Matrimonio: Estado o situación de una comunidad integrada por un amo, un ama, y dos esclavos, que suman en total dos personas.
– El Diccionario del Diablo-
A bordo del ferry que cruza la bahía, y en el tren hasta Santa Helena, Bierce y yo comentamos los asesinatos.
– El senador Jennings asesinó a la señora Hamon para librarse de la amenaza de ser descubierto y se deshizo de ella siguiendo el modus operandi de los asesinatos de Morton Street -dijo Bierce-. Creo que el capitán Pusey lo sabe, de hecho sabe más que nosotros, pero tiene sus propias vías de actuación.
– Sus vías de actuación consisten en cómo enganchar a alguien con dinero para cargarle el mochuelo -apostillé.
– Me da la impresión que el juego de Pusey tiene menos luces que sombras.
Me sobresalté al oír la palabra «sombras». ¿Qué es lo que quiso decir Amelia con lo de su «sombra»? Era imposible que ella tuviera nada que ver con Morton Street. Su padre había estado en la Comstock, y la conexión de su nombre con una conspiración llamada «el juego de manos inglés» me incomodaba como una piedra en el zapato. La idea de una «sombra» hacía que me corrieran temblores de ansiedad por el cuerpo. Pero Amelia no habría escrito sobre ello tan ligeramente si fuera realmente algo serio.
– Es una vergüenza nacional que no tengamos un Jefe de Detectives en el que podamos confiar. Un gobernador. ¡Un presidente! Si debemos continuar viviendo con la desconfianza y el desprecio a todos los que nos gobiernan, nos ayudaría bastante aceptar el hecho. Es una carga con la que no puedo seguir. Me resulta insoportable que un apolillado y malvado viejo como Collis P. Huntington meta una mano en mi bolsillo, y la otra en mis riendas. ¡Es insoportable!
La casita de dos alturas de Bierce estaba orientada hacia el sur, entre pinos que habían tejido una alfombra marrón de pinocha. En una terraza había bicicletas, un balancín de porche y bates y guantes de béisbol tirados por todas partes. Dos chicos de diez y doce años con pantalones cortos y camisetas de béisbol a rayas se acercaron corriendo y se pusieron a bailar alrededor de Bierce. A éstos les seguía una niña pelirroja con un suéter azul que se lanzó a los brazos de su padre. Bierce la recibió con el primer entusiasmo real que observé que Bierce dirigía a otro ser humano. No había duda por sus cabellos cobrizos y sus limpios semblantes que Day y Leigh eran sus hijos, y la pequeña Helen su hija.
La señora Bierce salió a la terraza, secándose las manos con un delantal con volantes. Era una mujer morena y risueña, bastante más joven que Bierce, con una larga nariz clásica, un rostro alargado y cejas marcadas. Ella y Bierce se saludaron fríamente. Me gustó Mollie Bierce inmediatamente, quizás debido al cinismo de Bierce frente al matrimonio y las mujeres. El hijo mayor, Day, siguió a Bierce hacia la terraza con una perfecta imitación del paso militar con espalda rígida de su padre.
La madre de Mollie Bierce, la señora Day, era unos cuantos centímetros más baja que su hija, con pelo canoso y la nariz recta de Mollie transformada en un pico agresivo, barbilla de chivo y el labio superior arrugado como una tarta crujiente. Tenía una forma de moverse chulesca, con los pies separados como si se preparase para el combate; se detenía demasiado cerca de la persona con la que hablaba para que resultara cómodo, extendiendo al mismo tiempo la barbilla y la desafiante nariz hacia delante.
Bierce y su esposa se toleraban mutuamente, pero Bierce y su suegra no. La señora Day exigió saber por qué Bierce no se había llevado a Mollie a la City para la recepción del senador Sharon. Se quejó además de que Mollie no tenía piano para practicar.
Esta conversación tuvo lugar en la terraza; Mollie Bierce movía los ojos mirándome a modo de disculpa. Los tres entraron en la casa, donde el parloteo de las acusaciones de la señora Day continuó. Yo dejé mi bolsa, me quité la chaqueta e invité a los chicos a lanzar unas cuantas bolas.
Nos dispersamos formando un triángulo grande sobre la pinocha del suelo y nos lanzamos la pelota a los guantes. Leigh no era tan fuerte como su hermano mayor, el cual lograba darle un buen efecto a la bola con un giro de muñeca. Helen miraba desde la terraza, sentada en el balancín y empujándolo con los pies apoyados en la barandilla; su pelo rojo era una mancha brillante contra la lona verde.
Sentados a la mesa para cenar, con Bierce a la cabecera y Mollie enfrente, su madre junto a ella y los niños y yo a los lados, la señora Day dijo:
– ¿Le importaría bendecir la mesa, señor Bierce?
