Capítulo 18

En un viernes brumoso de marzo como aquel no hay gran cosa que decir de la carretera E-22, que atraviesa la región sueca de Escania. Aparte de las casas y los postes indicadores, podría haber sido un tramo entre Ringsted y Slagelse, en Dinamarca. Bastante llano, sobrecultivado, totalmente falto de interés.

Pero aun así había al menos cincuenta de sus compañeros de Jefatura a quienes les brillaban los ojos en cuanto la ese de Suecia pasaba por sus labios. Según ellos, todas las necesidades podían satisfacerse en cuanto la bandera azul y amarilla ondeaba en el paisaje. Carl miró por el parabrisas y sacudió la cabeza. Debía de faltarle un sentido, sería eso. Aquel gen especial que llevaba al júbilo en cuanto las palabras arándano, albóndigas y arenque salían a relucir.

El paisaje empezó a ser más variado y desigual cuando llegó a Blekinge. Algunos decían que a los dioses les temblaban las manos cuando separaron las piedras de la tierra y al fin llegaron a Blekinge. El paisaje era mucho más bonito a la vista, pero aun así… Muchos árboles, muchas piedras, mucho tiempo entre diversión y diversión. La Suecia de siempre.

No hay muchas tumbonas ni vermús, pensó cuando llegó a Hallabro y dio una vuelta por la habitual combinación de quiosco, estación de servicio y taller mecánico especializado en trabajos de chapa, antes de seguir por Gamla Kongavägen.

La casa lucía bien al crepúsculo, alzada sobre la ciudad. Una cerca de piedra marcaba los límites del terreno, y tres luces encendidas señalaban que la familia Holt no se había alarmado ni mucho menos por la llamada de Assad.

Llamó a la puerta con un aldabón maltrecho y no oyó ninguna actividad especial en el interior.

Joder, pensó. Es viernes. Los Testigos de Jehová ¿celebraban el sabbath? Sí, los judíos celebraban el sabbath los viernes, seguro que lo ponía en la Biblia, y los Testigos de Jehová seguían al pie de la letra lo que ponía en la Biblia.

Volvió a llamar. A lo mejor no le abrían porque lo tenían prohibido. El día de fiesta ¿estaría prohibido moverse? Y en tal caso, ¿qué podía hacer? ¿Echar la puerta abajo a patadas? No era una idea muy buena, allí todo el mundo tenía una escopeta de caza bajo el colchón.

Miró un rato alrededor. La ciudad estaba silenciosa y adormecida a aquella hora gris en que lo mejor que podía hacerse era poner los pies encima de la mesa sin pensar en el día que había pasado.

¿Dónde diablos habrá un sitio para dormir en este rincón del mundo?, estaba pensando cuando se encendió la luz del pasillo tras el cristal de la puerta.

Un chico de quince o dieciséis años asomó su rostro serio y pálido por la puerta entreabierta y lo miró sin decir palabra.

– Hola -saludó Carl-. ¿Están tu padre o tu madre en casa?

Entonces el chico se limitó a cerrar la puerta y echar el pestillo. Su rostro estaba en calma. Por lo visto ya sabía lo que debía hacer, y no estaba entre sus obligaciones invitar a pasar a gente desconocida.

Después transcurrieron unos minutos en los que Carl miró fijamente a la puerta. Algunas veces solía funcionar cuando eras lo bastante obstinado.

Un par de vecinos que paseaban bajo las farolas de la calle clavaron en él una mirada que decía «¿quién eres tú?». Sabuesos leales de la ciudad provinciana, siempre hay gente así.

Por fin apareció un rostro de hombre tras el cristal de la puerta, así que la táctica de quedarse esperando había vuelto a funcionar.

Era un rostro inexpresivo el que escudriñaba a Carl, como si hubiera estado esperando a una persona concreta.

Abrió la puerta.

– ¿Sí…? -dijo en sueco, y se quedó esperando a que Carl tomara la iniciativa.

