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Carne de gusano: El producto terminado del cual somos la materia prima. Lo que contiene el Taj Mahal, la Tumba de Napoleón y el Grantarium.

– El Diccionario del Diablo-


Los lavabos del salón de la señora Overton de Stockton Street estaban inutilizados debido a un atasco de las alcantarillas, y las chicas y sus clientes debían utilizar la letrina exterior en la parte trasera del edificio. La zona estaba iluminada con una lámpara de queroseno colgada de un gancho. Una chica que estaba dentro de la letrina oyó los gritos de Rachel LeVigne, pero le dio miedo salir. Dos clientes salieron corriendo, encontraron el cuerpo y vieron a un hombre embozado con algo parecido a una capa y un sombrero de ala ancha que desaparecía por una puerta que daba al edificio contiguo.

Un poco antes, el señor Beaumont McNair había llevado a la señorita LeVigne a cenar al Fly Trap y a un recital de piano del concertista húngaro Pavel Magyar, pero la había acompañado de regreso al establecimiento de la señora Overton alrededor de las diez y media. Se le vio despidiéndola unos instantes antes de que fuera asaltada en la trastienda.

El sargento Nix visitó a Beau McNair en la mansión de los McNair. Le contó a Bierce que el rostro de Beau no presentaba marca alguna de las uñas de Rachel LeVigne, y que Rudolph Buckle daba fe de su regreso a las diez y media la noche anterior.

Ya cundía el pánico entre las prostitutas del Upper Tenderloin, así como de Morton Street, y los titulares alarmistas en los periódicos no ayudaban. Realicé mi tercera visita al número 913 de Taylor Street.


El porche que bordeaba toda la fachada de la casa estaba en un punto bastante elevado del extremo oeste de la ciudad, debido a la pronunciada pendiente de Taylor Street. La barandilla se apoyaba sobre una estilizada balaustrada. La fachada de la casa estaba decorada con rosetas de escayola y frisos ornamentados que producían una maraña geométrica de luces y sombras con el sol de la mañana sobre Nob Hill. Un agente estaba sentado en una de las sillas de mimbre en un extremo del porche y levantó la mano para saludarme.

El mayordomo volvió a llevarse mi tarjeta y se retiró, y en esta ocasión abrió la puerta para dejarme pasar.

Amelia y su madre estaban sentadas en el salón. Amelia mostraba un rostro reluciente, y la aureola de rizos se levantó para darme la bienvenida. Su madre, que lucía una delantera sorprendentemente grande y una agria expresión de desaprobación y ansiedad en el rostro, permaneció sentada mientras Amelia me conducía hasta ella.

– ¿Qué tal está, señor Redmond? ¿Debemos agradecerle a usted la presencia del caballero de la policía que está en nuestro porche?

Le dije que así era.

– ¿Y se debe a que hayan seguido a mi hija?

– En parte.

La señora Brittain abandonó la sala para pedir que nos sirvieran el té y me quedé a solas con Amelia.

– ¡Pobre chiquilla! -dijo ella.

– Es la chica judía que el señor McNair apreciaba.

– ¡Sí!

– También la aprecia a usted…

Abrió la boca, pero no dijo nada. Sus cejas escalaron hasta lo alto de su frente.

– ¿Fue la mujer asesinada el motivo de que rompiera su compromiso con él?

Se humedeció los labios.

– Mi padre insistió en que rompiera el compromiso.

Se sujetaba los brazos fuertemente alrededor de la cintura, como si tuviera frío, con los codos sobresaliendo de los costados.

No sabía cómo interpretar su respuesta. Me habían asegurado que Beau McNair era todo un partido. ¡Con todos los millones de Lady Caroline!

– Señorita Brittain, ¿qué quiso decir en su nota con lo de la sombra? Su madre dice que la han seguido.

– Un hombre me ha seguido en varias ocasiones.

– ¿Qué aspecto tiene?

– No pude ver sus facciones. Llevaba un sombrero que le tapaba el rostro.

