Verdad: Una ingeniosa combinación de lo deseable con lo aparente.
– El Diccionario del Diablo-
Bierce y yo llegamos a la mansión de los McNair quince minutos más tarde de la hora acordada, las seis en punto. Marvins nos hizo pasar y seguimos su majestuoso paso por una superficie de reluciente parqué, pasando junto a la sala octagonal del piano y hacia una estancia espaciosa con ventanas que daban al sur de la City. Se habían colocado sillas orientadas hacia la mesa presidencial, para la ceremonia. Lady Caroline estaba ya sentada a la mesa, flanqueada por Beau y el abogado Curtis. En las sillas, estirando los pescuezos cuando Bierce y yo entramos, estaban sentados el senador Jennings y un hombre calvo con patillas a lo yankee hasta la barbilla y con aspecto de abogado; Rudolph Buckle; el capitán Pusey, y Mammy Pleasant con su sombrerito negro. Yo estaba medio temeroso de que el Don anduviera cerca y que apareciera de repente a mi espalda; o el senador Sharon.
El sargento Nix estaba de pie con las piernas separadas, las manos unidas a la espalda y apoyado sobre el panelado de avellano. Elza Klosters estaba sentado con su sombrero de ala ancha en el regazo en una silla junto a la puerta. Le brillaba el cuero cabelludo por el sudor.
Marvins cerró las puertas dobles a nuestras espaldas, sonó a bofetada.
Me deslicé a una silla libre mientras Bierce permanecía de pie, mirando fríamente al grupo que había sido convocado por él mismo.
El senador Jennings impulsó su cuerpo levantándose del asiento.
– ¿Qué demonios es todo esto, Bierce?
– Siéntese, señor -dijo Bierce. Se desplazó con su rígido paso hacia el ventanal, donde podía ver de frente a los tres de la mesa y al resto de nosotros también. En su expresión se leía que tenía al Ferrocarril donde quería tenerlo. Jennings permaneció de pie, marcando barrigón.
– He pedido al señor Bierce que lleve a cabo este procedimiento -dijo Lady Caroline con suave voz de acento británico y una sonrisa permanente en su máscara de porcelana. Los dedos en guantes blancos permanecieron unidos por las yemas mientras hablaba. Llevaba un vestido de terciopelo negro ribeteado con encaje y de cuello alto. Su rubio cabello colgaba ondulante hasta quedar atrapado en un moño francés alto rematado con una aguja de diamante, y diamantes con forma de lágrimas brillaban en los lóbulos de sus orejas. Dirigió una sonrisa a Bierce.
Jennings se sentó. Tenía las mejillas del color de la ternera cruda. Inclinó la cabeza a un lado para escuchar algo que le susurraba su abogado.
– Nos ocupan dos asesinatos aquí. Dejaremos a un lado primero el asesinato obvio. Ya le he advertido al senador Jennings que voy a probar que él asesinó a la viuda del juez Hamon.
– Un momento, si nos hiciera el favor -dijo el abogado de Jennings, levantando una mano con un dedo extendido a modo de cuestión de procedimiento.
– Yo no hago favores -dijo Bierce-. Señor Klosters, ¿le ofreció el senador Jennings dinero para asesinar a la señora Hamon?
Hubo un momento de silencio, y el abogado permaneció de pie. Lady Caroline dirigió su sonrisa congelada hacia Klosters. Jennings se volvió a levantar, acercándose a su abogado y mirando al pistolero.
– Me ofreció trescientos dólares -dijo Klosters con voz pastosa. Permaneció sentado, sujetando con las manos el sombrero sobre las piernas-. Le dije que no lo haría, así que me ofreció quinientos. Le dije que ya no hacía esas cosas.
– La Sociedad de Picas -dijo Bierce-. Fue creada para hacerse con el control de la Mina Jota de Picas en Virginia City. Había cinco miembros. Dos de ellos matrimonio, Caroline LaPlante y Nathaniel McNair. Se les unió un tercero, Albert Gorton, para formar mayoría y arrebatarles a los otros dos sus participaciones en lo que se iba a convertir más tarde en unos beneficios incalculables. Uno de estos otros dos era E. O. Macomber, el cual ha desaparecido o se ha cambiado el nombre; la quinta persona era Adolphus Jackson, que luego pasó a llamarse Aaron Jennings y fue elegido senador del Estado.