Carl sacó la placa.

– Carl Mørck, del Departamento Q de Copenhague -se presentó-. ¿Es usted Martin Holt?

El hombre miró la placa con cara de pocos amigos y asintió con la cabeza.

– ¿Puedo pasar?

– ¿De qué se trata? -replicó el hombre con voz queda, en un danés impecable.

– ¿No podemos hablar de ello dentro?

– No creo -dijo el hombre. Retrocedió e hizo ademán de cerrar la puerta, pero Carl asió el pomo.

– Martin Holt, ¿puedo hablar un rato con su hijo Poul?

El hombre vaciló.

– No -dijo después-. No está aquí, así que es imposible.

– ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

– No lo sé.

Miró con fijeza a Carl. Con demasiada fijeza para no saberlo.

– ¿No tiene ninguna dirección de su hijo Poul?

– No. Y ahora me gustaría que nos dejara en paz. Tenemos clase de catequesis.

Carl enseñó su papel.

– Tengo aquí la lista del registro civil de los que habitaban en su casa de Græsted el 16 de febrero de 1996, cuando Poul dejó de asistir a la Escuela de Ingenieros. Como ve, aparecen usted, su mujer Laila y sus hijos Poul, Mikkeline y Tryggve, Ellen y Henrik.

Miró en la parte inferior de la hoja.

– Por los números de registro deduzco que sus hijos tendrán hoy, respectivamente, treinta y uno, veintiséis, veinticuatro, dieciséis y quince, ¿estoy en lo cierto? [1]

Martin Holt asintió en silencio y ahuyentó a un chico que miraba con curiosidad a Carl por encima de su hombro. El mismo chico de antes. Seguro que era el que se llamaba Henrik.

Carl siguió al chico con la vista. Tenía en la mirada esa expresión apagada de la gente a la que solo se le permite decidir cuándo hacer de vientre.

Carl levantó la vista hacia el hombre que parecía llevar con firmeza las riendas de la familia.

– Sabemos que Tryggve y Poul estuvieron juntos aquel día en la Escuela de Ingenieros, donde Poul fue visto por última vez -informó-. O sea que si Poul no vive en casa, ¿quizá pudiera hablar con Tryggve? ¿Solo un momento?

– No, no nos hablamos con él.

Lo dijo con total frialdad y voz neutra, si bien la lámpara de la puerta de entrada desveló la piel grisácea característica de quienes cargan con muchas responsabilidades. Demasiado que hacer, demasiadas decisiones y demasiadas pocas vivencias positivas. Tenía la piel grisácea y los ojos sin brillo. Y aquellos ojos fueron lo último que vio Carl antes de que el hombre cerrara dando un portazo.

Pasó un segundo, se apagó la luz de encima de la puerta y la del recibidor, pero Carl sabía que el hombre estaba al otro lado, esperando a que se marchara.

Carl dio unos pasos sin moverse, para que pareciera que estaba bajando los escalones.

En el mismo instante se oyó con claridad que el hombre del otro lado de la puerta empezaba a rezar.

«Refrena nuestra lengua, Señor, para que no digamos las palabras feas que son inciertas, las palabras ciertas que no son toda la verdad, toda la verdad cuando sea cruel. En nombre de Jesucristo», rezó en sueco.

Había dejado atrás hasta su lengua materna.

«Refrena nuestra lengua, Señor», había dicho, y «no nos hablamos con él». ¿Cómo diablos se podía decir eso? ¿No se permitía hablar para nada de Tryggve? ¿Tampoco de Poul? ¿Sería que ambos chicos fueron expulsados a causa de lo que ocurrió? ¿Habían demostrado ser indignos del reino de Dios? ¿Se trataba de eso?

Porque, de ser así, aquello no le interesaba en absoluto a un funcionario público.