– ¿Un hombre grande, corpulento?

– Creo que es joven. Y no me pareció que fuera corpulento.

– No quisiera alarmarla -dije-, pero debe tener precaución en no quedarse nunca a solas… Quizás sí sea mejor que esté alarmada -añadí.

– ¡Esté seguro de que lo estoy!

– ¿Es consciente de que el señor McNair no ha sido detenido?

Asintió con la cabeza y fijó la mirada en mi rostro.

La señora Brittain regresó a la sala precediendo a una sirvienta que llevaba una bandeja con el servicio del té.

– ¿Leche y azúcar, señor Redmond?

El señor Brittain se nos unió para el té; un tipo larguirucho y con cojera, de unos sesenta años y ataviado con un traje de velarte negro. Se sentó acomodando los faldones de su chaqueta con gesto elegante. Amelia tenía más del tipo de galgo de su padre que del de bulldog de su madre. Tomamos el té y hablamos sobre el policía del porche. Amelia y la señora Brittain estaban nerviosas, pero el señor Brittain no parecía estar muy afectado. Me invitó a que pasara a su estudio para enseñarme su colección de pepitas de oro.

Su cojera, como las cojeras que había observado en Virginia City, me recordó que el señor Brittain había sido ingeniero de minas en Washoe y de la conexión entre Brittain y el misterioso Inglés.

Las pepitas estaban dentro de una vitrina, con formas retorcidas y brillantes, un par de ellas bastante grandes. Le conté que había estado en Virginia City la semana anterior, y él me indicó que tomara asiento en un sillón de cuero y me ofreció un puro de un humidificador.

– ¡Josey Devers! -dijo, dejando escapar unas volutas de humo-. ¿Cómo anda el granuja?

Le dije que Devers tenía pinta de haber ingerido demasiado whisky.

– Es un asentamiento muerto, ciertamente. ¡Pero estuvo tan lleno de vida en el pasado!

– Devers hablaba todo el rato de las cifras de producción de plata y de los tejemanejes bursátiles.

El señor Brittain resopló.

– No creo que hubiera un solo minero en aquel lugar que no especulase en la bolsa. Y puedo decirle quiénes fueron los ganadores: Will O'Brien, Jamey Flood, John Mackay, Fair, Sharon, Nat McNair.

Le pregunté si se acordaba de un grupo de inversores llamado la Sociedad de Picas.

Realizó una serie de movimientos rituales con su puro; lo hizo girar ostentosamente entre sus dedos, lo humedeció, se lo pasó por debajo de la nariz, y lo sostuvo en alto como un banderín. Cuando hubo acabado, negó con la cabeza.

– Compraron la mina Jota de Picas -insistí.

– Oh, la Consolidated-Ohio, sí.

– Me dijeron que Lady Caroline Stearns se había deshecho de sus participaciones en la Consolidated-Ohio.

– Sé que eso es cierto.

– Parece ser que se montó algún tipo de tejemaneje relacionado con el anuncio del descubrimiento de una nueva veta de mineral, de forma que ella obtuvo un mejor precio del que hubiera podido sacar. Devers lo denominó el «truco inglés».

Volvió a realizar su ritual con el puro, olisqueándolo antes de volver a colocárselo entre los dientes. Me miró fijamente.

– Carrie siempre ha caído de pie -dijo.

No pude seguir presionándole sobre el truco inglés porque amaba a su hija.

– Highgrade Carrie parece ser muy admirada en Virginia City -dije.

El señor Brittain frunció el ceño al recordar.

– Era tenida por un ángel en su tiempo.

– Devers se refirió a ella como el ángel de los mineros.

