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Cogito cogito ergo cogito sum: «Pienso que pienso, luego pienso que soy»; una de las frases más próximas a la certeza que jamás haya pronunciado filósofo alguno.

– El Diccionario del Diablo-


El titular en el Chronicle de la mañana que me fui de mi habitación en casa de los Barnacle era: El senador Jennings, procesado. En la noticia se hacía referencia a él como el «senador de la Compañía del Pacífico Sur». Bierce había logrado asestar un golpe al Ferrocarril.

Jennings fue acusado de la muerte de la señora Hamon.

Los asesinatos del Destripador quedaron sin resolver.

Jonas Barnacle me ayudó a cargar con bolsas, cajas, libros y un frasco de árnica de pepino por las desvencijadas escaleras. Divisé a Belinda a través de la ventana y solté una mano de la carga que llevaba para saludarla, pero ella no me devolvió el saludo.

En el último correo que recibí en Pine Street estaba el anuncio de la boda, en la Trinity Episcopalian Church de Post con Powell, de la señorita Amelia Brittain con el señor Marshall Sloat. La recepción iba a ser celebrada en el Palace Hotel.

Sloat era un viudo sin hijos que doblaba en edad a su futura esposa. Recordé los comentarios de Amelia sobre la edad del juez Terry en relación a la de Sarah Althea Hill. Una perdida, así llamó a la señorita Hill.

Dejé mi asiento de calesa atornillado a la pared del sótano de los Barnacle.


En la oficina de redacción en el Hornet, Bierce estaba reunido con Bosworth Curtis. Me hizo una señal para que tomara asiento, aunque pude ver que a Curtis no le hizo mucha gracia.

– Lady Caroline está empeñada en que no se identifique a George Payne como su hijo -dijo Bierce-. Ha llegado a un acuerdo con el capitán Pusey.

– Así pues, Pusey ha logrado lo que iba buscando -dije. Tenía dificultades en controlar mis sentimientos, sentimientos que Bierce pensaba que no valían la pena. El cráneo blanquecino miraba fijamente a Curtis.

– Su hija está prometida a un miembro de la aristocracia británica -dijo Curtis-. Quiere evitar el escándalo por todos los medios.

Me pregunté si a Curtis le desagradaban tanto los favores a la aristocracia como a mí. Consideré que Bierce era un blanco facilísimo para una gran mujer como Lady Caroline Stearns.

Curtis desplegó una hoja de papel color crema.

– Lady Caroline cree conveniente que le enseñe esto -dijo.

Pasó el papel a Bierce, el cual lo estudió antes de pasármelo a mí. Era la lista de las obras filantrópicas de Lady Caroline.

Nathaniel McNair había conspirado, engañado, estafado, amenazado y chantajeado para hacerse con el control de sus propiedades mineras y había desplumado a los incautos que se jugaron sus participaciones mineras para terminar engrosando la fortuna de McNair. Ahora su viuda redistribuía esa riqueza con creces entre los necesitados.

Una de las donaciones me llamó la atención: Fondos de Mineros del Washoe, 10.000 dólares. También había un fondo de mineros de Gales. Había también donaciones para niños abandonados y para chicas descarriadas. El Hogar de Frances Castleman para mujeres indigentes en San Francisco había recibido 7.000 dólares. Había alrededor de veinte donaciones distintas en la lista, que oscilaban entre los 20.000 dólares y los 500 dólares de donación. Alrededor de la mitad estaban en Inglaterra, y la otra mitad en San Francisco y Nevada, excepto dos donaciones en la ciudad de Nueva York. Los 20.000 dólares de donación iban destinados al Santuario para Mujeres Jóvenes sin Hogar de Cleveland. El total de las donaciones ascendía a una impresionante suma de dinero.

– Su secreto está a salvo con nosotros -dijo Bierce.

– Estará eternamente agradecida -dijo Curtis, poniéndose en pie y doblando el papel. La reluciente piel de su rostro brillaba con reflejos rosados.

– Su hombre, Klosters, podría pensar que él y yo tenemos algún asunto por zanjar -dije-. Quizás ella podría frenarle.

– Así será -dijo Curtis. Chocó los tacones y dirigió su cabeza hacia Bierce, con una ligera inclinación. Me dirigió un saludo más informal a mí y se fue.

