A un hombre se le conoce por la compañía que organiza.
– El Diccionario del Diablo-
Recobré el sentido en un oscuro callejón, entre edificios, con la espalda apoyada contra una pila de ladrillos sueltos. La cabeza me palpitaba de dolor. Las piernas, con los calcetines aún puestos en los pies, estaban estiradas sobre el empedrado. ¿Dónde estaban mis zapatos? El sombrero también había desaparecido, así como la chaqueta con el dinero que llevaba encima y el daguerrotipo de la Sociedad de Picas.
Sin duda, el capitán Pusey se había hecho con el daguerrotipo. Me toqué el chichón a un lado de la cabeza. Probablemente un vagabundo se llevó mis zapatos y el sombrero.
Los entrenamientos con el asiento de calesa en el sótano de los Barnacle no me habían servido de nada para defenderme. Había sido aporreado por un profesional. Sentí alivio al comprobar que el daguerrotipo había desaparecido.
Me hizo falta revolverme un poco para ponerme de rodillas. Descansé en esa postura. Y aún me llevó más esfuerzo ponerme de pie. El pequeño callejón apestaba a orina. Me quedé observando mis pies, deseando que se movieran.
Nadie me prestó la más mínima atención mientras doblaba la esquina cojeando, y luego otra esquina más. Me quedé de pie en la calle pavimentada bajo la ventana de Pusey, esperando a que mirase. Un policía se acercó a mí, golpeando la porra contra la palma de la mano izquierda. Tenía un bigote que parecía pintado. Hizo unos cuantos gestos indicando que me dispersara.
Me señalé el chichón de la cabeza, pero finalmente me alejé arrastrando un pie.
Llegué a Chinatown. Nadie notó que iba en calcetines; hombres con monos azules maniobraban cargas sobre palos a través del gentío, y una mujer avanzaba dando saltitos con los pies atados con vendas, probablemente le dolieran tanto como a mí los míos. Patos parduzcos secados al sol, colgados con cuerdas sobre los escaparates, bandejas con verduras desconocidas. Chicas esclavas se anunciaban desde sus cubículos tapizados y con ventanas:
– ¡Se follaaa, se chupaaa!
Los pies me ardían cuando por fin llegué a casa y escalé las desvencijadas escaleras, me quité los calcetines rotos y me derrumbé en la cama. No podía apoyar sobre la almohada la parte de la cabeza donde me habían aporreado. Me quedé tumbado, tiritando, con fantasías de venganza rondándome por la cabeza y escalofríos de preocupación por Amelia. No podía permitirme pensar en la conexión de mi padre con la Jota de Picas.
Me vestí con movimientos lentos y doloridos y me dirigí al Hornet con la cabeza descubierta porque no podía ponerme el sombrero. Bierce no estaba en la oficina, así que supuse que estaría en Dinkins's. Me dirigí hacia allí y lo encontré sentado con el sargento Nix en su mesa habitual. Nick estaba repantigado encima de la silla con el respaldo de ésta inclinado hacia atrás y una de sus largas piernas totalmente estirada.
Me señalé el chichón y arrimé una silla. Bierce pareció tan alarmado como era habitual en él, lo cual no era mucho. Cuando le conté lo sucedido, sin omitir mis sospechas del capitán Pusey para deleite del sargento Nix, Bierce dijo:
– Entonces, el daguerrotipo ha desaparecido.
Irritado, pensé que Bierce quizás me culpara por haber perdido el daguerrotipo, por el que había pagado doscientos dólares. ¡Bendita pérdida! El sargento Nix me miraba con su afilado rostro y el ceño fruncido.
– Llevas un tremendo chichón ahí, Tommy.
– Me gustaría saber quién me lo hizo.
– Puedo adivinarlo -dijo, pero no lo hizo.
– El capitán Pusey quería ese daguerrotipo -dije con una mano en la cabeza-. Dijo que era una prueba.
– ¿Una prueba de qué? -preguntó Bierce.
– No me lo dijo.
– Permitidme que os recuerde lo siguiente -dijo Nix-. Pusey es famoso por su colección de fotografías, y no le habría hecho falta aporrearte la cabeza para hacerse con el daguerrotipo. Si es que se trataba de una prueba.
– ¿Aplicando qué clase de ley? -inquirió Bierce.
– La ley del Yo-quiero-lo-que-tú-tienes -dijo Nix con una amarga sonrisa, -Siento lo de tu cabeza -me dijo Bierce.
Asentí, aún un poco molesto con él. Nix dio unas palmaditas a su casco en la mesa. Pregunté si había alguien vigilando la casa de los Brittain.