– En efecto, así era ella -el señor Brittain asintió con la cabeza, con los ojos entrecerrados-. No puedo explicar, o no creo poder hacerlo, cómo era un lugar como Virginia City cuando su yacimiento estaba en plena producción. La frustración, el terrible y peligroso trabajo de las minas. Los fuegos, el calor, los derrumbamientos. Las esperanzas, ¡las esperanzas rotas! La ausencia de cualquier tipo de lealtad o afecto desinteresado. Perro come a perro. ¡Sin respiro alguno! Carrie fue capaz de proporcionar ese respiro. Ciertamente era una madame, una mujer de mala reputación. Bueno, ¡que no se le ocurriera a nadie llamarla mujer de mala reputación delante de cualquiera de Virginia City por aquel entonces! Allí ella era el único toque de gracia, de sensibilidad humana, de belleza… un recuerdo de que, en otro lugar, existían formas de vida civilizadas, con ocupaciones civilizadas, gente que se relacionaba mediante un código de conducta civilizado. Ella era un recordatorio de todo aquello. ¡Era un ramo de dulce aroma floreciendo en la alcantarilla! Créame, cuando Carrie paseaba por C Street, ¡no había ni un solo sombrero que permaneciese en la cabeza de un minero!

»Creo que llegó a Virginia City para ganarse la vida vendiendo su cuerpo y descubrió que tenía una misión más elevada. La Fundación de los Mineros para mineros inválidos; fue Carrie la que la inició, contribuyó con su dinero, avergonzó a otros para que también contribuyeran. ¡El Ángel de los mineros! Y no sólo la Fundación de los Mineros. Hubo cientos de maneras en que ella ayudó a aquellos pobres hombres a que recordaran que eran seres humanos con emociones, miedos, amores, afectos y aspiraciones decentes y humanas.

Había abierto una espita al mencionar el tema de Lady Caroline. Le pregunté por la mujer llamada Julia Bulette.

– Una Carrie LaPlante menor -dijo él-. Una prostituta, pero decente.

Seguía embargado por el recuerdo de Highgrade Carrie.

– Al final se casó con Nat McNair y se convirtió en millonaria -dijo-. Algunos se lamentan por ello. Pero yo no soy uno de ellos.

Sacudió la ceniza en un cenicero de cristal.

– Por el contrario, no puedo hablar tan bien de su hijo. No es que afirme que está involucrado de alguna manera en estos sórdidos asesinatos. El y Amelia eran grandes amigos de niños, pero tengo entendido que ella le ha devuelto el anillo de compromiso.

Según Amelia, por insistencia de su padre. Quizás el señor Brittain fuera consciente de la afición de Beau a frecuentar mujeres de mala reputación y de las circunstancias que lo volvían a relacionar una y otra vez con los asesinatos de prostitutas.

– He oído un rumor de que él no era hijo de McNair -dije-. Que fue adoptado después de que McNair se casara con la señora McNair.

Frunció el ceño aún más profundamente, como si acabara de insultar al Ángel de los mineros.

– Dos que quizás podrían lamentar la buena fortuna de la señora McNair podrían ser picas estafados y despojados de sus participaciones en la Jota de Picas por los McNair -continué.

– Ah, bueno -dijo el señor Brittain-. Me temo que eso estaba a la orden del día en Washoe.

– Había un pistolero, Devers lo llamó sicario, que trabajaba para McNair. Elza Klosters.

– La amenaza de violencia era por supuesto la única opción válida en un campo minero, ya sabe. ¡La ley de los mineros!

Mencioné el asesinato de Gorton, pero el señor Brittain no pareció estar interesado. Sus recuerdos de Highgrade Carrie se habían reavivado.

– Alguien… no recuerdo quién, Sharon, tal vez. Sí, Sharon. Ofreció una enorme cantidad de dinero para la Fundación de los Mineros si Carrie accedía a hacer de Lady Godiva. Cabalgar sobre un caballo blanco desnuda por C Street, un domingo. ¡Y vaya si lo hizo! Era todo un espectáculo verla. ¡Su hermoso, hermosísimo cabello! ¡Su hermosa piel! Dios mío, lo hizo a la perfección, ¡no descarada sino tímida, y orgullosa también… de lo que estaba haciendo! Y los hombres la vitoreaban y lanzaban al aire sus sombreros. No de forma irrespetuosa, y sin darle la espalda como hicieron los ciudadanos de la historia de Lady Godiva. Dios mío, vieron a Carrie cabalgar aquel corcel blanco por C Street y puedo jurarle que ningún hombre allí jamás olvidó lo que vio ese día. ¡Y ni una sola mujer que cualquiera de aquellos hombres vio después pudo superar a Carrie en belleza!

