Arrestar: Detener formalmente a una persona acusada de ser excepcional.
– El Diccionario del Diablo-
Tomé el ferrocarril South End-North Beach en dirección a Broadway. Era un día luminoso y el sol brillaba sobre las vías y las fachadas de los edificios. Al pasar por Kearny Street se podían oír las agudas voces de las chicas esclavas de los lupanares de Chinatown.
Fui andando por Broadway hasta Dupont. La cárcel de la City era un edificio de ladrillo con altas cornisas y barrotes de hierro en las ventanas que parecían dientes al aire. El sargento del mostrador de entrada me indicó un pasillo de paredes desnudas. La tercera celda era la destinada a la baja aristocracia; era más grande que las otras, con el mismo camastro pero con tres sillas y frente a la ventana una tosca mecedora en la que Beau McNair estaba sentado leyendo un libro. Me quedé mirándolo a través de los barrotes de la entrada.
Cuando pronuncié su nombre, se levantó de la mecedora de un respingo y ésta quedó balanceándose vacía. Se acercó para hablarme a través de los barrotes. Era un joven atractivo, sin duda alguna, aproximadamente de mi altura pero de complexión más fibrosa, con un traje de color pardo claro y pajarita. Tenía barba rubia, ojos azules ligeramente juntos y cabello rubio desbordándosele por la frente. No se había afeitado.
– ¿Quién es usted? -preguntó.
Le dije que era Tom Redmond, del Hornet, y que la señorita Brittain me había pedido que fuera a verle.
– ¿Es amigo de la señorita Brittain? -preguntó.
– Un conocido.
– Un periodista -dijo, frunciendo los labios.
Le dije que así era.
– Puede informarle de que no estaré aquí mucho tiempo. Ya han avisado al señor Curtis. También han enviado una petición al gobernador. Esto es ridículo… -Paseaba de un lado a otro de la celda, golpeando el respaldo de la mecedora para que volviera a balancearse. Regresó finalmente y se paró delante de mí frunciendo el ceño.
– ¿Qué piensa de la mujer que ha identificado su fotografía?
– ¡Está mintiendo, por supuesto! Los motivos no puedo imaginarlos.
– La señorita Brittain asegura que hay algún tipo de conspiración contra usted o su madre.
– ¡Estúpida confusión, eso es lo que es!
– ¿No es una conspiración, pues?
– ¡Sí, claro que es una conspiración!
– ¿Y tiene alguna idea…?
– No, no tengo ninguna idea, y estoy enfermo y cansado de responder preguntas estúpidas -me miró con desdén y con el labio inferior proyectado hacia fuera-. Si tiene algo de interés que contarme, ¿sería tan amable de soltarlo, amigo?
Tuve que recordarme que era un joven asustado. Permaneció de pie con las manos hundidas en los bolsillos, estirando la tela de modo que parecían pantalones bombachos. Infló y luego relajó los mofletes, como si padeciera de una insuficiencia respiratoria nerviosa.
– El capitán Pusey -dije yo- tiene cincuenta álbumes de fotografías de delincuentes. ¿Cómo es posible que tuviera su fotografía?
Me mostró los dientes como un gato salvaje en una trampa.
– Supongo que deben de haberme hecho al menos cien retratos dijo él-. Simplemente, ese capitán Pusey de usted resulta tener uno de ellos.
– Me pregunto por qué elegiría mostrar su fotografía a la mujer que vio al asesino en el escenario del crimen.
Beau resopló.
– ¿Piensa usted que el capitán Pusey forma parte de una conspiración?
Pareció recobrar cierto control de sí mismo.
– Escuche -dijo-. Hay gente insatisfecha. Hay gente demente. Hay gente envidiosa. Hay gente a la que le gustaría conseguir cualquier tipo de notoriedad.
– ¿Y eso es lo que está sucediendo aquí?
– Eso es sin duda lo que está sucediendo aquí, sí.
