26

Mustang: Caballo indómito de las llanuras del oeste. En la sociedad inglesa, la esposa norteamericana de un noble inglés.

– El Diccionario del Diablo-


Bierce regresó el lunes de Santa Helena. El martes por la mañana fue citado en las oficinas de Bosworth Curtis en Monkey Block. Me llevó con él. Las oficinas de Curtis, Bakewell & Stewart estaban en la segunda planta encima del Malvolio's, con elegante mobiliario de piel en una sala de estar, ventanales que daban a Montgomery Street y una mecanógrafa frente a una mesita con una Remington negra delante. La mujer se volvió noventa grados y asomó sobre el mostrador de recepción, desde el que nos pidió a Bierce y a mí que tomáramos asiento. Era una persona pequeña y pulcra, con falda y blusa marrón claro; se levantó y abandonó la estancia para informar al abogado Curtis de nuestra llegada.

Nos condujo a otra habitación espaciosa con ventanas que daban al Customs House. Curtis estaba sentado tras una mesa del tamaño de una mano de póquer, con dos personas frente a él. Uno era Beau McNair, de vuelta a su elegante vestimenta habitual. La otra era una dama tocada con un sombrero negro brillante, un velo cubriéndole el rostro, y capas grises y negras de abrigo y chaqueta y faldas de una tela de cara textura, guantes negros y botas negras relucientes, una de las cuales daba golpecitos con la punta sobre el suelo al ritmo de su impaciencia. Era Lady Caroline Stearns, aunque no pude distinguir su rostro bajo el velo negro. Me dio la impresión de que Bierce se ponía rígido en saludo militar junto a mí.

Beau McNair se levantó. Curtis estaba ya de pie, un feo hombrecillo con apariencia de terrier y con el rostro rosado, la piel brillante y el pelo canoso liso peinado hacia atrás. No se acercó al otro lado de la mesa para darnos la mano a Bierce o a mí.

– El señor Bierce, si no me equivoco -dijo con una voz que sonó a ladrido-. Lady Caroline, éste es el periodista del cual hemos hablado. Lady Caroline Stearns. Señor Beaumont McNair. ¿Y este joven caballero?

– Mi ayudante -dijo Bierce-. El señor Thomas Redmond.

– Ya nos conocemos -le dije a Beau, al que había visto en la Prisión de la City con Curtis y Rudolph Buckle, también en el parque con Amelia Brittain y en el Bella Union la pasada noche acompañado por mi padre.

Beau me miró seriamente, asintiendo. Me pareció que no sería buena idea guiñarle un ojo. Era un joven atractivo, no había duda alguna. El medio hermano de Amelia. No pude distinguir ningún parecido. Me pregunté si yo llegaría a encontrarme alguna vez en una situación en la que pudiera pagarme una chaqueta como ésa. Parecía que se la hubiera extendido sobre la piel en lugar de ponérsela como hacemos los seres inferiores.

– Encantada de conocerle, señor Bierce -dijo Lady Caroline. Su bota había dejado de moverse. Su voz sonaba profunda, agradable, con un ligero acento británico. La que en otro tiempo fuera Highgrade Carrie de Virginia City.

– Encantado de conocerla, Lady Caroline.

Movió ligeramente la cabeza, posiblemente saludándome.

– Compartimos amistad con la señorita Brittain, Redmond -me dijo Beau -Así es -respondí.

– Por favor, siéntense, señor Bierce, señor Redmond -dijo Curtis, sentándose al mismo tiempo. Bierce se acomodó en un sillón de piel, yo en el extremo más alejado de un sofá.

– He solicitado esta reunión, señor Bierce -dijo Lady Caroline con su agradable voz-. Ha sido un detalle por su parte venir. Mi hijo tiene ciertos problemas con la policía, y hemos llegado a la conclusión de que usted podría sernos de ayuda. Me han informado de que usted ha estado siguiendo al detalle estos terribles asesinatos y podría haber llegado a algún tipo de conclusión.

– Puede que sí le sea de ayuda a usted -dijoBierce.

Hubo unos momentos de tensión que congelaron a todos los reunidos en sus distintas poses.

Curtis unió las yemas con las manos encima de la mesa.

– ¿Le importaría explicar qué quiere decir, señor Bierce?

