Litigio: Máquina en la que uno entra como un cerdo y sale hecho una salchicha.
– El Diccionario del Diablo-
En ese mismo instante, en la Sala del Tribunal Superior del Ayuntamiento, se desarrollaba lo que se convertiría en el espectáculo de la década: la Rosa de Sharon. En Sharon contra Sharon, Sarah Althea Hill, señora Sharon, presentaba una demanda de divorcio y compensación contra el senador y ex-Rey de la Comstock, acusándolo de adulterio, ya que Sharon había reconocido la paternidad de un hijo concebido por una tal Gertrude Dietz.
Los partidarios de la señorita Hill en el caso eran periodistas australianos de dudoso pasado, William N. Neilson, su abogado, George Washington Tyler y Mammy Pleasant. El juez David S. Terry era su nuevo asesor legal.
Allie Hill había sido una de las chicas de Mammy Pleasant.
Las principales pruebas que presentaban eran varias cartas en las que Sharon se dirigía a la señorita Hill como «Mi estimada esposa», y un contrato matrimonial escrito por la dama y firmado por William Sharon. Allie Hill fue la amante de Sharon durante algunos años. Ella vivía en el Grand Hotel, en New Montgomery Street, cerca del Palace, donde Sharon tenía reservada una suite, y ella iba a visitar a su viejo amante o marido atravesando el pasaje llamado «Puente de los Suspiros» al otro lado de la calle.
– Es interesante -dijo Bierce- que un caballero haya tenido un número indeterminado de amoríos y aún sea considerado un hombre honesto e íntegro, mientras que un solo amante arrebata a una dama toda la reputación que pudiera tener.
– Es injusto -dije.
– Lo que parece crucial en este caso es el contrato matrimonial, compuesto y escrito por la dama y firmado por Sharon. Extrañamente, la firma está en la parte superior del reverso de la página. Cualquier idiota sabe que no debe firmar un papel en blanco a pie de página.
La señorita Hill afirmaba que el senador Sharon deseaba que su enlace se mantuviera en secreto porque Gertie Dietz podría causar problemas si él y la señorita Hill se mostraban abiertamente como un matrimonio. El escándalo podría interferir además con su reelección.
Una provocativa viñeta de Fats Chubb en el Hornet mostraba a la pelirroja Sarah Althea Hill, a sus partidarios masculinos y a la flaca y negra Mammy Pleasant llevando con garbo un canasto lleno de bebés. Era evidentemente una referencia a la reputación de Mammy Pleasant como traficante de bebés.
Mammy Pleasant admitió haber sido la que proporcionó la logística para llevar adelante la demanda, su financiación, y acompañaba diariamente a la señorita Hill al Ayuntamiento en un elegante carro descapotable alquilado.
– Lo que tenemos aquí -continuó Bierce- es una confusión de la teoría de opuestos. Que el senador Sharon sea un chupasangre, un monstruo degenerado, no significa que su enemigo no sea una puta perjura. Los cuernos del demonio en un lado de la ecuación no garantizan un halo de santidad en el opuesto.
Una Mammy Pleasant muy distinta de la que nos había recibido en la mansión Bell llegó a la oficina de Bierce. Llevaba una elegante capa verde y un gorro de ala ancha y nos saludó a Bierce y a mí con una sonrisa aparentemente genuina en su oscuro rostro. Bierce procedió con su habitual ritual caballeroso ofreciéndole un asiento. Cuando ella vio el cráneo, se persignó. Bierce se sentó frente a ella.
– He estado pensando sobre el asunto que le preocupa, señor Bierce -dijo ella.
Bierce juntó las palmas de las manos y adelantó la barbilla apoyándola en los dedos.
– La boda de la señora McNair, el hijo y la paternidad del hijo -continuó ella.
Era interesante que Mammy Pleasant hablase de bebés cuando una viñeta a todo color en el actual número del Hornet larepresentaba llevando un canasto lleno de ellos.
– Se habla mucho de bebés y paternidades últimamente -dijo Bierce, sonriendo.