Rió entre dientes casi sin aliento, como si la visión de Carrie también le hubiera abrumado.

– ¡Ésa sí que era una mujer! -dijo-. Hay un cuadro de ese momento. Un artista alemán amigo de ella lo pintó para el salón de Virginia City. Franz Landesknicht, o algo similar. Carrie posó para él -dejó escapar una risita ahogada una vez más.

¡Yo mismo había visto ese cuadro cuando fue sacado de un salón llamado El Ángel de Washoe! No pensé que fuera apropiado compartir dicha información y dije:

– Me pregunto dónde estará ese cuadro ahora.

El señor Brittain reflexionó unos segundos, luego se encogió de hombros y dijo:

– Ah, bueno, me temo que la señora Brittain no me permitiría que lo colgase aquí -se rió durante un largo rato-. ¡No me cabe la menor duda sobre eso!


Cuando me cité con Amelia para ir de paseo el domingo, pude ver que la señora Brittain lo desaprobaba tanto como hubiera desaprobado que se colgase el retrato de Caroline LaPlante de Lady Godiva en el salón del número 913 de Taylor Street.


Pasé el resto de la mañana en Battery Street, donde se había quemado el almacén causando un caos de humo pestilente. El Ángel de Washoe estaba muy dañado, incluyendo el cartel, cuyos soportes habían caído haciendo que aterrizase sobre el resto de escombros. El vecindario lo conformaban pequeños negocios y tiendas, mayormente edificios de una sola planta, y nadie parecía saber quién era el propietario del salón o adónde había sido llevado el famoso cuadro. Sin embargo, muchos de ellos conocían el cuadro de Lady Godiva muy bien y se les iluminaban los rostros con placer al hablar de sus encantos. Cuando fui a la Compañía de Agua de Spring Valley averigüé que las facturas del número 308 de Battery Street fueron enviadas a una empresa llamada Mangan Bros. en 8th Street, Sacramento.

Le pasaría toda la información al sargento Nix para que continuara las pesquisas por medio de sus contactos en la policía de Sacramento.


Bierce y yo tomamos un coche hacia Nob Hill; avanzábamos lentamente y los cascos del caballo resbalaban por la pendiente de California Street.

– Las siguientes preguntas son importantes -dijo-. ¿Por qué ocurren estos asesinatos? Y ¿por qué están ocurriendo ahora?

– Algo ha cambiado -dije.

– ¿Por ejemplo?

– Beau McNair ha regresado a San Francisco.

Gruñó, asintiendo con la cabeza. Discutimos el significado del cuatro de picas encontrado en el cuerpo de Rachel LeVigne. ¿Significaba ese cuatro que el Destripador de Morton Street había decidido aceptar el asesinato de la señora Hamon, el del tres de picas, como suyo? Y, de ser así, ¿era su propósito recorrer todo el palo de picas hasta llegar a la reina?

Las torres y cúpulas de la mansión Hopkins se alzaron ante nuestros ojos. A la derecha estaba el castillo Crocker, una masa enmarañada de madera tallada con una enorme torre. En la esquina más alejada se hallaba el muro disuasorio [9], absurdamente alto, que rodeaba la vivienda del único propietario que se negaba a vender su terreno a Charles Crocker. El muro era una afrenta tan arrogante e implacable que uno no podía verla sin maldecir a Charles Crocker, de los Cuatro Grandes.

– Ojalá se parta una pierna -dije.

– Haz un artículo sobre ello -dijo Bierce-. No tienes que posicionarte; los hechos hablan por sí mismos.

