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Reportero: Escritor que intuye el camino hacia la verdad y que la hace desaparecer en una tempestad de palabras.

– El Diccionario del Diablo-


Mi prestigio había aumentado en el 913 de Taylor Street. Amelia insistía en que yo la había salvado del Destapador de Morton Street, o quien fuera que la atacara, y se permitía ciertas familiaridades conmigo delante de sus padres.

La barandilla rota de la terraza había sido reparada con tablones claros de pino, el policía de guardia era tratado con mayor hospitalidad y la cocinera le proporcionaba limonada y mantecados.

Acompañé a Amelia al Roller Palace. El patinaje era un deporte con el cual no estaba familiarizada. Sobre la reluciente tarima de madera, entre el jaleo de las ruedas metálicas chocando contra el suelo y bajo el techo de lona y su marquesina central de cristales brillantes como diamantes, la sujeté con un brazo alrededor de la cintura mientras daba sus primeros pasos con los patines. Su mano izquierda estaba aferrada a la mía, se reía ruborizada y su voz sonaba una octava más alta a consecuencia de los nervios. Pero en seguida se lanzó a patinar de un lado a otro con los más expertos, cimbreando los largos brazos para equilibrarse, grácil en su esbelta torpeza, con las faldas ondeando en amplios pliegues alrededor de las piernas y el ajustado corpiño con las dos hermosas protuberancias en el pecho, la bonita cabeza coronada con un sombrero de terciopelo con el ala doblada hacia atrás, riendo sin parar de placer.

El patinaje parecía ayudarla a superar el susto recibido por las atenciones del Destripador, aunque aún podía ver cómo se humedecían sus ojos y se quedaba callada, como si el hecho de que alguien quisiera hacerle daño volviera a afectarla.

En el humeante salón de té, frente a unas tazas de Oolong, parloteó sobre matrimonios de jóvenes mujeres de San Francisco con aristócratas europeos. Clara Huntington y Eva Mackay se habían casado con títulos nobiliarios, Flora Sharon con un baronet, Mary Ellen Donahue con un barón, Marry Parrott con un conde, Virginia Bonynge con un vizconde y su hermana con Lord John Maxwell. Las hermanas Holladay se habían prometido con el Barón de Boussiere y el Conde de Pourtales.

Y la viuda del multimillonario Nathaniel McNair se había casado con Lord Hastings Stearns.

– ¡Es tan divertido! -dijo ella-. Los padres de estas mujeres con tan brillantes carreras eran en realidad propietarios irlandeses de bares, o peludos buscadores de oro que no contaban más que con un burro, y estos aristócratas europeos son los descendientes de rudos guerreros de la antigüedad que eligieron el bando ganador en alguna de las guerras de sucesión. ¡Sus títulos están a la venta para que los compren encantadoras féminas con excelentes expectativas económicas!

Me pregunté si se estaría lamentando por el fracaso de su propio compromiso con el hijo de Lady Caroline, el cual había sido repudiado por su padre.

Dije que no creía que ninguna de esas herederas de brillantes carreras fuera tan buena patinadora como ella.

– En cuanto a mi brillante carrera, mucho me temo que las inversiones de Papá están fallándole ahora -dijo, riéndose.

Digerí ese comentario tragando saliva.

– Es un espectáculo cómico, Tom -continuó-. Uno debe aprender a mirarlo como un observador en lugar de un participante.

– ¡Pero tú eres una participante!

– Y también espectadora. ¡Insisto en eso! -unió las palmas de las manos y apoyó la barbilla en equilibrio sobre los dedos con los ojos fijos en mí.

Dije que pensaba que todo ese mercadeo desvergonzado era una afrenta para una nación democrática.

– Puede que sea una afrenta para un demócrata, pero es comedia de la buena. ¿Has presenciado alguna vez la procesión del sábado por la tarde en «la línea»?

«La línea» eran las cinco manzanas a lo largo de Market, desde Powell hasta Kearny, y por Kearny hasta Sutter. Los sábados por la tarde bellas y jóvenes mujeres desfilaban por la línea, para el deleite de los grupos de hombres jóvenes que las miraban desde las entradas abiertas de las tiendas de tabaco.

