Capítulo 52

Por extraño que parezca, Carl no tenía miedo. No porque dudara de que el hombre ante él estuviera lo bastante loco para matarlo sin contemplaciones, sino porque todo parecía muy pacífico. Las nubes, que se deslizaban por el cielo ocultando la luna, el suave chapoteo del agua y las fragancias. Incluso el ronroneante generador a su espalda tenía un efecto tranquilizador, cosa bastante asombrosa.

A lo mejor era por el golpe de antes, cuyo efecto perduraba. Al menos, sentía unas terribles palpitaciones en la cabeza que ahogaban el dolor de hombro y brazo.

El chico volvió a golpear la puerta que tenía detrás. Esta vez con más fuerza aún que antes.

Miró al hombre, que acababa de sacar el cuchillo del cinturón.

– Quieres saber cómo te hemos encontrado, ¿verdad? -le preguntó mientras notaba que las manos atadas por detrás no estaban tan insensibles como antes. Levantó la vista hacia la llovizna. Era la humedad la que había aflojado el cordel. Así que se trataba de dar largas.

La mirada del hombre era dura como la piedra, pero por un instante sus labios reaccionaron con un leve movimiento.

Sí, tenía razón. Si había algo que aquel cabrón deseaba conocer, era justo el cómo.

– Había un chico que se llamaba Poul. Poul Holt, ¿lo recuerdas? -preguntó, sumergiendo las cuerdas en el charco que se había formado bajo él. Después continuó, mientras sus manos seguían trabajando-. Era un chico algo especial.

Entonces Carl calló e hizo un gesto afirmativo con la cabeza. No tenía ninguna prisa con el relato. Aguantara o no aguantara el cordel, cuanto más se alargara, más tiempo vivirían. Sonrió para sí. Era un método de interrogatorio al revés. Qué irónico.

– ¿Qué pasa con ese Poul? -preguntó el hombre que tenía enfrente.

Carl rio. Los golpes del interior de la caseta eran más espaciados ahora, pero parecían más precisos.

– Hace mucho de eso, ¿verdad? ¿Lo recuerdas? La chica de ahí dentro ni había nacido. Claro que a lo mejor nunca piensas en tus víctimas. No, por supuesto que no. Claro que no.

En aquel momento, la expresión facial del hombre se transformó de tal modo que produjo escalofríos a Carl.

El hombre se puso en pie de un salto y apretó el cuchillo contra el cuello de Assad.

– Responde rápido y claro, si no vas a oírlo gargajear en su propia sangre, ¿entendido?

Carl asintió en silencio y tiró con violencia de las ligaduras. No había duda de que hablaba en serio.

El tipo se volvió hacia la caseta.

– Samuel, como sigas martilleando, vas a sufrir antes de morir. ¡Créeme! -gritó.

Por un segundo cesaron los golpes. Se oía a la niña llorar dentro. Luego, los golpes reanudaron.

– Poul echó al agua un mensaje en una botella. Deberías haber elegido otro lugar para encerrar a la gente, no una casa colgando sobre el agua -advirtió Carl.

El hombre arrugó el entrecejo. ¿Un mensaje en una botella?

Las ligaduras se habían aflojado. Una de las vueltas estaba suelta.

– La pescaron en Escocia hace varios años, y al final ha terminado sobre mi mesa -continuó mientras retorcía las muñecas.

– Qué mala suerte -comentó el hombre, pero seguía sin creérselo.

Era evidente qué pensaba. ¿Qué daño podía hacerle un mensaje en una botella? Ninguno de los niños encerrados en la caseta a lo largo del tiempo sabía dónde estaban encerrados. ¿Qué podía cambiar un mensaje en una botella?

Carl advirtió un pequeño tirón en la pierna de Assad.

