Educación: Aquello que se le revela al sabio y la falta de entendimiento oculta al idiota.
– El Diccionario del Diablo-
El sargento Nix llegó al Hornet conlas últimas noticias del Old City Hall.
– Bos Curtis ha entrado en la comisaría como una carretada de gatos monteses -dijo-. Menudo guirigay que ha montado en la oficina del capitán.
– ¿Es cierto que Pusey tiene un testigo del asesinato de Rachel LeVigne? -preguntó Bierce.
– Un tipo llamado Horswill. Le mostró la fotografía y reconoció a Beau McNair. Y el señor R. Buckle había jurado en falso que Beau había estado con él al mismo tiempo.
– ¿Y Pusey contaba con poder discutir sobre eso con Lady Caroline?
Nix se las apañó para encogerse de hombros y asentir a un mismo tiempo.
– Me imagino que Curtis le diría a Pusey lo que iba a hacer con Edith Pruitt y este tal Horswill si se subían al estrado para testificar… como los identificadores de fotografías. Por no hablar de por qué el capitán decidió mostrar la fotografía de Beau McNair a la primera testigo.
Me pregunté en voz alta si la policía había asignado vigilancia a la mansión de los McNair.
– La dama no quiere a nadie allí -dijo Nix-. Tengo entendido que el lugar está construido como una fortaleza y bastante protegido desde que aquellos de las barriadas asaltaron Nob Hill como una horda salvaje. Vuestro amigo el tal Klosters ha estado allí -añadió.
– Tom y yo hemos sido invitados a la mansión de Lady Caroline después de la cena de esta noche -dijo Bierce.
– ¿No sería mejor que fueras tú solo? -pregunté, cuando Nix se hubo marchado.
– Quiero que tú observes todo. Estarás escuchándonos a ella y a mí, para informarme más tarde de cualquier cosa que pudiera escapárseme a mí.
A las nueve en punto subíamos por California Street en un coche de alquiler, zarandeándonos cada vez que la pezuña del caballo resbalaba sobre los adoquines, el conductor maldecía y azotaba el látigo. Llegamos hasta los edificios de los Cuatro Grandes, pasamos junto a la mansión Crocker con la fachada decorada con volutas, la torre y la sombra del absurdamente elevado muro disuasorio más allá. Un banco de niebla ocultaba las luces de la parte oeste de la City.
– Debió de ser bastante aterrador para los Nobs -dije- cuando hubo esa concentración de trabajadores aquí.
– Denis Kearney contra Charles Crocker -dijo Bierce-. Derechos de propiedad contra derechos de los trabajadores. ¡Piensa en la cantidad de derechos que han sido pisoteados en luchas en nombre de otros derechos! Las guerras son causadas por los derechos. Los derechos del negro, los derechos de los esclavistas. ¡La ley del Esclavo Fugitivo! ¿Cómo pudo nuestra cámara legislativa crear tal monstruosidad? Yo digo: ¡Abajo con los derechos!
El caballo de alquiler avanzó repiqueteando.
– A la conclusión a la que se llega -dijo Bierce con pesimismo- es que al final nada importa. Nada. La escena pasajera puede ser observada y ridiculizada, pero no puede ser sentida, porque no hay nada que valga la pena sentir. Somos como moscas atraídas a lascivos jóvenes, etcétera.
Parecía referirse a la misma teoría de comedia social que Amelia había mencionado, pero con un tono de desesperación en lugar de ironía. Sentí una ira persistente y abrasadora por lo que ella había llamado su responsabilidad. Me pareció que ese sentimiento era algo importante, incluso aunque me hiciera sentir mal.
– Sostengo que hay emociones que vale la pena sentir -dije.
– ¿Y qué es lo que conmueve al león durmiente de tu corazón?
Le conté que Amelia me había informado de que estaba obligada a casarse con un hombre rico debido a la situación financiera de su padre, y los sentimientos eran dolorosos pero honorablemente sentidos.
– Mi querido amigo, ¿y qué esperabas? -dijo Bierce amablemente-. Has leído demasiadas novelas. Refuerzan la absurda idea del final feliz.
