Si Carl había dudado alguna vez de la palabra de Rose, desde luego ya no la ponía en duda. Apenas se había permitido alzar su voz cansada contra el interminable proyecto que tenía Rose de descodificar el mensaje de la botella, cuando ella abrió muchísimo los ojos y le soltó que joder, que estaba hasta los ovarios y que se metiera por el culo los cascos de la condenada botella.
Para cuando fue a protestar, Rose se había echado el bolso al hombro y se había largado. Hasta Assad se asustó, y se quedó un rato paralizado con los dientes hincados en un cuarto de pomelo.
Se quedaron un rato en silencio.
– A ver si ahora nos manda a su hermana, o sea -se oyó en cámara lenta, mientras el pedazo de pomelo caía con pesadez en la mano de Assad.
– ¿Dónde está tu alfombra de rezar? -gruñó Carl-. Reza para que no ocurra, a ver si hay potra.
– ¿A ver si hay…?
– A ver si hay suerte, Assad.
Carl señaló con la cabeza hacia el gigantesco mensaje.
– Vamos a quitar el mensaje de la puerta, ahora que ella no está.
– ¿Vamos?
Carl hizo un gesto de aprobación con la cabeza.
– Tienes razón, Assad. ¿Puedes bajarlo de ahí y colgarlo junto a ese sistema que has hecho con cordeles? Pero deja un par de metros de separación, ¿vale?
Se quedó un rato observando con cierto recogimiento el mensaje original de la botella. Pese a que para entonces había pasado por muchas manos, y no todos habían tenido la misma actitud hacia el carácter de prueba que tenía el material, ni se le pasó por la cabeza dejar de ponerse sus guantes de algodón.
El papel se quebraba con facilidad. Y cuando se estaba a solas con él en la mano, como lo estaba él, se sentía algo muy especial. Marcus lo llamaba sensación nasal, el viejo Bak lo llamaba Spitzgefühl, su casi ex lo llamaba intuición acentuando mucho la u. Pero no importaba cómo coño se llamara, el caso es que aquel texto breve le escocía por dentro. Su autenticidad saltaba a la vista. Hecho con prisas. Seguramente sobre una mala base. Escrito con sangre y con un utensilio de escritura desconocido. ¿Podría haber sido una pluma mojada en sangre? No, era imposible. Los trazos eran incontrolados. A veces parecía que habían apretado demasiado, otras demasiado poco. Sacó la lupa y trató de hacerse una idea de las depresiones e irregularidades, pero el documento estaba muy deteriorado. Donde antes había depresiones la humedad podía haberlas alisado, y al revés.
Vio ante sí el rostro pensativo de Rose y dejó a un lado el mensaje. Cuando ella volviera al día siguiente iba a decirle que se tomara la semana para trabajar en él. Después tendrían que seguir con otras cosas.
Estuvo pensando en pedir a Assad que le preparase uno de sus brebajes almibarados, pero dedujo por los gruñidos procedentes del pasillo que aún no había terminado de refunfuñar por tener que andar subiendo y bajando por la escalera y moviéndola cada dos por tres. Quizá debiera decirle que había una escalera igual en un armario de la Asociación Funeraria de la Policía, pero, hablando en plata, no le dio la gana. De todas formas iba a terminar el traslado en una hora, más o menos.
Carl miró el viejo expediente del incendio de Rødovre. Después de volver a leerlo una vez más tendría que enviar la carpeta al inspector jefe de Homicidios, para que la archivara en la montaña de expedientes que se acumulaban en su escritorio.
El caso se refería a un incendio ocurrido en Rødovre en 1995. Un tejado recién renovado de una blanca mansión señorial de Damhusdalen se partió de pronto en dos, y las llamas devoraron el piso superior en unos pocos segundos. En el lugar del incendio encontraron un cadáver. El dueño de la casa no conocía al difunto, pero un par de vecinos confirmaron que habían visto luz en las ventanas del techo durante toda la noche. Como no pudieron identificar el cadáver, se concluyó que sería un mendigo que se había descuidado con el gas en la cocina. Pero cuando la empresa abastecedora de gas informó de que la casa tenía cortado el suministro, el caso se trasladó a la Brigada de Homicidios de Rødovre, donde se quedó almacenando polvo en el fondo de los armarios archivadores hasta el día que se creó el Departamento Q. También allí podría haber llevado una existencia igual de inadvertida si no hubiera sido porque Assad se fijó en la falange del dedo meñique de la mano izquierda del cadáver.