– Estoy muy interesado en esa idea de la conspiración -dije-. Está el asunto de los naipes…
– Me saca de quicio -dijo él- que cualquiera pueda pensar que me gusta rajar a esas fulanas desde el gaznate hasta el coño.
Comenté que me extrañaba que supiera cómo habían sido rajadas.
– Lo leí en los periódicos, por supuesto.
– Ese dato no fue revelado a los periódicos.
Me lanzó una mirada altiva y se volvió para saludar a dos caballeros que habían aparecido.
– Le recomiendo que no hable con periodistas, Beau -dijo un hombre pequeño y de pelo blanco. El otro era más alto, de cabello grisáceo. El carcelero gordo les seguía con su manojo de llaves.
– ¿De qué periódico es usted? -preguntó el hombrecillo. Su expresión era truculenta y tenía el semblante brillante y el cutis tenso; daba la impresión de que su rostro se hubiera escoriado en un incendio.
– Es del Hornet -dijoBeau.
– Le aconsejo en especial que no hable con reporteros de periodicuchos basura -dijo el hombrecillo.
– Aquí es, señor Curtis -dijo el carcelero, y giró la llave en la cerradura. Beau empujó la puerta hacia él.
El hombre pequeño era Bosworth Curtis, el abogado cebo que frecuentemente representaba a la South Pacific, y el hombre alto de pelo canoso ataviado con un elegante traje de fino paño negro debía de ser el señor Buckle, el administrador de Lady Caroline, del cual Amelia me había hablado. No me ofendí al oír que calificaba al Hornet deperiodicucho basura porque, a excepción del Tattle deBierce, era una opinión generalizada con la que ya estaba familiarizado.
– Saque a este tipo de aquí -ordenó el señor Curtis al carcelero.
Éste me miró encogiéndose de hombros y le seguí. A nuestras espaldas, Beau McNair, Curtis y Buckle permanecieron en pie mirándose entre sí, como tres actores esperando que el telón se levantase para empezar su función.
Fuera, en Broadway, el sol me hizo bizquear y me apeteció tomar una cerveza antes de regresar al Hornet.
El titular que se leía en el Examiner del kiosco de prensa era: Arresto entre la élite de Nob Hill.
En la oficina de Bierce fui presentado al capitán Pusey, que se levantó de su asiento para ofrecerme el apretón de manos de rigor, pero con una pausa lo suficientemente notoria como para dejarme claro que era consciente de mi bajo estatus. Vestía uniforme de lana azul oscuro impecablemente planchada, con estrellas en las mangas de su larga casaca que indicaban su rango de capitán. La gorra estaba sobre el escritorio de Bierce, junto al cráneo. Tenía una nariz respingona y una sonrisa de dentadura postiza; debía de tener unos sesenta años, con mejillas sonrosadas, un casco griego de cabello blanco y barriga constreñida por un cinturón de cuero ciñéndole la casaca. Olía a loción capilar y polvos de talco, como si acabara de salir de una barbería.
Comentó que había estado tratando unos negocios con el señor Macgowan y que después se había pasado a ver a Bierce siguiendo la sugerencia del sargento Nix.
Bierce estaba de pie en actitud decidida, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara averiguar algo observando al capitán mientras me saludaba.
– El capitán Pusey y yo estábamos comentando la enorme buena fortuna de que tuviera una fotografía de Beau McNair en sus archivos.
Pusey movió la mandíbula para mostrar su sonrisa de dentadura perfecta.
– Acabo de ver a Beau con el abogado Curtis en prisión -dije.
Pusey asintió afablemente.
– McNair ya debe de estar en la calle -dijo.
– Estaba preguntándome cómo había llegado esa fotografía a manos del capitán Pusey -dijo Bierce-. Y por qué eligió enseñársela a Edith Pruitt.
– Le mostré media docena de fotografías -dijo Pusey-. No es conveniente marear a un testigo con demasiadas, ya sabe. Sólo la buena suerte hizo que fuera una de ellas.