– Creo que estos asesinatos y la aparente relación del señor McNair con los mismos han sido urdidos para atraer a Lady Caroline a San Francisco, donde está en peligro por parte de alguien cuyo odio ha terminado por transformarse en locura.

El silencio tenía textura y peso, como un bloque de cemento.

– ¿Y quién podría ser, señor Bierce? -susurró Lady Caroline.

Me dio la impresión de que, bajo todas esas capas de ropa, su cuerpo era delgado, y que bajo el sombrero y el velo se escondían cabellos rubios. Sus guantes negros se movían al unísono, deslizando una mano sobre la otra. Percibí una emanación sexual tan sutil que parecía ser parte de su aroma a flores.

– Aún no lo sabemos, señora -dijo Bierce, cruzando los brazos sobre el pecho.

Lady Caroline miró a Curtis, y éste dijo con tono grave:

– ¿Tiene pruebas de eso, señor Bierce?

– Todas las mujeres asesinadas han sido marcadas con un naipe, de picas. Lady Caroline debe de recordar la Sociedad de Picas en Virginia City. Todos los asesinatos, excepto uno, han sido llevados a cabo de tal forma que apuntasen a su hijo como culpable.

– No lo entiendo -comenzó a decir Beau.

Bierce le interrumpió.

– He oído en alguna ocasión que se referían a usted como la Reina de Picas, Lady Caroline. Cada nuevo naipe ha sido una progresión hacia las figuras.

Bajo el velo pude ver los labios de Lady Caroline redondeándose en una O.

– Ha habido una conspiración para traerla de nuevo aquí, señora.

– Es sobre el joven McNair por lo que queremos consultarle -dijo Curtis-. Nos ha llegado información de que la policía tiene pruebas contra él que aún no han sido mostradas.

– Probablemente sea cierto -dijo Bierce.

– El capitán Pusey -dije.

Los ojos de Curtis se deslizaron hacia mí, duros como ágatas.

– Sí, el capitán Pusey Bierce movió un dedo hacia mí para que continuase.

– Es un misterio que el capitán Pusey tuviera una foto del joven señor McNair, y que la mostrara a una mujer que podría haber visto al asesino en el segundo asesinato.

– Esa identificación podría ser recusada con éxito ante un tribunal -dijo Curtis.

– No es ésa la cuestión, Bos -dijo Lady Caroline.

– La cuestión es que Pusey sabía de alguna travesura en la que el señor McNair estuvo involucrado en Londres -dijo Bierce-. Los detalles particulares de aquella travesura han sido reproducidos aquí de forma letal, para convencer a la policía de la culpabilidad del señor McNair. El asesino debió de conocer el arresto de Londres por canales que nos conducen de vuelta a Pusey. Pusey tenía la fotografía en su archivo de fotografías, y no la mostró a la testigo por casualidad. Ustedes obviamente han sido advertidos de que hay más pruebas, que él retiene.

– Eso es un burdo chantaje. Conozco de sobra la reputación del capitán Pusey -dijo Lady Caroline, aunque no sonó muy preocupada.

– El capitán Pusey no es tan listo como él cree -dijo Curtis.

– Parece ser que soy yo el objetivo, no mi madre -dijo Beau.

Estaba sentado muy recto. Su barba recortada parecía una pátina de oro sobre las mejillas y la barbilla. Me pareció que sus ojos estaban demasiado juntos.

– Su madre a través de usted -dijo Bierce.

– Señor Bierce, ¿le importaría decirme cuál es su interés en estos horribles asesinatos? -dijo Curtis.

– Soy periodista, señor -dijo Bierce.

– ¿Le importaría decirme qué más sabe sobre ellos?

– Un asesino, que sin duda es un demente, destripó a dos mujeres en Morton Street -dijo Bierce-. El tercer asesinato no fue cometido por la misma persona, sino por el senador Aaron Jennings. La víctima era la viuda del juez que había servido junto a Jennings en el Tribunal de Circuito y que tenía pruebas de la corrupción de Jennings. Estas pruebas iban a hacerse públicas, y para ese fin la señora Hamon había solicitado entrevistarse conmigo al día siguiente. Jennings intentó contratar a un asesino para deshacerse de ella, pero el tipo se había convertido a la fe, así que Jennings en persona hizo el trabajo. Se escenificó el crimen para que pareciera similar a los otros dos asesinatos.

