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Fe: Creer sin pruebas lo que nos cuenta alguien sin conocimiento sobre cosas sin parangón.

– El Diccionario del Diablo-


Aún estaba dolorido y tembloroso la brumosa mañana del domingo, cuando me presenté al servicio de la mañana en la Iglesia de Washington Street. Me deslicé sobre el asiento de un banco de la parte trasera de la iglesia, que era en realidad una caja vacía de ladrillo, con un atril en lugar de altar, un crucifijo en la pared y algunos números escritos con tiza sobre una pizarra que debían de ser el orden de los himnos. Estos protestantes no perdían mucho tiempo con la decoración.

Había unas treinta personas presentes, y pude distinguir la calva de Klosters en la segunda fila. El predicador, el reverendo Stottlemyer, el cual había llevado a Jesús hasta Klosters, deambulaba tras el atril. Llevaba un traje negro, cuello alto y una corbata. Debía de medir aproximadamente dos metros y era flaco como una estaca.

Me había presentado en esta iglesia de ladrillo albergando cierta ira y nerviosismo, con el revólver de Bierce en el bolsillo, el cual me daba la sensación de que pesaba más de cuatro kilos.

Stottlemyer dio unos cuantos pasos más y luego se detuvo para observar a la congregación con ojos como platos en un rostro desabrido. Sus ojos parecían estar clavados en mí mientras hablaba.

– «Y seréis temidos por todas las bestias de la tierra, y todas las aves del cielo, con todo lo que abunda en la tierra, porque a vuestras manos son entregados». ¡Éstas son las palabras del Señor! Porque estas bestias, estas aves, representan nuestros bajos instintos, amigos míos. Y estos bajos instintos deben ser sometidos y disciplinados por el hombre regenerado de Jesús.

»El hombre de Jesús debe controlar su naturaleza, amigos míos. El buey es bueno para arar, pero esa fuerza no sirve de nada si no es dirigida. Esos pensamientos fieros, que son como leones y osos, deben ser acallados. Después de que un hombre ha cruzado la corriente y está regenerado, esos mismos leones pueden ser liberados frente a él, los bajos instintos aniquilados, y el hombre de Jesús en su elevado ser permanece de pie junto a su propio pellejo.

»Porque al igual que las bestias del campo y las aves del cielo están dentro de nuestros bajos instintos, así los doce apóstoles están en nuestra naturaleza superior. Ellos representan los doce grados del hombre de Jesús, amigos míos, unidos en perfecta armonía en una misma cosa. Porque en el centro de estas armonías se encuentra el mismísimo Adonai, Jesús abriendo sus acogedores brazos al hombre de Jesús.

Dio unos cuantos pasos, giró y paseó en dirección contraria, con la nariz grande y la cabeza estrecha, y con los ojos bailándole como velas mientras predicaba. No se dejó llevar a un fervor excesivo, como si quisiera reservar fuerzas para el segundo servicio del día, por lo que era difícil entender qué era lo que había hecho que Klosters cambiase de vida. Cuando volvía la mirada hacia la audiencia seguía pareciendo que me miraba directamente a mí. Me incliné hacia delante, me persigné y susurré una oración; era como si estuviera el mismísimo Satán dentro de aquel enjuto predicador, sabiendo que tenía a un católico dudoso a la vista.

Pero después de un rato se volvió para el ofertorio.

– Nuestro ofrecimiento, amigos míos, es la mesa de Jesús. Es el alimento de Dios. ¡El fuego del cielo, que es la santidad de Jesús, consume este ofrecimiento y en unos pocos segundos asciende a Él como dulce incienso!

Me pareció que mi salvación estaría al otro lado de la puerta, en el aire brumoso de Washington Street, y me dispuse a salir cuando Stottlemyer no mirase. Me situé tras un poste a la entrada de un callejón a treinta metros, preguntándome qué hacer si Klosters decidía tomar la otra dirección. Pero vino por donde yo estaba apostado, avanzando entre la niebla con un enorme sombrero, y solo.

Le dejé pasar, luego salí de mi escondite y le clavé el cañón del revólver en los riñones.

– Venga por aquí -me oí decir con voz aguda.

Avanzó por el callejón antes de haber imaginado quién era yo. Cuando se volvió, le hundí el cañón en el estómago. Había levantado las manos a la altura de los hombros. Su rostro granujiento estaba muy cerca del mío, y los ojos sanguinolentos me observaban con las comisuras de la boca hacia abajo.

– ¿Qué cree que está haciendo? -graznó.

– Usted siguió a la hija de mi casero hasta casa desde el colegio el pasado viernes.

Las comisuras se elevaron.

– Les gusto a esas niñas. No sé por qué.

– No lo haga otra vez -le dije.