En esos momentos la mansión McNair apareció ante nosotros, con techos en mansarda y torres que sobresalían como lanzas. El gris de las paredes quedaba aligerado por las pinceladas de verde que proporcionaban los árboles podados y, más abajo, las hileras de arbustos y flores; el terreno estaba rodeado de un kilómetro y medio de campo limitado por una verja de hierro forjado con relucientes boliches de latón a intervalos de tres metros.

Un mayordomo corpulento y con el cabello negro peinado con raya en medio abrió la puerta.

– Nos gustaría ver al señor Buckle -dijo Bierce.

El mayordomo se retiró con su tarjeta y regresó para indicarnos con una reverencia que le acompañáramos al interior.

El vestíbulo se alzaba a una altura de tres plantas de galerías y balaustradas hasta el techo rematado con una cúpula de cristal. En una de las altas paredes podrían haber cabido dos de los cuadros de Highgrade Carrie como Lady Godiva, pero en su lugar había colgado un cuadro en un elaborado marco dorado que describía una escena pastoril con ciervo bebiendo de un estanque cobrizo, y el retrato de un caballero con forma de chuleta, calvo, con el ceño fruncido y la boca escondida tras un agresivo bigote; debía de ser el difunto Nathaniel McNair.

Buckle se acercó a grandes zancadas con un repiqueteo de tacones en el parqué. Era el hombre alto de pelo canoso con el que me había encontrado en la cárcel. Ahora llevaba puesto un abrigo de mañana negro y pantalones a rayas.

– Saludos, señor Bierce, saludos -dijo, estrechando la mano de Bierce y ofreciéndome una sonrisa de sorpresa-. ¿Y este caballero es…?

– Mi colaborador, el señor Redmond.

– Por favor, entren, caballeros -Buckle nos guió a través de una sala octogonal en la que había un reluciente piano de cola, con una partitura en el atril y una lámpara alta de pie junto a él.

Percibí una ligera parada en el paso de Bierce cuando vio el piano. Nos condujo al salón de estar, una habitación con ventanales de los que colgaban cordones de persianas y aros de croché; Bierce tomó asiento en un sillón mullido, yo en un lujoso diván color ciruela. Buckle se sentó frente a nosotros, con sus largas piernas cruzadas y mostrándonos sus relucientes zapatos de salón.

– Usted es el administrador en San Francisco de Lady Caroline Stearns, señor Buckle -dijo Bierce.

Buckle inclinó la cabeza. Tenía una barba bien cuidada, y ojos azules bajo negras cejas.

– El señor Bosworth Curtis, el señor Childress del Banco de California y yo gestionamos sus intereses en el Oeste.

– ¿Y usted y el joven señor McNair son los inquilinos de este formidable edificio? -preguntó Bierce.

Buckle se rió confiadamente.

– Oh, hay todo un ejército de sirvientes. Innumerables habitaciones, áticos llenos de mobiliario que no se usa, y un fantasma, ¡por supuesto! Todo siempre listo para recibir a Lady Caroline, en caso de que le apeteciera volver a la City.

– Y ella está de camino, ¿porque le apetece? -dijo Bierce.

Buckle levantó una ceja.

– Me pregunto cómo sabe usted eso.

– Lo sabe todo el mundo -dijo Bierce.

– Acaba de llegar a Nueva York.

– ¿Está el joven señor McNair aquí?

– Ha salido esta noche. Ha sufrido un terrible golpe, como comprenderán.

– Comprendo que él acompañó a esa desafortunada joven a un concierto de piano -dijo Bierce-. Luego la llevó de regreso a la pensión y vino directamente aquí. Se ha demostrado que el concierto acabó unos veinte minutos antes de las diez. Él la llevó a Stockton Street a las diez y media y apareció aquí tan sólo unosinstantes después.

– Así lo he declarado y doy fe de ello -dijo Buckle con gravedad.