Mammy Pleasant asintió.
– He recordado que el senador Sharon estaba en Virginia City cuando la señora McNair dio a luz.
– Parece que casi todo el mundo estaba en Virginia City por aquel entonces -dijo Bierce-. El senador Sharon, el juez Terry, Mark Twain en el Territorial Enterprise, y muchos más.
– El senador Sharon era amigo y asesor del señor McNair -dijo Mammy Pleasant-. He oído que en Virginia City un hombre prosperaba o fracasaba dependiendo del favor que le dispensase el senador Sharon. El señor McNair prosperó.
– Señora Pleasant, ¿está sugiriendo que el favor del senador Sharon se extendía hasta el útero de la señora McNair?
– Eso tendrá que decidirlo usted, señor Bierce.
– ¿Podría esta visita, y esta información, tener algo que ver con el juicio que está teniendo lugar actualmente en el Tribunal Superior?
Ella me lanzó una mirada herida.
– Agradeceríamos mucho alguna opinión favorable por su parte, señor Bierce. Su voz es escuchada en la City.
– Comprendo.
– Cuando ustedes me visitaron el otro día, pensé: ¿Qué gano ayudando al señor Bierce facilitándole la información que busca? Y no se me ocurrió que pudiera ganar nada en absoluto.
– ¿Piensa que es inapropiado proporcionar información sin algún tipo de quid pro quo?
– No sé latín, señor Bierce, pero me imagino lo que quiere decir. Sí, es correcto. De esta forma he aprendido a llevar mis asuntos en San Francisco.
– ¿Y la información con la que espera obtener mi opinión favorable es el hecho de que el senador Sharon estaba en Virginia City cuando la señora McNair dio a luz?
– Tengo entendido que está buscando al verdadero padre del joven señor McNair, y yo le sugiero que considere al senador Sharon, el cual era amigo íntimo y socio del señor y la señora McNair.
– Gracias -dijo Bierce-, creo que también le puede ser de ayuda para el juicio en el Tribunal Superior si se descubre que el senador Sharon estuvo involucrado en más relaciones adúlteras, con consecuencias, de las que ya se le conocen.
– Creo que se está apresurando en sacar conclusiones, señor Bierce.
– No creo que me haya apresurado demasiado, señora.
Ella volvió a sonreír, primero a Bierce y luego a mí, cogió su enorme bolso y se marchó.
– Ni el tiempo puede marchitar, ni la costumbre estancar esa maldad esencial -suspiró Bierce, cuando el sonido de los pasos de la señora Pleasant se apagó por el pasillo.
– Jimmy Fairleigh mencionó a Sharon -dije.
– Sabemos que Sharon aceptó la paternidad del hijo de Gertie Dietz -dijo Bierce-. Aunque su paternidad no es algo poco frecuente, según tengo entendido.
– No.
– Lo que esa mujer lleva dentro de ese enorme bolso es un suministro de pistas falsas -dijo Bierce.
Asistí a una de las sesiones del juicio a primera hora de la mañana. La sala estaba abarrotada por la gran expectación que se había generado. Era una sala de techo alto con grandes ventanales por los que entraba en cascada la luz del sol. Presidía el juez Finn. El abogado de Sarah Althea Hill, el señor Tyler, era famoso por su abundante barba, y el de Sharon, un tal General Barnes, por lucir unos bigotes que le obligaban a pasar de canto por las puertas estrechas. Sharon, un hombrecillo canoso de cabeza enorme, estaba sentado con semblante sombrío tras una mesa. La señorita Hill, vestida con terciopelo azul forrado con piel oscura, y un sombrero azul con velo que le ocultaba el rostro, ofrecía una esbelta figura sentada en una especie de electrizante quietud junto a Mammy Pleasant.
La orden del día se centraba en uno de los documentos del caso; la señorita Hill se puso en pie y sacó dicho documento de su escote.
– Juez -dijo con voz temblorosa-, este papel representa mi honor. No puedo permitir que abandone mis manos.