– Hay un agente allí -dijo Nix.
– El sargento Nix ha averiguado quién es el propietario del salón El Ángel de Washoe gracias al inspector de hacienda -dijo Bierce-. Su nombre es Adolphus Jackson, y los recibos de los impuestos son enviados a su atención al número 307 de Battery Street.
El cuadro de Highgrade Carrie era información privilegiada en tanto en cuanto estuviera relacionado con Amelia Brittain.
– El capitán Pusey me enseñó una fotografía de Klosters de su archivo -informé-. Era efectivamente el hombre de Santa Cruz. El mismo que me lanzó la reina de picas en el patio de los Barnacle.
Bierce entornó los ojos mientras miraba hacia la soleada entrada del salón y se acariciaba el bigote con un dedo.
– Alguien está intentando que Beau acabe en la horca -dijo-. Las muertes de prostitutas en Morton Street, lugar que Beau frecuenta; luego la muerte de la prostituta particular de Beau en Stockton Street. Si existe cierta progresión en estos crímenes, la joven a quien está prometido está ciertamente en peligro.
– El compromiso está roto -dije-. Pero puede que el Destripador no esté al corriente.
– ¿Se podría pensar que es su «prostituta particular», también?
– ¡En absoluto! -dije, siseando entre dientes.
– No sé por qué los hombres jóvenes son incapaces de creer que las mujeres jóvenes poseen exactamente la misma moral dudosa que ellos -se quejó Bierce.
Presioné la mandíbula con fuerza. ¡Tenía una cita con Amelia el domingo!
– Una lección del maestro -dijo Nix.
– El cinismo es la madre de la invención -dije.
– Y el padre de la sabiduría -dijo Bierce.
– El principal refugio de las alimañas -dije yo, a lo cual él sonrió, porque le había devuelto su propia coletilla al aforismo de Samuel Johnson.
– Enfoquémoslo de la siguiente manera -dijo-: todas las mujeres de San Francisco están en peligro hasta que descubramos por qué actúa ese demente y logremos detenerlo.
Cuando Nix se hubo ido, Bierce me dijo:
– ¿Cómo progresa tu artículo sobre el senador Jennings?
– No lo llevo muy adelantado. ¿Debería incluir el dato de que fue un Picas llamado Jackson y un presidiario en San Francisco?
«Y el propietario del salón de Battery Street llamado El Ángel de Washoe», pensé, «en donde había estado expuesto el retrato de Highgrade Carrie como Lady Godiva».
– Cualquier cosa que averigües. Y nos mantendremos a la espera de una respuesta a esa información -dijo él, entrecerrando los ojos y mirándome el chichón.
Cuando llegué a casa había un mensaje de mi padre pidiéndome que me reuniera con él en el restaurante Malvolio de Montgomery Block para cenar. Me senté en la cama y sentí que el terror me atenazaba como un arnés de hierro. Cogí una toalla del estante y me dispuse a ir a los baños. Los doloridos pies me ardían.
Malvolio estaba en la esquina con Monkey Block, un local de mantelerías blancas y camareros italianos con bigotes de cepillo y humeantes olores procedentes de la cocina cuando las puertas se abrían. El Don estaba sentado en una mesa al fondo del local. Tenía el pelo negro peinado hacia atrás y su rostro congestionado de bebedor lucía una sonrisa mientras se levantaba para estrecharme la mano. Me abrazó con un fornido brazo que me mantenía apretado contra su musculoso pectoral. Tenía una botella y una copa de vino tinto delante de él, y le hizo una señal al camarero para que sirviera una segunda copa, lo cual el empleado hizo con el ademán ostentoso del que sabe que le espera una buena propina. El Don tenía la cualidad de impresionar a los mortales inferiores con su grandeza. ¡Qué excelente millonario hubiera sido!
– ¿Qué tal va la Ruta de la Bonanza últimamente? -dije, preguntándome inmediatamente después por qué lo había dicho. ¿Para intentar crisparle y que se delatase? Él tenía algo que decirme, al igual que yo debía tener algo que decirle a él.
Pero él simplemente no podía ser el Destripador, aunque fuera E. O. Macomber. Nunca había sabido cómo guardar rencor a la gente.
– Están todas agotadas, Tommy. O al menos yo lo estoy.
– ¡Eso no es posible!
– Probablemente no -dijo sonriendo-. Tengo una buena posición, Tommy, trabajo con la Legislatura.
Transportando el dinero de la SP.
– Eso está bien -dije.
