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Nacimiento: El primero y más funesto de todos los desastres.

– El Diccionario del Diablo-


Cuando informé a Bierce de mi conversación con Amelia Brittain, callándome mis propios sentimientos, se levantó de su asiento, se encasquetó el sombrero dándole un toque con la mano y me indicó que le siguiera. El rechazo del señor Brittain de Beau McNair había captado su interés.

Paramos un taxi para ir a Taylor Street. Me había jurado que jamás volvería allí, pero al menos Amelia y la señora Brittain no estaban presentes. El mayordomo nos condujo al estudio del señor Brittain; su escritorio estaba abarrotado de documentos, cajas con tapas de cristal y pepitas de oro en su interior brillaban bajo la luz de la tarde. Me chirriaron los dientes al imaginármelo vendiendo a su hija como una esclava por la caída de los fondos.

Él, sin embargo, me estrechó la mano como el salvador de su hija y saludó a Bierce afablemente, un hombre alto y delgado con una cojera de Virginia City y dificultades financieras.

Cuando Bierce y yo tomamos asiento, Bierce dijo:

– Señor Brittain, estamos intentando llegar hasta el fondo de estos asesinatos de prostitutas. Aparentemente, el mismo tipo atacó a su hija.

– ¡El joven Redmond fue el héroe en ese encuentro! -El señor Brittain aún no se había sentado todavía y se movía entre las vitrinas con las manos entrelazadas en la espalda y semblante solemne.

Llevaba puestos sus anteojos, que brillaban al reflejarse la luz del sol a través de la ventana.

– Hay una conexión entre unos naipes con los sucesos de Virginia City hace unos veinte años -dijo Bierce.

Brittain se detuvo y le miró fijamente.

– La Mina Jota de Picas.

– ¡Ah!

– ¿Tenía William Sharon alguna conexión con la Jota de Picas, o con Caroline LaPlante?

Los rasgos del señor Brittain se contrajeron en una sorprendentemente grotesca expresión.

– ¡Ella lo detestaba! Generalmente no la trataban como una mujer de baja reputación, pero Sharon lo hizo. Él urdió un trato y ella se sintió menospreciada, él disfrutaba viéndola sufrir.

Observé a Bierce absorbiendo esta información. El señor Brittain debía de referirse a la vuelta a caballo de Lady Godiva por las calles de Virginia City. ¿O quizás a otra cosa?

– Usted era ingeniero de minas, señor -dijo Bierce.

Brittain bajó la cabeza reconociendo el hecho. No servía de nada seguir sentado en su silla odiándole. Este tipo de gente era distinta a los demás. El dinero los hacía diferentes.

– ¿Fue usted contratado por el difunto Nathaniel McNair? -preguntó Bierce.

– Eso es correcto.

– Un hombre de armas tomar, imagino.

– Un hombre difícil -dijo Brittain. Avanzó unos pasos, con las manos en la espalda-. Tenía por costumbre hacer que sus socios se sintieran empequeñecidos. Tenía la habilidad de distanciarse de sus amigos y al mismo tiempo unirlos a él por distintos medios.

– Tales como la invención de motes ofensivos -dijo Bierce suavemente-. «El Inglés» en su caso.

El señor Brittain pareció sobresaltarse.

– Vaya, y ¿cómo podría usted haber averiguado eso, señor Bierce?

– Tom, cuéntale al señor Brittain lo que averiguaste en Washoe sobre el uso de ese nombre.

– Tenía que ver con un escándalo que tuvo lugar en la Consolidated-Ohio -dije-. Hubo alguna complicación relacionada con unas acusaciones de manipulación de la veta, práctica que era denominada «El truco del Inglés». Devers me contó que el término se refería a alguien con ese nombre que había inventado una práctica particular.

Brittain retrocedió y se sentó en un sillón de piel. Se quitó las gafas con mucha parsimonia, las plegó y las introdujo en el bolsillo del pecho. Sus mejillas se habían enrojecido con un color nada saludable.

– Era una práctica con la que yo no tenía nada que ver. Era una broma de Nat. Una broma cruel. Mi reputación… -de repente se paró.

– Su buena reputación es por todos conocida, señor -dijo Bierce.