Carl agarró el teléfono y tecleó el número del inspector jefe, pero desgraciadamente la voz que oyó fue la de la señora Sørensen, que lo ponía melancólico.
– Solo una cosa, Sørensen -empezó-, ¿cuántos casos…?
– Vaya, el hombre del saco. Te pongo con alguien a quien no des dentera.
Un día de aquellos Carl iba a regalarle un exótico animal venenoso.
– Dime, vida -se oyó la voz sinuosa de Lis.
Menos mal. Así que la señora Sørensen conocía la compasión.
– ¿Puedes decirme en cuántos de los últimos casos de incendio hemos conocido la identidad de las víctimas?
– ¿Los últimos, dices? Ha habido tres, y solo sabemos la identidad de una de las víctimas, y tampoco es seguro.
– ¿No es seguro?
– Bueno, tenemos un nombre de pila de una medalla que llevaba puesta, pero no sabemos quién es. Podría ser de otro.
– Hmm. Dime otra vez dónde fueron los incendios.
– ¿No has leído los expedientes?
– Más o menos -contestó, y resopló con fuerza-. Hemos encontrado uno en Rødovre en 1995. ¿Y vosotros…?
– Uno el sábado pasado en Stockholmsgade, uno al día siguiente en Emdrup y el último en el noroeste.
– Stockholmsgade, suena elegante. ¿Sabes cuál de los edificios ha salido mejor parado?
– El del noroeste, creo. Está en Dortheavej.
– ¿Se ha descubierto alguna conexión entre los incendios? ¿Propietarios? ¿Renovaciones? ¿Vecinos que vieran la luz encendida toda la noche? ¿Vínculos terroristas?
– Que yo sepa, no. Pero hay varios agentes en ello, pregunta a alguno.
– Gracias, Lis. Aunque, a fin de cuentas, no es mi caso.
Le dio las gracias con voz grave, esperando causar impresión, y después volvió a dejar la carpeta sobre la mesa. Estaba pensando que lo debían de tener controlado cuando oyó voces en el pasillo. Seguro que había vuelto aquel puntilloso chupatintas de la Inspección de Trabajo para quejarse un poco más de las condiciones de seguridad en el trabajo.
– Pues sí, entonces, está dentro -oyó que graznaba la traicionera voz de Assad.
Carl miró fijamente a una mosca que se abría paso por la estancia. Si calculaba bien el momento, podría chafarla en la jeta del tipo.
Se colocó frente a la puerta con la carpeta de Rødovre preparada para golpear.
Entonces apareció un rostro que no conocía.
– Hola -saludó, adelantando la mano-. Me llamo Yding. Subcomisario de policía del distrito Oeste. Ya sabes, de Albertslund.
Carl movió la cabeza arriba y abajo.
– ¿Yding? ¿Qué es, nombre o apellido?
El hombre sonrió al oírlo. A lo mejor no lo sabía ni él.
– Vengo en relación con los incendios de los últimos días. Ayudé a Antonsen en la investigación de Rødovre de 1995. Marcus Jacobsen quiere tener un informe verbal y ha dicho que hablara contigo, para que me presentaras a tu asistente.
Carl respiró aliviado.
– Acabas de hablar con él. Es el que está subido a la escalera.
Yding se frotó los ojos.
– ¿El de ahí fuera?
– Sí, ¿no te vale? Pues sacó el título de asesor policial en Nueva York, y ha hecho un curso de especialista en Scotland Yard como analista de ADN de imágenes.
Yding se tragó la bola y asintió respetuoso con la cabeza.
– ¡Assad, ven un momento! -gritó Carl mientras atosigaba a la mosca con la carpeta.
Hizo las presentaciones entre Yding y Assad.
