8

Fidelidad: Virtud característica de aquellos que están a punto de ser traicionados.

– El Diccionario del Diablo-


En Sacramento, a medio camino de Virginia City, y con un retraso anunciado de no menos de dos horas, bajé del tren y recorrí las cuatro manzanas desde la estación hasta la casa de mis padres, una casa blanca con la pintura desconchada, apartada de la calle tras un estrecho porche y dos ventanas abuhardilladas en el segundo piso.

Al menos en tres ocasiones en mi juventud, durante las riadas del río Sacramento, el agua había inundado la casa y combado los paneles de madera de las paredes del pasillo, y por ello siempre flotaba en la casa un tenue hedor a barro del río.

En el piso de arriba, mis dos hermanos, mi hermana y yo escuchábamos a nuestros padres peleándose en el piso de abajo, o celebrando las paces en su dormitorio tan ruidosamente como las peleas. Tanto mis hermanos como mi hermana eran mayores que yo, y todos abandonaron el hogar en cuanto encontraron los medios para hacerlo, pero yo permanecí allí hasta acabar mis estudios en los Hermanos Cristianos, y luego, con una moneda de oro de veinte dólares cosida en un bolsillo, embarqué en el buque a vapor y bajé por el río hasta la City.

En el oscuro pasillo de la casa llamé a mi madre. Una sensación familiar me oprimió el pecho; de nuevo percibía el viejo olor a barro, la bocanada de cebollas hervidas y la pila de los platos desde la cocina. Mi madre se encontraba junto a la estufa, con los zapatos abiertos a los lados para que no le oprimiesen los juanetes. Se giró hacia mí con su dulce y desdentada sonrisa, y me miró con sus ojos azules rodeados de piel más oscura, como los ojos de un mapache.

– ¡Tommy! -se dejó caer en mis brazos con un gesto dramático-. ¿Qué diantre haces aquí?

– Estoy de camino a Virginia.

Frunció los labios observándome admirada.

– ¡Estás hecho un caballero elegante!

Sonreí y le dije que cada día que pasaba me volvía más elegante.

– Déjame que me ponga la dentadura y te prepararé una limonada. Enviaré al chico de la casa de al lado para que avise al Don.

– Tengo una hora.

Me senté en el porche en una de las desvencijadas sillas de mimbre, con los pies en alto sobre la barandilla, mirando la polvorienta calle. Allí un chucho color canela ladraba a un chino que pasaba. Los ladridos sonaban amortiguados en el caluroso día. Recordé entonces cuando perseguíamos a los chinos con otros chicos católicos. Todos detestábamos a los amarillos, aunque ya no recuerdo las razones.

Mi madre me trajo la limonada y se sentó a mi lado. Se había puesto la dentadura, se había cambiado el vestido y peinado el cabello recogiéndoselo en un moño canoso sobre la cabeza.

– ¿Has seguido rezando tus oraciones, Tommy? -preguntó.

– No con la frecuencia que debiera, Ma.

– El buen Señor te perdonará todo, hijo. Pero tú debes suplicar Su perdón.

– Sí, Ma.

Pero ya por aquel entonces yo pensaba como Bierce; que orar era como «rogar que las leyes del universo queden anuladas por la petición de un único solicitante, obviamente indigno».

Yo mismo me avergonzaría de rezar al Buen Señor para que me concediera el favor de una joven dama de Nob Hill, y tenía demasiado orgullo para confesar que además tenía pensamientos impuros sobre ella.

Mi madre escuchó el relato de mis éxitos en San Francisco como flamante reportero del Hornet. Me pavoneé un poco, y exageré otro tanto. Ella agradecía tanto las buenas noticias que resultaba imposible no inventarse algo para satisfacer su apetito. Sin embargo, opté por no mencionar a las prostitutas acuchilladas, consideré que ya la había entretenido lo suficiente.

– ¿Cómo está el Don? -pregunté.

– Sigue trabajando para el Ferrocarril. El señor Wallingford lo tiene en gran estima. Oh, tu padre es capaz de persuadir a un orangután para que le dé su último plátano -dijo esto último con orgullo.

Me preguntó por qué iba a Virginia City.