Chocó su copa de vino con la mía con un movimiento hacia arriba que incluyó a otros comensales en Malvolio's, lo cual seguro les levantó los ánimos.
– Por supuesto, no me parece que San Francisco sea el cielo en la tierra -dijo en voz baja-. Yo diría que Sacramento es mucho más interesante. Sacramento es fácil. La vida allí es sencilla, hijo. Buenos restaurantes, gente elegante, el gobernador, los senadores y representantes.
– También es caluroso -dije-. ¿A qué temperatura estáis por esta época, a más de treinta y ocho grados?
Me miró frunciendo el ceño, el defensor de Sacramento se había sentido retado.
– El tiempo no lo es todo, hijo mío. Vosotros tenéis toda esta bruma por aquí, algunas veces ni siquiera puedo ver. Los asesinatos también. ¡El Destripador de Morton Street! ¿Sabes qué es lo que causa todo esto? Que la gente lleve vidas mezquinas, insatisfechas, odiando a todo el mundo y a todas las cosas. Eso no se ve en Sacramento.
Dije que me alegraba oírlo. De hecho, el Capitolio podría estar en Sacramento, pero la capital de la SP estaba en la Cuarta con Townsend en San Francisco.
– ¿Cuándo has llegado?
– Ayer noche en el Evening Express. Había mucha gente ilustre a bordo. Ollie Fenster, Rudy Buckle, un grupo del Banco de Nevada. Jugamos un rato al póquer. ¡Esos caballeros van a pagar esta excelente cena! -se rió engoladamente-. Uh, tienes un chichón enorme ahí -dijo, señalando con la cabeza-. ¿Algún caco de San Francisco te asaltó?
– Creo que fue un poli -dije, y ambos reímos.
Me imaginé al Don como uno de los propietarios de la Jota de Picas, y de otras cuatro propiedades. Dijo que había sido timado en Virginia City, pero no lo mencionó como si guardara carga alguna de antiguo odio. El dinero siempre le había importado poco. Había logrado arañar lo suficiente para embarcarse hacia el yacimiento de la última bonanza, para comprar valores, licor y alguna que otra excelente comida de Sacramento para sus amigos y amiguitas, mientras mi madre cortaba trozos de cartón y lona y los metía en nuestros zapatos para tapar los agujeros, y remendaba la ropa que íbamos heredando.
Probablemente la actitud de mi padre era que si Nat McNair y demás no le hubieran desplumado de su participación en la Jota de Picas, algún otro lo hubiera hecho.
Nos trajeron los menús. El Don los dejó a un lado y pidió anti-pasti, gnocchi, ravioli de carne de venado y linguine de almeja. Picoteamos unos cuantos rábanos y olivas.
Me miró fijamente.
– He oído que trabajas para un periodicucho -dijo-. Te lo advierto, hijo, estaba orgulloso de ti cuando eras bombero. Hubieras llegado a Jefe.
– Quizás -dije, asintiendo.
– Trabajas para el Amargado Bierce -dijo él.
– Sí, señor.
– ¿Y cómo es?
Si le hubiera dicho «¡Amargo!», nos habríamos reído juntos, pero era como si me hubiera lanzado una pelota alta para que yo la golpeara fuera del campo. Si le contaba cuánto admiraba a Bierce se sentiría profundamente dolido. O quizás pensaría que había sido yo el que le había lanzado una pelota alta para que la golpeara fuera del campo en su turno de batear, dejando entrever la decepción que yo había resultado ser para él y para mi madre al dejar la Brigada de Bomberos para hacer recados a Dutch John y a Ambrose Bierce.
– Bueno, Bierce va tras cada maleante, impostor, tramposo, charlatán, predicador deshonrado y político de estómago agradecido sin temor o favoritismo.
– Muchos de ellos viven en esta ciudad -dijo el Don.
– Sí, señor.
El Don volvió a llenar su copa e inclinó el cuello de la botella sobre la mía, la cual aún estaba llena.
– Me sorprendería que Aaron Jennings no fuera a por él.
– ¿Eso crees? -dije.
– Aaron es un caballero. Vive aquí en la City, con una esposa regordeta y dulce y un par de hijos a medio criar. Antes era juez, ya sabes. Un excelente legislador. Un hombre con el que navegar por el río.
– Estoy escribiendo un artículo sobre él para el Hornet.
– ¿Te han encargado a ti que escribas artículos?
Me esforcé por detectar el énfasis en el «a ti».
– Sí, señor.