– Simplemente muéstreselo al señor Barnes -dijo el juez.
– Si su señoría acepta asumir la responsabilidad y me insta a ello, entregaré el documento.
– Yo no puedo asumir ninguna responsabilidad -dijo el juez-. ¿Está el documento dentro de ese sobre?
– Preferiría que ni el señor Sharon ni el señor Barnes lo tocasen. Lo considero mi honor, y así lo he considerado durante tres largos años. El señor Sharon conoce todas las circunstancias del mismo.
El General Barnes interrumpió pomposamente:
– Protesto, Señoría, por las declaraciones que acaba de realizar esta dama. El señor Sharon no conoce nada sobre ese papel. Es un fraude y una falsificación desde el principio hasta el fin.
– Él conoce todas y cada una de las palabras de este documento, que Dios me ayude. Él mismo me lo dictó.
Mammy Pleasant hacía amago de levantarse y luego volvía a hundirse en su asiento, ansiosa o en señal de apoyo.
El senador Sharon se puso de pie de un brinco.
– ¡Debo informar al tribunal de que es la mentira más endiablada que jamás se haya pronunciado sobre la faz de la tierra!
– No me gustaría que su Señoría se ofendiera -dijo la señorita Hill con dignidad-. Pero él tiene todos sus millones contra mí. Yo he sido expulsada de mi hogar. Él se ha quedado con el dinero y yo no tengo dinero para defenderme.
Siguieron con la discusión durante bastante tiempo hasta que la señorita Hill entregó el documento al escribano, al cual se le ordenó que hiciera una copia del mismo.
Rebusqué entre los archivos para documentarme sobre la vida del senador Sharon. Efectivamente, había sido todo un personaje en Virginia City durante los años 60. William Ralston del Banco de California era su benefactor, y lo nombró agente bancario en el condado de Washoe. Sharon amasó su fortuna allí. Los propietarios de las minas habían agotado el capital y el crédito, y las plantas de cuarzo habían sido construidas con tanta premura que muchas de ellas no pudieron utilizarse. Eran tantos los litigios que los tribunales se hallaban totalmente colapsados. Virginia City, en la época de la llegada de Sharon, era una población en bancarrota asentada sobre una veta de mil millones de dólares. Con un crédito ilimitado del Banco de California, Sharon comenzó a comprar acciones de las minas y fábricas más prometedoras apoderándose de las plantas de extracción, comprando participación en ellas a los agobiados bancos locales y ofreciendo unos préstamos a un interés reducido. Extinguía los derechos de redimir la hipoteca como un rayo ante el primer recibo impagado. Sus instintos e intuición eran casi perfectos. Con Ralston y Darius Mills creó la Union Mill & Mining Company para apropiarse de propiedades embargadas por el Banco. Construyó el ferrocarril en Carson City y Reno, controlando así el tráfico a Mount Davidson y convirtiéndose en uno de los magnates del transporte del Oeste. Pagaba a espías para husmear y desatar huelgas en minas de la competencia, se involucró en luchas titánicas de poder mediante la adquisición de acciones, aumentaba la demanda para que sus valores oscilaran como golondrinas a la alza o a la baja, hizo pactos secretos entre plantas procesadoras y minas para ocultar el verdadero valor y acto seguido propagar rumores sobre bonanzas o borrascas. Era el especulador más cínico de todos los especuladores de la Comstock. En el apogeo de su poder y riqueza llegó a controlar la Union Mill & Mining Company y el ferrocarril, y poseía además siete minas de plata en producción, incluyendo la Ophir, que le había arrebatado a Lucky Baldwin.
Era conocido como el «Rey de la Comstock», el «Creso californiano» y el «Senador de la Bonanza». La asamblea legislativa de Nevada lo había llevado al senado en 1875.