– Van perfectamente arregladas y aseadas -continuó Amelia-. No son «alta sociedad», son las hijas de tenderos, comerciantes y doctores. Pero son jóvenes tan adorables como las herederas casaderas de la aristocracia europea. ¿No es maravilloso?

No sabía adónde quería llegar.

– ¡Tom, debes aprender a distinguir la ironía! -dijo Amelia. Parecía estar riéndose de mí. Luego vi que sus ojos volvían a nublarse.

Cuando miraba sus labios hablándome de ironías, en lo único en que podía pensar era en besarlos. Dije:

– Me pregunto si realmente es una bendición ser descendiente de la aristocracia de Nob Hill.

– Claro está, hay responsabilidades que atender -dijo Amelia solemnemente.

– De manera que no se os permite ser un espíritu libre.

– Sí y no.

– Tú eres un espíritu libre con patines.

– Vayamos y finjamos un poco más, entonces -dijo sonriendo y dándome palmaditas en la mano.

Más tarde me dijo que yo le recordaba a Pierre Bezújov en Guerra y Paz.

– ¿Y Beau McNair es el príncipe Andréi? -dije yo.

– No, él es Anatole Kuraguin -dijo ella. Su naricilla se arrugó al reírse.

¡Se había leído Guerra y Paz enfrancés!

– Me llevó semanas leerlo -dijo ella.

Con frecuencia, las mujeres hablaban haciendo misteriosas referencias o citando fragmentos de canciones, de manera que uno se sentía estúpido cuando no pillaba el significado. ¿Qué significaba aquella alusión a Guerra y Paz? Anatole Kuraguin no logró seducir a Natasha Rostova. Pero Pierre Bezújov fue el hombre que ella terminó amando tras la muerte del príncipe Andréi. ¿Qué significaban esas palabras? Mencioné La feria de las vanidades.

– ¡Amelia Sedley y el capitán Dobbin!

Su rostro se iluminó emocionado al descubrir que habíamos leído los mismos libros, aunque yo fallé en el caso de Henry Esmond, y ella no había leído Las Aventuras de Huckleberry Finn. Continuamos patinando en círculos sobre el ruidoso suelo entre otros patinadores, con nuestras manos izquierdas entrelazadas de nuevo y mi brazo derecho alrededor de su cintura, comparando novelas.

– ¡No hay nadie con quien pueda hablar sobre libros! -dijo Amelia, apartándose el cabello de su rosada cara-. Beau no leía nada, y Papá ya no lee mucho últimamente.

Comenté que había disfrutado la conversación con su padre.

– No tiene muchas ganas de que llegue Lady Caroline.

– ¿Y por qué podría ser?

– Eran amigos en Virginia City, pero ocurrió algo y ya no lo son -dijo Amelia-. Por supuesto, sé que ella ocupaba una posición un tanto ambigua allí, y no se me permite especular en qué términos mantenían esa amistad -dejó escapar una risa que fue en aumento.

Era el ser más delicioso que jamás había entrado en mi vida.

Estaba sentado con Bierce en la oficina. Desde la otra puerta podíamos oír el repiqueteo de la máquina de la señorita Penryn. Smithers gritó algo en dirección al pasillo. La ventana daba a California Street y a través de ella nos llegaba el clamor de ruedas de calesas.

Bierce juntó las yemas de los dedos.

– Es alguien totalmente empeñado en hacer daño a Beau McNair. Empeñado en culparle, ¡en incriminarle!, en hacer daño a cualquier persona que tuviera que ver con él. Alguien quiere beber vino en su cráneo, pero no llego a entender el motivo de esta ira. ¿Es uno de los Picas? -Me observó con sus ojos agazapados bajo protuberantes cejas-: En Londres, como miembro de los Diamantes, este joven dibujaba órganos femeninos en las tripas de prostitutas usando algún tipo de líquido que quemaba, pero sin llegar a desfigurarlas.

– Lo cual sabía el capitán Pusey -dije yo-. Y el Destripador también debe de saberlo.

«¿Podría haber sido publicado en los diarios londinenses? Quizás pudiéramos encontrar ejemplares de The Times y The Illustrated London News en la sala de lectura del Pacific Club. Pero Lady Caroline probablemente se haya encargado de que no aparezca nada en los periódicos.

Bierce se estiró los picos del chaleco y frunció el ceño.