En ese momento llegaron las fuentes llenas de comida en una nube de olores y un solícito camarero movió nuestros platos y copas para colocarlos en la mesa. Mi padre sonrió al contemplar los manjares que había pedido, y a continuación frunció el ceño al recordar el tema de la conversación. Él mismo sirvió la comida en los platos con un cucharón de plata. Yo sentía tal nudo en el estómago que dudaba poder engullir nada. Volví a sentir unas punzadas de dolor en la cabeza, como si fuera algún tipo de recordatorio.
– ¿Y cómo te las apañas para «escribir artículos»?
– Hay archivos en el Hornet, y también los archivos del Chronicle, el Alta yel Examiner. Los reviso y ato cabos.
También los datos que no estaban en ningún archivo, pensé. Me miró con ojos entornados.
– ¿Y nunca se te ha ocurrido que alguien podría ir a por ti?
Klosters ya había venido a por mí. Le dije que hasta el momento tan sólo había escrito un artículo sobre Mussel Slough y algunas pesquisas sobre Mammy Pleasant, por no mencionar mis investigaciones sobre el senador Jennings.
– Te has puesto de parte de esos rastreros. Nunca pensé que lo harías, hijo.
– Bueno, es historia.
– Hay mucha invención en la historia -afirmó mi padre. Pidió una segunda botella de vino-. Creo que Wally podría conseguirte un trabajo en la Cuarta con Townsend. ¿Te gustaría? Supongo que allí también necesitan escritores.
– No, gracias -dije.
– ¿Qué eres tú?, ¿antimonopolista?
– Sí, señor -le dije; mastiqué la comida pero no pude digerirla.
– Hijo -me dijo apesadumbrado-, sin el Ferrocarril esta ciudad sería un polvoriento pueblecillo mexicano de mala muerte. Éste no sería un gran estado. No sería nada en absoluto. ¿Quién es el mayor contratista de este estado, hijo?
Mastiqué y asentí. El Ferrocarril, claro está.
– Simplemente no puedo creer que un hijo mío pueda estar tan equivocado. El Dios Todopoderoso Bierce. Él es quien te ha puesto en contra del Ferrocarril, ¿verdad?
– No, señor. Me uní al Club Demócrata cuando aún era bombero.
– ¡Dios mío! -dijo el Don-. Hijo, el Ferrocarril gobierna este estado.
– Bueno, pues no debería -dije yo.
– No se trata de lo que no debería ser, Tommy. Se trata de lo que es. Y el Ferrocarril es.
La conversación murió mientras continuamos tragando comida, pero podía sentir la tensión eléctrica de la indignación de mi padre.
El Don se quitó la servilleta del cuello, volvió a llenar nuestras copas, cuadró los hombros y dijo:
– Hijo mío, hay dos maneras de ver la vida. Uno puede estar de acuerdo con las cosas, conformarse con ellas, vivir la buena vida que Dios le dio, sacar provecho de los placeres, apreciar lo que te toca en suerte, tener buenos amigos dispuestos a navegar por el río contigo. De manera que, cuando uno llega al final del camino, puede mirar atrás y decir «Gracias, Señor, por la plenitud de mi vida».
»O puedes optar por ser un tipo frío, odioso y censurador. Pues entérate: tu Todopoderoso Bierce es uno de ésos. Puede que odie a los predicadores, pero él mismo es un predicador. Encuentra siempre el más mínimo defecto en todas las manzanas; analizará las cosas malas que una persona ha hecho, pero nunca las cosas buenas. Admito que es un tipo poderoso pero, hijo, nadie quiere a un reformista. Nacen amargados, y se van amargando más día a día. Y cuando llegan al final de sus días no perciben plenitud ni felicidad, lo único que ven es que odian todas las cosas y que no fueron capaces de cambiarlas ni un ápice.
– Bueno, pero al menos lo intentaron, señor -apostillé.
– Dime, hijo, ¿Bierce tiene amigos?
– Sí, señor -dije.
– Dime, ¿ama a su esposa?
– No lo creo -dije.
Pareció satisfecho. Me apuntó con un dedo.
– Tommy, recuerda lo que te voy a decir. Un día te darás cuenta de la frialdad de ese cascarrabias y predicador criticón. Tan sólo acuérdate de lo que te digo.
Retiraron los platos y trajeron el spumoni, el oporto y unos puros. Decliné el puro, pero el Don encendió uno y exhaló humo azul.
– ¿A qué hora llega el Evening Express? -le pregunté.
– Se suponía que llegaba a las nueve y media, creo. Pero se retrasó una barbaridad. No llegamos hasta aproximadamente las once.
