24

Romance: Ficción que no debe ninguna lealtad al Dios de las Cosas Reales.

– El Diccionario del Diablo-


El Sargento Nix lanzó el casco sobre el escritorio, junto al cráneo, y sacudió la cabeza mientras Bierce le relataba nuestro encuentro con Jennings en el hotel Palace.

– Es un pez demasiado gordo para que el capitán pueda ir a por él -dijo Nix-. Para eso necesitaríamos un pelotón de clérigos jurando sobre un carromato de biblias que lo vieron estrangular a la viuda del juez Hamon.

– ¿Han llegado noticias de la hija en San Diego? -preguntó Bierce.

– Ella y Hamon no se llevaban bien. No sabe nada.

– Tom ha estado husmeando en el pasado de Mammy Pleasant -dijo Bierce.

– Son todos poderosos aristócratas de Nob Hill los que solían dedicarse a ese tipo de juegos en Geneva Cottage -dijo Nix, sacudiendo la cabeza de nuevo-. Por supuesto, siempre hemos sabido a qué se dedicaba Mammy. ¿Sabes cuántos abortos al mes son necesarios para que un prostíbulo, una casa de citas o un salón sigan funcionando? Tienen una especie de pesarios empapados en quinina y algunas otras hierbas que las vuelve estériles durante un tiempo, pero aun así casi siempre se requieren abortos. Y así era por aquel entonces, cuando Mammy Pleasant se dedicaba al negocio.

Siempre hay comadronas cerca, pero ella era la opción de buen gusto de los Nobs. Abortos y adopciones de bebés. Nadie jamás la persiguió por ello. Esto es San Francisco. También ha habido extraños tejemanejes en la casa del señor Bell. Pero dicen que ella y Allan Pinkerton eran amigos desde los tiempos en que ella estaba relacionada con el Ferrocarril Subterráneo. El capitán Pusey es sumamente cuidadoso con ella, o eso me ha parecido.

– Dicen que ahora está en los tribunales a diario. Justo en medio de todo el jaleo, también. Cuando Sarah Althea y sus abogados hablan la negra cabeza de Mammy siempre está metida ahí en medio. Y no es de extrañar, es ella quien paga las facturas. La señorita Hill y su nuevo abogado están hechos una par de tortolitos, o eso he oído. Supongo que eso beneficiará algo a Sharon.

Se continuó la discusión sobre el juicio Sharon contra Sharon, que parecía estar decantándose a favor de Sarah Althea Hill en esos momentos.

Bierce preguntó si Beau McNair estaba aún bajo custodia o fuera.

– Está fuera -dijo Nix-. Su madre ya está por aquí. Llegó ayer noche.

– Ahora el capitán Pusey hará saltar su trampa -dijo Bierce.

– Veamos lo que tienes sobre Mammy Pleasant -dijo Bierce, cuando Nix se hubo ido. Le llevé el borrador mecanografiado:


Mary Ellen Pleasant llegó a San Francisco en 1853 como pasajero del SS Oregon. También a bordo había un joven escocés llamado Thomas Bell, y una duradera conexión se estableció entonces. La señora Pleasant era una negra cuarterona que podría pasar por blanca, y así lo hizo en un San Francisco más interesado en las mujeres atractivas que en las distinciones de color. Quizás ella se enteró de algún crimen o aberración en el pasado de Thomas Bell, porque essabido que ha conseguido hacerse con las riendas mientras la fortuna del señor Bell florecía en San Francisco. Se convirtió en un afamado chef y pasó de cocina en cocina entre la aristocracia de Rincon Hill y Nob Hill. Se decía que ella era capaz de disfrutar del salario de un cocinero de 500 dólares al mes sin tener que fregar los platos.

Desempeñó el papel de organizadora de sofisticadas fiestas al servicio de hombres adinerados, con los servicios de bellas señoritas que ella siempre parecía tener a mano. A finales de los sesenta regentaba una casa de citas muy próspera, en donde se veía con frecuencia a los reyes de la Bonanza: William Ralston, Darius Mills y William Sharon, así como Thomas Bell, que se había convertido en un financiero con una considerable fortuna. En 1869 abrió un Palacio del Placer en el cruce de carreteras de Geneva con San José llamado Geneva Cottage. Las fiestas estaban restringidas a tan sólo diez participantes; la tarifa era de 500 dólares. Financieros, políticos, banqueros y reyes de la minería visitaban Geneva Cottage para fiestas masculinas. Un pasatiempo muy popular era un juego de ninfas y sátiros, en el que las ninfas se despojaban de sus ropas mientras huían hacia la oscuridad del parque del Geneva Cottage, y viejos sátiros resoplaban mientras las perseguían. Había rumores sobre el duro trato que se les daba a las chicas y al menos una de las ninfas problemáticas desapareció sin dejar rastro. Tales rumores no fueron investigados por la policía gracias a las conexiones de la señora Pleasant.