Sigue tumbado, Assad. Sigue durmiendo. De todas formas, no puedes hacer nada, se dijo. Lo único que podía ayudarlos era que consiguiera aflojar las ligaduras lo bastante para liberarse. Y ni siquiera así el resultado era seguro. Ni mucho menos. El tipo que tenía delante era fuerte y sin escrúpulos, y llevaba en la mano un cuchillo largo y repulsivo. El golpe de la nuca seguro que había embotado sus reflejos. No había muchas esperanzas, no. Si hubiera llamado a los compañeros de Roskilde, habrían llegado por el sur y quizá hubiera habido una posibilidad. Pero los de Frederikssund, que era a quienes había llamado, no podrían llegar sin que los viera, en eso tenía razón el cabrón. Tan pronto como los coches de refuerzo pasaran por el puente los vería. No podían tardar más de dos minutos en aparecer, y entonces todo acabaría, lo sabía. Las ligaduras seguían estando demasiado prietas.

– Lárgate, Claus Larsen, si es que puedo llamarte así. Todavía puedes huir -continuó Carl, mientras los golpes contra la puerta de la caseta de botes arreciaban.

– Tienes razón, no me llamo Claus Larsen -reconoció, y siguió en pie junto al cuerpo inerte de Assad-. No tenéis ni idea de cómo me llamo. Creo que tú y tu colega habéis venido solos. ¿Por qué habría de largarme? ¿Por qué crees que os tengo miedo?

– Te llames como te llames, lárgate. Aún estás a tiempo. Huye y cambia de vida. Te buscaremos, pero tal vez puedas transformarte mientras tanto, ¿verdad?

Otro de los nudos se aflojó.

Miró al hombre a los ojos y vio reflejos de luces azules en su ropa. Los coches de refuerzo estaban cruzando el fiordo. Aquello era el fin.

Carl enderezó la espalda y recogió las piernas cuando el hombre alzó la cabeza y miró a la luz azul, que hacía que todo el paisaje vibrara. Luego levantó el cuchillo sobre el cuerpo indefenso de Assad. En ese mismo instante, Carl se echó hacia delante y dio un cabezazo contra la pierna del tipo. Este cayó, todavía con el cuchillo en la mano, se la llevó a la cadera y miró a Carl con una expresión que le hizo pensar en un fin inminente.

Entonces los nudos se soltaron.

Carl se sacudió las ligaduras de encima y abrió los brazos. Dos brazos contra el cuchillo del tipo. ¿De qué iban a valerle? Notó lo aturdido que estaba. Por mucho que quisiera, no podía escapar. Por mucho que lo atrajera la llave inglesa del suelo del cobertizo, no podía coordinar bien sus movimientos. Era como si cuanto lo rodeaba se contrajera y expandiera a la vez.

Dio un par de pasos vacilantes hacia atrás mientras el hombre se ponía en pie apuntándolo con el cuchillo. Empezó a sentir el bombeo del corazón y las palpitaciones en las sienes. Por un instante, vio ante sí los bonitos ojos de Mona.

Apoyó bien los pies en el suelo. El sendero del jardín estaba resbaladizo, volvió a notar la papilla de babosas pegándose a sus zapatos. Luego se quedó esperando.

Los reflejos de los destellos azules del puente ya no se veían. Dentro de cinco minutos llegarían los coches patrulla. Si podía aguantar un momento, tal vez pudiera salvar la vida de los niños.

Alzó la vista hacia las ramas de los árboles que colgaban sobre el sendero. Si pudiera alcanzarlas y colgarse de ellas, pensó, mientras retrocedía otro paso.

Entonces el hombre se abalanzó con la hoja del cuchillo dirigida al pecho de Carl y la rabia pintada en el rostro.

Fue un pie menudo, un cuarenta a lo sumo, el que lo derribó.

La corta pierna de Assad hizo cabrillas sobre la masa de babosas y acertó en el tobillo del atacante. Aunque no cayó, luego resbaló, descalzo, en la sustancia escurridiza. Se oyó un chasquido al chocar su mejilla contra las baldosas, y Carl avanzó a tientas y le pateó el vientre hasta que soltó el cuchillo.