– Si nada importa, ¿por qué es importante averiguar quién mató a las tres prostitutas? -pregunté.
– No es importante, es simplemente interesante -dijo Bierce-. Es una adivinanza que hay que resolver.
– ¿Por qué es importante atacar a los del Ferrocarril?
– No es importante, es simplemente gratificante -dijo Bierce.
– Bueno -dije-. La gratificación es algo que se siente.
Bierce rió.
– Lamento lo de la señorita Brittain. Es una joven encantadora, y para nada apocada si conoce su destino.
– Su final feliz -dije, amargamente.
El carro siguió pasando mansiones que se cernían como monstruos de la antigüedad congelados desde la edad de hielo. Había un tráfico ligero de calesas y otros carruajes de alquiler con sus faroles encendidos, y el ocasional chispazo de las llantas de metal contra el adoquinado. El banco de niebla nos engulló, pero la sensación era que el mundo giraba lentamente para depositarnos en aquellas grises y húmedas fauces.
La mansión de los McNair era una de las bestias menores, entre la niebla se veía luz en las ventanas de la primera y la segunda planta, y rayos reflejados en la niebla bailaban sobre la valla rebotando sobre la densa oscuridad de los arbustos. El coche de alquiler giró y pasó por debajo de las luces de la puerta de las cocheras, donde bajamos.
El corpulento mayordomo con pelo engominado nos hizo pasar al interior. Nos guió por unas escaleras tan anchas como Morton Street hacia el piso superior bajo la ceñuda mirada del retrato de Nathaniel McNair, y pasamos al interior de una habitación iluminada con faroles redondos. El mayordomo ofreció a Bierce un noble y mullido sillón, y a mí un diván con blandos cojines. Luego nos sirvió unas copas de oporto de un decantador de cristal tallado. Vi que una de las copas ya estaba llena y a la espera en una mesilla baja junto a la chaise longue en el otro extremo de la estancia.
Nos apresuramos a levantarnos cuando Lady Caroline Stearns entró.
Llevaba un vestido largo con brocados dorados y de plata, de cuello alto, y mangas largas. Dentro de la rígida tela del vestido daba la impresión de que su cuerpo se movía de forma independiente al ropaje que la cubría. Cruzó el cuarto para estrechar la mano de Bierce y ofrecerme un gesto con la mano a modo de saludo. Llevaba el pelo cepillado hacia atrás y recogido en un moño detrás de la cabeza sobre su delgado y largo cuello. Tenía la tez clara, sin duda empolvada, y la boca pintada, mientras sus ojos calmadamente azules nos observaban. Ya no era joven, pero era muy bella.
– Por favor, siéntense, señor Bierce, señor Redmond.
Barrió con el vestido el parqué y se reclinó en la chaise longue. Percibí en su presencia una extraña disminución de la fuerza de Bierce, convirtiéndose casi en timidez.
Hubo un momento de silencio, todos sosteníamos nuestra copa de oporto como si brindáramos.
– Es hora de que hablemos sobre Virginia City -dijo Bierce.
Ella inclinó su perfecta barbilla en lo que debió de ser asentimiento.
– Usted era muy querida allí, señora.
– Gracias -dijo ella.
– Sin embargo, ha existido un odio imperecedero. Supongo que a raíz de las manipulaciones de propiedad de la mina Jota de Picas.
– Hubo inversores que tenían motivos para sentirse engañados -dijo Lady Caroline. Los elegantes pliegues de su pesado vestido me dejaron entrever su cuerpo inclinado y me recordó a Annie Dunker en camisola.
– Adolphus Jackson, Albert Gorton y un hombre llamado Macomber -dijo Bierce-. De éstos, E. O. Macomber parece haber desaparecido. El sargento detective Nix ha realizado algunas pesquisas para encontrarle, pero sin resultado. Albert Gorton está supuestamente muerto. El difunto, el cual fue un mero instrumento para llevar a cabo «el truco inglés» en la Jota de Picas, podría haber sido asesinado porque se convirtió en un estorbo para su difunto esposo.
– Ésa es una presunción sin base alguna, señor Bierce.