– ¡Eso es una vil patraña! -explotó Curtis-. El senador Jennings…

– Es el asesino de la señora Hamon y tengo la intención de probarlo -le interrumpió Bierce. La mano enguantada de Lady Caroline hizo un movimiento hacia su abogado, que calló.

– El cuarto asesinato fue de nuevo obra del Destapador original -continuó Bierce-. De nuevo se esforzó por incriminar al señor McNair; la víctima resultó ser una relación suya. Hubo un intento de atentar contra la vida de la que entonces era prometida del señor McNair, la señorita Brittain, y que aquí el señor Redmond logró detener.

– El compromiso ya se había sido -dijo McNair con un tono que me resultó insoportable, como si hubiera sido él quien hubiera roto la relación.

– Sin embargo, ella podía considerarse una relación en el momento del ataque.

Pude sentir la mirada de Lady Caroline. Hubo un silencio mientras la información era procesada.

– Señor Bierce -dijo Lady Caroline-, tengo la sensación de que usted quiere algo. ¿Me dirá lo que es?

– Podría solucionar este asunto si me ayudan -dijo Bierce-. Tengo la convicción de que pronto podré identificar a la persona que quiere hacerles daño a usted y a su hijo, señora.

– Si se le presta ayuda -dijo ella suavemente.

– Creo que usted conoce a un hombre llamado Elza Klosters.

Se hizo otro silencio tenso.

– El cual fue empleado por su difunto marido -añadió Bierce.

– Recuerdo a Elza Klosters -dijo Lady Caroline, mientras se quitaba lentamente el guante de la mano izquierda, con la cabeza inclinada durante el proceso.

– ¿Y Adolphus Jackson?

– ¿Cuál es la pertinencia de estas preguntas, si no le importa? -inquirió Curtis.

– Lady Caroline conocía al senador Jennings por el nombre de Adolphus Jackson. Él era uno de los miembros de la Sociedad de Picas y tiene motivos para sentirse perjudicado por Lady Caroline y su marido de entonces.

– ¿Perjudicado? -dijo Beau con voz áspera.

– Estafado, entonces.

– ¿Está usted insinuando -dijo Curtis- que el senador Jennings es nuestro demente? No puedo creer…

– El senador Jennings no es el demente -dijo Bierce-. Sin embargo, es un asesino.

– ¿Es él parte de la conspiración que ha mencionado antes? -preguntó Lady Caroline. Por primera su voz sonó entrecortada. Pude verle la mano, con los dedos extendidos delante de su pecho; no era una mano joven.

– Aún no lo sé, señora. Usted ha percibido que yo quiero algo. Me he prometido a mí mismo que veré al senador Jennings condenado por el asesinato de la señora Hamon. Y usted puede ayudarme a lograrlo.

Bierce daba prioridad a la condena de Jennings por encima de los asesinatos de las prostitutas porque estaba obcecado como una locomotora desbocada en pos de la Compañía de Ferrocarriles del Pacífico Sur, y consideraba a Jennings su objetivo particular.

– ¿Y cómo podría ayudarle, señor Bierce? -dijo Lady Caroline.

– Lady Caroline, usted posee una virtud que es el gran poder de persuasión que ejerce sobre los hombres. Y no es un cumplido vacío. Le pido que persuada a Elza Klosters para que declare ante un juez que el senador Jennings intentó contratarle para asesinar a la señora Hamon. Entonces puedo prometerle que la identidad del Destripador saldrá a la luz.

Beau comenzó a hablar, pero Lady Caroline le paró con un movimiento de su mano desnuda. Dijo susurrando:

– Usted sobrevalora mis poderes, señor Bierce.

– No creo estar haciéndolo.

– No creo que pudiera persuadir a Elza Klosters para que hiciera tal cosa -dijo con firmeza.

Bierce se levantó.

– Muy bien, señora -dijo-. Buenos días, señora, señores. Creo que no tenemos nada más de lo que discutir aquí.

Nos fuimos. Me pareció que probablemente Bierce se saliera con la suya cuando ellos hubieran tenido tiempo para debatirlo.

– Es una mujer extraordinaria -dijo Bierce, con el mismo tono con el que había hablado de Lillie Coit, Ada Claire y Adah Isaacs Mencken.