Dejó que todos procesaran la información, dio unos cuantos pasos y luego continuó:
– Jackson y probablemente Macomber tenían motivos para estar furiosos por la estafa que habían sufrido. Gorton fue descartado por venganza, o porque se había vuelto molesto para McNair. Ese asesinato no nos ocupa, aunque el señor Klosters podría aclararlo.
– No es necesario que responda a eso, Elza -dijo Lady Caroline. Su voz quedó ahogada por el aullido del senador Jennings:
– ¡No pienso seguir escuchando todas estas tonterías!
– Entonces, ¿por qué está usted aquí, señor? -dijo Bierce-. Capitán Pusey, ¿arrestará al senador Jennings por asesinato?
– No recibo órdenes de periodistas, señor Bierce.
Pusey lo dijo calmadamente. Estaba sentado con los brazos cruzados sobre su pecho uniformado y las piernas cruzadas; parecía como si lo hubieran atado a la silla.
– Muy bien -dijo Bierce-. Comentaré unas cuantas cosas más sobre el senador Jennings a medida que avancemos en la reunión.
Se acercó a la ventana con paso solemne, me dio la impresión de que un poco ostentosamente. Sostuvo un dedo delante de la barbilla.
– Algunas cosas han estado claras desde el principio. El capitán Pusey tuvo conocimiento a través de sus contactos con la policía londinense de que el joven señor McNair había estado involucrado en unas cuantas fechorías en las que él y algunos compañeros abusaron de mujeres de la calle siguiendo un procedimiento que más tarde fue remedado en las carnicerías de los asesinatos de las prostitutas de Morton Street. Está claro que el capitán Pusey sabía esto cuando mostró la fotografía del señor McNair de su archivo a una prostituta que había visto fugazmente al asesino.
»El capitán Pusey también había comentado a otra persona el arresto de Beau McNair en Londres.
Bierce calló y dio unos cuantos pasos más.
– ¿Y la identidad de esa persona, señor Bierce? -preguntó Curtis, mirando más allá de Lady Caroline. Beau se miraba fijamente las manos.
– Todo llegará, señor Curtis. Existía mucho odio aquí. Como hemos visto, el senador Jennings resultó perjudicado, pero hubo otra persona que resultó perjudicada de forma más terrible y cuyo odio se transformó en locura asesina.
En esta ocasión, cuando Bierce hizo una pausa, nadie habló. Lady Caroline tenía la barbilla regiamente levantada.
– Nathaniel McNair no fue el padre de Beaumont McNair -continuó Bierce-. Se habla de otros dos hombres que podrían ser los padres del hijo de Caroline LaPlante. En la familia de uno de esos hombres nacieron gemelos.
De repente, Rudolph Buckle se puso en pie, movía los labios como si intentara formar palabras que no salían de su boca. Lady Caroline hizo una señal imperiosa con su mano. Se había quitado uno de los guantes.
– La señora Pleasant me hizo notar que tan sólo estaba contemplando la mitad del cuadro -dijo Bierce-. Gemelos -repitió-. Uno de los gemelos fue entregado a Mammy Pleasant. La encargada de deshacerse de bebés no queridos se deshizo del gemelo no querido.
Las cabezas se giraron hacia Mammy Pleasant. Los aretes de oro reflejaban la luz en un tembloroso círculo cuando se puso en pie.
– Puede hablar del tema, señora Pleasant -dijo Lady Caroline.
En su suave staccato, Mammy Pleasant dijo:
– El niño fue entregado al señor y la señora Payne para que lo criasen. Él era albañil y habían perdido a su propio hijo.
– ¿Hubo dinero de por medio, señora Pleasant?
– Se les pagó la cantidad de dos mil dólares -dijo Mammy Pleasant.
Lady Caroline se había quitado los dos guantes y estaba untándose las manos con un líquido color crema de un pequeño frasco de plata.
Era como si Bierce fuera el maestro y le indicara que era su turno. No la miró directamente, pero levantó un dedo dirigido hacia ella.
– El señor McNair me permitió quedarme con un bebé, pero no con dos -dijo ella-. A modo de castigo.
– ¿Eligió quedarse con el niño más guapo o más fuerte de los dos gemelos? -preguntó Bierce-. ¿O uno de los dos había nacido con un defecto?
– No tengo intención de hablar de ello, señor Bierce.