– ¿Y también da fe de su presencia las noches de los tres asesinatos en Morton Street?

– Así es -dijo Buckle-. ¿Qué interés tiene usted en todo este asunto, si me permite preguntárselo, señor Bierce?

– El interés de un periodista, señor Buckle.

– Ese piano es magnífico, señor Buckle -dije.

Asintió y sonrió como si le hubiera alabado a él personalmente.

– Es un Bechstein. Sí, es un hermoso instrumento.

– ¿Y usted lo toca? -preguntó Bierce.

Más movimientos de cabeza en asentimiento y sonrisas.

– Dígame -dijo Bierce-. ¿No tocaba usted el piano en una pequeña banda de música en el Miners' Rest de Virginia City?

El rostro de Buckle no experimentó ningún cambio de expresión, pero los dedos sobre la rodilla de sus pantalones a rayas se crisparon. Relajó la mano cuando se percató de que yo tenía los ojos fijos en ella.

– ¿Por qué lo pregunta, señor Bierce? -dijo.

– Nos han informado de que Nathaniel McNair aceptó a Beaumont McNair como su hijo, aunque él no era realmente el padre -dijo Bierce-. Estamos intentando determinar quién es el verdadero padre. Nos contaron que uno de los favoritos de Lady Caroline era el pianista del Miners' Rest.

– Yo no soy el padre de Beau McNair -dijo Buckle. Se mojó los labios con un lametazo de su lengua gris-. Ni tampoco llego a entender la pertinencia de todo esto.

– ¿Quién fue el padre?

– Señor Bierce, de eso hace más de veinte años. Eran otros tiempos y no es asunto de nadie. Siento no poder serles de ayuda.

– De hecho, es asunto de todo el mundo -dijo Bierce-. Cuatro mujeres han sido salvajemente asesinadas por alguien relacionado con la Sociedad de Picas de Virginia City, la cual fue creada para comprar la mina Jota de Picas. De los cinco Picas, Caroline LaPlante y Nat McNair, con la ayuda de un tal Albert Gorton, confabularon para engañar y estafar a los otros dos arrebatándoles sus acciones. Los otros dos eran E. O. Macomber y Adolphus Jackson. Gorton fue asesinado más tarde, quizás por un matón llamado Klosters. Estoy seguro de que usted está familiarizado con todos estos nombres, señor Buckle. Macomber, o Jackson o algún otro conectado con la Sociedad de Picas es responsable de estos asesinatos o está muy íntimamente involucrado en ellos. Si usted no nos ayuda, me veré obligado a emplear todos los recursos de persuasión que tenga a mi alcance con usted y con Beaumont McNair.

Buckle cruzó los brazos.

– No puedo ofrecerle ninguna información sin consultarlo antes con el señor Curtis y con Lady Caroline.

– Entonces continuaremos con nuestro viaje de revelaciones sin su ayuda. Debo informarle de que cualquiera que estuviera relacionado con Lady Caroline en los tiempos de Virginia City será investigado.

Buckle palideció como si estuviera a punto de desmayarse.

– ¿Dónde podemos encontrar a E. O. Macomber, señor Buckle? -dijo Bierce inclinándose hacia él.

– No tengo ni idea de qué ha sido de él.

– ¿Y qué ha sido de Adolphus Jackson?

Buckle se volvió a mojar los labios.

– Adolphus Jackson es el senador Aaron Jennings -dijo.

– Las iniciales deberían haberme puesto sobre aviso -dijo Bierce, recostándose hacia atrás.

Allí estaba, la conexión que había estado buscando.

Bierce se levantó.

– Buenos días tenga usted, señor Buckle -dijo.

Buckle también se levantó. Parecía cansado. No nos acompañó hasta la puerta, y llamó al mayordomo para que nos guiara hasta la salida.

De camino de vuelta a California Street, Bierce dijo:

– Deberíamos haber ahondado en el fantasma amante de las flores de la mansión McNair.

Más de un fantasma, pensé yo.

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