– ¡Un brindis! -dijo Bierce levantándose. Sostuvo en alto su té helado apoyándose en la mesa y dirigiéndolo hacia su esposa-: ¡Estaban de pie ante el altar y suministraban los mismos fuegos en los que se freía su grasa!
Se estaba citando a sí mismo.
Su esposa se sonrojó como si le hubiera dedicado un piropo.
– Supongo que ésa va a ser toda la atención que el Buen Señor va a recibir en esta mesa -dijo la señora Day-. Pero usted vendrá a misa con nosotros mañana, ¿lo hará, señor Bierce?
– No, señora, no lo haré.
– Nosotros vamos a ir -dijo la señora Day, con la boca tensa-. Su esposa, Day, Leigh y Helen. ¿Y usted no va a acompañar a su familia?
– Soy un enemigo implacable de los engaños organizados, señora -dijo Bierce-. Y esto incluye las catequesis de los domingos y los rezos de los sábados.
Sirvió carne, empanadas y salsa, patatas y guisantes, y repartió los platos.
– ¿Y usted, señor Redmond, es usted también enemigo de la religión?
– Yo soy de la Iglesia Católica Romana -dije.
Mi respuesta fue tan poco satisfactoria como la de Bierce. La señora Day pareció remangarse para meterse en una batalla sectaria.
– Mamá… -dijo Mollie Bierce.
– ¿Un católico romano es como Mikey Hennesey? -preguntó Day.
– Sí, cariño.
– Es un sistema de recolecta y extracción tan honesto como el de cualquier otro sistema protestante a golpe de Biblia -dijo Bierce.
– ¡El doctor Grove es un hombre excelente! -dijo Mollie Bierce suavemente.
– Estoy seguro de que lo es -dijo Bierce-. Y merecedor de vuestros cansinos panegíricos.
– ¡El doctor Grove tiene la nariz roja! -gorjeó Helen.
– ¡Helen!
Bierce miró a su esposa con ojos en los que no pude distinguir ningún rastro de afecto.
– ¿Y usted también es periodista, señor Redmond? -dijo Mollie Bierce.
Se volvió hacia mí con una amable sonrisa dibujada en su morena y hermosa cara. Pensé en la constante diplomacia que tenía que emplear, con su madre y con su esposo. Sabía que había un hermano; el tercero de lo que Bierce denominada la «Santa Trinidad». Pensé en mi padre y mi hermano Michael y la amargura de las peleas entre nosotros, más intensas y por lo tanto más salvajes que aquéllas donde no existe una conexión sanguínea; como la ferocidad entre federales y confederados matándose los unos a los otros en los mortíferos campos del sur.
Dije que era un aprendiz de periodista, y que estaba aprendiendo lo que podía del redactor jefe del Hornet yel Tattle. Siempre me incomodaba alabar a Bierce, porque sabía que él detectaba inmediatamente cualquier tipo de falsa lisonja.
Mollie me preguntó qué estaba escribiendo en esos momentos.
Consideré que sería mejor no mencionar los asesinatos de Morton Street.
– He estado investigando la Tragedia de Mussel Slough -dije-. Existen ciertas pruebas históricas que deben ser reconsideradas.
– Esos granjeros no eran peores que los comunistas -proclamó la señora Day, acercándose a mí y embistiéndome con su barbilla-. Cuando en esta nación ya no se respeta el derecho a la propiedad estamos condenados a la perdición.
Bierce la miró pausadamente y se mantuvo calmado, cómodo en su convicción de la total villanía del Ferrocarril. Ahora sabía que un sicario de Virginia City, alguien relacionado con Nat McNair y llamado Klosters, había sido uno de los ayudantes de sheriff en la defensa de los intereses del Ferrocarril en Mussel Slough, y que los juicios de los colonos en el Tribunal de Circuito habían sido fallados por el juez Aaron Jennings siempre a favor del Ferrocarril.
Logramos acabar la cena sin mayores hostilidades. Tuve ocasión de estar a solas con Mollie Bierce cuando me condujo al dormitorio de invitados, con los brazos llenos de almohadas y una manta.
– Ojalá el señor Bierce pudiera relajarse más cuando está aquí -dijo ella-. Está siempre tan ocupado en la City. Cuando viene a casa se trae sus preocupaciones con él, y para cuando ha conseguido relajarse ya tiene que volver a esa ajetreada vida otra vez. No puede ser bueno para él, señor Redmond.
Se inclinó para colocar las almohadas y la manta en la cama, y sacudió las almohadas para hacerlas más mullidas, agachándose aún más mientras lo hacía y retirándose mechones de cabello negro del rostro.
– Está ocupado con muchas buenas causas, señora Bierce -dije.
– Ya lo sé, señor Redmond.