– Nat McNair no fue un hombre honesto -dijo Brittain-. Era un verdadero discípulo de Will Sharon. Esparció por todos lados el rumor de que se había encontrado una veta de alta calidad. Luego el rumor de que la veta había sido manipulada. Eran maniobras cínicas, un negocio deshonesto e intrigante, y muy efectivo. Las acciones mineras eran extraordinariamente volátiles justamente en esa época. Los valores se desplomaron y Nat pudo comprar a un precio muy bajo.

– ¿Entonces finalmente sí que hubo una Bonanza?

– Sí -dijo Brittain.

– ¿Y qué parte jugó usted en todo esto?

– Yo fui quien le informó de que parecía haber una veta de tamaño considerable -se cubrió las mejillas con las manos durante unos momentos-. ¿Le importaría decirme cuál es el propósito de estas preguntas, señor Bierce?

– Señor Brittain, estos asesinatos parecen ser el resultado de una enorme cantidad de odio y vieja inquina. Hay un plan, y el propósito aún no hemos podido deducirlo.

Podía oír la respiración agitada del señor Brittain.

– ¿Por qué mi hija, señor Bierce?

– No creo que exista ninguna conexión con usted, señor. Sino más bien con Beau McNair y, por ende, con su madre.

Brittain se sacó las gafas del bolsillo y comenzó a limpiar los cristales con un trozo de tela amarillo.

– No me siento muy orgulloso por mi conexión con Nat McNair -dijo.

– ¿Y por su conexión con la señora McNair?

Observé que las manos de Brittain se detenían.

– ¿A qué conexión se refiere, señor Bierce?

– Usted ha obligado a su hija a romper su compromiso con Beau McNair.

Los ojos de Brittain giraron hacia mí. Se mojó los labios.

– Creo que no sería un matrimonio feliz.

Bierce habló delicadamente.

– Yo creo que usted se opone porque su hija y Beau McNair son hermano y hermana.

Brittain cerró los ojos.

– ¿He acertado con esta suposición, señor? Brittain asintió con gesto cansado.

– ¿Podrían todas estas averiguaciones no ir más allá, caballeros?

– Si es que eso es posible -dijo Bierce.

Brittain me miró y yo asentí, aturdido, pensando en Beau prometido a Amelia.

– Usted la dejó embarazada, pero ella se casó con Nat McNair.

– Por aquel entonces ella deseaba casarse, pero yo no estaba preparado para casarme con ella -dijo Brittain-. La mía es una familia muy orgullosa y conocida en New Hampshire, señor Bierce. No me lo hubieran permitido. Estaba atormentado por el remordimiento.

Pensé en mi oferta a Amelia, la cual había rechazado sabiendo que era un sinsentido e imposible.

– Estaba asustada por el asesinato de otra mujer en Virginia City -dije.

Brittain asintió.

– Sí. Julia Bulette.

– Pero pensó que usted se casaría con ella -dijo Bierce.

– Sí, lo pensó.

– ¿Y qué hizo ella?

Brittain volvió a ponerse las gafas.

– Estaba decidida a dar a luz, pero no podía aparecer públicamente preñada, ¿comprenden? Su posición en Virginia City era muy elevada… y desapareció. Creo que se marchó a Sacramento con un familiar. No sé cómo entró en escena Nat. Sin duda él se declaró a ella. Esa mujer podría haber tenido a cualquier hombre que eligiera, excepto al que le falló. Quizás en su situación eligió al hombre que conocía que parecía tener mayores posibilidades de hacer fortuna, y cualquiera podía predecir que Nat iba a tener éxito. Tenía suerte, era listo, no tenía escrúpulos y estaba profundamente decidido.

– Y él adoptó a Beau como su propio hijo.

– Sí.

El rostro de Brittain se retorció como si estuviera llorando sin derramar lágrimas. Su expresión me recordó a Amelia; ahí estaba el padre que iba a sacrificarla por la merma de fondos, pero jamás con su medio hermano; el que además recordó tan apasionadamente el retrato de Highgrade Carrie de Lady Godiva.

Bierce permaneció sentado reflexionando; los rayos de sol que se filtraban daban una tonalidad plateada a los mechones de su canoso pelo rubio. Yo había seguido su planteamiento hasta el momento. Un truco de «el Inglés» significaba falsificación de los ensayos con muestras en combinación con la diseminación de rumores falsos con el fin de devaluar las acciones mineras. Dicho truco le había otorgado a Nathaniel McNair el control de la Consolidated-Ohio. Me pregunté hasta qué punto el señor Brittain había estado involucrado en el procedimiento.

