Señorita: título con el que marcamos a las mujeres solteras para indicar que están disponibles en el mercado.
– El Diccionario del Diablo-
Se llamaba Amelia Brittain, y apareció en el Baile de los Bomberos acompañada de su hermano, que acababa de regresar a casa de Yale. Fui afortunado al conseguir un baile con una joven dama cuyo padre era al menos de la baja nobleza, del grupo de los «aristócratas instantáneos» de Nob Hill, como los denominaba Bierce. Era alta y elegantemente desgarbada, con el rostro en forma de corazón y un cabello castaño claro rizado y vaporoso que le rodeaba la frente como un halo. No pesaba más de una onza de cintas de encaje entre mis brazos mientras girábamos sobre el resplandeciente suelo. Aspiré su aroma a flores y noté la sortija de compromiso en la mano que le estrechaba. El anillo lanzaba caros destellos a cada vuelta que dábamos bajo el calor de las lámparas de gas.
Sí, estaba comprometida… con Beaumont McNair. Y yo sabía perfectamente quién era Beau McNair. Ella pertenecía a Nob Hill, y él era para los de Nob Hill lo que los de Nob Hill eran para los de South of the Slot [4]. Su madre, viuda de uno de los reyes de Comstock, marchó a Inglaterra y se casó con un título nobiliario, de manera que terminó convertida en Lady Caroline Stearns. Beau McNair acababa de regresar a San Francisco. Amelia Brittain era su amor de niñez. De todo esto me enteré junto a la fuente de ponche escuchando los comentarios de los bomberos interesados en las crónicas de sociedad y de otros jóvenes solteros que trabajaban en la City, como yo mismo, y también por lo que me contó la propia Amelia.
Bailé el pecaminoso vals con Amelia pasando junto al estrado de la banda de música; el sudor me empapaba la frente por el calor de julio, y también hacía brillar la de ella. Me sonrió con sus labios rosados. Las oscuras líneas de sus cejas estaban elevadas, como si viviera en una constante y agradable sorpresa. Quizás exagerase ligeramente ante ella mi importancia como periodista y evité mencionar que me convertía en ayudante de impresión y cargador de bultos las noches de los jueves cuando el Hornet entraba en prensas.
Ella comentó que no creía haber bailado nunca antes con un demócrata.
Comparamos nuestros logros académicos. Yo había estudiado matemáticas, gramática y latín con los Hermanos Cristianos en Sacramento; ella había «terminado» su instrucción en el Instituto de Miss Cooley de San Francisco.
La conduje a un balcón con vistas al Tenderloin y el ancho surco de Market Street a la izquierda, envuelto en luces. Hacia el oeste las luces de la ciudad se extendían por las colinas y se juntaban en los valles, desapareciendo finalmente tras un banco de niebla. Nos acercamos a la barandilla respirando el aire fresco que nos llegaba de la Bahía. Fingí estar enfrascado admirando las vistas a nuestros pies. No estaba acostumbrado a estar con mujeres que fueran tan altas como yo.
– Es tan hermoso de noche -dijo Amelia-… Pero piense en todas las cosas terribles que podrían estar sucediendo allá abajo, incluso en este mismo instante.
– Antes, esta misma tarde, he visto los restos de una pobre joven que ha sido descuartizada por un demente.
– Mi padre leyó la noticia en el Alta -dijo Amelia-. Un asesinato terrible. Y ella era una… ¿mujer de la calle?
– De Morton Street -comenté.
Entre Nob Hill y Market Street estaba Union Square, adonde daban las fachadas de los restaurantes y salones elegantes del Upper Tenderloin. Partiendo desde Union Square en dirección a Market Street se veían las luces rojas de Morton Street. Oculta a nuestra vista estaba Portsmouth Square, otra madriguera de casas de citas y burdeles y, entre medias, el laberinto de callejuelas de Chinatown, donde las esclavas sexuales anuncian a gritos su mercancía.
Resultaba embarazoso, con esta joven dama a mi lado, estar pensando en la City como un amasijo palpitante de fornicación.
– Es difícil para alguien joven entender… -dijo ella con voz grave-. Todas estas mujeres…
– Dicen que hay tres hombres por cada mujer en San Francisco -comenté-. No hace muchos años la proporción era de diez por una.
– Pero no son sólo los hombres jóvenes, por lo que sé. Hombres casados, también.