– No es ni tan siquiera una presunción.
– Señor Bierce, no puedo creer que ninguno de estos hombres se halle tan consumido por antiguas rencillas como para comenzar esa conspiración de venganza contra mí de la que usted está tan convencido.
– ¿Acepta al menos el hecho de que en efecto ha habido una conspiración?
– Supongo que no tengo más remedio.
– ¿Y que usted se encuentra en peligro?
Inclinó su peinada cabeza silenciosamente.
– Hay otro asunto además de la mina Jota de Picas, señora -dijo Bierce-. Se trata de la paternidad de su hijo.
Ella levantó una mano hacia una campana que colgaba de un cordel trenzado. El mayordomo apareció.
– Tráiganos unos puros, si es tan amable, Marvins.
El mayordomo trajo un humidificador de plata de un armario y nos lo ofreció a Bierce y a mí. Bierce tomó uno, yo lo rechacé. Marvins volvió a guardar el humidificador y llevó a Lady Caroline una pequeña caja de cigarrillos egipcios. Ella eligió uno, y él se lo encendió y se lo ofreció con una reverencia; después se acercó para prender el puro de Bierce. El humo del cigarrillo era de un tono más pálido que el del puro, y se enroscaba hacia arriba desde el cilindro marrón entre sus dedos.
Me dio la impresión de que la pausa del tabaco le había dado tiempo a Lady Caroline para prepararse y recomponerse.
– El señor Brittain está convencido de que él es el padre -dijo Bierce-. Pero me han llegado noticias de que quizás no sea así.
– ¿Y podría saber de quién le han llegado esas noticias? -preguntó Lady Caroline. Colocó un codo en la chaise longue para levantar una mano y sostener el cigarrillo a quince centímetros de los labios.
– Eso no tiene importancia -dijo Bierce-. Pero espero que usted coopere en este asunto.
Pude percibir que el vestido se agitaba con su respiración.
– Hubo un asesinato -dijo ella-. Una amiga mía fue terriblemente asesinada… no destripada, en caso de que se haya apresurado a concluir algo. Eran unos tiempos violentos, y un lugar violento. De pronto, toda esa violencia me abrumó. Me habían hecho varias proposiciones de matrimonio. Tuve la sensación de que había recibido una señal y que más me valdría aceptar una de esas proposiciones y acabar con la vida que había estado llevando, que esperar a que la vida acabara conmigo.
»James Brittain fue la primera elección -dijo ella-. Nat McNair la última.
Me pregunté qué otros candidatos había habido entre medias.
– Pero creo estar en lo cierto al pensar que ninguno de ellos era realmente el padre de su hijo -dijo Bierce.
– Señor Bierce, ¿va a obligarme a avergonzarme revelando el hecho de que no estoy segura?
– Esta cuestión podría ser esencial en la resolución de estos asesinatos, señora.
– Admito que informé a James Brittain de que él era el padre. Lo hice porque decidí aceptar su proposición de matrimonio. Era un caballero, un hombre cultivado. Sin embargo, resultó ser un farolero -se rió ligeramente.
Me pareció que su trato confiado y su tranquilidad eran tan sólo una representación.
– ¿Era el senador Sharon uno de los posibles padres?
– En un sentido no estoy muy segura, pero en otro estoy totalmente segura. No, no fue él.
– ¿Era él uno de los que le hicieron propuestas?
– Tan sólo una proposición -dijo-. Hubiera acabado en una relación muy similar a la insatisfactoria relación de la valerosa señorita Sarah Althea Hill. Yo me inclinaba más por el matrimonio.
»Sr. Bierce, permítame que le diga esto -continuó ella-. Podría tratarse de un exceso de orgullo por mi parte, pero yo no creo que pueda ser culpada por los tejemanejes de la Jota de Picas. Fue obra de Nat. Se trataba del tipo de procedimiento por el que se hizo famoso. Sin duda lo aprendió de William Sharon. Creo que mi papel debe ser considerado como pasivo. Tal vez debería ampliar sus investigaciones más allá de este pequeño círculo de cinco personas…
– Es posible -dijo Bierce, aunque me pareció que lo dijo sin creérselo-. ¿Es posible que Macomber se cambiara el nombre, al igual que Jackson se cambió el suyo?