– Así que vas a dejarla marchar -dije.

– Ya has visto la lista.

– Una lista de caprichos.

– Es famosa por su generosidad -dijo Bierce.

Era cierto.

– Eso fue un asesinato -dije, tozudamente-. Una puerta fue dejada abierta, o la misma ventana por la que había entrado antes. Era una trampa. Ni siquiera estaba armado. ¿Cómo es que llegó allí justo en ese momento? Estaba todo planeado.

– Tom, ya hemos hablado de este asunto muchas veces. -Su frente estaba arrugada con el ceño fruncido cuando me miró con ojos fríos-. Sí, quizás Lady Caroline conspiró para quitarle la vida al demente que conspiraba para matarla. Ella no sabía que era su hijo.

– Debía de sospecharlo. Buckle ciertamente sabía algo.

Suspiró y dijo:

– Ella me dijo que no lo sabía.

– La creíste porque es una gran dama.

– ¿Por qué esta simpatía por Payne? Sacó las vísceras a tres mujeres. Hubiera matado a Amelia Brittain si tú no le hubieras parado. Había planeado asesinar a Lady Caroline Stearns. Él provocó el regreso de ella a San Francisco; tenía acceso a la mansión de los McNair. Lady Caroline estaba en peligro.

»Como ya dije antes -continuó Bierce-, mi preocupación principal era el asesinato cometido por el senador Jennings. Los destripamientos eran cosa de la policía. Yo sólo me ocupé de asegurar el procesamiento de Jennings.

Me volví hacia mi escritorio. Estaba trabajando en un artículo sobre las chicas esclavas chinas pero, debido a la política antichina del señor Macgowan, el Hornet probablemente no lo publicaría.


Chubb había dibujado para la portada del Hornet unenorme calamar con los tentáculos extendidos sobre California. Los ojos eran medallones con los rostros de Huntington y Stanford, con los nombres indicados. Una enorme y reluciente hacha había cercenado uno de los tentáculos, etiquetado como «senador Jennings», con el rostro agónico del senador Jennings en el medallón. La hoja del hacha estaba marcada con «Crimen y Castigo». El periódico estaba plagado de detalles sobre el arresto de Jennings, un amplio reportaje de Smithers, abarrotado de adverbios, y mi propio articulillo sobre la valla de las discordias o spite fence. El Tattle estaba tan plagado de autocomplacencia y se cebaba con tanta inquina con el Ferrocarril que si la definición del propio Bierce de autoestima como «juicio erróneo» no me vino a la mente, debería haberlo hecho.


Bierce y yo fuimos citados a la oficina del capitán Pusey para ver el cuadro de Lady Godiva, el cual los detectives habían descubierto en un almacén de Sansome Street. Había estado cubierto con telas de saco hasta que fue localizado por Pusey. John Daniel estaba presente, llevaba un pulcro traje azul con una camisa de pechera blanca y una corbata de cuatro lazos. Observaba la reunión desde la esquina. No parecía muy interesado.

Bierce no habló con el capitán Pusey, pero se quedó profundamente impresionado por el cuadro.

– Qué mujer más encantadora -dijo extasiado, pensando en Lady Caroline de joven, como un tenor en un aria romántica. Sin duda, era un espécimen hermoso, la mismísima grande horizontale de Virginia City. Su piel de gardenia iluminaba el despacho de Pusey, el cabello dorado caía en tirabuzones esparciéndose sobre los pechos y una expresión de orgullo y modestia había sido perfectamente dibujada en su rostro. Las venas en el cuello del blanco corcel habían sido perfiladas con artístico detalle.

El sargento Nix observó el cuadro con expresión de desaprobación.

– Es propiedad del senador Jennings -dije.

– Lo va a tener muy difícil para recuperar esta hermosura -dijo el capitán Pusey con arrogancia. Era la ley del quiero-lo-que-tú-tienes que Nix había mencionado antes, por la cual el capitán Pusey tenía el cuadro en su poder.

– Estrecha la mano con estos caballeros, John Daniel -dijo Pusey cuando llegó el momento de nuestra partida, y John Daniel así lo hizo.