Después del desayuno, Day y Leigh me acosaron para jugar a la pelota otra vez. En esta ocasión les propuse entrenar el doble juego. Yo lanzaba la pelota por lo alto o a ras de suelo, a Leigh, el cual la golpeaba con el bate hacia Day en la segunda base, el cual me lanzaba la pelota a mí directamente, tras lo cual yo se la lanzaba a Leigh de nuevo. Los chicos gritaban excitados mientras nos lanzábamos la pelota cada vez más rápido.
Bierce nos miraba desde la terraza. Me imaginé que habría deseado ser un padre que pudiera jugar a la pelota con sus hijos, pero no lo era. Era un hombre hermético con una intensa fobia a la opresión, el fraude y la farsa, con talento para expresar su indignación por escrito. Nunca sería un buen padre, ni tan siquiera un marido decente, tanto si fuera o no capaz de relajarse de las preocupaciones de la populosa City.
La pequeña Helen salió y se apoyó en una pierna de Bierce, y él volvió a entrar en la casa con ella. Cuando Mollie Bierce llamó a los chicos para que se vistieran para la iglesia, hubo muchas protestas.
Mollie Bierce, la señora Day y los niños desfilaron hacia sus deberes dominicales, y Bierce y yo salimos a pasear por la carretera que subía a la colina que dominaba la ciudad. Yo iba en camisa tras haber jugado a la pelota con los chicos, y Bierce también se quitó la chaqueta, como concesión a su relajación campestre. Llevaba un bastón y golpeaba las hierbas crecidas a los lados de la carretera, que se estrechaba y se hacía más densa a medida que subíamos. Era un día soleado, con algunas nubes procedentes de la costa.
– Esto es Larkmead -dijo Bierce, agitando el bastón delante de él-, las tierras de Lillie Coit.
Todos los bomberos de San Francisco habían oído hablar de Lillie Hitchcock Coit, aunque sus años de popularidad entre los bomberos fueron anteriores a mi llegada a San Francisco. Ella amaba a los bomberos, y así lo demostró siendo Lillie Hitchcock, y siguió demostrándolo tras casarse con Howard Coit. Los agradecidos muchachos de la Brigada Knickerbocker número 5 la habían condecorado con una de sus insignias.
Y no podía culparla por querer llevar un casco de bombero. Recuerdo que de niño tenía tal aprecio por un par de botas con punteras de cobre que mi padre me había comprado en la tienda de Gus Levenson en Sacramento que me acostaba con ellas. Quizás era algo similar al amor que sentía Lillie Coit por los bomberos de San Francisco.
Me imaginé que Bierce había estado buscándola al ver que me llevaba por el camino hacia Larkmead, y allí estaba, en un claro con abrevadero, de pie junto a un espléndido caballo bayo que bebía del abrevadero. Ella vestía un traje amarillo pardo con muchas capas y ondas y un sombrero de ala ancha cubierto de plumas. Era una mujer pequeña, bastante gruesa y de la edad de Bierce, con un rostro redondo y amistoso, el cual se iluminó al volverse hacia nosotros. Agitó su fusta.
– ¡Hooola, Brosey! -le gritó a Bierce.
Se abrazaron y fui presentado. La frialdad que había endurecido las facciones de Bierce al calor de su familia se derritió en compañía de Lillie Coit. Ambos se sentaron apoyados en un tronco caído, cotilleando y riendo, mientras yo recorría el claro observando las copas de los árboles en la distancia azul. No me habían incluido en su conversación, me sentía incómodo conmigo mismo y me miraba los zapatos.
Bierce me hizo una señal para que me acercara.
– Escucha esto -me dijo-. Acerca de Beau McNair -se dirigió entonces a Lillie Coit.
– Él no es hijo de Nat -dijo ella. Producía un sutil siseo al hablar, con una expresión sincera en su redondo rostro-. Yo era una dulce jovencita por aquel entonces y no prestaba mucha atención. Pero estoy segura de que Carrie ya estaba embarazada de ese niño cuando se casó con Nat. Él adoptó a Beau.
– Y si él no era el padre, ¿quién fue? -pregunté yo. Jimmy Fairleigh me había contado esto mismo y no se me ocurría qué relación podría tener con las muertes de Morton Street.
Ella se encogió de hombros.
– ¡Antiguos misterios!
– ¿De manera que ella dio a luz a Beau en la City? -preguntó Bierce.
– Mammy Pleasant debe de saberlo.
– ¡Mammy Pleasant!
– Creo que esa mujer tiene que ver con todos los nacimientos de Rincon Hill o South Park de aquella época -dijo Lillie Coit-. Me apuesto un dólar a que fue ella la matrona que asistió a Carrie.