Sentí un peso invisible sobre mis hombros. Lady Caroline suspiró y se estrechó de hombros dentro de su estuche de oro y plata.
– ¿Cómo era Macomber, Lady Caroline? -pregunté.
Sus ojos azules se volvieron hacia los míos, pestañeando como si tuviera dificultad en enfocarme.
– Era un joven agradable, bastante hablador. No recuerdo mucho más de él, señor Redmond.
– ¿Y cómo se conocieron los cinco compradores de la Jota de Picas?
Dejó escapar el humo antes de abordar la cuestión.
– Éramos amigos.
¿Clientes?
– La mujer asesinada, ¿era Julia Bulette?
Pareció repentinamente recelosa.
– Sí. Era también mi amiga, una amiga de negocios, pero buena amiga, una buena mujer, una muy buena amiga.
– ¿Podría haber sido ella una de los Picas?
– Había un sistema de exclusión por azar. Ella resultó ser la excluida.
– ¿Podría decirme quién lo hizo?
Reflexionó unos instantes y entornó los ojos tras el humo.
– Debió de ser mi esposo.
– ¿Y por qué piensa que debió de ser él?
– Señor Bierce, le confesaré algo, aunque dudo que le sorprenda lo más mínimo. Nat McNair era un monstruo cruel, deshonesto, frío y desagradecido que nunca perdonó ni el más mínimo desliz ni olvidó un favor.
– ¿Por qué se casó con él, señora?
– Pensé que llegaría a ser el hombre más rico de California -dejó escapar una risa corta-. No fue capaz de alcanzar ese objetivo, pero sus logros fueron impresionantes. Yo también me gané mi parte de todo ello.
Deduje que no se refería a su papel en los chanchullos de la Jota de Picas.
– ¿Por qué Will Sharon no tenía participación en la Jota de Picas?
– ¿Por qué este nombre sigue saliendo en nuestra conversación? El senador Sharon era y es un hombre detestable. Espero que la señorita Hill gane el juicio y le quite la mitad de sus millones.
Se recostó en la chaise longue comosi estuviera más que satisfecha con su denuncia. Bierce le preguntó acerca de lo que podría hacer sentir culpable a su hijo.
– Según tengo entendido, Beau fue adoptado por el señor McNair unos meses después de que naciera. Vivió en San Francisco en una situación de creciente bonanza económica hasta los diez u once años… cuando él y la hija de James Brittain eran novios.
Lady Caroline asintió, soltando finos hilos de humo por la nariz.
– ¿Aprobaba usted esa relación? -preguntó Bierce.
– No particularmente, señor Bierce. De hecho, no la aprobaba en absoluto.
– El señor Brittain no la aprobaba porque los considera hermanos.
Lady Caroline bebió un poco de oporto, con el cigarrillo humeante entre los dedos de la otra mano. Me dio la impresión de que eran maniobras defensivas, al igual que su vestido bordado parecía una especie de armadura.
– Por cierto, estoy al tanto de los problemas de su hijo en Londres -dijo Bierce.
– Fue coaccionado por falsos amigos. Aunque no lo excuso.
Incluso cuando hablaba con énfasis había una serenidad en sus palabras que me pareció producto de una voluntad extraordinaria. Entonces se dirigió a mí:
– Señor Redmond, preferiría revelar las siguientes confidencias tan sólo al señor Bierce.
– Por supuesto -dije, levantándome-. Lady Caroline, le traigo un mensaje de Jimmy Fairleigh de Virginia City. Me pidió que le dijera que nunca la olvidará.
La bella máscara de repente se transformó en un infeliz rostro humano. Entreabrió los labios, los ojos llamearon en los míos y aparecieron arrugas en su cuello.
– ¡Ese pobre chico desafortunado! ¿Qué hace ahora?, dígame, por favor.
– Es camarero en el International Hotel.