– ¡Cómo me agradaría pincharle y desinflar toda esa gélida y chocha pomposidad! -dijo Bierce cuando abandonamos la central de la policía en el Old City Hall, refiriéndose al capitán Isaiah Pusey.


Estaba trabajando en el artículo sobre las chicas esclavas cuando el peripuesto y diminuto representante del Ferrocarril, Smith, volvió a visitar a Bierce. Llevaba una margarita en el ojal de la solapa.

– Tenemos entendido que debemos felicitarle a usted por el arresto del senador Jennings -dijo sonriente a Bierce-. Felicidades desde las más altas esferas. Si sabe a lo que me refiero.

– Dígale al señor Huntington que no podría estar más complacido -dijo Bierce, echándose hacia atrás sobre el respaldo-. La Ganga del Corredor de Girtcrest tendrá que buscarse un nuevo patrocinador.

– Sí, eso supondrá algún problema -Smith chascó los dedos para mostrar lo poco que eso les afectaría. Sacó del bolsillo una hoja de papel doblada, como había hecho el abogado Curtis, pero ésta no era ninguna lista de obras benéficas.

– ¡El investigador investigado! -anunció-. ¡Éstos son los hechos!

Levantó un solo dedo.

– El verdadero propietario del Hornet era, ¡hasta hace poco!, C. P. Gaines, el cual también es uno de los propietarios de la Spring Valley Water Company. El autor del Tattle atacólas obras llevadas a cabo por la compañía de agua mientras al mismo tiempo se anunciaba y promocionaba en otras secciones del periódico. El autor del Tattle, sin ser consciente, de eso estamos seguros, y gracias a su enorme popularidad, actuó así como gancho de la misma corrupción acuosa que él afirmaba estar desenmascarando. ¿No es eso cierto?

Bierce miraba con expresión dolida.

– No es ninguna noticia. Yo forcé a Charley Gaines a que vendiera.

Smith levantó un segundo dedo.

– El cual vendió a Robert Macgowan, cuyo hermano Frank es propietario de plantaciones azucareras en las islas de Hawai. Los fondos para la compra procedían así pues de los mismos terratenientes del azúcar a los cuales el Tattle había estado atacando por los abusos cometidos en las Islas Sandwich. ¡Los hombres hawaianos esclavizados en las plantaciones, las mujeres cubiertas en vestidos como sacos! Y no tenemos por qué pensar que la inversión haya sido totalmente desinteresada.

»El Hornet apoya yapoyará en sus editoriales las exportaciones de azúcar hawaiano, propagando una buena opinión sobre éstas y el tratado que actualmente está siendo negociado con el rey Kalakaua, y denunciando a los que se oponen a la anexión de Hawai, a lo cual el Tattle se opone constantemente. ¿No es eso cierto?

Bierce no habló.

– Y así, de nuevo, el autor del Tattle está sirviendo de cebo para justamente lo contrario a lo que sus rectas (¡tan rectas!) opiniones parecen defender.

Smith sonrió con una amplia sonrisa, sosteniendo en alto un tercer dedo. Bierce parecía haberse hundido en su asiento.

– Ha llegado a nuestros oídos desde Santa Helena que la señora Mollie Bierce, en las prolongadas ausencias de su esposo, ha estado manteniendo una relación amorosa con un atractivo (¡y rico!) caballero danés del lugar.

Smith volvió a doblar el papel y se lo guardó en el bolsillo. Miró satisfecho a Bierce.

– ¿No es eso cierto?

– Fuera de aquí -dijo Bierce.

Smith salió dando pasitos burlones y desapareció por la puerta.

– ¡Huntington! -dijo Bierce, mirando fijamente el cráneo-. ¡El cerdo del siglo me ha vencido!

Después suspiró y dijo:

– ¡La reputación de una burbuja!

Fue a su casa en Santa Helena a pasar ese fin de semana.

El lunes siguiente me mostró el primer párrafo de su columna final. Había dimitido de su cargo a pesar de las protestas y contraofertas del señor Macgowan.

– Nos retiramos con la firme convicción de la villanía de los capos del Ferrocarril, la Compañía del Agua, el periódico Chronicle, y todo el santoral de deshonrosos, detestables e insoportables de moral canaille. Confiamos en que el Hornet noles favorezca con una amnistía general.