Sacó un enorme provecho de la caída de su mentor, William Ralston, el cual se ahogó accidentalmente mientras nadaba, o se suicidó, cuando el Banco de California cerró sus puertas en el pánico de 1875. Sharon heredó no sólo el control del Banco reabierto, sino también el último gran proyecto de Ralston, el hotel Palace, e incluso la hacienda rural de Ralston en Belmont. Muchos le culparon por la ruina de Ralston. El imperio de Ralston se había derrumbado, se decía, porque sus amigos más próximos, Sharon y Darius Mills, habían confabulado para arruinarle.
Sharon tenía reservado para su disfrute un apartamento en el Palace, se divertía con todo tipo de lujos en Belmont y cultivaba su buen gusto citando a Shakespeare y a Lord Byron. Era un hombrecillo pálido y gélido, con una enorme cabeza, excesivamente pulcro, siempre tacaño, y aborrecido de forma generalizada. Su hija Flora se casó con un verdadero aristócrata británico, Sir Thomas George Fermor-Hesketh, tras un espléndido cortejo en Belmont.
Su esposa murió en 1874, tras unos años de matrimonio en los que intentó hacer caso omiso de las infidelidades de su esposo. Mientras amasaba millones tuvo tiempo suficiente para involucrarse en numerosas relaciones adúlteras, y era famoso por su debilidad por las prostitutas de lujo. Se le veía con frecuencia en compañía de rutilantes jovencitas. Además, mantenía a varias amantes.
La primera entrega de los problemas del senador con su amante más problemática, Sarah Althea Hill, tuvo lugar en la boda de su hija Flora, cuando a la señorita Hill se le impidió la entrada al gran evento. Sarah Althea afirmaba que tenía el derecho de entrar como miembro de la familia.
En el mes de septiembre de 1883 Sharon fue arrestado por adulterio, a partir de lo cual se iniciaron dos juicios, Sharon contra Sharon, en el Tribunal Superior de Justicia, ante el cual Sarah Althea Hill le presentaba una demanda de divorcio en la que le reclamaba una parte de las propiedades del senador y una pensión alimenticia, y Sharon contra Hill enel Tribunal de Circuito, con jurisdicción porque Sharon era ciudadano de Nevada, en el cual el senador solicitaba que se declarase falso y fraudulento el contrato matrimonial y se prohibiese a la señorita Hill que siguiera afirmando que era su esposa. Además, había demandas secundarias por perjurio, falsificación, difamación, libelo, conspiración y malversación de fondos. Tanto Sharon contra Sharon como Sharon contra Hill serían juzgados en tribunales californianos a lo largo de casi diez años.
Bierce escribió en el Tattle: «El testimonio de esta semana en el juicio de Sharon debe de ser de inmenso interés para los lectores de noveluchas de un penique. La colosal repugnancia de las cuestiones divulgadas es la característica más impresionante. La imagen de una deliciosa jovencita como la señorita Hill en los brazos de un nocivo y viejo degenerado como el senador Sharon es tan abominable como la religión cristiana en manos de los evangelistas de Washington Street».
Pusey avanzó por el pasillo con su habitual paso imponente y entró en la oficina de Bierce para saludarnos a Bierce y a mí. Se sentó con la gorra bajo el brazo y nos habló acerca de la pantomima que estaba teniendo lugar en el Tribunal Superior. No me indicaron que me uniera a la conversación, pero observé cada detalle desde mi rincón de la oficina. Intenté no mirar al capitán Pusey con el ceño fruncido, aunque no pude contenerme y me acaricié la parte de la cabeza en donde había sido aporreado seguramente por orden suya.
– No había oído tantas mentiras contadas con tanta rapidez en toda mi vida -dijo Pusey.
Bierce chasqueó la lengua. Adoptó la expresión de amabilidad que solía adoptar cuando existía el riesgo de que sus sentimientos aflorasen. No le gustaba el capitán Pusey.
– ¿Las mentiras de quién, capitán?
– Esa tal Hill habla demasiado rápido. ¡Menudo genio! Cuenta mentiras y tiene a otra joven que también miente, y un tipo joven, y dos chicas de color, todos mienten. He oído que el senador paga mil dólares diarios para que le defiendan contra esas mentiras.
– ¿Y no hay mentiras por su parte? -dijo Bierce.