Y ahora ¿qué?, pensó. ¿Debería aun así telefonear a la Policía de Karlshamn para que lo ayudasen? Y en ese caso, ¿cómo diablos iba a argumentarlo? Al fin y al cabo, la familia no había hecho nada que no debiera. Al menos que a él le constara.

Sacudió la cabeza, bajó los escalones con sigilo y se metió en el coche, dio marcha atrás y retrocedió un poco en el camino hasta poder aparcar en un sitio donde no lo molestaran.

Desenroscó la tapa del termo y observó que el contenido estaba frío. Fantástico, pensó en un arranque de sarcasmo. Habían pasado al menos diez años desde la última vez que tuvo que trabajar de noche, y aquella vez tampoco fue por voluntad propia. Noches frías y húmedas de marzo en un coche sin un reposacabezas como es debido y con café frío no eran precisamente lo que había esperado cuando consiguió trabajo en Jefatura. Y ahora estaba allí. Con la cabeza completamente vacía, a excepción de aquel puñetero sentido común que le decía cómo debía interpretar las reacciones de la gente y a qué podían conducir.

El hombre de la casa de la colina no había reaccionado con naturalidad, era algo evidente. Martin Holt estuvo demasiado a la defensiva, tenía el rostro demasiado gris, demasiado indiferente al hablar de sus dos hijos mayores y, al mismo tiempo, demasiado displicente con lo que un subcomisario de la Policía de Copenhague pintara en aquel paisaje rocoso. Lo que desvelaba si algo no iba bien no solía ser lo que preguntaba la gente, sino más bien lo que no preguntaba. Y esta vez estaba claro.

Miró hacia la casa al otro lado de la curva y dejó la taza de café entre sus muslos. Ahora iba a cerrar los ojos con mucho cuidado. Las siestas cortas eran el elixir de la vida.

Solo dos minutos, se dijo, y despertó veinte minutos más tarde para darse cuenta de que una taza de café le estaba refrescando los genitales.

– ¡Mierda! -rugió, apartando con la mano el café de los pantalones. Volvió a jurar al segundo siguiente, cuando los faros delanteros de un coche salieron de la casa y bajaron la carretera que llevaba a Ronneby.

Dejó que el café calara el asiento y apretó el acelerador a fondo. No se veía un carajo. En cuanto salieron de Hallabro, solo quedaron las estrellas y el coche de delante en el paisaje rocoso de Blekinge.

Descendieron diez o quince kilómetros, hasta que los faros del coche de delante rozaron una casa de color amarillo chillón, situada en una colina y tan cerca de la carretera que bastarían unas ráfagas moderadas de viento para que aquel feo edificio provocase un caos en el tráfico.

El otro coche torció en ese punto y se quedó en el camino de entrada diez minutos; entonces Carl dejó el Peugeot al borde de la carretera y avanzó sin prisa hacia la casa.

Fue entonces cuando vio que el otro coche estaba lleno de gente. Figuras inmóviles y tétricas. Cuatro en total, de diversos tamaños.

Esperó unos minutos, mirando bien alrededor. En aquella casa, aparte del color, que lucía en la oscuridad, no había nada que alegrara la vista.

Basura, hierros viejos y aperos gastados. Parecían bienes de una herencia que llevaban muchos, muchos años sin tocar.

Hay una gran diferencia entre la casa elegante que tenía la familia en el mejor barrio de viviendas unifamiliares de Græsted y este desierto, pensó, y siguió los conos de luz de un coche procedente de Ronneby que se deslizaron carretera arriba para barrer el lateral de la casa y el coche aparcado en la entrada. La ráfaga de luz desveló por un segundo el rostro lloroso de la madre, de una joven y dos adolescentes en el asiento trasero. Todos los del coche parecían estar muy afectados por la situación. Callados, pero con una expresión nerviosa y asustada en el rostro.

Carl se acercó sigiloso al lateral y pegó la oreja a la pared de madera podrida. Entonces se dio cuenta de que lo único que mantenía aquello en pie era la pintura.