– No creo que debas permitir que Huntington te chantajee para que abandones el periódico -dije.

Estaba sentado en su silla, con las manos sobre el regazo y su frío y sereno rostro dirigido al cráneo.

– De todas formas ya había considerado retirarme totalmente -dijo-. Necesito tiempo para escribir algo de ficción.

– ¿Una novela?

– Un género bastardo -dijo desdeñoso-. No, tengo una docena de historias en la cabeza, relatos breves. Tratan de fantasmas la mayor parte de ellos.

– La señal externa y visible de un miedo interior -dije, citándole.

– Me persiguen en pelotones y batallones enteros -dijo él, torciendo los labios-. Abarrotan mis habitaciones. Tienen peso y tienen exigencias, me persiguen hasta que los forjo convirtiéndolos en historias que dicen… -entonces se rió, pero sin alegría en su risa-. ¿Que dicen qué? ¿Que dicen por qué morimos? ¿Murieron los federales por preservar una Unión que no valía tantas vidas? ¿Morimos nosotros los Confederados para preservar la obscena esclavitud, cuando ni tan siquiera uno de cada cien de los nuestros poseía esclavos? ¿Para quésacrificamos nuestras vidas? ¿Para que Abe Lincoln no quedara para la historia como el hombre que había perdido media nación? ¿Para que Bobby Lee no tuviera que admitir que había sido derrotado muchos meses y muchas muertes antes de que finalmente se rindiera? Los fantasmas presentan sus reclamaciones -dijo.

»He dejado a Mollie -añadió-. Nos hemos separado.

Estas palabras me conmocionaron hondamente.

– Por un mero rumor…

– De hecho no es más que un rumor -interrumpió-. No hay ningún amante. Sin embargo, él sí le ha escrito cartas a ella.

– ¿Te has separado de la señora Bierce simplemente porque alguien le escribía carta?

– Ella debió de animarle a hacerlo -dijo Bierce.

– ¿Lo ha admitido ella?

– Hay miles de maneras con las que una mujer inteligente puede atraer atenciones.

– ¡Eso es injusto! -protesté, pero él volvió su gélido y amargado rostro hacia otro lado.

– Yo no compito -dijo.

Estaba empeñado en cumplir la profecía de Lillie Coit.

– Es injusto -dije otra vez.

Se volvió para mirarme. Sus ojos brillaban fríos como el acero.

– Si vamos a comenzar con los juicios personales quizás haya llegado el momento de terminar nuestra asociación -dijo.

– Sí, señor -dije.

Ya le había devuelto el revólver.


Regresé a mi nuevo cuarto en Bush Street y rompí la carta que había escrito a Amelia Brittain, en la que comparaba su matrimonio con un hombre rico que le doblaba en edad no sólo con la relación de Sarah Althea Hill con el senador Sharon, sino con las transacciones de Morton Street. Incluso había citado a Bierce en relación con el matrimonio: «Acerca del ofrecimiento del cuerpo de una mujer: una tradición de sacrificio de la virginidad, para ganar una dote, o de servicio religioso, un deber religioso». Ya no quería citar a Bierce nunca más, porque había hecho que me avergonzara de mí mismo. Amelia me había advertido de que no acabara como él.

Mi padre tenía razón sobre Bierce. Lillie Coit había acertado sobre él. Moriría solo y odiado por todos.

Esa noche me senté a escribir una carta a Amelia, dirigida a ella en el 913 de Taylor Street, expresándole mis deseos de que encontrara la felicidad en su matrimonio.


En el salón Alhambra las espaldas de los miembros de Democracia formaban un muro sólido frente al bar, y Chris Buckley estaba sentado en su esquina habitual, rodeado por su gente. Con él estaban el gordo Sam Rainey y el esmirriado Mattie Mogle. Yo había sido citado, y me abrí camino a través de mis compañeros demócratas para presentarme al Jefe.

– Es Tom Redmond de los Verdaderos Azules -le informaron. Sus ojos estáticos se clavaron en mí. Estaba sentado en una silla grande con las dos manos en la empuñadura de su bastón. Sus compañeros, sentados y de pie, me miraron unos momentos en silencio. Me sentía como un colegial frente al director de la escuela.