Él y Highgrade Carrie habían sido buenos amigos, como había dicho Amelia, pero ya no lo eran. El señor Brittain se sentía incómodo por el regreso de ella a San Francisco. La mujer que había sido la madre de su hijo.

– Lady Caroline Stearns está en peligro -dijo Bierce.

Brittain miró a Bierce. Su rostro estaba surcado por profundas líneas.

– ¿Y mi hija?

– Creo que ya ha pasado el peligro para ella. Ahora que ya no está prometida al joven McNair, ha perdido interés para el Destripador.

– De manera que he apartado inconscientemente a Amelia del peligro.

– Eso creo -dijo Bierce.

Le preguntó a Brittain sobre los métodos mediante los cuales Jennings y Macomber -mi padre- habían sido engañados y despojados de sus participaciones en la Jota de Picas, pero Brittain tan sólo dio respuestas monosilábicas y sin ninguna relación, como si realmente lo hubiera olvidado, o quizás simplemente estuviera preocupado. Era como si no pudiera esperar más tiempo a que nos fuéramos, así que eso hicimos.

– Estaba embargado por el pánico -dijo Bierce-. Me pregunto hasta qué punto fue inocente este reputado ingeniero de minas en el truco original, y me pregunto si esto podría ser en parte la causa de ese distanciamiento de Highgrade Carrie del que te habló su hija.

– Él se negó a casarse con ella -dije-. Y ella consiguió un mejor partido.

– Una esclavitud más lucrativa -dijo Bierce.


Cuando regresé a casa el sábado por la noche, mi padre me esperaba en el saloncito de los Barnacle con Jonas Barnacle. Belinda estaba sentada con ademán remilgado en una silla de respaldo recto junto a la puerta, con sus relucientes zapatos juntos y las manos enlazadas sobre el regazo. Me miró con ojos solemnes mientras entraba. La señora B., con delantal y un pañuelo azul sobre el cabello, echó un vistazo desde la habitación contigua.

Mi padre llevaba un traje oscuro, botas y una florida corbata con un alfiler con diamante. Sin dejar de hablar con el señor Jonas Barnacle, se levantó y apoyó una mano posesiva sobre mi hombro. La mano parecía pesar como una plancha maciza de hierro. Me condujo afuera del cuarto.

– Tommy -dijo-. Nos vamos al pase nocturno del Bella Union. ¡Tengo entradas!


Entramos en el Bella Union atravesando un enorme bar abarrotado de hombres y nos sentamos en una mesa en el nivel inferior del bonito y diminuto teatro, bajo un escenario con un telón de colores chillones. Detrás y encima de nosotros había patios de butacas ocultos tras cortinas dispuestos como un panel de archivadores. Pedimos que nos trajeran unos Piscos y observamos la entrada a la sala de una madame que guiaba a su grupo de bellas chicas ataviadas con sus mejores galas, con bocas relucientes y llamativos ojos que miraban a izquierda y derecha mientras los hombres aplaudían y silbaban.

La madame era una señora rechoncha que dirigía con ademán imperial a su bandada de señoritas a los distintos patios de butacas. Éstas no eran las jóvenes de clase media de «la línea» que tanto habían impresionado a Amelia, pero eran mujeres espectaculares y perfectamente acicaladas.

Esa noche tenía lugar el habitual pase nocturno de los sábados en el que las madames exhibían a sus chicas.

– Cómo me gustan estas palomitas coquetas -me confesó mi padre-. No hay nada similar en Sacramento. Allí las mujeres ni tan siquiera se atreven a mostrar sus brazos desnudos.

Se oyeron unos silbidos en el bar cuando una segunda madame entró guiando a sus chicas. Era alta y con plumas que se agitaban en su sombrero. Sus chicas llevaban en efecto los brazos al descubierto, y lucían orgullosas sus pinturas y brillantes telas y botines que crujían sobre el suelo de madera. Les acompañaron más silbidos desde el bar. El segundo grupo desapareció en su patio mientras aparecía un tercer grupo. Mi padre aplaudió a la madame envuelta en una boa de plumas con su reluciente sonrisa dirigida a los hombres que vitoreaban a sus chicas.