Doblamos hacia California Street, que se empinaba en dirección a Nob Hill; sorteamos el tráfico de algunos carros y carruajes, y dos tranvías cruzándose a mitad de la cuesta. Se oyó un grito, un golpeteo de pezuñas, el chirrido de metal arrastrado. Bierce me tomó del brazo y me lanzó contra el muro de ladrillo a nuestras espaldas.

Un carruaje se escoraba hacia nosotros, un par de caballos con los ojos desorbitados y las patas delanteras centelleantes, y sobre ellos la silueta del conductor envuelta en un abrigo se balanceaba azotando el látigo. Saqué a toda prisa el revólver de Bierce de mi bolsillo, levanté el cañón y apreté el gatillo. El disparo explotó en mis oídos al mismo tiempo que el carruaje viró pasando junto a nosotros con las ruedas traseras chirriando y soltando chispas sobre la calzada. Se oyeron gritos de alarma e ira un poco más allá. Sostuve el revólver apuntando con mano temblorosa, pero no volví a disparar. El carruaje se alejaba velozmente por California Street, giró en la segunda esquina y desapareció, dejando a su paso peatones con el sombrero encasquetado mirando su estela, uno de ellos agitando un bastón en su dirección. Un hombre saltó de su calesa para tranquilizar al caballo. Aún salían volutas de humo del cañón del revólver.

– Fallé -dije.

Bierce dijo con voz apagada:

– Leí en una de las Penny Dreadfuls [12] que Billy el Niño mantiene su dedo índice a lo largo del cañón de su arma y simplemente señala con él a su objetivo.

Parecía haberme convertido en su guardaespaldas. Me guardé el revólver. El cañón estaba caliente.

– Eso era una respuesta, no una amenaza -dije-. El senador Jennings aún no habrá recibido noticias de Klosters.

– No, eso era para mí -dijo Bierce-. No era una intimidación, era un intento de acortarme la vida…

Sonaba complacido.


Mammy Pleasant volvió a visitarle a la oficina de redacción del Hornet. Llevaba bombasí negro que crujía como un bosque cuando se sentó. Iba tocada con un sombrero de paja negro atado a la cabeza con un pañuelo negro y un bolso negro que podría haber contenido un bebé de considerable tamaño. Dos aretes de oro brillaban en sus orejas. Dirigió su fiero y oscuro rostro hacia Bierce.

– Me alegra verla de nuevo, señora Pleasant -dijo Bierce-. ¿Por qué tengo la impresión de que su visita tiene que ver con el regreso de Lady Caroline Stearns a San Francisco?

Mammy Pleasant bajó la mirada a sus manos entrelazadas sobre el regazo y dijo:

– Supongo que no puede evitarlo, señor Bierce.

Bierce se atusó las rubias puntas del bigote.

– ¿Y qué tiene que decirme, señora Pleasant?

Ella volvió sus ojos perfilados en blanco hacia mí.

– Tengo entendido que está recabando información para un artículo periodístico sobre ciertos aspectos de mi vida en San Francisco -dijo ella.

– Así es -confirmó Bierce.

– Poseo cierta información que podría servirle, si puede usted garantizar que mi historia no será hecha pública en estos momentos. Sería de lo más inoportuno para mí, señor Bierce.

Bierce permaneció en silencio durante unos momentos, estudiándola.

– Creo que usted puede decirme la identidad del Destripador.

Una oscura mano ciñó el chal aún más a su cuerpo. Se inclinó hacia delante mostrando los dientes en su enjuto rostro, y negando al mismo tiempo con la cabeza.

– Señor Bierce, creo que entiendo su punto de vista. Usted pensará que porque James Brittain prohibió la boda de su hija con Beau McNair ya ha descubierto la verdad. Pero usted no ha descubierto la verdad. Usted tan sólo ha visto la mitad del cuadro.

Ella cogió su bolso y se levantó, una figura encorvada, y salió a toda prisa.

Bierce y yo nos miramos.

– Diantres, ¿qué significa esa sibilina afirmación?

Negué con la cabeza, impotente.

– ¿Está cuestionando nuestra solución del parentesco de Beau? El propio Brittain lo admitió.

Dije que no sabía qué pensar.

Загрузка...