– ¿Has terminado el traslado? -preguntó.
Los párpados de Assad parecían terriblemente pesados. Era suficiente respuesta.
– Marcus Jacobsen me ha dicho que el expediente original de Rødovre estaba aquí -explicó Yding, tendiendo la mano-. Que tú me dirías dónde.
Assad levantó el dedo índice hacia la mano de Carl en el momento en que este tenía la carpeta en el aire.
– Está ahí -informó Assad-. ¿Alguna cosa más?
Aquel día no estaba para bromas. Lo de Rose era una auténtica putada.
– El inspector jefe de Homicidios acaba de preguntarme por una cosa que no recuerdo bien. ¿Puedo echar un vistazo a los informes?
– Sí, hombre -lo invitó Carl-. Tenemos trabajo, así que tendrás que disculparnos.
Se llevó a Assad al otro lado del pasillo y se sentó en la mesa de su ayudante, bajo una preciosa reproducción de ruinas de color arena. Ponía «Rasafa», fuera lo que fuese.
– ¿Tienes algo en el puchero, Assad? -preguntó, señalando el samovar.
– Puedes tomar la última taza, Carl. Haré más para mí.
Sonrió. Sus ojos decían jódete.
– En cuanto se vaya el tipo, tú y yo vamos a salir a dar una vuelta.
– ¿Adónde?
– Al noroeste, a ver una casa casi destruida por el fuego.
– Pero no es nuestro caso, Carl. Los demás van a cabrearse, o sea.
– Sí, bueno, puede que al principio. Pero ya se les pasará.
Assad no parecía convencido. Después su expresión cambió.
– He descubierto otra letra en la pared -comunicó-. Y tengo, entonces, una mala sospecha.
– ¡Vaya! ¿Y…?
– No voy a decirlo. Te vas a reír.
Parecía la noticia alegre del día.
– Gracias -dijo Yding desde la puerta entreabierta, con la mirada fija en la taza decorada con elefantes saltarines de la que bebía Carl-. Me llevo esto un momento donde Jacobsen, ¿vale?
Les enseñó un par de informes, y ambos hicieron un gesto afirmativo.
– Ah, por cierto, tengo que daros recuerdos de un conocido. Lo he visto antes en la cantina. Es Laursen, el de la Científica.
– ¿Tomas Laursen?
– Sí.
Carl arrugó el entrecejo.
– Pero si ganó diez millones en la loto y dejó el trabajo. Siempre decía que estaba hasta el gorro de tantos muertos. ¿Qué hace aquí? ¿Ha vuelto a vestirse el mono?
– Por desgracia, no, aunque a la Policía Científica no le habría venido mal. Lo único que se ha puesto es un delantal. Trabaja en la cantina.
– No me jodas.
Carl vio ante sí al macizo jugador de rugby. Le costaba trabajo imaginárselo con un delantal de cocina.
– ¿Qué ha pasado? Había invertido en todo tipo de empresas.
Yding asintió con la cabeza.
– Exacto. Y ahora todo se ha esfumado. Es una pena.
Carl sacudió la cabeza. Valiente recompensa por haber intentado actuar con sensatez. Menos mal que él no tenía un céntimo.
– ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
– Dice que un mes. ¿Nunca subes a la cantina?
– No, ni de coña. Hay diez mil escaleras hasta la cocina de campaña. Ya te habrás dado cuenta de que el ascensor no funciona.
Eran incontables las ocupaciones e instituciones que albergaron los seiscientos metros de Dortheavej a lo largo de los años. Ahora había allí un centro de acogida, un estudio de grabación, una autoescuela, una casa de cultura, asociaciones étnicas y muchas cosas más. Un viejo barrio industrial que a primera vista nada podía borrar; a menos que ardiera, como el almacén de K. Frandsen Mayorista.
El desescombro del patio exterior estaba casi terminado, no así el trabajo de los investigadores. Varios compañeros le negaron el saludo, qué se le va a hacer. Carl lo interpretó como envidia, aunque sería el único que lo hiciera. Le importaba un bledo.