Durante los años 70 compró una «pensión» nueva en el 920 de Washington Street, en la que las primeras juergas de apertura fueron presididas por el gobernador Newton Booth y su secretario de estado, Drury Malone. William Sharon, William Ralston y Nathaniel McNair no andaban lejos del evento.

Aparte de la organización de fiestas y alquiler de locales para tal fin, la señora Pleasant fue abriéndose camino como casamentera. Una hermosa joven de su corral se prometió y más tarde se casó con Thomas Bell. India Howard, que había sido el mejor trofeo en Geneva Cottage, también se casó bien. Otra de las chicas de Mammy Pleasant era Sarah Althea Hill, que se mudó al Grand Hotel a cuenta del senador Sharon. En el presente juicio de Sharon contra Sharon, la señora Pleasant es la testigo principal de la señorita Hill, o señora Sharon, como podría ser el caso.

A principios de los 70 la señora Pleasant poseía propiedades en San Francisco de considerable valor y, aconsejada por Thomas Bell, también había hecho dinero invirtiendo en acciones mineras. Estas perdieron todo su valor cuando el Banco de California se declaró en bancarrota en 1875. Muchos consideraban al senador Sharon responsable de la debacle del Banco y el suicidio de Ralston. Mammy Pleasant podría culpar al senador Sharon por sus pérdidas financieras, y su participación activa en la reclamación de Sarah Althea Hill sobre la fortuna de Sharon podría estar motivada por venganza.

Tras la quiebra del Banco, la señora Pleasant se mudó a la mansión de Thomas Bell en Octavia Street con el título de «ama de llaves», supuestamente a las órdenes de su esposa, Teresa Bell, que en otro tiempo fue una de las atracciones de Geneva Cottage.


A Bierce no pareció interesarle mucho lo que yo había averiguado hasta el momento, y se quedó mirando a través de la ventana con el ceño fruncido. Probablemente estaba decepcionado al no haber encontrado conexión alguna con el Ferrocarril. El hecho era que los Cuatro Grandes no parecían haber participado en ninguna de las juergas en Geneva Cottage organizadas por Mammy Pleasant, y que habían permanecido fieles a sus esposas y administraron bien su dinero.

– Ella sabe quién es el Destripador -dijo Bierce-. Pero no ve que vaya a obtener ningún beneficio si nos ayuda. ¡Pero yo se lo voy a sonsacar!

Y entonces aprovechó la ocasión para soltar un discurso sobre el uso de «haré» y «voy a hacer», como si no pudiera dejar pasar uno de mis artículos sin soltar algún comentario estilístico.

– «Haré» indica una simple intención -dijo-. «Yo iré». Mientras que «voy a hacer» denota un cierto grado de conformidad o determinación. «Yo voy a ir»… como si el que yo fuera hubiera sido solicitado o prohibido. «Haré» simplemente implica una predicción, pero «voy a hacer» implica algo de promesa, permiso u obligación por parte del hablante.

– Nosotros cazaremos al Destripador -dije.

– Correcto -dijo Bierce.


Estaba sentado con Amelia Brittain en la pérgola de la parte trasera de la casa de los Brittain. Cuadrados perfectos de luz solar pasaban por los intersticios de los listones del tejado reflejándose sobre la mesa, sobre la jarra de té helado, nuestros vasos, sobre mi sombrero y la mano de Amelia, con los dedos estirados sobre la mesa frente a ella. Llevaba un vestido azul claro con pequeñas crestas de tela ingeniosamente bordadas que daban la sensación de pequeñas hombreras sobre sus hombros. No podía apartar la vista de la tersa piel de su cuello. Sus labios rosados me sonrieron. Me había dado la bienvenida tratándome como a su héroe, pero parecía triste.

El agente Riley, el vigilante de día, estaba sentado en el balcón justo arriba de nosotros, con la silla echada hacia atrás contra la pared, y la tela de los pantalones tirante sobre sus rechonchas rodillas.

– ¿Recuerdas el reloj de La Feria de las Vanidades? -preguntó Amelia.

Bebí un poco de té.

– Recuérdamelo.

– En la casa de los Osborne había un reloj decorado con un relieve en latón del sacrificio de Ifigenia.

– Se sacrificó para que la flota griega pudiera embarcarse y pelear contra Troya -dije, para probar que sabía de mitología.

– La hija de Agamenón -dijo Amelia, como si me estuviera ayudando a responder preguntas de un examen-. Se sacrificó porque los vientos soplaban en dirección contraria, impidiendo que la flota zarpara.

»En la novela el reloj suena. El señor Osborne lleva una especie de uniforme militar, con botones de latón y cosas así. Algo va mal. Las hijas le preguntan qué ocurre. Una de ellas dice "los fondos deben de estar cayendo".

No lo recordaba.

– Los vientos no les eran propicios -dijo Amelia, mirándome-. Una de las hijas debía ser sacrificada.

Me enojó el hecho de que ella hubiera detectado más cosas en La Feria de las Vanidades -que yo.

– ¿Sacrificada? -dije.

– A casarse por cuestiones económicas. La adolescencia de una chica interrumpida antes de estar preparada para ello, porque los fondos están cayendo.