Mammy Pleasant era una negra cuarterona, de piel muy clara, que había trabajado para muchos de los «aristócratas instantáneos» de la City, reclutando a sirvientes de color para ellos, y se rumoreaba que más tarde éstos se convertían en espías para ella con el fin de chantajear a esos mismos aristócratas. Fue proxeneta y propietaria de famosas casas de citas. También se rumoreaba que traficaba con niños repudiados y los vendía a parejas incapaces de procrear. Mammy Pleasant podía ser vista con frecuencia en la City; una figura alta y erguida vestida de negro, con aros de oro en las orejas y un gran gorro o un sombrero de paja negro sujeto a la cabeza con un pañuelo. Se rumoreaba que era rica.
Comenzaba a tener la impresión de que los asesinatos de Morton Street se iban hinchando y expandiendo hasta involucrar a toda la ciudad de San Francisco.
Bierce y Lillie Coit hablaron de cuándo volvería Bierce a visitar Santa Helena, y yo volví a alejarme hasta que ya no pude oírles. Luego Bierce ayudó a Lillie a montar. Se despidió de él y se acercó hacia mí montada en su caballo bayo, inclinándose ligeramente.
– Brosey dice que antes eras bombero.
– Hasta el año pasado -dije.
– ¿En qué brigada?
Se lo dije.
– ¡Ah, excelente grupo! Estaría encantada de que viniera a visitarme a Larkmead. -Esto era una invitación. Arqueó las cejas interrogativamente.
– Bueno, yo… -Estaba totalmente conmocionado. Me centré en la insignia de los Knickerbocker número 5 que llevaba en la solapa.
Lillie Coit se rió, agitó la fusta en dirección a Bierce, y el bayo trotó hasta desaparecer del claro.
Bierce y yo bajamos juntos de regreso por el sendero.
– ¿Te invitó a Larkmead? -preguntó él.
Asentí.
– Toma de la vida lo que le apetece -dijo él-. Admiro a esa mujer.
– Ya he podido comprobarlo.
– Cuando caigas entre los brazos de una mujer, asegúrate de que no caes en sus manos -dijo él.
Yo aún estaba conmocionado por la franqueza de la invitación de Lillie Coit.
– Es una verdadera aristócrata de una vieja familia sureña, no una de nuestras duquesas instantáneas -continuó-. Ni tampoco es una de las mujeres sumisas que terminan sometiendo a sus señores. Es una de las pocas mujeres que conozco que está por encima de su sexo.
Mientras descendíamos el sendero hacia la casa era como si, paso a paso, el rostro de Bierce recobrara su habitual frialdad, adentrándose en el tema de los fallos y exigencias del género femenino. Señaló con su bastón la aguja de la iglesia, visible a través de las copas de los árboles.
– Las mujercitas son capaces de aburrirse hasta quedar totalmente insensibilizadas todos los domingos por la mañana con la esperanza de poder entrar en la Casa de los Cielos para la eternidad -dijo él.
– A mi madre le gusta ir y relacionarse con la gente -dije-. Allí ve a sus amigos y habla con el párroco.
– La iglesia es la guardiana de la institución del matrimonio, en la cual la hembra monógama intenta aprisionar al macho polígamo -continuó diciendo pomposamente.
Temía que fuera a confiarme la infelicidad de su propio matrimonio, pero era tan poco capaz de revelar sus problemas personales como de jugar a la pelota con sus hijos.
– Durante el matrimonio, la mujer continúa exigiendo a su esposo cautivo el mismo ardor que éste mostró durante el cortejo -dijo, golpeando con su bastón los hierbajos del camino-. Ella insistirá en las tonterías infantiles de las que hablaban cuando estaban comprometidos. Pero su amante murió la noche de bodas.
Bierce me estaba aleccionando sobre los defectos del matrimonio y de la naturaleza femenina en un momento de mi vida en el que yo consideraba a Amelia Brittain la estrella más reluciente de su sexo, y a su sexo mismo como el culmen glorioso de la creación.
Los fieles habían regresado a casa y la comida ya estaba en la mesa. Hoy la discusión versó sobre el Directorio de la Élite de San Francisco, un listado de la alta sociedad de la ciudad en el que los nombres del señor y la señora Bierce aparecían. Bierce detestaba ese listado, pero la señora Day insistía en que él y Mollie Bierce deberían sacar provecho de su estatus social. Bierce aún tenía cosas que añadir sobre el tema del género femenino y las instituciones en el tren y el ferry de regreso a San Francisco.
– Sé que soy un hombre amargado, Tom. Y sé que en ocasiones te escandalizo. ¿Y de qué podría culparte? He conocido demasiado sobre el sinsentido de la naturaleza humana durante la guerra, tan sólo pura voluntad, y los hombres a los que maté eran tan buenos o tan malos como los que murieron a mi lado. Esto ha afectado a mi naturaleza, lo sé. Nunca seré un hombre feliz. Tan sólo puedo aspirar a ser un hombre eficaz.
– Sabes que lo eres -dije.
– Eso aún está por ver -dijo Bierce.