– Permítanme señalar que el odio estaría intensificado si hubiera alguna tara. El odio hacia su hermano perfecto, así como hacia su madre.
Lady Caroline siguió untándose el líquido en las manos.
– Creo que hubo algún tipo de tara, una deformación -dijo Bierce-. Y creo que la deformación era genital.
Se paró para mirar a Lady Caroline. Vio que el rubor le había subido a las mejillas, pero no respondió.
Bierce continuó hablando con mucha cautela:
– Al igual que las fechorías de Beaumont McNair con las prostitutas londinenses parecen reflejar cierto malestar con el pasado de su madre, asimismo parece reflejarlo la violencia particular del otro gemelo.
»El objetivo del gemelo era ver a su hermano inculpado con estos asesinatos, pero principalmente era castigar a su madre. La incriminación de Beau debía servir para atraer a su madre a San Francisco. Aquí él esperaba castigarla igual que había castigado a las otras prostitutas. Ciertamente, era un plan demente. Era el plan de un loco.
Lady Caroline estaba ahora totalmente inmóvil en su silla, con su hermosa cabeza erecta, observando a Bierce con una mueca congelada en su rostro que ya no sonreía.
– ¿Cómo se llama ese joven, senador? -preguntó Bierce repentinamente.
Su nombre debía de ser Payne.
Las cabezas giraron hacia Jennings, el cual devolvió la mirada a Bierce con los labios apretados como una cicatriz.
Mammy Pleasant pronunció el nombre en voz baja:
– George Payne.
Bierce señaló al senador Jennings.
– Usted creía que era el padre del retoño de Caroline LaPlante, el padre de George Payne. La madre encinta le dijo que usted era el padre, así como también se lo dijo a otros. Ella había decidido que quería casarse y usted era su segunda opción, pero usted también resultó ser un farolero. Nat McNair era su tercera opción. Quizás usted, de hecho, sea el padre. La madre, por su parte, dice que no está segura.
Jennings le dirigió un gruñido.
Me pregunté repentinamente quién más había sido informado de que era el padre. ¿Era ésta la conexión con Sharon que todo el mundo negaba?
– No pretendo saber cómo llegó usted a conocer a George Payne o su identidad -continuó Bierce-. Pero sin duda dio con él. Trabajaba como tabernero en el salón de su propiedad en Battery Street. El salón de Adolphus Jackson, de hecho. Fue George Payne quien salvó del fuego el cuadro de Caroline LaPlanta como Lady Godiva… el cuadro que en otro tiempo colgó en un salón de Virginia City, y luego en su oficina en Sacramento. E incluso más tarde en el salón El Ángel de Washoe. Fue el gemelo quien transportó el famoso cuadro de su madre, ¿verdad, Tom?
Todas las cabezas se giraron hacia mí.
– Sí -dije.
– El odio del joven había sido alimentado -dijo Bierce, girándose hacia Lady Caroline-. El capitán Pusey había informado al senador Jennings sobre el delito y arresto de Beaumont McNair en Londres. Ambos se conocían muy bien. Pusey sabía que Jennings era un pirómano convicto llamado Adolphus Jackson y lo había estado chantajeando durante años. Jennings pasó la información de Pusey a su empleado. Los asesinatos habían comenzado en un momento preciso, y ese momento vino determinado por el regreso de Beaumont McNair a San Francisco.
»El odio de George Payne fue alimentado por el senador Jennings -dijo Bierce.
– ¡Un momento! -dijo el abogado de Jennings levantándose con un brazo y un dedo en alto.
– ¡No tiene ninguna prueba de nada de esto! -gritó Jennings. Empujó la silla ruidosamente hacia atrás y se puso en pie-. ¡Maldito calumniador! ¡Me largo de este agujero de mierda, Ted!
Con los hombros encogidos y la cabeza gacha, como si esquivara balas de rifle, se abalanzó hacia las puertas dobles que Marvins había cerrado antes. Las abrió de par en par y desapareció con un apresurado golpeteo de pisadas sobre el parqué. Ni Pusey ni el sargento Nix hicieron ademán alguno de ir a por él. Su abogado, haciendo unas cuantas muecas y ademanes a Lady Caroline, lo siguió más pausadamente, cerrando las puertas tras de sí.
– ¿Podríamos llamar todo esto una extrapolación, o meramente una hipótesis? -preguntó Curtis con voz ahogada.
– Bos -dijo Lady Caroline.