Parecía desilusionada por haber tenido que darme las pistas.

Podía sentir los latidos de mi corazón.

– ¿Y los fondos están cayendo?

Amelia cogió con un movimiento rápido el vaso perlado de gotas de humedad y se enfrió la mejilla con él. Asintió con la cabeza.

Me costaba seguir hablando.

– ¿Beau McNair? -pregunté.

Negó con la cabeza.

– Papá no quiere ni oír hablar de ello.

– ¿Qué tiene en contra de Beau?

– Beau le recuerda a mi tío. Mi padre tiene un hermano gemelo que siempre anda viajando y escribiendo para pedir dinero. Es un calavera y un borracho encantador. Ahora está en las Islas Hawaianas. Y no creo que Beau sea como él en absoluto.

No me importaba lo que su padre pudiera tener en contra de Beau, pero me preocupaba que su rostro hubiera mostrado tan diáfanamente su alivio al darse cuenta de que no había sido Beau quien la atacó en el porche, porque estaba en prisión. Me preocupaba que ella se preocupara por Beau.

– ¿Querías casarte con Beau?

Ella me sonrió.

– No estaba preparada para que mi adolescencia fuera interrumpida -bajó la mirada hacia sus manos extendidas sobre la mesa, a rayas por la luz solar.

– ¿Y con quién te exigirán que te cases, entonces? -pregunté. No podía creer que estuviera manteniendo esta conversación con mi Verdadero Amor.

– Con alguien con mucho dinero. Aún no lo sé.

Me dolían las mandíbulas.

– Es terrible -dije-. Es medieval. Es como en la Edad Media. Es algo terrible hacerle eso a una… encantadora joven.

– Oh, yo creo que es cómico. Excepto cuando te ocurre a ti, entonces no es tan cómico.

– ¿Te escaparías conmigo?

Negó con la cabeza, aún sonriendo.

– Gracias, Tom.

Me mantuve ocupado cogiendo mi propio vaso, examinando los contenidos y tomando un poco de té dulce. En el balcón el agente Riley estaba sentado sudando bajo el sol, mirando a la distancia.

– ¿Me amas? -susurró.

Cerré los ojos.

– Pensaba que eras mi Verdadero Amor. Yo nunca… -me obligué a callarme.

– Las cosas no son como deberían ser -dijo ella-. Tú me salvaste del Minotauro, de manera que el rey debería darte mi mano. Pero los fondos están cayendo.

Mi furia había aumentado hasta ahogarme.

– Es… ¡Es terrible! -eso es todo lo que podía decir.

– Soy bastante afortunada -dijo ella, negando con la cabeza-. Si no tuviera cierto estatus social, ni recursos, ni familia, mi destino bien podría ser como el de la señorita Hill.

– ¿Cuál es la diferencia? -dije.

– ¡Hay toda la diferencia del mundo! Como mujer casada, cuando mi marido muera podré ser una mujer económicamente independiente. La señorita Hill, que no tiene marido, no tiene tal derecho.

No deseaba discutir con ella sobre la Rosa de Sharon.

– Nunca te olvidaré -dijo ella con voz fría-. Quizás tú nunca me olvides. Nos separaremos, pero habrá sido… algo importante en nuestras vidas. Algo que se convertirá en parte de nuestras vidas y nuestros caracteres, y nuestro ser. Es algo sobre lo que ya he escrito páginas en mi diario. Algo sobre lo que escribiré poemas.

– ¡Esto es América! -dije desesperadamente. ¡La Democracia! Me sentía enfermo de ira. Y a mi pesar mi ira se centraba en Amelia, la cual iba a dejar que la vendieran como a un esclavo negro porque formaba parte de una especie de comedia social que la divertía. ¡Por su carácter y su ser!

Mis propios padres de repente me parecieron ejemplos modélicos, y sentí una oleada de rectitud al ser pobre y honesto, y libre. Mi padre podría haber sido un rey de la plata si los zorros y las ovejas hubieran sido repartidos de otra manera. ¡Gracias a Dios que no fue así!

Me puse en pie. Los cuadrados de luz se bañaron en mis ojos.

– No quiero que sea así -dijo Amelia.

– Supongo que no tienes ninguna capacidad de decisión en todo esto, ¿no? -me arrepentí de haber dicho esto-. Mi oferta sigue en pie -dije.

Sabía que mi oferta era estúpida, tanto como la certeza de ella de que así era. ¿Qué podía ofrecerle yo?

– Gracias, mi héroe -susurró.

Su mano se estiró sobre la mesa para que yo la pudiera tomar, pero le di la espalda. No quería que viera mi rostro.

Subí los escalones de atrás y pasé junto al agente Riley, el cual me saludó con un gesto cuando pasé, y me alejé a zancadas atravesando el oscuro vestíbulo hacia la terraza, donde la barandilla rota ya había sido reparada, y bajé por las escaleras a Taylor Street.

Era aún demasiado pronto para visitar a Annie Dunker.

Загрузка...