Amor: Demencia transitoria curable mediante el casamiento, o mediante el alejamiento del enfermo de las influencias que le indujeron el trastorno.
– El Diccionario del Diablo-
En el Hornet, tras informar de mis aventuras en Santa Cruz, Bierce me dio una carta para que la leyera:
14 de julio, 188-
Estimado Señor Bierce:
Usted se ha preguntado en su periódico sobre las picas y su relación con los asesinatos de Morton Street. Las picas significan muerte. Un pico es utilizado para excavar una tumba. A la Reina de Picas se la conoce por ser la dama de la muerte. Hay una mina en Washoe a la que se conocía como Jota de Picas. Pertenece a la Reina de Picas.
La Jota de Picas forma parte de los yacimientos Consolidated-Ohio, los cuales han sido una propiedad tan rentable como el Homestake de George Hearst o el Ophir de Will Sharon. Cuando aún se llamaba Jota de Picas, la mina fue adquirida por inversores que se hacían llamar los Picas, en referencia a la herramienta que se utiliza en minería. Dos de las picas se transformaron en corazones, y compraron a un tercero para desplumar a las gallinas. Ese tercero sufriría más tarde un ataque de tréboles [7], a modo de dejevu.
Con esta carta tan sólo pretendo informarle de los distintos significados de las picas, aunque quién puede saber lo que ronda por la mente enferma del loco destripador de Morton Street.
La carta venía firmada por «Un antiguo Picas».
De pie a mi lado, mientras yo leía la misiva sentado, Bierce sonreía radiante.
– Casi todo el montón de correo que recibo lo destino directamente a la papelera tras leer la primera línea -dijo-, ¡pero esta carta es un espécimen maravilloso! El escritor no carece de educación, a pesar del error ortográfico de «dejevu».
– Lady Caroline -dije.
– ¡La Reina de Picas! ¿Es ella el objetivo final de la progresión de los asesinatos? ¿Tiene el asesino la esperanza de dañar a esa dama inalcanzable estrangulándola con sus dedos y rebanándola con su inquisitivo cuchillo? ¡Es algo impensable! Y sin embargo, una vez contemplado, no contar con esa hipótesis es también impensable.
– ¿Estás pues contemplando esa hipótesis?
– ¡Por supuesto!
– ¿Y qué hay de Beau McNair?
– Ciertamente, consideré la hipótesis de que se tratase de un hombre joven abocado a la perversidad y la violencia al conocer el pasado de su madre. Pero de esta carta puede inferirse claramente la inocencia de Beau. ¡Menciona los corazones, en lugar de los diamantes, por ejemplo! ¿Y a qué crees que se refiere con lo de «un ataque de tréboles»?
– ¿Que alguien recibió una paliza?
– ¡Claro! -exclamó Bierce. Se sentó subiéndose cuidadosamente las rodillas de sus pantalones-. ¿Qué más podemos descifrar en esta maravillosa misiva? Todos ellos son de la Veta de Comstock. Los dos corazones deben de ser Nat McNair y su esposa, a los que se les unió un tercero para formar mayoría. Dos picas fueron forzados entonces a abandonar por el conocido método de acumulación de activos ¿La pica que facilitó la mayoría fue eliminada por medio de un «trébol», es decir, un palo? ¿Venganza? Las otras dos picas estafadas han estado alimentando su odio. El que escribió la carta debe de ser uno de ellos. ¿Podría existir la demente idea de asesinar a desgraciadas palomitas de mala vida para finalmente llegar hasta la Reina de Picas… a modo de venganza final?
Todo esto era demasiado para mí.
– ¿Podría ser el tal Brown que viste en Santa Cruz, el cual pareció amenazarte o incluso peor, ser la quinta pica? ¿Tenía la señora Hamon alguna relación con los Picas? Lo que sí es un hecho es que la señora Hamon estaba relacionada con el Ferrocarril a través de la relación de su esposo con el senador Jennings.
Y así fue como retornó a su enemigo favorito, el Ferrocarril.
Como si hablara consigo mismo y asintiendo, murmuró:
– Lo que la señora Hamon debía contarme tenía que ver con alguna ilegalidad del Ferrocarril.