Pensé en Caroline LaPlante en su papel de madame en Virginia City, cuya belleza y estilo había cautivado a la ciudad, y cuyo corazón había sido cautivado por un hombre cuyo estatus social no le permitía casarse con una mujer de baja reputación.

Y la responsabilidad de Amelia era casarse con un hombre adinerado. ¡Aristócratas!

Unas cuantas prostitutas más pasaron envueltas en una nube de perfume, risas, crujir de faldas y ruidosas botas. La luz de las lámparas de gas se reflejaba sobre la piel de sus cuellos y brazos.

– En otros sitios -dijo el Don- las prostitutas visten como las mujeres de la alta sociedad. En San Francisco ocurre todo lo contrario.

Incluyendo a Sibyl Sanderson, la cual prefería vestir como una mujer de mundo parisina. Podría informar a Amelia de que estaba al tanto de las ironías de mi padre, similares a sus propias ironías… es decir, en caso de que volviera a verla de nuevo.

Otro ramillete de mujeres entró en la sala.

– Creo que a un hombre le sienta de maravilla mirar a mujeres bonitas con botitas -dijo mi padre.

El telón se levantó y detrás apareció un semicírculo de intérpretes masculinos y femeninos. Los trajes de las mujeres eran tan ligeros y escasos como lujosos los de las prostitutas. Se oían risas y aplausos.

Podía sentir el calor que desprendían las lámparas de gas que iluminaban el escenario. Un cómico obeso contó unos cuantos chistes con gestos que se me antojaron de mal gusto.

El Don se inclinó hacia mí. Su expresión era más de pena que de ira:

– Oí que tuviste algunos problemas, hijo -dijo.

– Sentiría mucho saber que fuiste tú quien envió a esos rufianes a por mí, Papá.

Se acercó aún más a mí con una mano haciendo bocina en su oreja, porque la banda había comenzado a tocar una música bullanguera.

– ¿Qué estabas haciendo en una reunión como ésa de todas formas? ¡Verdaderos Demócratas Azules! ¡El Jefe y Sam Rainey son delincuentes comunes, hijo mío!

– Bueno, tú trabajas para delincuentes poco comunes.

– Tommy, esos excelentes caballeros crean riqueza para todos. ¡Hacen del estado un lugar mejor! El Ferrocarril es como una red de arterias que llevan la sangre a los órganos y los miembros, desde los dedos hasta la cabeza, y también al pene. ¡Sin él simplemente no tenemos nada!

»¡Echa un vistazo a esos tipos que te gustan! Tienen las manos metidas en todas las cajas registradoras. ¡Mira qué tejemanejes se llevan con la junta escolar! ¡Tu Chris Buckley, el Jefe Ciego! No parece ser tan ciego como para no distinguir el verde de los billetes. ¿Cuánto dinero pagan esos idiotas a Buckley para que esté en la junta escolar y meter sus garras en los bolsillos del público? ¿La Junta del Agua? ¡El alcalde!

– ¿Cuánto paga el Ferrocarril al senador Jennings para presentar y apoyar la Ley del Corredor Girtcrest?

– ¡Pero eso va en beneficio de este gran estado!

– Va en beneficio de Leland Stanford, Charles Crocker y Collis Huntington. ¿En serio crees que el senador Jennings intenta engrandecer a esta Nación?

– Hijo, hijo… -dijo mi padre y se giró para reírse a carcajadas por el último chiste del cómico del escenario. Éste llevaba un sombrero demasiado pequeño y una larguísima corbata que sobresalía por los canales del pantalón. Se oían risas también en los patios de butacas donde las madames habían distribuido a sus chicas.

El espectáculo de prostitutas en el Bella Union no era lo que me apetecía ver con el corazón roto.

Cuando el Don se volvió hacia mí, dijo:

– Jennings tenía un cuadro en su oficina de la asamblea legislativa. La dama no sólo tenía los brazos desnudos, estaba totalmente desnuda. Una dama a caballo. ¡Dios, era algo digno de admiración!

Noté que se me erizaban los pelillos del cogote.

– Lady Godiva -dije.

– ¡Exactamente, era de Lady Godiva de lo que iba disfrazada! Recibió tantas quejas por parte de sus votantes que tuvo que retirarlo.