– Está demasiado ocupado sacudiéndose de encima todas esas patrañas como para poder contarlas él mismo.
– Tengo entendido que un joven testigo fue pillado mintiendo cuando declaraba que había mantenido una relación con la señorita Hill.
Pusey chasqueó la lengua y se pasó la mano por su blanca melena.
– El senador está pagando mucho dinero para demostrar la falsedad de las acusaciones de todas esas personas sobornadas por la señora.
– ¿Así que el senador paga mucho dinero? -dijo Bierce.
Pusey asintió.
– Ha echado mano de todos sus recursos, claro está. No ha logrado amasar veinte millones tumbándose y dejando que la gente lo pisotee.
Pensé que Pusey podría ser uno de los recursos del senador.
– No le gusta que la gente lo insulte de la forma en que lo han hecho -dijo.
– ¿Como yo he hecho? -dijo Bierce.
– Así es -dijo Pusey, mostrando sus espléndidos dientes-. Señor Bierce, tiene a tanta gente enfurecida con usted que no puedo hacerme responsable por lo que pueda suceder.
– Tengo entendido que la señorita Hill lo ha acusado de relaciones adúlteras con nueve mujeres -dijo Bierce.
– Venga, usted sabe quees mentira. Sharon es un tipo pequeño y viejo, ¡tiene sesenta y cuatro años!
– Quiere decir entonces que cinco o seis mujeres sería más exacto.
Pusey resopló, irritado.
– Señor Bierce, ella va a perder este juicio y va a acabar en la trena por perjurio. El senador va a ganar y va a acordarse de quién le ayudó y quién no.
– Entiendo que debe de tener una memoria de elefante, entonces -dijo Bierce.
Pusey lo miró con el ceño fruncido.
– Veamos, capitán Pusey -dijo Bierce-. ¿Cree que no recuerdo que el senador Sharon ha sido uno de los adúlteros más activos de esta ciudad de vicio?
– En cuestiones de folleteo, siempre digo que no sirve de nada hacer suposiciones -dijo Pusey. Volvió a mostrar su dentadura-. Usted tampoco se ha quedado corto en esas lides, señor Bierce.
Bierce recompuso su semblante.
– Dígame qué sabe sobre la estancia del senador en Virginia City, capitán -dijo-. ¿No iba persiguiendo allí también a mujeres de dudosa reputación?
– No es mi jurisdicción, señor Bierce, si entiende lo que quiero decirle.
Pusey se sacó el macizo reloj del bolsillo y lo miró frunciendo el entrecejo.
– Tengo entendido que Mammy Pleasant les hizo una visita -dijo, cambiando de tema.
– Eso es cierto -dijo Bierce.
– Ya sabe que es ella quien ha montado todo este tinglado. Ella ha puesto el dinero; ella ha proporcionado a su abogado para que represente a la joven. George Washington Tyler, ¡ese viejo picapleitos sin escrúpulos! ¡Y el juez Terry también! El senador Sharon no va a olvidar eso.
– Será mejor que el senador tenga cuidado.
– ¿Y por qué lo dice, señor Bierce?
– Tengo entendido que la señora Pleasant es aficionada al vudú. Encantamientos, pociones, agujas en muñecos, trucos de ese tipo.
Pusey carraspeó ruidosamente, sin saber realmente si Bierce lo decía en serio o no.
– Usted ha sido contratado por el senador, ¿no es así? -preguntó Bierce.
– ¡Yo soy un empleado de la Ciudad de San Francisco! -exclamó Pusey indignado.
Cuando se hubo marchado, Bierce dijo:
– No me gustaría ayudar o reconfortar a ese par de pájaros.
– El senador Sharon y el capitán Pusey.
– Quizás aún podamos sacar más información de Mammy Pleasant -dijo-. Pero podemos estar seguros de que no sacaremos nada de Pusey.
– ¿Qué haremos para averiguar si existe una conexión entre Sharon y Carrie LaPlante?
– Simplemente se lo preguntaremos a ella -dijo Bierce.