Entonces supe que estábamos hablando de la misma cosa.
– Un alivio para sus esposas -dije yo.
– No entiendo ese comentario, señor Redmond.
– La frecuente gratificación del marido puede poner en peligro la salud de la esposa.
Su silencio indicó que tampoco entendía esto último, y creo que yo estaba profundizando en la materia más de lo apropiado.
– Esposas que ya han dado a luz a seis u ocho hijos -añadí-. O diez o doce.
– Sí, entiendo -dijo ella rápidamente.
Me volví para mirar sus rizos, que ondeaban al viento y susurraban alrededor de su rostro; su expresión era decidida e intensa mientras miraba hacia Morton Street. Aparté la vista para que no me pillara admirando su belleza.
– ¿Era guapa, la mujer asesinada? -preguntó.
– Era francesa. Tenía un poco de bigote, pero era guapa, sí -pude sentir cómo se me endurecía la expresión en el rostro, como barro secándose.
– ¿Muy joven?
– No muy joven.
Se frotó los antebrazos con las manos como si tuviera frío y dijo:
– Señor Redmond, las jóvenes de mi posición son muy inocentes en los asuntos de la vida que les rodea. Estábamos hablando hace un momento de nuestras educaciones. Me gustaría sacar provecho de su mayor cultura.
En esta ocasión fui yo el que no comprendió lo que quería decir. Me sorprendí a mí mismo frotando las mangas de mi chaqueta, imitando su gesto.
– ¿Me acompañaría a Union Square y Morton Street, señor Redmond? -preguntó ella-. Para que pueda ver esos… lupanares con mis propios ojos.
– ¿Esta noche?
Ella rió súbitamente.
– Mi hermano se va a quedar de piedra. ¿Podría decirle que me acompañará usted a casa?
– ¡Por supuesto! -dije, tiritando.
Así que bajé por Nob Hill con Amelia Brittain. Ella llevaba su capa y su gorrito, y yo con mi sombrero de hongo, fingiendo tener más control de la velada que el que realmente tenía. Su mano estaba suavemente apoyada en mi brazo. Giramos por Bush Street en la oscuridad, entre las dos esquinas iluminadas, y pasamos de largo junto a grupos de dos o tres hombres. Algunos levantaban su sombrero a Amelia.
La fachada del Salón Alhambra, cuartel general del Jefe Chris Buckley, estaba coronada por una guirnalda de faroles encendidos. Justo cuando pasábamos por delante de la entrada, un grupo de bebedores salió en tropel por la puerta, riendo escandalosamente y agudizando mi nerviosismo.
Entre el grupo de compinches estaba el propio Jefe Ciego. Sus grandes y blancos globos oculares miraban fijos al frente, y llevaba el sombrero ladeado en la cabeza. Amelia y yo nos vimos rodeados por la pandilla.
– Buenas noches, señor Buckley -dije.
Podía reconocer mi voz; la magia de su oído residía en que era capaz de reconocer a las personas por su voz o incluso, afirmaban algunos, por sus pisadas.
– ¡Muy buenas noches, Tom Redmond! -su rostro mostraba las arrugas de su famosa sonrisa-. ¿Y qué tal lo está pasando esta agradable noche, querido amigo?
Le presenté a la señorita Brittain.
Buckley se quitó el sombrero y encorvó los hombros en una media reverencia.
– ¿Es esta señorita, por un casual, la hija de James M. Brittain?
– Sí, es mi padre -dijo Amelia con voz firme.
– El prestigioso ingeniero de minas -exclamó Buckley asintiendo-. Buenas noches, señorita Brittain. Su acompañante es un joven excelente, como estoy seguro que ya sabe. Tom, cuídela bien. ¡Buenas noches, señorita Brittain! ¡Buenas noches, Tom!
Y a continuación fue arrastrado por su cohorte de cortesanos, los cuales levantaron todos cortésmente sus sombreros a Amelia.
– ¡Ése era el infame Jefe Ciego! -susurró Amelia.
Me apretó el brazo con la mano.
– Ése era el famoso Chris Buckley -dije, y giré atravesando Bush Street en dirección a Morton Street.