Los mismos votantes a los que no les importaba que Jennings estuviera en nómina del Ferrocarril, pero que se escandalizaban de que se pudiera contemplar carne femenina en su oficina.

– ¿Y qué hizo con el cuadro?

– Supongo que se deshizo de él -dijo el Don, frunciendo el ceño-. Se lo compró a los del Bucket of Blood de Virginia City, los que lo habían encargado hacer.

– La modelo era Highgrade Carrie, ¿verdad?

Me dio la impresión de que no oyó este último comentario, porque quedó ahogado por una explosión de risas a nuestro alrededor. Pero tras unos momentos volvió a mirarme solemnemente.

– Sí, era ella, hijo.

Aún no había informado a Bierce sobre el cuadro de Highgrade Carrie como Lady Godiva.

– Organizado todo por el senador Sharon, según tengo entendido.

– Parece ser que has averiguado muchas cosas sobre la Virginia City de hace veinte años, hijo.

– He averiguado que el senador Jennings es un asesino -dije-. Y Bierce va a probarlo.

El Don no respondió a eso, y pareció turbado. Las pinceladas de blanco en sus patillas reflejaron la luz. Me acabé de un trago el amargo ponche de Pisco.

Una troupe de bailarinas había salido a escena, ondeando banderitas en un torbellino de barras rojas y blancas, y brincando sobre sus regordetas piernas con medias al ritmo de los tambores y trompetas de la excesivamente entusiasta banda de músicos. También se oían muchos silbidos.

Entonces, mirando a mi padre a los ojos, dije:

– Quizás cuando se es joven se está más preocupado con el bien y el mal. ¿Tú aún piensas sobre el bien y el mal?

– Quizás yo poseo una visión más amplia de lo que es, hijo. Tengo la impresión de que el señor Bierce le está apretando tanto las tuercas que lo tiene totalmente agobiado.

– ¿Crees que es justo que el senador Jennings asesine a la viuda del juez Hamon?

Bajó el rostro. Tras un largo lapso de tiempo dijo:

– No, no lo creo.

Entonces pensé que había arruinado su velada en el Bella Union, y yo tampoco estaba disfrutando del espectáculo. El hecho de que Amelia admitiera estar en venta como cualquiera de aquellas mujeres pintarrajeadas me estaba turbando tanto en mi fuero interno que me tenía totalmente agobiado.

– Papá -dije-, ¿por qué los hombres se cambiaban los nombres en Washoe?

– Por la misma razón que se cambiaron sus nombres cuando se vinieron al Oeste. Los del cuarenta y nueve [11]también se cambiaron los nombres. Cambiaron sus vidas. Cambiaron su suerte. Los problemas con la ley. Los problemas en sus hogares. Complicaciones con mujeres.

No tuve el ánimo de preguntarle cuáles fueron sus razones.

– ¿Conocías bien a Highgrade Carrie?

– No tan bien -dijo-. La admiraba hasta que ella y Nat y Will se unieron para estafarnos. Pero supongo que eso fue todo obra de Nat. Debo admitir que albergué duros sentimientos -se rió amargamente-. Bueno, ella aportó cierto dejevu de lostiempos de Washoe a ese matrimonio.

La palabra rebotó en mi cabezacomo un perdigonazo.

Dejevu -dije agitadamente-. ¿Cómo deletrearías eso?

– ¿Cómo lo deletrearías tú, hijo? Tú eres el tipo educado aquí.

Deletreé: d-e-j-e-v-u.

– Así exactamente -dijo él-. ¿Por qué?

– Por nada -dije.

Nos quedamos a ver el espectáculo hasta el número final. Cuando nos fuimos atravesando el bar vi un rostro conocido. Era Beau con su rubia barba y una bufanda gris al cuello. Pensé que me había visto, pero no hizo ningún gesto de reconocerme. La bufanda y la chaqueta demasiado ajustada debían de ser parte del disfraz que usaba para las «investigaciones de campo» que Amelia había mencionado.

– ¿Quién era ese tipo? -quiso saber el Don cuando salimos a la calle.

– Ése es el caballero británico Beaumont McNair -dije-. El hijo de Lady Caroline Stearns.

Por unos instantes pensé que iba a insistir en que regresáramos para presentarle sus respetos.

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