¡Ahí se esfumaba la coartada de Rudolph Buckle en beneficio de Beaumont McNair! Cada vez que Beau volvía a ser sospechoso sentía la familiar sensación de contener la respiración.
– Como dice Bierce -dije-, los pasajeros del Ferrocarril del Pacífico Sur están expuestos con frecuencia a los peligros de su senilidad.
– Muy bueno el chiste -dijo el Don, como si realmente lo pensara. Hizo un movimiento ostentoso con su puro, disfrutándolo, y disfrutando del movimiento, y del juego de póquer que le había costeado esta cena y de cualquier cosa, excepto de su hijo.
– ¿Recuerdas, papá, cuando tú y yo solíamos ir a pescar al río junto a aquel enorme tronco?
– Claro que sí, chico; lo recuerdo. ¡Qué tiempos aquellos!
– ¿Recuerdas quién me trajo los libros que me iniciaron en la lectura?
– ¡Por San Jorge! Eras un gran lector, ¿verdad? -me lanzó una mirada franca de agradecimiento. Había cosas por las que yo siempre le estaría agradecido.
– Papá, hay algo que voy a tener que abordar, algo que he averiguado.
– ¿Y qué es, hijo?
– Estábamos hablando justo ahora del senador Jennings. Recuerdo que me dijiste que mucha gente en Washoe solía utilizar nombres falsos. Él allí se hacía llamar Adolphus Jackson.
– De eso hace mucho tiempo, hijo.
– Y tú eras E. O. Macomber.
– ¡Vaya, eso es cierto! -dijo, echando la barbilla hacia delante. Las pinceladas de cabellos blancos en sus patillas le daban un aire teatral, de actor-. ¿Y cómo has averiguado eso, Tom?
– Eso es por lo que fui a Virginia City. Para averiguar cosas sobre la Sociedad de Picas. Hay una fotografía de todos vosotros. High-grade Carrie, McNair, Gorton, Jackson y tú.
– Sociedad de zorros y ovejas -dijo él, con un gruñido de curiosidad divertida-. Las ovejas acabaron desplumadas y los zorros se quedaron con las uvas.
– Estafadas -apunté.
– ¿Y por qué te interesa ese asunto?
– El Destripador de Morton Street tiene algo que ver con la Sociedad de Picas -pude sentir el cosquilleo del sudor bajo mis axilas.
– Vas a tener que explicarme eso, hijo.
Intenté explicárselo. Le dije que alguien se había dedicado a asesinar prostitutas dejando naipes de picas sobre sus cuerpos cercenados, y que esto tenía que ver con el hecho de que Lady Caroline Stearns fuera en otro tiempo madame en Virginia City, y que ella y Nat McNair se aliaran con Al Gorton para estafar a Adolphus Jackson y a E. O. Macomber.
Mi padre era tan pro Ferrocarril como el senador Jennings.
– ¡Por todos los santos! -dijo con un hilo de voz-. ¡Se nos ponen las cosas feas a Aaron y a mí!
De repente sentí una necesidad imperiosa de alejarme de él, de ese lugar, de intentar reflexionar sobre todo este asunto.
– ¿Estarías dispuesto a reunirte con Bierce y conmigo mañana? -dije.
Antes de contestar, me observó fijamente durante un buen rato.
– Hijo, no creo que vaya. Puedo ver las intenciones de Bierce. Lo que quiere es avergonzar al Ferrocarril. Y nos ha echado el ojo a mí y a Aaron Jennings valiéndose de todo ese asunto de los Picas, lo cual no me parece más que un sucio juego de manos. Yo trabajo para el Ferrocarril, y Aaron tiene conexiones con el Ferrocarril. No servirá de nada, compréndeme. Se trata de otro juego de ovejas y zorros, y Bierce en este caso es un zorro con el que preferiría no mezclarme en absoluto. Así que no, hijo, lo siento pero no.
– Dime una cosa.
– Si puedo.
– ¿Quién es el padre del hijo de Caroline LaPlante?
– ¿Para eso fuiste a Virginia City, hijo?
Le dije que era lo que Bierce quería saber.
– Bueno -dijo mi padre, riéndose-. Todo el mundo sabía que no fue Nat.
Tras despedirnos, me dirigí de regreso a Montgomery Street, y me sentía como si me hubiera aplastado una máquina de estampación. Dudé si contar o no a Bierce que mi padre había sido E. O. Macomber.
Y justo en ese momento descubrí en el bolsillo de mi chaqueta la pesada y pequeña medalla de un águila dorada que mi padre había deslizado allí.