– Bueno, todo se ha quemado -dije-. Y la Reina de Picas ya está de camino hacia aquí.
– Ardo en deseos de conocer a ese personaje -dijo Bierce, y me envió a ver al sargento Nix con la información que había obtenido en Santa Cruz.
De camino me encontré con Amelia Brittain mirando el escaparate de una boutique en Montgomery Street. Admiraba un vestido de terciopelo verde botella que relucía bajo los rayos del sol, como si estuviera iluminado por miles de luces cambiantes entre sus pliegues. Iba ataviada con su vestido de encaje blanco. Observé la extrema delgadez de su cintura, que se hundía en la exuberancia de sus caderas. Me había olvidado de lo alta que era.
Me quité rápidamente el sombrero cuando se volvió para mirarme con una pequeña inclinación de su sombrilla. Las cejas se elevaron altas en la frente y me dedicó una de sus esplendorosas sonrisas.
– ¡Señor Redmond!
Me cogió del brazo y paseamos juntos, cruzándonos con caballeros que inclinaban sus sombreros o saludaban con sus bastones. Un chino con calzón y blusón negros pasó ofreciendo a grito pelado cigarros puros en manojos que parecían racimos de torpedos marrones. Los edificios de ladrillo por los que pasábamos tenían las ventanas cerradas con contraventanas de hierro negro. Había un tráfico pesado y muy ruidoso. Me alegré de ir vestido decentemente en esta ocasión como ayudante de Bierce, y no como el de Dutch John el impresor, con un traje negro, cuello alzado y bombín. En Union Square y Montgomery Street la alta burguesía se vestía para ser observada.
– Qué agradable pasear con esta total despreocupación, y no como en la «terrible» circunstancia de nuestra primera excursión -dijo Amelia.
Frunció el ceño ante el titular del Examiner en el kiosco: Policía paralizada ante los asesinatos.
– Así que aún no han detenido a ese lunático -dijo.
– No.
Continuamos la marcha.
– He tenido alguna discusión con el señor McNair por su afición a frecuentar aquellos lugares que le pedí que me enseñara -dijo Amelia.
Dejé escapar una sorprendida exhalación ante su franqueza. Era como si fuéramos viejos amigos intercambiando confidencias.
– Seguro que no frecuenta los locales de Morton Street -dije.
– Él me habló de unos locales en Union Square. ¿Visita usted también esos establecimientos, señor Redmond?
– No -mentí.
– El señor McNair me ha explicado la necesidad de que existan.
Me dice que los hombres de fuerte masculinidad podrían descontrolarse bastante si no pudieran recurrir a esas mujeres. ¿Es eso cierto, señor Redmond?
Dije que había oído esa teoría. Al pensar en Beau McNair frecuentando a prostitutas se me puso la piel de gallina.
– Me dice que los favores de las judías pelirrojas son los más apreciados ¿Es eso cierto?
Volví a soltar un golpe de aire.
– También he oído eso.
– ¿Y por qué será, me pregunto?
– Se dice que esas mujeres son muy alegres -dije.
– Él denomina a estas excursiones «trabajo de campo». En una ocasión pude verle ataviado con un suéter y una chaqueta de obrero. Se creía invisible con ese disfraz.
Continuamos andando en silencio, Amelia reflexionaba. Yo estaba muy feliz de estar acompañándola por Montgomery Street, con su mano sobre mi brazo, a pesar de que nos dirigíamos en dirección opuesta a mi reunión con el sargento Nix.
– Así que la madre del señor McNair está de regreso de Inglaterra -dije.
– Debería llegar dentro de unos diez días.
Deseé que la siguiente pregunta no la importunara:
– ¿Tiene su regreso algo que ver con planes de boda, señorita Brittain? Si no le molesta que se lo pregunte.
Ella rió con ligereza.
– ¡Oh, no! ¡Eso ya acabó! Me he distanciado bastante -levantó la mano enfundada en un guante, como si se pudiera apreciar la ausencia de sortija de compromiso a través de la fina piel del guante.