– Una buena suerte bastante extraordinaria -apuntó Bierce-. No puedo evitar seguir especulando. Por ejemplo, ¿encontró la fotografía de Beau en los archivos de Scotland Yard cuando estuvo en Londres? ¿O se la envió algún colega suyo del Yard cuando Beau regresó a San Francisco?
El capitán Pusey no pareció complacido al escuchar las hipótesis de Bierce.
– Conjeturas -dijo-. La mayor parte del trabajo del detective no se basa más que en puras conjeturas, señor Bierce. En ocasiones da resultados.
– Conjeturas bien fundadas -dijo Bierce, asintiendo-. Es evidente que Beau tiene un historial delictivo de algún tipo, de lo contrario no tendría usted su fotografía. Creo que podría expresarse mediante un silogismo. El capitán Pusey tiene un archivo de fotografías de delincuentes. En su colección hay una fotografía del joven McNair. Por lo tanto, el joven McNair ha debido de ser detenido en alguna ocasión en el pasado.
Pusey se sacó un grueso reloj de bolsillo y lo miró, como queriendo impresionarnos por el valor de su tiempo.
– Permítame hacer una suposición bien fundada -dijo Bierce-. La fotografía y el informe respectivo fueron enviados desde Inglaterra. Formaban parte de las actividades delictivas en Londres. Londres es famoso por sus prostitutas. Beau McNair estuvo involucrado en algún tipo de actividad delictiva relacionada con prostitutas.
Pusey se inclinó hacia delante para usar la escupidera.
Bierce esperó.
– Bueno, acaba de dar en el blanco, señor Bierce -dijo Pusey finalmente.
Pude distinguir una vaga nota del acento nasal australiano que le recordaba a uno la gran cantidad de convictos con cédula de libertad condicional que se asentaron en San Francisco en los viejos tiempos.
– ¿Qué delito cometió Beau McNair? -dijo Bierce.
– Gamberradas de colegiales -dijo Pusey con un suspiro-. Tres jóvenes fardones con más dinero del que les conviene. Habían formado un club. Se hacían llamar Los Diamantes. Tenían todos alfileres con diamantes, y siempre los llevaban puestos. Algún tipo de rito de iniciación.
– ¿Y qué hicieron? -insistió Bierce.
– Contrataron a un par de mujeres de Whitechapel para una noche, y en vez de hacer lo que suele hacerse, las golpearon. Las desnudaron y dibujaron en sus barrigas.
– ¿Y qué dibujaron en sus barrigas?
Pusey reflexionó durante unos segundos.
– Como una enorme vagina desde la barriga hasta el cuello. Con cabellos sobresaliendo por los lados. Utilizaron algún tipo de tinta indeleble mezclada con ácido que les quemó la piel. No era peligroso, pero sí doloroso. Ahora que lo pienso, eso sí que es una fanfarronada que se la pondría dura a cualquiera -añadió sarcásticamente-. Dibujar coños en las barrigas de las putas.
Sonaba muy similar a lo que le habían hecho a Marie Gar, pero con un cuchillo en lugar de una pluma. ¡Y ese tipo era el prometido de Amelia Brittain!
– Es el tipo de entretenimiento de los inútiles jóvenes británicos -dijo Bierce.
– Se armó un poco de revuelo -continuó Pusey-. Pensaron que el dinero podría comprar el silencio, pero finalmente salió a la luz. Beau fue el único al que se le disculpó en parte, al ser más joven que los demás, y tan bien parecido. Probablemente fue influenciado negativamente por sus amigos.
– Avergonzado de no ser un desvergonzado -dijo Bierce-. Debió de ser bastante vergonzoso para su madre, teniendo en cuenta su profesión anterior.
Corría el rumor, o algo más que un rumor, de que Lady Caroline había sido madame en Virginia City, en la Veta Comstock, antes de casarse con Nat McNair.
– ¿Y qué sucedió? -preguntó Bierce.
– Se pagó mucho dinero, y un juez amonestó duramente a los Diamantes. La madre de Beau lo embarcó de vuelta aquí.
