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Hábeas corpus: Escrito mediante el cual un hombre puede ser sacado del calabozo cuando se le confinó por el delito equivocado.

– El Diccionario del Diablo-


El domingo, y con motivo de su decimocuarto cumpleaños, invité a mi amiga Belinda Barnacle a dar un paseo por el parque, entre árboles, ciclistas, carros, calesas y landós. Nos pasó un Clarence con dos damas en el asiento de atrás, velos flotando de sus sombreros y dos caballeros fumando sentados frente a ellas, luego un carruaje de cuatro caballos guiado por un caballero rechoncho ataviado con un sombrero de copa y un chaleco con botones de latón. La concurrencia de los domingos era cada mes más impresionante, y desfilaban jinetes y amazonas cabalgando caballos carísimos.

La niebla flotaba lejos de la orilla y el día relucía con la luz del sol. Belinda sostenía una sombrilla. Llevaba un pequeño gorro de encaje decorado con capullos de rosa de seda, y sus zapatos estaban limpios y brillaban como estrellas cada vez que asomaban bajo la falda. En ocasiones se apoyaba en mi brazo, otras veces paseaba un poco apartada para dejar clara su independencia.

Una banda de música tocaba en la pérgola a medio kilómetro y la melodía nos llegaba a ráfagas. Belinda me sonrió desde debajo de su sombrilla y me preguntó con cuántas damas había bailado en el Baile de los Bomberos.

Levanté los dedos de una mano con el pulgar plegado sobre mi palma.

– ¿Eran guapas?

– Algunas eran guapas.

– ¿Cuáles eran sus nombres?

– Una era Martha. No recuerdo su apellido. Y las otras Patricia Henderson, Mary Beddoes Mathews y Amelia Brittain.

– ¿Y cuál te gustó más?

– La que más me gustó fue Amelia Brittain. Pero está prometida con un tipo muy rico.

Y quizás un asesino, pensé.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Belinda.

– Beaumont McNair. ¿Verdad que suena pomposo?

– Prefiero Tom Redmond de nombre.

– Gracias -le dije.

Belinda me recordó que me había comprometido a casarme con ella cuando cumpliera los dieciocho años, y nos detuvimos bajo la sombra de un roble. Le compré una botella de zarzaparrilla. Sorbió la bebida con una pajita mientras continuamos el paseo. Un trío de jinetes sobre sus monturas pasó repiqueteando a nuestro lado, con las ancas de los animales brillantes. Belinda me habló de la monja que le tenía manía y de la monja que pensaba que podría tener vocación religiosa. Oí a alguien que me llamaba.

En un carruaje ligero pintado de reluciente barniz estaban Amelia y Beau McNair. Amelia agitaba un pañuelo y Beau iba tocado con un sombrero de copa de fieltro. El caballo era de pelo castaño, llevaba lazos azules atados en sus crines y lucía una cola de arco alto. Estaba parado y movió la cabeza de arriba abajo arrastrando una pezuña. Me invadió una total sensación de bajo estatus social.

Amelia me llamó. Belinda me acompañó reacia, y entonces fui consciente de que a ella no sólo la invadía una conciencia de clase, sino también de juventud, por no hablar de la botella de zarzaparrilla con pajita que ocultó sujetándola entre los pliegues de la falda.

Amelia estaba radiante, ataviada con un elaborado vestido blanco, un gorro plagado de lazos y unos largos guantes blancos que derrochaban entusiasmo.

– ¡Señor Redmond, qué agradable sorpresa! ¡Aquí está mi señor McNair, inocente probado!

Beau levantó un dedo de las riendas a modo de saludo.

Les presenté a Belinda Barnacle, que logró hacer una más que convincente reverencia con inclinación de sombrilla y botella de zarzaparrilla escondida.

La chaqueta a rayas de Beau McNair le quedaba como un guante.

– Le he contado al señor McNair lo servicial que ha sido usted, señor Redmond -dijo Amelia-. Supongo que no puedo agradecerle el desenlace de este malentendido, pero su apoyo resultó de suma importancia para una joven estresada.

Me incliné y le respondí que estaba siempre a su disposición.