– Los detalles de lo que les hicieron los Diamantes a las mujeres de Whitechapel no apareció en los periódicos -dijo él-. Y debían de ser conocidos sólo por el capitán Pusey. Acuérdate de que el capitán Pusey, mediante lo que él denominó una suposición bien fundamentada, mostró la fotografía de Beau McNair a Edith Pruitt, del establecimiento de la señora Cornford.

– Una suposición extremadamente bien fundamentada, como bien dices.

– Pusey ordenó que te arrebataran el daguerrotipo porque sabía que Jackson es Jennings, y no quería que nadie más realizara esa conexión. ¿Por qué motivo querría proteger a Jennings? Porque Jennings era un ex presidiario que le pagaba para que no revelara la información. Es un acuerdo financiero que no quiere que se vea alterado.

El capitán Pusey también poseía el daguerrotipo que revelaba que el Don había sido E. O. Macomber.

– Pusey debe de tener los ojos puestos en una recompensa más suculenta -dijo Bierce.

– Lady Caroline. Pero Jennings no es el Destripador.

– Jennings es un desfalcador y asesino probado, y voy a hacer todo lo posible para verlo en el banquillo -dijo Bierce lúgubremente-. El Destripador es responsabilidad del capitán Pusey. Jennings es la mía.

Le confesé que no había descubierto ninguna nueva información sobre el senador Jennings que no conociera ya. Jennings había borrado bien su rastro.

Bierce creía que Pusey podría tener algo que Ver en esa ocultación del rastro de Jennings. Me ordenó que siguiera buscando.


Cuando regresé del almuerzo y de una rápida visita a la casa de los Brittain para asegurarme de que un policía estaba de guardia, Bierce estaba reunido. Elza Klosters estaba sentado frente a él, con su sombrero de ala ancha apoyado en el regazo. Con la cabeza descubierta y mechones de pelo canoso pegados a su pálido cráneo, no parecía tan amenazador.

– Tom, le presento al señor Klosters -dijo Bierce.

Klosters no hizo ademán alguno de levantarse, ni de estrechar mi mano. Arrimé una silla para sentarme frente a ellos.

– El señor Klosters ha venido para protestar por mis atenciones para con el reverendo Stottlemyer -dijo Bierce.

– La Iglesia de Washington Street -dijo Klosters, asintiendo.

Tenía una voz ronca y gangosa-. Pensé que sería buena idea tener una charla con usted -volvió la cabeza lentamente para mirarme. Tenía la mandíbula en tensión, como un bulldog.

– ¿Y en relación a qué deberíamos charlar?

– He estado pensando en hacerle daño, señor Bierce.

– ¿Es ésa su función en la Iglesia de Washington Street?

– Es trabajo que he hecho en ocasiones -Klosters se pasó una de sus enormes manos sobre la calva.

– Usted fue jefe de los ayudantes del sheriff en Mussel Slough, para los del Ferrocarril -dijo Bierce.

– Eso no tiene nada que ver, señor Bierce.

– Y usted intentó intimidar al señor Redmond y, a través de él, a mí también. Eso no era en nombre de la Iglesia de Washington Street y del reverendo Stottlemyer.

Klosters negó sacudiendo la cabeza pacientemente.

– El reverendo es uno de los hombres más excelentes que jamás he conocido -dijo-. Él me ha conducido a Jesús. Él ha conducido a los pecadores de la Iglesia de Washington Street a Jesús. Debemos agradecerle al reverendo Stottlemyer que nos proporcione la Salvación.

El rostro de Bierce no revelaba sus opiniones sobre la religión organizada.

– ¿Usted ha encontrado la Salvación, señor Klosters? -dijo.

Klosters asintió con su pesada cabeza.

– Yo era un hombre violento. Me he convertido en un seguidor de Jesús, esperando mi Salvación.

– Merece una felicitación.

– El reverendo merece una felicitación, y no burla como la que le dirige usted. He pensado en hacerle daño, pero el reverendo me ha dicho que ésa no es la manera de actuar de un seguidor de Jesús.

– No.

– Y, sin embargo, usted incendió la casa del juez Hamon en Santa Cruz -dije yo.

– Sí, ésa es una de las cosas -dijo Klosters.

– ¿Y hay alguna otra «cosa», señor?