– El Don dice que la veta está totalmente agotada, que la gente ya se ha ido de allí. Van a cerrar las minas pronto. El Don es una autoridad mundial en todo lo referente a la minería, excepto en cómo sacar dinero de ella.

Me puso al día con informaciones de segunda mano sobre los éxitos de Michael en Denver, de Brian en Chicago y de Emma en Portland, ésta ya madre de tres hijos.

– ¿Y sabes qué es lo que padre hace exactamente para el Ferrocarril? -le pregunté.

Ella miró a un lado y a otro de la calle y bajó la voz.

– Bobby Wallingford consiguió un puesto en la asamblea legislativa. Creo que paga a los representantes y senadores. Tu padre probablemente le lleva el maletín del dinero y el libro de cuentas. Al Don le gusta regalar el dinero. Siempre ha sido muy bueno en eso.

Saqué el puro de Manila con vitola roja, blanca y azul que alguien le había regalado a Bierce y se lo di a mi madre.

– Gracias, cielo -dijo ella, guardándose el puro en un bolsillo.

Escuché el repiqueteo de cascos de caballo antes de ver al Don aparecer por la esquina montado en un elegante corcel plateado, ataviado con un sombrero de ala ancha y con un brazo en alto a modo de saludo. Ató las riendas a la valla y recorrió a zancadas el camino para abrazarme.

– ¡Qué alegría verte de nuevo, chico!

Era un hombre atractivo, un poco grueso a la altura de la cintura, pero elegantemente vestido, lucía patillas negras con pinceladas de blanco a cada lado de su amplia sonrisa. Mi madre volvió a entrar en la casa.

Le dije que estaba de camino a Virginia City por unos asuntos del periódico.

– Triste lugar -dijo él, agitando la cabeza y sentándose en una silla junto a la mía con sus relucientes botas en alto sobre la barandilla.

– Gracias, cariño -dijo cuando mi madre le trajo un vaso de limonada.

– Tú pasaste un tiempo allí, ¿verdad? -dije.

– Muy poco tiempo -dijo él-. En Washoe te roban el dinero bastante rápido.

Me sonrió como si ambos estuviéramos al tanto de sus debilidades.

– Háblame de Comstock -dije.

– Nunca he estado allí, ¿y tú?

– Nunca he estado en Nevada.

– Comstock costeó la Guerra, ya sabes. Hizo a San Francisco lo que es hoy. Mineral de plata y tejemanejes bursátiles.

Se las apañó para asentir y negar con la cabeza al mismo tiempo, como si surgieran en su interior pasados recuerdos y placeres.

Luego adoptó una expresión adusta.

– Bueno, hijo, hay dos cañones que recorren Mount Davidson: Six-Mile Canyon y Gold Canyon. Había allí un viejo pájaro llamado Henry Comstock que invirtió dinero y se hizo con las tierras. Le llamaban el Viejo Panqueque. Encontraron algo de oro, pero mezclado con gran cantidad de limo azulado. Un buen día alguien envió ese barro azul a analizar y resultó que se trataba de plata, a tres mil dólares la tonelada.

Mi madre nos observaba sentada en la silla más alejada, envuelta en el humo azul del puro que le había traído.

– Cuéntale lo de aquella mina en la que participaste -dijo ella.

– Se dice que existían alrededor de diecisiete mil participaciones en Mount Davidson en los años 60, y cinco de ellas eran mías -afirmó mi padre-. Tan sólo en 1863 había tres mil propiedades de Comstock con acciones en la Bolsa de San Francisco. La mayoría perdieron todo su valor, como las mías. En otros casos se perdieron porque alguien más listo te las ganaba a las cartas.

»Ophir, Hale & Norcross, Yellow Jacket, Consolidated-Virginia y Con-Ohio habían perforado agujeros de 150 o 180 metros de profundidad, de los que agotaron todo el mineral que contenían.