– Las minas están agotadas. La ciudad debe de estar muriendo. ¡Debo hacer algo por él! -susurró, y de nuevo la máscara se recompuso en su rostro. Le di las buenas noches.
Marvins me acompañó a otra sala de estar en el piso de abajo y se entretuvo encendiendo lámparas y trayéndome otra copa de oporto. Me costaba quedarme quieto sentado, y el vino se me antojaba un capricho aristocrático excesivamente denso y dulce. Tras veinte minutos le pedí a Marvins que le dijera a Bierce que iba afuera a tomar el aire, y salí a la fresca humedad para pasear junto a la verja de bronce hacia la cima de Taylor Street, donde una sola farola arrojaba un círculo de pálida iluminación en la niebla, como si su llama ardiera bajo el agua.
Me paré antes de llegar al punto donde se divisaba la casa de los Brittain, más abajo, y retrocedí unos pasos hacia la entrada a cocheras. Me volví de nuevo justo a tiempo para ver una silueta que salía de los arbustos, escalaba la verja y volvía alejándose de mí. Cuando pasó por debajo de la farola volvió la cabeza y me pareció divisar un tenue destello de barba rubia.
Cuando Bierce se reunió conmigo le dije que había visto a Beau saliendo de la casa.
– Mucho me temo que no ha podido ser Beau a quien has visto -dijo-. Estaba jugando al ajedrez con Rudolph Buckle en el salón de billar.
– ¿Lo viste? -pregunté.
– No -dijo pensativamente-. Pero Beau fue el tema de nuestra conversación -continuó-. Tú mencionaste en alguna ocasión que la señorita Brittain te habló de sus investigaciones de campo. Está obsesionado con las prostitutas. Lady Caroline estaba muy preocupada por esto y teme que Beau se meta en problemas de nuevo, como le ocurrió en Londres. ¡Pero el hecho es que él ya está metido en problemas! ¿Y cómo habría podido discutir con ella la posibilidad de que la obsesión de su hijo haya sido propiciada al conocer el pasado profesional de la madre? Ahora está fascinado por una joven china, sin duda una prostituta.
– Entonces está en peligro de ser atacada por el Destripador -dije.
Seguimos bajando por California Street con las luces de Chinatown a nuestros pies.
– Había una obsesión generalizada con las prostitutas chinas en los viejos tiempos -continuó Bierce-. ¡Y aún sigue ocurriendo! Cualquier palurdo que llegue a la City puede verlo por sí mismo. La cuestión candente no es ¿qué es el hombre?, o ¿por qué estamos aquí?, sino ¿poseen las féminas chinas un diseño de aparato genital distinto al de sus hermanas blancas? ¡Imagínate! Ah Toy es famosa por haberse forrado gracias a esa obsesión por encontrar el conocimiento esencial. En su tarifa de precios se lee: «Dos monedas mira, cuatro monedas toca, seis monedas dentro». Y me imagino que la mayor parte de su fortuna la hizo con el satisfecho pago de sus clientes mirones -se rió, avanzando a zancadas a paso militar. Parecía satisfecho consigo mismo.
Anunció que deseaba fumar unas cuantas pipas de opio, y me pidió que le acompañase. Necesitaba mi consejo.
Descendimos a Chinatown, donde parecía estar familiarizado con un perfumado callejón junto a Kearny Street. No era uno de los fumaderos de opio turísticos. Descendimos cuatro escalones de ladrillo y pasamos junto a una pared musgosa bajo un juego de sombras densas como terciopelo negro. Antes de llegar a la puerta del salón pude oler el opio, ese olor penetrante que te recuerda a algo que no termina uno de recordar. Un viejo chino se inclinó y nos condujo al interior. En una sala común había seis hombres, no todos chinos, tumbados en camastros de madera empotrados en la pared, las chaquetas colgaban junto a sus cabezas, que descansaban sobre rectángulos de piel. El humo se arremolinaba gris contra el techo decorado. En la pared había una lista de precios en inglés y en chino, para pipas pequeñas y grandes. En una estancia privada había un camastro con una mesilla al lado y una lámpara de gas encendida sobre una mesa. El viejo chino nos señaló el lugar. Bierce, a continuación, me señaló una silla de respaldo recto, la cual arrimé.