Carl lo asió, levantó al hombre con dificultad y lo miró directo a los ojos mientras apretaba el cuchillo contra su yugular. A sus espaldas, Assad quiso incorporarse sobre un costado, pero empezó a vomitar y volvió a caer. Una sarta de juramentos en árabe salió de su boca junto con algo de bilis. No sonaba muy piadoso. Así que tampoco estaba tan malherido.

– Puedes apretar -afirmó el hombre-. De todas formas, no quiero volver a verte la jeta.

De pronto se echó hacia delante en un movimiento suicida, pero Carl se dio cuenta y retiró el cuchillo hacia sí tanto que la cuchillada fue superficial.

– Ya decía yo -dijo el tipo con desdén mientras la sangre manaba de su cuello mojado por la lluvia-. No vas a hacerlo. No te atreves.

Pero se equivocaba. Si volvía a hacer un ataque así, Carl no iba a retirar el cuchillo. La mirada nebulosa de Assad sería su testigo de que el hombre era culpable de su propia muerte. Que lo intentara. Un problema menos para el sistema judicial.

En aquel momento cesaron los golpes en la caseta.

Carl miró más allá de los hombros del tipo y vio que la puerta se abría como impulsada por un resorte.

Luego el cabrón ocupó todo su campo visual.

– No me has contado cómo me encontrasteis. Tendré que esperar al juicio para saberlo -se resignó-. ¿Qué has dicho que me caería? Quince años. Sobreviviré.

Echó la cabeza atrás y se puso a reír. Puede que en cualquier momento se arrojara contra el cuchillo. En ese caso, allá él.

Carl apretó los dedos en torno al mango, consciente de que iba a ser repugnante.

Entonces se oyó un ruido, como cuando se casca un huevo. Un ruido breve que hizo que el hombre cayera de rodillas y se volcara hacia un lado en silencio. Carl miró a Samuel, que estaba ante él con el martillo en la mano y el rostro surcado por el llanto. Había roto la cerradura desde dentro con el martillo. ¿Cómo diablos se había hecho con él?

Carl bajó la vista. Después soltó el cuchillo y se agachó sobre el hombre que yacía en el suelo, temblando. Todavía respiraba, pero no iba a durar mucho.

Había sido testigo de una ejecución. Un asesinato premeditado. Porque el hombre estaba reducido. El chico tenía que haberlo visto.

– Tira el martillo, Samuel -ordenó, y miró a Assad.

– Ha sido en defensa propia. ¿De acuerdo, Assad?

Assad echó la cabeza hacia atrás y sacó hacia delante el labio inferior.

Su respuesta llegó a sacudidas, mientras vomitaba.

– Bueno, siempre estamos de acuerdo, Carl. ¿Verdad?

Carl se inclinó sobre el hombre que yacía en las baldosas resbaladizas, con los ojos desmesuradamente abiertos y la boca también abierta.

– Vete al infierno -dijo el hombre entre dientes.

– Tú sí que vas a ir al infierno -replicó Carl.

Entonces oyeron los refuerzos acercándose por el bosque.

– Si reconoces lo que has hecho, la muerte será más benigna -susurró Carl-. ¿A cuántos has matado?

El hombre pestañeó.

– A muchos.

– ¿A cuántos?

– A muchos.

Entonces fue como si su cuerpo se rindiera: la cabeza basculó a un lado y se pudo ver la terrible herida de la nuca. Eso y también la alargada cicatriz rojiza de la parte trasera de la oreja.

Se oyó un burbujeo procedente de su boca.

– ¿Dónde está Benjamin? -se apresuró a preguntar Carl.

Los párpados del hombre se fueron cerrando.

– Está con Eva.

– ¿Quién es Eva?

El hombre volvió a guiñar los ojos entreabiertos, esta vez con mayor lentitud.

– Mi fea hermana.

– Tienes que darme un nombre. Necesito un apellido. ¿Cómo te llamas de verdad?

– ¿Que cómo me llamo?

Entonces sonrió y dijo sus últimas palabras.

– Me llamo Chaplin.

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