dije.
No pareció contentarse con eso, pero no insistió más.
Cuando me disponía a marcharme, Pusey le dijo a John Daniel que volviera a estrecharme la mano, lo cual hizo el chico con otro movimiento brusco. Una vez fuera, en el descampado, alcé los ojos y vi al capitán Pusey mirándome por la ventana, una silueta que se cernía cubierta con el penacho de pelo blanco. Junto a él vi la cabeza de su hijo, visible por encima del alféizar, mirando hacia abajo.
Paré en un salón al doblar la esquina para tomar una cerveza que mojara mi reseca garganta. Había sentido tales sudores cuando Pusey miraba la imagen del Don en el daguerrotipo que no me había podido concentrar en Pusey, pero tenía la sensación de que utilizaba su ingenio incluso aunque no fuera necesario. Di unos golpecitos a la dura forma del daguerrotipo en mi bolsillo, inquieto. Con toda seguridad Pusey podría haber esgrimido su autoridad para quitármelo si le hubiera parecido importante.
Mi respiración se aceleró cuando imaginé lo cerca que había estado mi padre de la Gran Bonanza. Giré por Clay Street y avancé a grandes zancadas sorteando a los peatones en la concurrida acera.
No identifiqué el sonido silbante del disparo hasta que mi cabeza estalló.