Allí dentro ocurría algo. Estaba claro que eran dos hombres discutiendo acaloradamente, y estaba claro también que la concordia no era lo que caracterizaba la situación. Parecían gritos y voces violentos y llenos de hostilidad.

Cuando se callaron, Carl apenas llegó a ver al hombre que le había cerrado la puerta dando un portazo y casi se lanzó al asiento de conductor del coche que aguardaba.

Las ruedas chirriaron cuando la familia Holt dio marcha atrás y salió zumbando hacia el sur, y Carl se decidió.

Era como si aquella horripilante casa amarilla le susurrara.

Y él escuchaba con los oídos bien abiertos.


En el letrero ponía «Mami Bengtsson», pero la mujer que abrió la puerta amarilla no era ninguna mami. Veintipocos años, rubia, las paletas algo cruzadas y de lo más encantadora, como se decía antes.

Pues sí, Suecia tenía algo.

– Bueno, supongo que en cierto modo me esperaban -dijo, enseñándole la placa-. ¿Está Poul Holt en la casa?

La joven sacudió la cabeza, pero sonrió. Si la gresca de antes iba en serio, había sabido mantenerse a una distancia de seguridad.

– ¿Y Tryggve?

– Acérquese -respondió en sueco, señalando la puerta más cercana. Después gritó en sueco hacia la sala-. ¡Ya ha llegado, Tryggve! Yo voy a acostarme, ¿vale?

Sonrió a Carl como si fueran viejos amigos y lo dejó a solas con su novio.

Era flaco y más largo que un día sin pan, pero ¿qué se había imaginado? Carl tendió la mano y recibió un fuerte apretón.

– Tryggve Holt -se presentó el hombre-. Ha venido mi padre a prevenirme.

Carl asintió con la cabeza.

– Por lo demás, creía que no os hablabais.

– Es verdad. Estoy expulsado. Llevaba cuatro años sin hablar con ellos, pero los he visto varias veces parados en la carretera frente a la entrada.

Tenía la mirada sosegada. No parecía afectado por la situación ni por el alboroto anterior, así que Carl fue directo al grano.

– Hemos encontrado un mensaje en una botella -comenzó, y percibió enseguida un movimiento en el rostro seguro de sí mismo del joven-. Bueno, de hecho la pescaron en Escocia hace varios años, pero no llegó a la Jefatura de Copenhague hasta hace ocho o diez días.

Se produjo una transformación. Fue bastante llamativa, y la provocaron las palabras «un mensaje en una botella». Como si justo aquellas palabras hubieran sido barridas a conciencia de su interior. Tal vez había estado temiendo que alguien las dijera. Tal vez fueran la clave de todos los enigmas que agitaban su fuero interno. Era lo que parecía.

Se mordió el labio.

– ¿Dice que han encontrado un mensaje en una botella?

– Sí. ¡Este!

Tendió una copia del mensaje al joven.

En dos segundos Tryggve redujo su estatura medio metro, mientras giraba en torno a sí, echando al suelo cuanto alcanzaban sus brazos. De no ser por los reflejos de Carl, se habría caído.

– ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Era la novia. Estaba en el vano de la puerta con el pelo suelto y una camiseta que tapaba algo los muslos desnudos. Preparada para acostarse.

Carl señaló el mensaje.

Ella lo cogió. Le echó un vistazo y se lo tendió a su novio.

Después nadie dijo nada durante un buen rato.

Cuando el tipo se repuso, al fin, miró de reojo al papel, como si fuera un arma secreta que pudiera apuntarlo y aniquilarlo. Como si el único antídoto fuera volver a leerlo, palabra por palabra.

Cuando alzó el rostro hacia Carl no era el mismo de antes. El sosiego y la seguridad en sí mismo habían quedado absorbidos por el mensaje de la botella. Notaba palpitaciones en el cuello, tenía la cara roja, sus labios temblaban. No cabía duda de que el mensaje de la botella le recordaba una vivencia sumamente traumática.