Se plantó en medio del patio frente a la entrada de K. Frandsen y su mirada describió una panorámica de los estragos. No era ninguna construcción digna de guardar, pero la verja galvanizada era nueva. Un contraste llamativo.
– Ya he visto casas así en Siria, Carl. Cuando el horno de petróleo se calentaba demasiado… ¡bum! -explicó Assad mientras giraba los brazos como aspas de molino para ilustrar la detonación.
Carl dirigió la mirada al primer piso. Parecía como si el techo se hubiera alzado y después hubiera vuelto a caer en su sitio. Había gruesos trazos de hollín debajo del alero y hasta media altura de las placas de uralita. Las ventanas Velux estaban destrozadas.
– Sí, debió de ocurrir muy rápido -aventuró, mientras se preguntaba por qué la gente deseaba vivir en un sitio tan abandonado de la mano de Dios y falto de encanto. Tal vez fuera esa la palabra clave. Tal vez no fuera un acto voluntario.
– Carl Mørck, del Departamento Q -se presentó cuando uno de los jóvenes policías pasó a su lado-. ¿Podemos subir a echar un vistazo? ¿Han terminado los peritos?
El tipo se encogió de hombros.
– Aquí no vamos a terminar hasta que lo hayan demolido todo -replicó-. Pero andad con cuidado. Hemos colocado planchas en el suelo para no caer, pero no es ninguna garantía.
– ¿K. Frandsen Mayorista? ¿Qué importaban, entonces? -le preguntó Assad.
– Todo tipo de material para imprenta. Es una empresa legal -informó el agente de policía-. No sabían que viviera nadie en el desván, así que los empleados estaban conmocionados. Tuvieron suerte de que no se quemara todo.
Carl asintió en silencio. Ese tipo de actividades debían ubicarse a menos de seiscientos metros de un cuartel de bomberos, como en aquel caso. Menuda suerte tuvieron de que el cuerpo de bomberos local sobreviviera a la ridícula reestructuración impuesta por la Unión Europea.
El primer piso estaba calcinado, tal como esperaban. Las planchas de aglomerado de las paredes colgaban en jirones; los tabiques parecían chapiteles desmochados, igual que los cimientos de la Zona Cero. Un mundo de destrucción, tiznado de hollín.
– ¿Dónde estaba el cadáver? -preguntó Carl a un hombre mayor que se presentó como perito de incendios de la compañía de seguros.
El hombre señaló una mancha en el suelo que atestiguaba con claridad dónde había estado.
– Hubo dos explosiones potentes que llegaron en dos tandas casi seguidas -explicó-. La primera provocó el incendio, y la segunda absorbió el oxígeno, apagando así el fuego.
– O sea que ¿no fue un incendio en el sentido habitual, en el que el monóxido de carbono mató a la víctima? -preguntó Carl.
– No.
– ¿Crees que el hombre quedó sin sentido con la primera detonación y después se quemó poco a poco?
– No lo sé. Queda tan poco del cadáver que es difícil saberlo. Apenas se encuentran restos de vías respiratorias en un cadáver como este, y por eso no podemos decir nada sobre la concentración de hollín en pulmones y tráquea -observó, sacudiendo la cabeza-. Resulta difícil creer que el cadáver pudiera quedar tan maltrecho en tan poco tiempo. También se lo dije a tus compañeros de Emdrup el otro día.
– ¿A saber…?
– Pues que creía que el incendio estaba organizado de tal modo que debía ocultar que la víctima murió de hecho en otro incendio que no tenía nada que ver con aquel.
– O sea, que crees que han traído hasta aquí el cadáver. ¿Y qué te dijeron ellos?
– Bueno, creo que estuvieron de acuerdo conmigo en todo.
– Así que ¿es un asesinato? Matan a un hombre, lo queman y después lo llevan al lugar de otro incendio.
– Sí, claro que no sabemos si a la víctima la habían asesinado la primera vez. Pero sí, en mi opinión es muy probable que hayan cambiado el cadáver de sitio. No entiendo que un incendio tan corto en el tiempo, por muy violento que haya sido, pueda quemar un cadáver hasta reducirlo a un esqueleto.