– Diamantes y picas -comenté.
Ambos me miraron como si fuera un niño que hubiera pronunciado sus primeras palabras inteligibles.
– Teniendo en cuenta las pruebas disponibles, parece que tiene a su hombre, capitán Pusey -afirmó Bierce.
Pusey dejó escapar una risotada de satisfacción. Se impulsó lentamente levantándose de su asiento.
– Ya es hora de que regrese a mis deberes.
Estrechó la mano de Bierce, me saludó asintiendo y salió a grandes zancadas de la oficina ajustándose la gorra. Sus botas relucientes resonaron tras perderse de vista.
Bierce permaneció mirando la silla que el jefe de detectives había dejado vacante.
– El capitán Pusey no parece muy preocupado de que el joven McNair le haya sido arrebatado de sus garras. Me pregunto a qué está jugando.
– Soborno -dije-. Es famoso por ello.
– Chantaje -dijo Bierce-. La fortuna de McNair. El hijo de la viuda McNair, o Lady Caroline, como se la conoce ahora.
Intentaba relacionar la imagen del joven dandi que había visto en la prisión de la City, al cual estaba prometido Amelia Brittain, con el arrogante y lascivo Diamante que había marcado los cuerpos de prostitutas con tinta ácida. Y con el monstruo que había acuchillado mortalmente a Marie Gar.
Le relaté a Bierce el comentario de Beau McNair acerca de cuchilladas desde la garganta hasta el pubis. Entrecerró los ojos mirándome y acarició el cráneo sobre su mesa.
– No parece a primera vista que la Compañía del Pacífico Sur esté involucrada -fue todo lo que dijo.
– ¡Pero Beau McNair es el asesino!
Bierce negó con la cabeza.
– Da la impresión de que todo cuadra demasiado bien, que todo apunta demasiado a lo que el capitán Pusey nos quiere hacer creer.
Me indicó que ya podía irme y me di la vuelta para regresar a mi escritorio, aún conmocionado por lo que habíamos averiguado sobre Beaumont McNair.
– Una enorme depravación ha llegado nadando a las orillas de nuestro conocimiento -comentó Bierce a mi espalda.
Por la mañana los periódicos informaban de que Beaumont McNair había salido de la Prisión de la City. Un tal Rudolph Buckle declaró que el joven había estado en su compañía las noches en que se habían producido los asesinatos de la baraja.
El Hornet de esa semana incluía una viñeta a toda página de Fats Chubb mostrando a un espeluznante asesino de aspecto diabólico con un enorme cuchillo.
Bierce escribió lo siguiente en su columna:
¿Qué debemos pensar de nuestro destripador de San Francisco, cuyo afecto por las sucias palomas de Morton Street es tan grande que se ve obligado a abrirlas para disfrutar de la bella visión de sus órganos vitales? ¿Qué debemos pensar de que deposite sobre sus víctimas una carta de picas, primero un as y luego un dos? Parece poderosamente obvio que seguirá un tres. ¿Nos indican las cartas de la baraja que se trata de un jugador, un adicto al juego de Faro repentinamente dominado por recuerdos de agravios femeninos? ¿Cuál es el mensaje que presagian aquellas dos infernales picas negras?
Más abajo en la columna, Bierce se ocupaba del asunto de la anexión de Hawai: «Los tambores resuenan por la condenable violación de aquellas islas del Pacífico, con cuya realeza nuestra nación parece haber congeniado, para el principal beneficio de los misioneros que invadieron aquellas costas paradisíacas y que confinaron a los Kanaka a las plantaciones de cañas de azúcar y cubrieron hasta las orejas el cuerpo de sus mujeres».
Me sorprendió encontrarme en el mismo número del Hornet el editorial del señor Macgowan proclamando las bondades de la anexión de las islas hawaianas antes de que fueran absorbidas por el Imperio Británico o cayeran bajo un golpe de Estado alemán. Era como si el señor Macgowan no leyera a su redactor ycolumnista, ni Bierce a su editor.