– Oh, Dios mío -dijo bajando la voz, cerró los ojos y se tapó la boca con la mano.

Su novia le cogió la mano.

– Tranquilo, Tryggve -lo sosegó en sueco-. Tenía que saberse. Ahora ya ha pasado y en adelante todo irá bien.

El joven se secó las lágrimas y se volvió hacia Carl.

– Nunca había visto ese mensaje. Solo vi que lo escribían.

Cogió el papel y volvió a leerlo mientras sus agitados dedos se dirigían sin cesar a sus ojos llorosos.

– Mi hermano era el más listo y el más majo del mundo -declaró con labios trémulos-. Lo que pasa es que le costaba expresarse.

Luego colocó el mensaje sobre la mesa, cruzó los brazos y se inclinó algo hacia delante.

– De verdad, le costaba.

Carl iba a ponerle la mano en el hombro, pero Tryggve sacudió la cabeza.

– ¿Podemos hablar mañana? -ofreció-. Ahora no puedo. Puede dormir en el sofá. Mami traerá la ropa de cama, ¿de acuerdo?

Carl miró al sofá. Era algo corto, pero tenía un tapizado magnífico.


El chirriar de ruedas sobre una calzada mojada despertó a Carl. Se enderezó un poco desde su postura y se dirigió a las ventanas. Era una hora indefinida, pero seguía estando bastante oscuro. Frente a él estaban los dos jóvenes agarrados de la mano, sentados en sendas sillas gastadas de Ikea, saludándolo con la cabeza. El termo estaba ya sobre la mesa, y el mensaje estaba al lado.

– Como sabe, fue mi hermano mayor Poul quien escribió eso -afirmó Tryggve al ver que Carl empezaba a reanimarse tras los primeros sorbos-. Y lo escribió con las manos atadas a la espalda.

La mirada de Tryggve vagó de un lado para otro al decirlo.

¡Con las manos atadas a la espalda! Por lo tanto, la idea de Laursen se acercaba a la verdad.

– No entiendo cómo pudo hacerlo -continuó Tryggve-. Pero Poul era muy concienzudo. Era bueno dibujando. También en eso.

El joven sonrió melancólico.

– No sabe usted cuánto significa para mí que haya venido. Que pueda tener este mensaje en la mano. El mensaje de Poul.

Carl miró al mensaje. Tryggve Holt había escrito algunas letras más en la copia. Desde luego, era el más indicado para hacerlo.

Después tomó un buen sorbo del café. De no haber sido por su relativamente buena educación, se habría llevado las manos al cuello y habría emitido sonidos guturales.

Aquel café estaba caliente de pelotas. Veneno cafeínico negro como el betún.

– ¿Dónde está Poul ahora? -preguntó mientras apretaba los labios y las nalgas con fuerza-. ¿Y por qué escribisteis ese mensaje? Nos gustaría saber eso; así podríamos seguir adelante con otros casos.

– ¿Que dónde está Poul?

Miró a Carl con ojos tristes.

– Si me lo hubiera preguntado hace muchos años, le habría contestado que estaba en el Paraíso junto a los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos. Ahora le digo sin más que Poul está muerto. Ese mensaje es lo último que escribió. Su última señal de vida.

Tragó saliva con dificultad y calló un momento.

– A Poul lo mataron apenas dos minutos después de arrojar la botella al agua -dijo en voz tan baja que apenas se oyó.

Carl se enderezó en el sofá. Se habría sentido más a gusto si le hubieran dado la noticia estando vestido.

– ¿Dices que lo mataron?

Tryggve hizo un gesto afirmativo.

Carl frunció las cejas.

– El secuestrador ¿mató a Poul y te perdonó la vida a ti?

Mami extendió sus dedos delgados hacia su novio y detuvo las lágrimas de sus mejillas. Tryggve volvió a asentir en silencio.

– Sí, aquel cabrón me salvó la vida, y desde aquel día lo he maldecido mil veces por ello.

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