No era lugar para una dama, y ya estaba arrepintiéndome por haber accedido a esta excursión antes incluso de que llegáramos a Union Square. Aquí las farolas alumbraban con una luz más brillante, y las sombras intermedias eran más densas y estaban pobladas de hombres cubiertos con sombrero que se separaban a nuestro paso y luego se volvían a juntar nerviosamente. Estos grupos generaban un profundo murmullo de conversaciones. La niebla flotaba por las calles con un aire gélido que parecía tocarme el rostro, como si fueran dedos.
– No creo que sea buena idea que la lleve más allá de este punto, señorita Brittain -dije.
– He sido yo quien le ha pedido que me trajera, señor Redmond. ¿Hay algún peligro?
– No lo sé -dije.
– ¿Le preocupa que me pueda sentir insultada?
– Sí.
– Creo poder soportar eso. ¿Y usted?
– No, sin devolver la afrenta al que la insulte -dije.
– En eso nos diferenciamos las mujeres de los hombres -respondió ella.
De hecho, estábamos en una zona donde la diferencia entre hombres y mujeres era algo que se celebraba. Bordeamos los grupos de hombres al principio de la calle Morton. Noté la mano de Alice haciéndose unos gramos más pesada sobre mi brazo. Morton Street partía en diagonal desde Stockton, abarrotada de hombres. Un carro de la policía estaba en esos momentos dirigiéndose hacia allí, borroso tras la niebla. Había dos policías a bordo, uno de pie con las riendas, y el otro gritando para abrirse paso.
En el soterrado murmullo de Morton Street se alzaron unas voces femeninas lastimeras, interrumpidas por gritos histéricos, lo cual hizo que me detuviera, mientras la mano de Alice se aferraba a mi brazo con más fuerza. Ambos fuimos zarandeados por hombres en estampida.
Entre un enorme barullo de luces y sombras y la flagelante niebla se veían luces rojas y una persiana del mismo color sobre la que pendía un farol de gas. Pude distinguir una especie de tumulto que transportaba una figura tapada sobre una plataforma. Era un cadáver cubierto con una sábana; cuatro hombres lo portaban como si celebrasen una ceremonia primitiva: dos policías y dos civiles, uno con camisa a rayas. El cuerpo era transportado sobre una puerta. Lo llevaron en alto hasta el carro policial, a menos de nueve metros de la posición en donde Amelia y yo nos encontrábamos, rodeados de hombres silenciosos. La puerta y su carga desaparecieron entre las sombras del suelo del carromato. El policía sin casco escaló al asiento del conductor. Era el sargento Nix, con el rostro blanco allá arriba, dos metros por encima del gentío que lo observaba atentamente.
Nix levantó un brazo e hizo una señal a alguien con la mano; dos dedos extendidos sobresalían de su puño. A unos treinta metros se oyó por segunda vez el grito de una mujer.
– Debemos irnos de aquí -le dije a Amelia, la cual estaba aprisionada contra mí por la masa de gente que la rodeaba-. Disculpen -dije-. Disculpen, por favor. ¡Disculpen!
Logré desviarla de la multitud.
– ¿Qué ocurre, señor Redmond? -gritó ella.
– Ha aparecido otra mujer asesinada -dije yo-. Debo llevarla a su casa inmediatamente, señorita Brittain.
Paré un coche de alquiler en la calle Sutter, y Amelia y yo subimos en silencio la pronunciada colina hasta Taylor Street, donde la acompañé una docena de escalones hasta su puerta y le di las buenas noches.
En ese momento la profecía de Bierce acerca de la implicación de la Compañía de Ferrocarriles en estos asesinatos me parecía absurda.
– Siento que nuestra excursión haya acabado tan dramáticamente -dije.
– ¡Nunca olvidaré esa escena, señor Redmond! -exclamó Amelia-. ¡La multitud de hombres, los olores! La niebla, el resplandor rojo, como si se hubiera levantado un humo rosa. ¡Y aquellos hombres con su carga amortajada! ¡Los gritos de las mujeres! La sensación de terror y excitación. ¡Y el Jefe Ciego con aquellos ojos como champiñones!
Hablaba casi sin aliento, con una mano apretada al pecho. Un mayordomo con librea abrió la puerta.
– ¡Gracias y buenas noches, señor Redmond! -y desapareció en el interior.
Me sentí conmocionado mientras descendía las escaleras, porque parecía que Amelia Brittain había visto más en aquella infernal escena que yo mismo.
Pedí al cochero que me llevara a la morgue de la City en Dunbar Alley, donde vería mi segundo cadáver, la segunda víctima del Destripador de Morton Street.