– La otra cosa es lo que le he dicho que no volveré a hacer. Me han ofrecido un montón de dinero por hacer daño a una persona, y he dicho que no lo haría, aunque eso es lo que hacía en mi anterior vida. Porque he conocido a Jesús.

– ¿Y quién era la persona a la que debía herir? -preguntó Bierce.

– Eso no tiene nada que ver.

Se oyó el fuerte chirrido de unas ruedas de metal rodando por la calle. Un carro de laterales altos pasó rodando, un hombre de color con peto colgaba de una de las esquinas traseras del vehículo.

– Dígame -dijo Bierce a Klosters-, ¿la persona que le ofreció tanto dinero para hacer ese daño en particular es la misma que le pagó para hacer daño a Albert Gorton?

Parecía como si Klosters necesitara reflexionar durante mucho tiempo antes de contestar tales preguntas.

– No vine aquí para este tipo de palabrería, señor Bierce. El reverendo me ha mostrado el camino y la luz. He venido como seguidor de Jesús para decirle que el reverendo perdona sus pecados contra él, pero hay otros fieles de esa congregación que podrían no perdonarle.

– Oh, así que finalmente se trata de una amenaza.

– El reverendo no quiere que usted lo considere una amenaza -dijo Klosters.

Sus ojos inyectados de sangre me observaron realizando una especie de inspección exhaustiva y luego se desviaron, como si no le interesara.

– Estamos interesados en los sucesos de Virginia City en 1863 -dijo Bierce.

– Highgrade Carrie -dije yo.

Klosters alzó una mano, con la palma hacia mí.

– Escuche bien, joven. Usted también, señor Bierce. Simplemente, manténganse alejados de los asuntos de Carrie. Les irá mucho mejor.

– ¿Es ella amiga suya?

– Esa dama es más que una amiga para cualquiera que la conociera en aquella época -dijo Klosters.

– Esa dama estará pronto en territorio cercano -dijo Bierce.

Klosters lo miró con la boca abierta.

– San Francisco -dijo Bierce.

– ¿Es eso cierto? -dijo Klosters. Se levantó lentamente empujando la silla hacia atrás y alzándose a pulso. Se encasquetó el sombrero. De pronto pareció más peligroso.

– Usted se pasó por mi pensión para entregarme un naipe de la reina de picas -dije-. ¿Le pagó el senador Jennings para que lo hiciera?

Chascando la lengua con un diente, me miró entrecerrando los ojos.

– Escuche, joven, hay alguien interesado en que cambie de comportamiento.

– ¿Con intención de hacerle daño? -dijo Bierce.

Klosters se encogió de hombros.

– Usted también, señor Bierce -añadió.

– Señor Klosters, ¿qué habría que hacer para que usted declarase ante la policía que el senador Jennings le pagó para asesinar a la señora Hamon?

Klosters no respondió. Se ajustó el sombrero y se marchó.

Me toqué el chichón aún dolorido de la cabeza, donde me habían golpeado con una porra.

– Así pues -dijo Bierce mientras volvía a sentarse-, Jennings intentó contratarle para que asesinase a la señora Hamon, pero Klosters ya se había convertido, por llamarlo de alguna manera, y es inocente de ese cargo.

– Pero no lo es de incendio premeditado -dije.

– Ni de intimidación. Aunque la única amenaza real que ha pronunciado ha sido la de que nos mantengamos alejados de los asuntos de Lady Caroline.

Esa consideración abría nuevas puertas.

– Los dos hemos sido amenazados -continuó Bierce-. La señorita Brittain incluso ha sido atacada, con toda seguridad por el Destripador. Tan sólo se me ocurre que sean protagonistas distintos. Hay un demente suelto, de eso no hay duda. También está Jennings, que no es un demente, aunque a estas alturas probablemente sea un hombre asustado.

– Y está el seguidor de Jesús -dije.

– Cuya lealtad a Lady Caroline es evidente.

– Todos parecen ser leales a Lady Caroline.

Asintió gravemente y sacó el reloj del bolsillo del chaleco para consultarlo.

– ¿Hora de ir a Dinkins's? -preguntó.

Le dije que tenía que asistir a una reunión del club True Blue y ayudar a defender la democracia frente al Monopolio.

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