»Las acciones se desplomaron, y el Grupo Ralston y el Banco de California comenzaron a comprar todas las acciones y participaciones, mientras Ralston enviaba a Will Sharon a Virginia City para que se hiciera cargo de los negocios. La Gran Bonanza apareció a unos trescientos metros y reportó enormes fortunas para Ralston y Sharon. También para Nat McNair y aquellos irlandeses que controlaban la Consolidated-Virginia, y un grupo de otros peces pequeños. De esta manera, el Banco de California y Frisco comenzaron a obtener enormes beneficios gracias a la plata de Comstock.

»A continuación se sucedieron una serie de tejemanejes con opciones sobre acciones y chanchullos varios, subidas y bajadas, auditorías y bancarrotas, bonanzas falsas y verdaderas, hasta que todo explotó y el Banco de California quebró y Bill Ralston estiró la pata. Sharon se quedó con sus deudas y sus activos, canceló las deudas pagando un puñado de peniques por dólar adeudado, y conservó los activos mostrándose ante todos como el podrido y sibilino hijo de puta de dos caras que es. He oído que ahora anda ocupado con esa demanda de la Rosa de Sharon, o como se llame.

Le pregunté si había conocido a Highgrade [8] Carrie. Entrecerró ligeramente los ojos unos segundos antes de clavarlos en los míos.

– Oí hablar de ella, hijo -dijo él-. Una mujer de bandera, por lo que sé. El ángel de los mineros.

– Un ángel es ángel por sus acciones -apostilló mi madre.

– Y por sus acciones es por lo que se la conocía como el ángel de los mineros -afirmó mi padre.

Cuando llegó la hora de marcharme, mi padre me llevó en el corcel plateado prestado. Iba sentado detrás de la silla, y me sentí de nuevo como un niño. Me volví para despedirme de mi madre en el porche.

Abrazado a la espalda de mi padre y sacudido por el movimiento del caballo, recordé lo bueno y lo malo de mi niñez. El Don había sido la mayor parte de lo bueno. Habíamos pescado a orillas del río, junto al enorme tronco seco, sentados hombro con hombro y las cañas en un mismo ángulo, mientras los sedales se hundían juntos en el pardo remolino de agua. Me había enseñado a jugar al béisbol, lanzando pacientemente la pelota a mi guante, el cual heredé de Michael, y blandiendo pacientemente el bate de Brian. Me traía libros nuevos que yo sabía que no podía permitirse. Siempre había hecho caso omiso a lo que pudiera o no pudiera permitirse. Recuerdo haberle visto llorar cuando Michael le propinó un puñetazo en un ojo y abandonó el hogar.

– Había damas muy bellas en Virginia City -me dijo mi padre por encima del hombro-. Julia Bulette y Highgrade Carrie. Aquellos sí que fueron buenos tiempos.

– Una tal señora Bettis me dijo que te conoció en Washoe -dije yo.

– No recuerdo a nadie con ese nombre. ¿Qué aspecto tenía?

No logré recordar muy bien el aspecto de la señora Bettis, y mucho menos describirla.

– Probablemente ése sea su nombre de casada -comentó mi padre-. O quizás utilizaba en Washoe un nombre falso. Mucha gente utilizaba nombres falsos en Comstock.

Me dejó en la estación tras prometerme que me invitaría a una buena cena la próxima vez que visitara la ciudad. El tren sufrió un retraso de media hora hasta que el revisor anunció la salida y los vagones se tambalearon y traquetearon con el tirón de la locomotora.


El Truckee & Virginia enfiló hacia el sur por el Valle de Washoe y contemplé por la ventana los picos orientales de Sierra Nevada. La línea de nieve era tan recta que parecía trazada con una regla. La nieve reflejaba los rayos de sol ofreciendo un espectáculo celeste de la virginal naturaleza. También observé la escasa vegetación en la parte baja de las laderas; allí los hombres habían talado los bosques y serrado los árboles para apuntalar las minas de Comstock.

Tras una parada en Carson City, el tren prosiguió petardeando alrededor de la montaña, subiendo paulatinamente curva tras curva y túnel tras túnel, chapado de zinc ennegrecido en profundo contraste con las chispas que salían de las chimeneas, avanzando tan lentamente que se podía bajar de los vagones y andar a su lado. Subíamos hacia Mount Davidson, Virginia City y la Veta de Comstock. La montaña estaba plagada de madrigueras de coyote y chozas desvencijadas.