– ¿Has estado en las otras casas quemadas? -preguntó Assad.
– Podría haber estado, porque trabajo para varias aseguradoras, pero no, fue un colega mío quien estuvo en Stockholmsgade.
– Los demás incendios ¿se produjeron en el mismo tipo de local que este? -preguntó Carl.
– No, solo tenían en común que todos estaban vacíos. Por eso era natural pensar que las víctimas eran gente sin hogar.
– ¿Crees que todos los incendios han sido iguales? Es decir, ¿colocaron a todos los muertos en un local vacío y volvieron a quemarlos? -se interesó Assad.
El hombre de la aseguradora dirigió a aquel extraño agente una mirada sosegada.
– Creo que en muchos aspectos puede suponerse que sí.
Carl alzó la vista y observó las ennegrecidas vigas del techo.
– Tengo dos preguntas para ti; después te dejaremos en paz.
– Adelante.
– ¿Por qué dos explosiones? ¿Por qué no dejar que se quemara todo rápidamente? ¿Tienes alguna idea?
– Lo único que se me ocurre es que el incendiario quería controlar los daños.
– Gracias. La otra pregunta es si podemos telefonearte en caso de tener más preguntas.
El hombre sonrió y buscó su tarjeta de visita.
– Por supuesto. Me llamo Torben Christensen.
Carl buscó en vano una tarjeta en el bolsillo, aunque ya sabía que no tenía ninguna. Un quehacer más para Rose cuando volviera.
– No lo entiendo -admitió Assad, que estaba junto a ellos, haciendo rayas en el hollín de la pared abuhardillada. Estaba claro que era de los que cuando tienen un poco de pintura en el dedo son capaces de extenderla por todas partes. Desde luego, en aquel momento llevaba hollín suficiente en el rostro y en la ropa como para cubrir una mesa de tamaño mediano-. No entiendo qué puede significar eso de lo que habláis. Debe haber una conexión, entonces. Entre eso del anillo en el dedo o el dedo que ya no está, y los muertos y los incendios y todo eso.
Después se volvió de pronto hacia el perito de la aseguradora.
– ¿Cuánto dinero pide la empresa, o sea, por esto? Vamos, que la casa es vieja, está hecha un cristo.
El perito frunció las cejas. La idea de fraude estaba servida, pero él no estaba necesariamente de acuerdo.
– Sí, el edificio está deteriorado, pero aun así hay que dar una compensación a la empresa. Se trata de un seguro contra incendios. No de un seguro contra hongos y podredumbre.
– ¿Entonces, cuánto?
– Bueno, yo diría que unas setecientas, ochocientas mil coronas.
Assad soltó un silbido.
– ¿Van a construir algo nuevo sobre el piso bajo dañado, entonces?
– Eso depende de la empresa asegurada.
– O sea, que podrían derrumbarlo todo si quieren.
– Pues sí.
Carl miró a Assad. Sí, se le había ocurrido algo.
Camino del coche, a Carl le dio la sensación de que en la siguiente curva iban a adelantar por la derecha a sus adversarios, y esta vez no iban a ser unos delincuentes, sino la Brigada de Homicidios.
Vaya triunfo si consiguieran tomarles la delantera.
Carl hizo un gesto reservado de saludo a los compañeros que seguían en el patio exterior. No tenía ganas de hablarles.
Que se las arreglaran para averiguar lo que deseaban saber.
Assad frenó un segundo junto al coche patrulla y se quedó leyendo un cartel escrito con letras verdes, blancas, negras y rojas, pegado en una pared pulcramente encalada.
«Israel fuera de la franja de Gazza. Palestina para los palestinos», ponía.
– No saben escribir -sentenció, y subió al coche.
¿Y tú sí?, pensó Carl. Hay que joderse.
Carl puso el motor en marcha y miró a su asistente, que tenía la mirada clavada en el cartel de la esquina. Parecía estar muy lejos de allí.
– ¡Eh, Assad! ¿Dónde estás?
Assad siguió mirando impertérrito.
– Estoy aquí, Carl -le aseguró.
Durante el trayecto a Jefatura no cruzaron palabra.