– Cuéntame todo lo que hayas averiguado, visto, oído, pensado… todo -dijo-. No sólo esta noche. Todo. Hay algo que se me escapa. Tan sólo no pares de hablar.
Comencé a hablar.
Apareció un celestial [13] más joven con túnica de seda rosa y decorada con bordados de ranas en el pecho y, poniéndose en cuclillas, amasó una bola de goma marrón oscuro y la colocó sobre una llama hasta que comenzó a hervir. Luego lo vertió en la cazoleta de la pipa, la cual inhaló Bierce. La primera pipa pareció durar tan sólo unos instantes y el joven comenzó a preparar la segunda. Yo inhalé el humo que se escapaba. Bierce se había quitado el abrigo y aflojado la corbata. Era la primera vez que lo veía con el botón del cuello de la camisa desabrochado.
– ¡Continúa! -ordenó.
Entresaqué de mi memoria todo lo que sabía de los asesinatos, el viaje a Washoe, el daguerrotipo de los Picas, la entrevista con Pusey, mis conversaciones con Amelia y su padre. Pero no las que tuve con mi padre, E. O. Macomber, el cual había escrito a Bierce la carta firmada por un Ex Picas.
Bierce se fumó la segunda pipa y una tercera.
– ¿Tiene hermanos Amelia? -preguntó.
Ella tenía un hermano llamado Richard, al que había visto fugazmente en el Baile de los Bomberos y que estaba estudiando en la Sheffield School en Yale.
– ¿Y tiene ella un tío, hermano gemelo de su padre, y al que Beau se parece?
– Amelia no cree que lo tenga.
Le conté a Bierce que había visto a Beau en el Bella Union y también la visión fugaz en Battery Street del cuadro de Lady Caroline como Lady Godiva… el cual el señor Brittain había descrito y que aparentemente era propiedad del senador Jennings. Bierce me pidió que le describiera al hombre que se llevó el cuadro para protegerlo del fuego, a lo que sólo pude responderle que se trataba de un hombre joven.
Hubo más preguntas, todas sin conexión aparente.
Tras lo que me parecieron horas de mi narración y con la boca cada vez más seca, Bierce murmuró algo en chino al joven, el cual hizo una reverencia y se retiró. A continuación, entró una mujer. Me impactó ver que se trataba de una prostituta oriental cubierta tan sólo por unas cortas enaguas blancas. Tenía una cara graciosa, ojos como líneas pintadas, con prominentes pómulos. La separación entre los dos dientes frontales le otorgaba una atractiva y aniñada apariencia. Se acuclilló para preparar lo que debía ser ya la quinta pipa y me hizo una señal con la cabeza lanzándome una mirada provocativa.
Salí del privado a la habitación compartida, donde permanecí un rato incómodo y enfadado entre los fumadores recostados y sus sirvientes moviéndose bajo la tenue luz. Me sentía atrapado en el lugar y el momento equivocados, respirando humo de algo que desaprobaba, incluso estando medio mareado por sus vapores.
No le había dicho a Bierce todo, así que quizás estaba entorpeciendo su solución. Pero no quería que esa solución involucrase a mi padre.
Finalmente, la chica reapareció y con otro movimiento de cabeza me indicó que volviera a entrar en el privado. Se me ocurrió que quizás me había vuelto un mojigato desde mi relación con Amelia Brittain, pero siempre había estado totalmente en contra de la esclavización de las jóvenes chinas en Chinatown.
Bierce estaba echado con una rodilla doblada. Se incorporó, llevándose las manos a las mejillas, y sacudió la cabeza una sola vez.
– Creo que ya lo tengo -dijo él.
– Eso está bien -dije. Quería salir de ese lugar.
– Debo hacer el trabajo del capitán Pusey por él para poder lograr mis propios objetivos -dijo Bierce, poniéndose en pie tambaleante. Le ayudé a ponerse el abrigo.
– ¿Y me lo vas a contar? -pregunté.
– Aún no. No vaya a estar equivocado.