Bajé del vagón en la estación subterránea de la ciudad, y pude distinguir el tenue y peculiar golpeteo de las acerías y plantas de estampación.

Unos cuantos vagos, una mujer con chal y un niño enfermizo cogido de la mano, y un indio cubierto con manta y el rostro más oscuro que el barro, observaban en pie a los pasajeros que bajaban del tren. Escalé la colina por la ladera en sombra de la montaña. La mochila me golpeaba el muslo mientras recorría C Street; había salones y tiendas a ambos lados de la calle, con porches cubiertos de madera que parecían precisar de algún arreglo. Virginia City no era una comunidad muy animada.

En el Hotel International, donde las escupideras relucían entre palmeras en macetas sobre alfombras desgastadas, el jaleo de las estampadoras, más que oírse, podía sentirse a través de las suelas de los zapatos. Reservé una habitación en la segunda planta. No parecía haber ningún otro huésped alojado. Cuando abrí la ventana de mi habitación con vistas a C Street y a un barranco con depósitos marrones de tierra y relave de mineral, el golpeteo de las fábricas de estampación de metal volvió a oírse aún más fuerte.

Un carromato, tirado por un caballo agotado de color gris y un apático conductor, me llevó a mí y a un minero con camisa roja y una pierna lisiada hacia el extremo norte de C Street, donde me habían indicado que estaba la Consolidated-Ohio, propietaria de la Jota de Picas. Desde una carretera llena de baches, observé más abajo un ramal de vía donde había algunos vagones de plataforma cargados de leños y un grupo de edificios de madera con techos de chapa ondulada salpicada de manchas de óxido. Todos los edificios estaban agrupados alrededor de una construcción de dos alturas, con aljibes, escaleras de mano y chimeneas sin humo en el techo. A través de unas ventanas altas se vislumbraban hileras de maquinaria polvorienta. Sobre la sección más alta de este edificio principal aún se podían leer las siguientes borrosas palabras: Consolidated-Ohio. La Con-Ohio, efectivamente, parecía clausurada.

Mientras recorría la carretera hacia la mina, un hombre con barba y una gorra de revisor con rejilla en los laterales, salió de un cobertizo y se apoyó en su muleta observando mi llegada; otro lisiado.

– Esto está cerrado, amigo -dijo cuando llegué a su lado.

– Sólo quería echar un vistazo a la famosa mina Jota de Picas -dije.

– No hay nada que ver. Cerrado. Yo sólo estoy aquí para que nadie que pase piense que no hay nadie aquí.

– ¿Qué parte es la Jota de Picas? -pregunté.

– La Jota de Picas es aquel pozo más cercano, por ahí -dijo barriendo el aire con el brazo.

– Busco información -dije.

– Oiga, amigo, si quiere información sobre lo que sea acerca de este lugar muerto sólo tiene que hablar con el señor Devers. Es el redactor del Sentinel.

– ¿Y usted no me dejaría echar una miradita por un dólar?

Se pasó la lengua por los labios. Tenía unas gruesas patillas que le sobresalían de la cara como plumas plateadas. Se quitó la gorra y se rascó con los dedos un nudo de pelo mate.

– No puedo hacer eso, señor. Váyase, ahora.

– Estoy interesado en Nat McNair y su señora -dije.

– Esos ya no tienen nada que ver con la Con-Ohio. De todas formas, él ya está muerto ¿no es así? -dirigió su mirada por encima de mi cabeza-. ¡Oh, oh! -masculló.

Un hombre se aproximaba a zancadas desde una puerta abierta del edificio principal. Tenía cabello y barba negra, e iba ataviado con traje y botas igualmente negras. Se acercaba gesticulante y no parecían ser gestos amistosos. Pensé que iba a embestirme, pero se detuvo a treinta centímetros de mí. Mirándome a los ojos, le habló al lisiado:

– ¿Quién es éste, Phelps?

– Dice que está interesado en la Jota de Picas, Mayor.

– Dígale que nos complacerá sumamente ver cómo se alejan los faldones de su abrigo, si es tan amable.