Aunque su expresión era huraña, su prometido tenía un aura tan dorada, con su corta barba y bigote rubios, que era necesario hacer un esfuerzo mental para imaginárselo como alguna clase de depravado que creía que su situación en la vida le otorgaba licencia para insultar y herir a seres inferiores, o incluso para destripar prostitutas por diversión.

Marcar la barriga de una prostituta con una pluma cargada de ácido era algo tan estúpido e infantil que me costaba imaginar que dicha acción pudiera ser llevada a cabo por este epítome del bien vestir que estaba sentado plácidamente junto a Amelia Brittain. Simplemente, no daba la talla para el papel de villano.

– La madre del señor McNair llegará dentro de quince días -informó Amelia con una brillante sonrisa, dejándome con la duda de si esa sonrisa se debía a la boda, o al hecho de que su prometido hubiera logrado salir del atolladero.

Logré mostrar una expresión afable al conocer las noticias.

El látigo de Beau golpeó ligeramente la grupa del hermoso corcel. Inclinó su sombrero a modo de despedida sin haber pronunciado ni una sola palabra, y el carro de barniz reluciente se alejó, mientras Amelia alzaba la mano despidiéndose de nosotros.

– Ésa era la señorita Brittain que tanto te gustó -dijo Belinda, cuando retomamos el paseo.

– Ésa misma, sí.

Belinda se quedó pensativa.

– No pareces gustarle mucho al señor McNair.

– Quizás no.

– ¿Qué quiso decir ella con lo de que has sido tan servicial?

– Él fue apresado y encerrado en la cárcel, y ella me pidió que lo visitara para ver si podía ayudar en algo.

– Pero él ya no está en prisión.

– No -dije yo.

Parece que todo cuadra demasiado bien, había dicho Bierce.

Mientras paseábamos encontré un contenedor donde Belinda pudo deshacerse de la botella de zarzaparrilla. Sin soltar la sombrilla, logró limpiarse las manos frotándolas entre sí.

– Es muy bonita -dijo.


Cuando llevé a Belinda a casa, el señor Barnacle estaba apoyado sobre la valla. En el pequeño patio a sus espaldas el joven Johnny Barnacle daba patadas a una lata de queroseno produciendo sonoros golpes metálicos. Belinda se coló por la entrada y corrió hacia la casa.

– ¡Henry George! -dijo el señor Barnacle, lanzándome su barbilla sin afeitar.

– ¿Henry George?

– Ése escritor tenía razón. El Ferrocarril ha sido la ruina de todos nosotros aquí.

– ¿Y cómo ha ocurrido eso, señor Barnacle?

– Exactamente como él dijo que sucedería. Durante un tiempo todo el mundo tiene trabajo, luego el trabajo se acaba y todo el mundo se queda en la calle. Depresión, Tom. Dijeron que San Francisco sería otra Venecia si no nos conectábamos con el este por medio del Ferrocarril, pero ahora que ya lo hemos hecho nos hemos ido al garete.

El señor Barnacle llevaba varios años sin trabajar, lo que su mujer achacaba a su debilidad por el whisky. Él culpaba de sus dificultades al Ferrocarril, y probablemente Bierce estaría de acuerdo con él, así como Henry George.

– Un hombre rico hace pobres a otros cien -continuó hablando, asintiendo sabiamente ante la lucidez georgiana-. ¡Los carruajes elegantes dejan atrás a niños muertos de hambre!

– Bueno, sus hijos no están muertos de hambre, señor Barnacle -dije yo.

– Dime, Tom, ¿aún eres miembro del Club para la Democracia?

– Sí, señor.

– ¡Yo digo que acabemos de una vez con la Compañía del Pacífico Sur y el Monopolio! ¡Abatieron a disparos a aquellos pobres granjeros de Mussel Slough! [5] -Mal asunto, sí…

– Comprar legislaturas de la forma en que estos tipos lo hacen no es mejor que traficar con esclavas chinas -siguió despotricando-. ¡Y qué me dices del proyecto de ley del Girtcrest Corridor! ¡Ojalá les parta un rayo, Tom!

El proyecto de ley del Girtcrest Corridor, llamado por Bierce el «Giftcrest» [6], había sido aprobado durante la legislatura estatal del senador Aaron Jennings, «el senador de la Southern Pacific», y era un regalo de miles de acres de tierra del San Joaquín Valley a los Ferrocarriles. El sentimiento en contra de los Ferrocarriles era más fuerte entre los miembros de partidos demócratas de San Francisco.