Cerró los ojos con expresión de cansancio, como si todo esto fuera demasiado para él.

– Usted es un joven estúpido -dijo-. Sabe que no va a dispararme, y yo sé que no va a dispararme -siguió, sin bajar las manos.

– Le dispararé si le hace daño a esa niña -le dije, y repentinamente me sentí tan impotente como el Mayor Copley.

Cuando bajó la mano derecha, ésta cayó como una guillotina sobre mi muñeca, tirando el revólver y haciendo que saliera repiqueteando por el pavimento. Antes de que pudiera moverme ya había puesto su bota sobre él.

Jadeando levemente por el esfuerzo, dijo:

– Usted anda escribiendo algo sobre el senador Jennings que no debe ser publicado. Si abandona la idea de publicarlo, yo dejaré en paz a esa niña.

Me froté la muñeca, intentando no torcer el gesto por el dolor. De hecho, no había escrito mucho del artículo sobre Jennings, y podía incluso excusarme en que Bierce realmente no quería publicarlo de todas formas, tan sólo quería que se supiera que estaba siendo escrito. Era bastante probable que el propio Bierce se hubiera asegurado de que Jennings se enterase de ello, lo cual me había reportado la paliza de la que aún me dolía, a pesar del árnica de pepino; y esta chapuza también.

– De acuerdo -dije.

Se agachó para recoger el revólver y me lo pasó por la culata. Sonrió con aire sombrío.

– Aquí tiene su arma -dijo-. No se olvide del Reglamento de Ocultación de Armas -se abrió el abrigo para mostrarme que no iba armado; luego se alejó lentamente desapareciendo entre la bruma.


No estaba de muy buen humor cuando Amelia y yo tomamos el ferry a la Marina. Había sido un verdadero inútil con arma de fuego oculta. De hecho, no me había comportado en absoluto como un héroe desde que salté a la acción en el porche de los Brittain, y me había llevado la peor parte en todas mis peleas desde entonces.

Amelia y yo nos quedamos en cubierta con la niebla rodeándonos. Le pasé un brazo alrededor, al cual ella pareció responder.

– ¿Qué ocurre, Tom?

– Las cosas van mal -dije.

– ¿Puedo saberlo?

– Hoy no -dije-. Ojalá se aclarara la niebla.

– ¡Es justo lo que elegí para hoy!

La abracé con más fuerza.

Los toques de las sirenas de niebla resonaban en la Bahía. Alcatraz se cernía como un barco sobre nosotros, para luego perderse de vista a nuestras espaldas. Ascendimos por Mount Tamalpais aún rodeados de una densa niebla que soplaba sobre nosotros en los asientos abiertos del carruaje mientras otros pasajeros admiraban las vistas apiñados en los asientos opuestos. Amelia estaba acurrucada contra mí de forma que podía ver su mejilla desde arriba, y el borde de sus pestañas bajo el sombrero. De repente, salimos de la niebla y comenzó a brillar el sol.

¡Oh! -exclamó Amelia mientras avanzábamos por encima de un océano de nubes que se extendía hasta donde alcanzaba la vista en todas direcciones, terso como la crema en algunas partes y revuelto en otras, y Mount Diablo apareció enfrente, cortando el paso a las olas más lejanas hacia el este a través de la Bahía, como una aleta dorsal.

Mientras paseábamos por la cima, Amelia me tomó por el brazo para mantener el equilibrio en la superficie irregular, acompasando sus pasos a los míos.

– ¡Qué hermoso espectáculo me has regalado! -dijo.

– Tan sólo se muestra así ante las jóvenes hermosas -dije.

Ella se rió, lanzando su aliento cálido contra mi mejilla.

Se apretó aún más contra mí mientras paseábamos como enamorados entre otras parejas y dos grupos familiares con niños con baberos y camisas de marineros que correteaban y gritaban. Admiramos las vistas y recorrimos varios senderos al azar. Era imposible apartarse de la mirada de los otros sin descender unos sesenta metros por entre las nubes. Me dio la impresión de que el malestar de Amelia era comparable al mío.

Mantuve mi brazo alrededor de su cintura y ella volvió a apretarse contra mí, me miró a los ojos con una expresión turbada y se rió. Me reí con ella. Nos encontrábamos muy lejos de los peligros de Taylor Street, y el policía de guardia, y mis derrotas.

– Esta noche es la recepción del Overland Monthly -dije.

– Eso he oído -dijo Amelia.

– Me han invitado, ¿te gustaría asistir conmigo?

– ¡No me creo que haya podido ser tan afortunada dos veces en un mismo día!

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Me llenaría de admiración conocer a los famosos poetas de San Francisco! -exclamó, apoyando su cuerpo contra el mío.

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