– Será mejor que se vaya, amigo.

– Estoy interesado en los McNair -dije, dirigiéndome al hombre más joven.

– Sácalo de aquí, Phelps -dijo el Mayor mirándome fijamente. Tenía las mejillas tan rojas como manzanas. Dio media vuelta y lentamente volvió a entrar por la puerta abierta.

Phelps me hizo una señal.

El coche de línea parecía haber terminado su ronda, así que tuve que regresar andando a la ciudad.


Encontré al redactor Devers, la fuente de información en Virginia City, en el salón frente al Hotel International. Estaba sentado en un taburete al final de la barra, en posición de jockey sobre un caballo veloz. Estaba recién afeitado y lucía un malsano color parduzco de piel. El traje oscuro que llevaba estaba arrugado, el cuello de la camisa sucio y parecía un redactor que hubiera contemplado mejores tiempos, tiempos que ya no esperaba volver a contemplar. Había una botella de Old Crow sobre la barra delante de él.

– Devers -dijo. Me miró a través del espejo de detrás de la barra, en lugar de mirarme a la cara-. Josephus P. Devers, sí señor. Herido en Second Manassas, me licencié y me vine al Oeste. Fui testigo de la época dorada de Comstock. Ahora este sitio está muerto. Las minas están cerrando. Dejan que se inunden de agua. La Con-Ohio ha sido cerrada. La Ophir también. Sólo se publican tasaciones y embargos en el Sentinel en estos tiempos. Dicen que han inventado nuevos métodos de reprocesar el mineral de baja calidad de los relaves, pero no se está haciendo nada aún.

Asintió mirándome por el espejo.

– Ya se hará, Josey -le consoló el barman. El negó con la cabeza.

Siguió sacudiéndola largo rato. Yo dije que era amigo del joven Beaumont McNair y contuve la respiración.

En esta ocasión, se volvió hacia mí para mirarme a los ojos. Sus clientes y el blanco de los ojos eran de la misma tonalidad amarillenta.

– McNair -dijo él.

– El millonario de Comstock. Su padre, quiero decir.

– Oh, sí.

– Se casó con una mujer de aquí llamada Carrie.

Se hizo el silencio. Tuve la sensación de haber errado el tiro, y luego de haber golpeado al menos una vez.

– La Jota de Picas -dije.

– Oh, sí -volvió a mirarme en el espejo.

– Tengo entendido que la madre de Beau McNair ya no es propietaria de la Consolidated-Ohio -comenté.

Asintió con parsimonia.

– La vendió y la cerraron. Sí, cualquiera con dos dedos de frente está abandonando el lugar. Oh, yo he sido testigo de los buenos tiempos, pero ya todo ha terminado.

– He oído que la Jota de Picas fue una de las primeras minas -dije.

Asintiendo, Devers dijo:

– Nat McNair se hizo con el control en 1864, creo. Tuvo algunas disputas con la gente del Banco… Ralston y Sharon y los otros. Luego los Reyes de la Plata entraron en el juego. Flood, O'Brien, Fair y Mackay. En 1875 el Banco de California se fue a pique. ¡Justo a tiempo para las Grandes Bonanzas! Fue en esos momentos cuando McNair hizo su fortuna. Compró la Peterkin y Ohio, situadas junto a la Jota de Picas, formando el Consolidated-Ohio. Encontró una enorme veta de mineral. Pero no hizo su fortuna extrayendo plata del subsuelo, la hizo especulando con las acciones. Todos los Reyes de la Plata lo hicieron -levantó un dedo hacia mí-. Se sacaba más dinero inflando el valor de las acciones que extrayendo mineral del suelo. ¡Incluso teníamos nuestra propia Bolsa de valores aquí mismo! No estaban interesados en la minería, sino en el juego de póquer amañado que ellos mismos habían creado. ¡Ésa es la tragedia de la Veta de Comstock!

– Bueno, la señora McNair es ahora Lady Caroline Stearns -apostillé.

– Esa dama es una de las maravillas del mundo -dijo Devers.

Comenté que había oído algo sobre un club de picas, una Sociedad de Picas.