– ¡Abajo con el Monopolio, señor Barnacle! -dije yo, mientras cruzaba la entrada de la valla y me dirigía a mis crepitantes escaleras.


Le enseñé a Bierce un artículo que había escrito titulado El Monopolio, y debió de impresionarle lo suficiente para considerar que podía tener futuro en mi carrera como periodista, dado que manejaba los ataques y datos antimonopolistas adecuados:


Por los 1186 kilómetros de la línea Sacramento-Promontory (Utah), Charles Crocker, Collis P. Huntington, Leland Stanford y Mark Hopkins, los Cuatro Grandes, recibieron 38 millones y medio de dólares en concesiones de tierras y bonos del gobierno. Se contrataron a sí mismos bajo el nombre de Corporación de Finanzas y Contratos para construir la línea Central Pacific, y cuando las ganancias de esta corporación fueron distribuidas, cada socio aumentó su fortuna personal en 13 millones de dólares.

A medida que los Ferrocarriles de Central Pacific avanzaban centímetro a centímetro por la Sierra para unirse a la línea de Union Pacific y conectar así las dos costas de la nación, los Cuatro Grandes ya planeaban su Monopolio del transporte en el estado de California. El primer paso fue la adquisición de las líneas de ferrocarriles ya existentes, y a continuación la construcción de nuevas líneas en el interior. Estas rutas finalmente se convirtieron en la propiedad más valiosa delos Cuatro Grandes: los Ferrocarriles del Pacífico Sur. También adquirieron instalaciones para las terminales de Oakland y San Francisco con el mismo propósito.

A principios de los años 70 la Compañía del Pacífico Sur había logrado controlar el movimiento de mercancías hacia y desde California, y también dentro de los límites del estado. Las rutas que no eran de su propiedad en California eran tan sólo cinco, con unos escasos 95 kilómetros de vía.

Las tarifas y horarios de las líneas del Pacífico Sur son decididos dependiendo «del total del tráfico que pueda soportar». Las tarifas de transporte para las empresas navieras son incrementadas hasta el máximo que éstas pueden permitirse, y las que se cargan a los productos agrícolas están basadas en los actuales precios de mercado. Las tarifas son bajas donde hay competencia por parte del transporte fluvial, y más altas donde no hay competencia, y el flete es más barato de un lado a otro del país que entre San Francisco y Reno.

Cuando las gentes de California fueron conscientes de que estaban atrapadas en los tentáculos del Pulpo, los Ferrocarriles ya controlaban la asamblea legislativa, al gobernador, las agencias reguladoras estatales, los gobiernos de la ciudad y del condado, frecuentemente incluso los juzgados, y ejercen poder en el Congreso Nacional.

Se vota a los candidatos anti-ferrocarril y se les elige para gobernar, se aprueban leyes otorgando mayores poderes al Estado para regular las tarifas de ferrocarriles, pero estas leyes nunca se ejecutan. La Compañía del Pacífico Sur siempre logra detener el proceso legislativo: mediante el veto del gobernador, o recusando las leyes en los tribunales y controlando las agencias responsables de ejecutar las leyes.

Bandas de matones del Ferrocarril interrumpen las reuniones antimonopolio. Los que se oponen al Ferrocarril son castigados, los funcionarios públicos son sobornados, los periodistas intimidados, y los granjeros «rebeldes», cuyos derechos de propiedad sobre tierras agrícolas de los Ferrocarriles han sido quebrantados, son asesinados por sicarios.

A pesar de que los californianos alzan un grito constante de protesta y denuncia contra el Pulpo, tras la marcha de Mark Hopkins en 1878 (el único miembro de los Cuatro Grandes del que se haya dicho que podría valer la pena cruzar la calle para darle los buenos días), Charles Crocker, Collis Huntington y Leland Stanford descansan plácidamente en sus magníficas mansiones en lo alto de Nob Hill, dominando todo San Francisco bajo un cielo sin nubes.


Bierce señaló que al menos él no había sido intimidado por los Ferrocarriles.

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