Entramos en el English Tearoom, donde nos sentamos a una mesa de mármol y tomamos té. Observé su mano sin anillo y ahora sin guante levantando la taza hasta sus labios.
Quería saber por qué se había distanciado, y dije:
– Supongo que los jóvenes aristócratas ingleses son educados para pensarse mejores que el resto de la gente.
Ella me miró con el ceño fruncido, así que deduje que era inapropiado que criticase a Beau McNair.
– Es muy vehemente, si es eso a lo que se refiere -dijo ella-. Y esa vehemencia le ha traído muchos problemas. Teme que su madre regrese para regañarle por el lío en el que se ha metido, aunque sólo haya tenido una culpa menor en todo ello… sobre lo cual ya hemos hablado. Su hermana está prometida al hijo del duque de Beltraves y Lady Caroline está obsesionada por evitar que ningún escándalo eche por tierra el enlace.
Interesante información para Bierce.
Comenté que había pasado junto a la mansión de los McNair en Nob Hill.
– Es impresionante.
– ¡Y enorme! Beau afirma que aún no ha estado en todas las habitaciones. ¿Sabe?… hay un fantasma. ¡Qué detalle tan europeo!, ¿no cree? Los sirvientes dicen que se parece a Beau. Claro está, se trata del anciano señor McNair de joven, antes de convertirse en un abominable y anciano réprobo. ¡Mi padre dice que era un personaje terriblemente deshonesto!
»Y una tarde que estaba yo allí a la hora de la cena, ¡se produjo una tremenda conmoción! Una de las sirvientas se había encontrado al fantasma en el solario.
Comenté con cautela que probablemente hubiera fantasmas similares en otras mansiones de Nob Hill, manifestaciones de otros viejos y deshonestos réprobos de jóvenes.
– ¡Pero lo verdaderamente curioso es que en ocasiones el fantasma de McNair se lleva las flores de los jarrones!
»¿Y ha habido algún avance en el caso de los terribles asesinatos? -dijo Amelia cambiando de tema.
– Usted ya debe de saber que ha habido otro. Sin embargo, no se trata de una de las mujeres de Morton Street. Era la viuda de un respetado juez. Una mujer de Santa Cruz, cuya casa fue poco después incendiada, sin duda para destruir ciertos documentos que podrían haber provocado un escándalo.
Las cejas de Amelia subieron aún más.
– ¡Qué trabajo tan fascinante realiza usted como periodista, señor Redmond!
Sentí que había obtenido su admiración de una manera un tanto deshonesta.
– Bueno, está claro que el señor McNair no ha tenido nada que ver en este asunto -dijo ella-. Y le estoy muy agradecida por todo lo que haya podido hacer por demostrar su inocencia.
No le respondí nada a esto.
La acompañé hasta la tienda Ciudad de París, donde se detuvo ante un escaparate de encajes y relucientes sedas. Maniquíes engalanados extendían sus manos enfundadas en guantes.
– Debo dejarle aquí, señor Redmond. Gracias por el té, ¡y por la interesante conversación! -dejó escapar una risa ligera e, inclinando su sombrilla, entró en el establecimiento.
Continué mi camino en dirección al viejo ayuntamiento de la ciudad, e incluso salté una vez chocando los talones en el aire. El hecho de que Amelia Brittain ya no estuviera prometida con Beau McNair me había levantado la moral.
Esa noche, en el sótano de la casa de los Barnacles, me quité la chaqueta y la camisa y aporreé el asiento de calesa, lanzando derechazos e izquierdazos, sudando en el tenue y frío polvo que despedía el asiento. Era consciente de que Belinda me miraba, sentada en el escalón más alto de las escaleras del sótano con las rodillas y los pies juntos y las manos unidas sobre su regazo. Yo seguí golpeando, lanzando mis puños totalmente separados unas veces, y otras juntos en posición de defensa, con la barbilla en el hombro y el sudor cayéndome por las sienes.
Cuando paré jadeante y me puse una toalla alrededor del cuello para ir a los baños, Belinda me dijo:
– Te comportas como si estuvieras furioso con alguien, Tom.
– Todo lo contrario -le dije.