– ¿Está usted afirmando que el senador Jennings fue el autor intelectual de estos asesinatos? -dijo Buckle.
– Al menos proporcionó el impulso para que ocurrieran.
– ¿Puede la policía encontrar a este hermano gemelo?
– Lo encontraremos -dijo Pusey calmadamente.
– Encontrarán a un hombre que ha sido confundido con Beaumont McNair en muchas ocasiones -dijo Bierce. Dio unos cuantos pasos frente a la ventana. Los ojos de Lady Caroline lo siguieron en todo momento.
»El odio que estos dos compartían era muy poderoso -dijo Bierce-. Se complementaban el uno al otro. El gemelo podría no haberse transformado en un asesino sin Jennings. Jennings podría haber olvidado el viejo rencor sin George Payne, al cual consideraba su hijo perjudicado.
Por fin había logrado llegar hasta el Ferrocarril. Había relacionado la Compañía del Pacífico Sur con el Destripador.
– Por lo tanto, Lady Caroline corre peligro -dijo Pusey, aún con los brazos y las piernas cruzadas.
– George Payne ha estado accediendo a esta mansión durante años -dijo Bierce-. Creía que debía haber sido su hogar. Los sirvientes lo conocían como el fantasma. Quizás el señor Buckle pudo dar con él.
Las cabezas se giraron hacia Buckle, aún de pie. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido de ellos. Respiraba agitadamente.
– ¿Es esto cierto, Rudy? -inquirió Beau.
– Creo que podemos dar por terminada la reunión -dijo Lady Caroline antes de que Buckle pudiera responder. Se levantó de su asiento-. Gracias, señor Bierce. Sus conclusiones me han dejado impresionada. Sin duda, hemos sido alertados.
Curtis se levantó. El resto se removió en sus asientos y se dispusieron a marcharse. Mammy Pleasant se abría paso a codazos y echó un vistazo a su alrededor. Su postura corporal, y los primeros pasos que dio en dirección a la puerta eran los de una anciana.
Oí el repiqueteo de tacones en el parqué del corredor fuera del cuarto. La puerta entonces se abrió abruptamente. Beau McNair, con una gorra y una bufanda gris, jadeante y pálido, dio dos pasos y entró en la sala, con el rostro dirigido a Lady Caroline como si fuera una pistola. Pero no era Beau.
Era el joven que yo había visto en el bar del Bella Union, y a quien había visto aparecer saliendo de los arbustos aquí dos noches atrás.
Un disparo conmocionó la sala. El sombrero sobre el regazo de Elza Klosters explotó en el aire, donde se agitó para luego caer como un pato herido. George Payne cayó de bruces con los brazos extendidos, chocó contra el suelo y no volvió a moverse. Klosters se levantó, con la pistola humeante en la mano. Había un tufillo a pólvora. Saqué el revólver de Bierce de mi bolsillo.
Golpeé con él la mano de Klosters. Gritó y dejó caer su arma. Volvió a gritar cuando le hundí el cañón del revólver en las costillas.
– ¡Tom! -gritó Bierce, como si yo fuera un cachorro que se hubiera portado mal-. ¡Tom!
Klosters me miró con sus ojos de asesino de gatos, con la boca abierta en un círculo de dolor y una mano sujetando fuertemente la otra. Di una patada a la pistola aún humeante y la envié debajo de las sillas.
Lady Caroline se había levantado para mirar a su hijo muerto. Beau se aproximó a ella y la abrazó. Ella alzó la barbilla, dirigió su rostro al techo, pálido como el cráneo de Bierce, pero tan hermoso. Marvins, sosteniendo una Navy.44, bloqueó la salida con agentes. Mammy Pleasant se alejó de los policías, santiguándose.
Pude ver la mejilla del Destripador de Morton Street, velludo con una corta y rubia barba como la de Beau. La bufanda había caído abriéndose y revelando las dos cicatrices paralelas hechas por las uñas de Rachel LeVigne. Tenía los ojos azules abiertos, mirando al infinito; el hijo no elegido, el hijo abandonado enloquecido por ello, el hijo de James Brittain o Aaron Jennings o de otro, y de Caroline LaPlante. Una lengua de sangre oscura salió de debajo de su cabeza.
Nadie más pareció ser consciente de que acabábamos de presenciar una emboscada y una ejecución, o quizás todos ellos lo eran.