– ¿Podría tratarse del grupo de inversores que compraron acciones de la Jota de Picas? -pregunté.

Asintió durante un largo rato. Vertió más whisky en su vaso antes de farfullar la respuesta.

– La Sociedad de Picas la formaban Nat McNair, Highgrade Carrie… Caroline LaPlante, ése era su verdadero nombre.

– Una madame.

– ¡Una dama exquisita! El Ángel de los mineros la llamaban algunos.

Devers propulsó la barbilla hacia delante como si quisiera clavármela, por lo que deduje que había dado en el blanco por segunda vez. A continuación, su frente se arrugó pensativa.

– Al Gorton. E. O. Macomber. Y alguno más.

– ¿Elza Klosters? -pregunté.

Devers negó con la cabeza.

– No, Elza trabajaba para Nat McNair. Su sicario. Más tarde fue uno de los ayudantes de sheriff que participó en aquel tiroteo de Mussel Slough, si no me falla la memoria.

¡De nuevo el Ferrocarril volvía a aparecer!

– Al Gorton está muerto -añadió-. Asesinado en San Francisco.

– ¿Aporreado tal vez?

Volvió su rostro hacia mí bruscamente.

– Vaya, creo que fue así como murió -dijo-. ¿Conocía usted a Al?

– Creo que Beau me mencionó algo.

– Creo que tengo un daguerrotipo del grupo en los archivos -informó.

– Estaría sumamente interesado en verlo.

– Pásese mañana por la mañana. No estoy muy ocupado últimamente. Nos encontrará en B Street.

– Lo que no tengo claro es cómo McNair terminó haciéndose con el control de la Jota de Picas.

– Como ya le dije antes. Se consigue una buena posición accionarial y entonces se pueden requerir nuevas tasaciones de las acciones hasta lograr expulsar a los inversores más débiles. Así era como los Reyes de la Plata conseguían hacerse con el control. McNair fue uno de los peores. Aunque Will Sharon era el peor de todos, sin ánimo de ofender a su amigo, compréndame.

– Así que la madre de Beau se salió de la Consolidated-Ohio.

– Sí, hace dieciocho meses. Escuche: entre 1871 y 1881 la Comstock generó alrededor de 320 millones de dólares y pagó a sus socios 147 millones en dividendos. El año pasado no se pagaron muchos dividendos, y este año mi periódico no hace más que publicar avisos de tasaciones. Ya no hay muchos accionistas que paguen tasaciones, eso se lo aseguro.

– ¿Se la vendió a un hombre al que llaman Mayor?

– El Mayor Copley -confirmó Devers-. Él sólo es el supervisor del grupo que la compró -se echó un poco más de whisky.

Devers languidecía y se encorvaba cada vez más sobre el taburete. Ya no volvió a mirarme directamente y se limitaba a echarme ojeadas a través del espejo con los ojos entrecerrados. Finalmente, el barman dijo:

– ¿No es hora de irse a casa, Josey?

– Casa -farfulló Devers.

– ¿Dónde está Jimmy Fairleigh? -preguntó el barman.

– ¡Eh Jimmy! -gritó uno de los parroquianos, y un puñado de ellos comenzó a reír y gritar-. ¡Jimmy! ¡Eh, Jimmy Fairleigh!

Apareció un hombrecillo con una gorra de tela y un ceñido y diminuto traje con una chaqueta que cubría su enorme trasero. Era un enano, con una enorme cabeza y feo rostro en el que se combinaba una curiosa mezcla de vejez y juventud. Se puso delante de Devers y dijo:

– ¡Hora de irnos a casa, señor Devers!

Devers se deslizó de su asiento y, apoyándose en el hombrecillo y pisando con cuidado, como si atravesase terreno inestable, se dirigió a la salida y desapareció.

– ¿Hace eso todas las noches? -pregunté al barman, el cual estaba limpiando con un trapo la zona de la barra en la que Devers había estado sentado.

– Todas las noches excepto los domingos -contestó.

– No debe de estar en muy buenas condiciones por la mañana -dije.

– En absoluto, mañana por la mañana estará como un clavo sentado frente a su escritorio, con la frente bien alta -respondió el barman.

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