– Tu jefe se ha ido del Hornet -dijo Buckley, sonriente-. ¿Y qué vas a hacer, Tom?

– Buscaré otro trabajo.

– ¿Te interesaría trabajar de maestro? Hay vacantes disponibles.

– Intentaré encontrar trabajo de periodista.

– ¿En qué periódico? -dijo Sam Rainey con voz ronca. Estaba sentado junto a Buckley y parecía una vieja y sabia rana.

– Tengo un amigo en el Chronicle.

– Republicano -dijo Buckley, sacudiendo la cabeza y sonriendo.

– Podemos hablar con George Hearst -dijo Mogle-. El Examiner esdemócrata con toda seguridad.

Me encogí de hombros.

– Tu jefe no fue siempre un hombre razonable -dijo Buckley.

Así que me iba a tocar defender a Bierce.

– No estaba muy contento con los escándalos de los directores del colegio, eso sí es cierto -dije, mencionando un asunto en el que Buckley estaba involucrado.

– «Una auténtica vileza», creo que así lo describió -dijo Sam Rainey.

– Eso para Bierce es un trato suave -dije. Me sentía un poco más animado, con todos estos demócratas mirándome con desconfianza por haber trabajado con Bierce, que era tan duro con los demócratas como con los republicanos-. No le gustó en especial que la Junta de Supervisores cediera una gran parte de Beach Street a la Compañía de Agua de Spring Valley -continué-. Le recordaba a la ganga del Corredor de Girtcrest.

– Eso es del Ferrocarril, Tom -dijo Buckley con tono censurador.

– Y esto era de la Compañía de Agua.

– Bierce es un tipo con una mentalidad muy negativa, Tom. Tendrás que admitirlo tú mismo, estoy seguro. Estamos intentando averiguar si vas a ser ese tipo de periodista también, en contra de la Democracia.

– Pero ¿por qué, señor Buckley?, yo creo que los demócratas deberían ser criticados al igual que los republicanos, cuando aceptan sobornos, cuando se convierten en hombres de paja en nómina y aceptan chanchullos. ¿No cree?

– Esas cuestiones deberían ser corregidas en las asambleas del partido, no en los periódicos.

– ¡Oh, vaya! -dije-. ¿Es para decirme esto por lo que me hizo venir aquí?

Hubo otro silencio.

– Por ejemplo -dije-, el capitán Pusey ha obtenido una gran cantidad de dinero de Lady Caroline Stearns por los servicios prestados. Por su silencio, claro está. Al igual que durante muchos años cobró el mismo tipo de soborno del senador Jennings. Y todo el mundo sabe que se lo ha estado cobrando también al patrón de Mammy Pleasant, Thomas Bell, durante décadas.

– Isaiah Pusey es un buen hombre del partido, Tom -dijo Buckley. Había dejado de sonreír.

– ¿Supongo entonces que su tendencia a chantajear aprovechándose de su cargo, y de su archivo de fotografías, podrá ser corregida en las asambleas del partido?

De nuevo, silencio.

– Creo que «una auténtica vileza» como ésa debe ser expuesta en los periódicos -dije.

– Tenemos entendido que los rufianes del Ferrocarril le dieron una paliza -dijo Sam Rainey.

– ¿Es esouna amenaza?

– Lo que intentamos comprender -el Jefe Ciego interrumpió, sonriente- es si su intención es seguir con el mismo tipo de guerra contra el Ferrocarril que Bierce.

– ¿Por qué? -pregunté.

– Ha habido algunos acuerdos, Tom. No vamos a ir contra el monopolio con tanto empeño, y la Compañía del Pacífico Sur está aportando ahora fondos para la campaña de otoño.

– Ya veo -dije. Me sentí como si estuviera cayendo por el pozo de una mina-. Bueno, pues no cuente conmigo, señor Buckley. Yo seré antimonopolio hasta que me muera.

El Jefe Ciego giró la cara con el gesto torcido, como si yo hubiera propagado un olor fétido. Supuse que me indicaba que podía retirarme. Así pues, abandoné la reunión de los jefes de partido de la Democracia de San Francisco en el salón Alhambra.

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